Navals
El Carnaval de las Almas Perdidas
El aire en los niveles inferiores de NAVAL no era aire; era una mezcla espesa de humedad, óxido y el hedor dulce de las ilusiones que se pudren. Lee Know caminaba con pasos erráticos, su cuerpo envuelto en el terciopelo negro que Soha le había entregado, sintiéndose como un espectro que recorre su propio cementerio. Han le había dicho que se quedara en la habitación, que descansara para la "función especial" con Hyein, pero el trastorno de dependencia de Minho funcionaba como un radar averiado: si Han no estaba a su vista, el mundo dejaba de tener sentido.
Buscaba a Han. Siempre buscaba a Han.
Se adentró en un pasillo que Yeonjun aún no había terminado de reconfigurar. Las paredes aquí no tenían papel tapiz; eran de piedra viva, goteando un líquido oscuro que parecía latir. A lo lejos, escuchó una voz. Una voz que reconoció de inmediato: la de Jimin. Pero no era la voz melodiosa y aburrida que solía usar en el palco. Era una voz cargada de una autoridad eléctrica, fría y definitiva.
Minho se asomó por una rendija de una pesada puerta de madera.
Lo que vio le heló la sangre. En el centro de una sala circular, un visitante —un hombre joven, quizás de la edad de Han— estaba de rodillas, gritando sobre la libertad, sobre la policía, sobre un mundo exterior que Minho empezaba a olvidar. Jimin estaba frente a él, sosteniendo un bastón de plata con una empuñadura en forma de ojo.
—Este lugar no es un experimento, es un secuestro —aulló el visitante, con el rostro cubierto de lágrimas—. ¡Voy a matarte, Jimin! ¡Voy a quemar este maldito circo!
Jimin ni siquiera parpadeó. Con un movimiento tan rápido que pareció un parpadeo de la realidad, clavó la punta afilada de su bastón en la garganta del hombre. No hubo una pelea. No hubo un discurso final. Solo el sonido de un gorgoteo húmedo y el cuerpo desplomándose sobre el suelo de piedra.
Minho retrocedió, golpeando su espalda contra la pared opuesta. Sus manos volaron a su boca para ahogar un grito. Acababa de ver la muerte real, desnuda y carente de la magia artificial de NAVAL.
—No deberías haber visto eso, Minho.
Unas manos cálidas y familiares se cerraron sobre sus ojos desde atrás, sumiéndolo en una oscuridad repentina que olía al perfume de sándalo de Han. Minho tembló violentamente, sus rodillas cediendo, pero Han lo sostuvo con firmeza, pegando su pecho a la espalda del mayor.
—Shh... tranquilo —susurró Han al oído de Minho, su voz era una caricia de terciopelo que intentaba borrar la imagen de la sangre—. Solo fue una parte del espectáculo que aún no está pulida. No era real, Minho. Nada aquí es real si yo no digo que lo es.
—Él... él lo mató, Jisung —sollozó Minho, tratando de apartar las manos de Han, pero el reclutador apretó el agarre—. Lo vi. El hombre... ya no se movía.
—Era un animatrónico, cariño —mintió Han con una facilidad aterradora, girando a Minho para que lo mirara. Sus ojos brillaban con una intensidad manipuladora—. Jimin está probando nuevas tecnologías para la zona de terror. ¿Ves cómo te has asustado? Eso significa que el diseño es perfecto. Pero me duele que estés así. Me duele que no confíes en mi palabra.
Han acarició las mejillas de Minho, secando las lágrimas con sus pulgares. Su expresión cambió a una de profunda tristeza fingida.
—Si sigues dudando de lo que te digo, Minho, empezaré a pensar que ya no me quieres. Que prefieres creer en tus alucinaciones antes que en el hombre que te salvó de la soledad. ¿Es eso lo que quieres? ¿Que me aleje porque ya no confías en mí?
—¡No! —exclamó Minho, el pánico al abandono eclipsando instantáneamente el horror del asesinato—. No me dejes. Por favor. Te creo. Fue... fue un truco. Lo siento.
—Así está mejor —dijo Han, depositando un beso casto en su frente—. Pero como castigo por desobedecer y salir de tu habitación, esta noche dormirás solo. Necesitas reflexionar sobre tu comportamiento.
—¡Jisung, no! —suplicó Minho, aferrándose a la chaqueta de Han—. Por favor, no me dejes solo esta noche. El pasillo... las sombras... tengo miedo.
Han lo apartó con una frialdad calculada, disfrutando de la desesperación en el rostro de Minho.
—Mañana veremos si te has ganado mi compañía. Ahora, vuelve a tu cuarto. Yeonjun te escoltará.
Yeonjun apareció de las sombras como si hubiera estado esperando su señal. Tomó a Minho del brazo, pero esta vez no hubo amabilidad en su gesto, solo una eficiencia mecánica. Han se dio la vuelta y caminó hacia la sala donde Jimin estaba, sin mirar atrás ni una sola vez.
Minho fue encerrado en su habitación. Pero la habitación ya no era el refugio que creía.
Cuando las luces ámbar se apagaron, la oscuridad no fue absoluta. Empezó a ver anomalías. Las esquinas del techo parecían estirarse hacia abajo como dedos largos y delgados. El silencio del circo fue reemplazado por un susurro constante, miles de voces que repetían su nombre, pero con la voz de las personas que había dejado atrás en el mundo real.
—Minho... ¿por qué nos olvidaste? —susurraba la pared.
Trató de cerrar los ojos, pero las imágenes se proyectaban en sus párpados. Vio al visitante muerto, pero ahora el cadáver tenía el rostro de Han. Luego, el rostro de Hyein. Y finalmente, su propio rostro, con los ojos cosidos con hilos de plata.
Se acurrucó en posición fetal, tapándose los oídos.
—No es real, no es real —repetía como un mantra.
De repente, la cama se sintió húmeda. Minho saltó hacia atrás y encendió la pequeña lámpara de aceite. El colchón estaba empapado de un líquido rojo que burbujeaba. Del centro de la mancha, una mano pálida empezó a emerger, buscando su tobillo.
—¡Ayuda! ¡Jisung! —gritó, golpeando la puerta—. ¡Por favor, sácame de aquí!
La puerta no se abrió. En su lugar, la voz de Sunoo resonó desde el conducto de ventilación, suave y burlona.
—¿Tienes miedo, Minho? Eso es porque tu mente está llena de culpas. Estás traicionando a Hyein por un hombre que te usa como un juguete. Las sombras solo te muestran lo que ya eres: una nada.
Las paredes de la habitación empezaron a cerrarse. El espacio, que antes era amplio, ahora apenas le permitía estar de pie. Las anomalías visuales se intensificaron; los cuadros de la pared mostraban escenas de él siendo reclutado en el parque, pero en lugar de Han, era un monstruo sin rostro quien le ofrecía las flores.
El terror psicológico alcanzó su punto máximo cuando vio a una figura sentada en la silla del rincón. Era él mismo, pero con la piel grisácea y los ojos vacíos, sosteniendo un cuchillo.
—Si no te matas tú, lo hará el olvido —dijo su doble con una voz que sonaba como cristales rotos.
Minho colapsó en el suelo, sollozando, su mente fragmentándose bajo el peso de las alucinaciones inducidas por los gases que Seon y Sunoo filtraban en la habitación. Estaba en el límite del quiebre total.
De repente, la puerta se abrió.
Han entró, iluminado por una luz blanca y pura que disipó las sombras y las anomalías en un instante. Se arrodilló junto a Minho y lo tomó en sus brazos, permitiendo que el mayor se hundiera en su pecho.
—Ya pasó, ya pasó —susurró Han, acariciando su cabello—. He vuelto. ¿Ves qué pasa cuando no estás conmigo? El mundo se vuelve un lugar horrible. Solo yo puedo mantener a los monstruos lejos de ti, Minho.
Minho se aferró a él con una fuerza sobrehumana, temblando, con el corazón martilleando contra sus costillas.
—No me dejes... nunca más —suplicó Minho, su voz apenas un hilo—. Haré lo que sea. Mataré si me lo pides. Pero no me dejes en esa oscuridad.
Han sonrió en la penumbra, una sonrisa de victoria absoluta. Miró hacia la puerta, donde Seon y Sunoo observaban con satisfacción. El experimento de terror había funcionado perfectamente. Habían destruido la última pizca de autosuficiencia de Minho, dejando solo una necesidad patológica de Han.
—Mañana —dijo Han, levantando a Minho en brazos como si no pesara nada—, iremos a ver a Hyein. Y tú le dirás lo feliz que eres aquí. Le dirás que NAVAL es el único lugar donde estamos a salvo.
—Sí —dijo Minho, sus ojos ahora fijos en los de Han, vacíos de cualquier otra voluntad—. Se lo diré. NAVAL es nuestro hogar. Tú eres mi hogar.
Han lo acostó en la cama, que ahora volvía a estar seca y perfecta, y se quedó a su lado, vigilando su sueño. Minho se durmió pronto, agotado por el terror, sin saber que el hombre que lo arrullaba era el mismo que había orquestado cada una de sus pesadillas.
En el despacho de Jimin, el dueño del circo apagaba los monitores que habían grabado cada segundo del tormento de Minho.
—Espectacular —comentó Jimin, sirviéndose otra copa—. La dependencia es, sin duda, la emoción más divertida de quebrar.
—¿Y qué pasará con la chica mañana? —preguntó Soha, que estaba sentada en las sombras del despacho.
Jimin sonrió, observando el líquido rojo en su copa.
—Mañana, Lee Know terminará de cavar la tumba de su amiga. Y lo hará con una sonrisa, porque creerá que es la única forma de que Han no lo abandone. El amor, Soha, es el mejor guionista que he tenido jamás.
Fuera, en el bosque cambiante que rodeaba NAVAL, los árboles se movieron de nuevo, cerrando el último sendero que quedaba hacia el mundo exterior. El telón de la noche se cerró, pero dentro del circo, la función de Lee Know apenas estaba entrando en su acto más oscuro.