Niño?
Marcas rojas sobre un lienzo de marfil
La noche en Nueva York tenía ese zumbido eléctrico que solo los que vivían por encima del nivel de la calle podían apreciar. En la azotea de un edificio de ladrillos rojos en Queens, el aire era fresco, cargado con el olor a lluvia reciente y a los pretzels de algún puesto callejero cercano.
Spider-Man, el original, el Peter Parker que cargaba el peso del mundo en sus hombros atléticos, estaba sentado en el borde de la cornisa. Sus piernas colgaban al vacío con una confianza que desafiaba la gravedad. A unos metros de distancia, Miles Morales, su pupilo, practicaba balanceos complejos entre dos chimeneas industriales y una antena de radio. El chico todavía estaba puliendo la transición entre el impulso y el giro, y Peter no le quitaba la vista de encima, analizando cada ángulo de sus rodillas.
A su lado, sin embargo, el silencio era un concepto inexistente.
Wade Wilson, el mercenario que no conocía el significado de la palabra "pausa", estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra el conducto de ventilación. Se había quitado la máscara roja, alegando que el calor de la humedad neoyorquina le estaba "asfixiando los poros" y que no quería que su cutis de porcelana sufriera. La realidad era que Wade, en su forma civil, era insultantemente guapo: su cabello rubio estaba ligeramente despeinado por la brisa, y sus ojos azules brillaban con una intensidad maníaca mientras no paraba de parlotear.
—Te lo digo, Spidey, el chico tiene talento, pero le falta ese... no sé, ese toque de "voy a robarte la cartera mientras te salvo la vida". Es demasiado educado. El otro día me dijo "gracias, señor Deadpool" por darle una granada descargada. ¡Señor! Me sentí como si tuviera ochenta años y necesitara un andador con pelotas de tenis en las patas.
Peter no respondió, pero sus lentes se ensancharon ligeramente bajo la máscara. Estaba acostumbrado al flujo constante de conciencia de Wade. Era como el ruido blanco, pero con más referencias a la cultura pop y chistes sobre fluidos corporales.
—Y luego está el tema del traje —continuó Wade, gesticulando con las manos—. Sigo pensando que el diseño híbrido que le hice era una joya. Imagínatelo, nosotros tres patrullando como una familia disfuncional. Yo sería el tío genial que le enseña a apostar, tú serías la madre estricta pero con un trasero de infarto, y él sería el heredero de nuestro legado de traumas infantiles. ¿No te parece poético?
Wade se giró para mirar a Peter, esperando una réplica sarcástica, pero se encontró con que el héroe estaba inusualmente quieto. Peter aprovechó que Wade estaba distraído mirando hacia donde Miles acababa de dar una voltereta perfecta.
Con una lentitud calculada, Peter llevó sus manos a la base de su máscara. La deslizó hacia arriba con cuidado, deteniéndose justo en el puente de la nariz. Sus labios quedaron al descubierto, pero sus ojos y su identidad permanecieron ocultos tras la tela roja. De uno de los compartimentos ocultos de su cinturón de utilidad —donde normalmente guardaba cartuchos de telaraña o rastreadores— sacó un pequeño objeto cilíndrico.
Era un labial de un rojo intenso, casi carmesí. Lo había confiscado esa misma tarde en un altercado en una tienda de cosméticos de lujo que había sido asaltada. Por alguna razón, no lo había entregado a la policía.
Wade seguía hablando, ahora sobre por qué los unicornios deberían ser el animal nacional de Canadá.
—... porque, seamos sinceros, un castor es solo una rata con una cola plana y problemas de carpintería, mientras que un unicornio...
Peter se aplicó el labial con una precisión quirúrgica, dibujando sus labios con el color vibrante. Luego, guardó el tubo y se movió con la rapidez de un depredador arácnido. Antes de que Wade pudiera terminar su frase sobre los cuernos mágicos, Peter se abalanzó sobre él.
—¡Eh, Spidey! ¿Qué hac—?
Las palabras de Wade murieron en su garganta. Peter lo agarró firmemente por los hombros, empujándolo ligeramente contra el conducto de ventilación. Con una mano sujetó la parte posterior de la cabeza de Wade, hundiendo sus dedos en el cabello rubio, mientras la otra reposaba con firmeza sobre su hombro musculoso.
Entonces, empezó el ataque.
No fue un beso largo y apasionado de película. Fue una ráfaga. Peter empezó a presionar sus labios pintados contra la cara de Wade, una y otra vez. Un beso en la mejilla derecha. Otro en la frente. Dos en la mejilla izquierda. Uno justo al lado de la comisura de los labios de Wade, y otro más en la barbilla.
Wade Wilson, el hombre que nunca se callaba, el mercenario que había sobrevivido a explosiones nucleares y a la cancelación de series de televisión, se quedó completamente petrificado. Sus ojos azules se abrieron de par en par, sus manos quedaron suspendidas en el aire y su cerebro, por primera vez en décadas, se sumió en un silencio absoluto. Podía sentir la presión suave de los labios de Peter, el olor a menta de su aliento y la extraña textura del labial.
Peter se detuvo tras dejar una docena de marcas rojas perfectamente definidas sobre la piel clara y perfecta de Wade. Se separó apenas unos centímetros, observando su obra. El rostro de Wade parecía ahora un mapa de afecto caótico, lleno de sellos carmesíes.
Sin decir una palabra, Peter sacó un pañuelo blanco de su cinturón. Con total parsimonia, se limpió los restos de labial de sus propios labios hasta que no quedó rastro. Se bajó la máscara de nuevo, ajustándola perfectamente sobre su rostro.
—¡Miles! —gritó Peter, levantándose como si nada hubiera pasado y mirando hacia el joven que seguía balanceándose a lo lejos—. ¡La postura en el aterrizaje! ¡Mantén el centro de gravedad más bajo o te vas a romper los tobillos!
Sin mirar atrás, sin dedicarle una sola palabra al hombre que seguía en estado de shock catatónico en el suelo, Spider-Man disparó una red y se lanzó al vacío, balanceándose con elegancia hacia su pupilo.
Wade se quedó allí, sentado en el frío cemento. Sus dedos rozaron tímidamente una de las marcas en su mejilla. Estaba temblando, no de miedo, sino de una sobrecarga sensorial que amenazaba con hacerle explotar el corazón.
***
Una hora más tarde, en el "Sister Margaret’s School for Wayward Children", el bar clandestino favorito de los mercenarios, el ambiente estaba tan turbio y ruidoso como siempre. El humo de los cigarrillos flotaba en el aire y el olor a cerveza barata impregnaba las paredes.
Weasel estaba detrás de la barra, limpiando un vaso con un trapo que probablemente estaba más sucio que el propio vaso. A su lado, sentado en una de las banquetas, estaba Logan, también conocido como Lobezno. El mutante sostenía una botella de cerveza con una mano y se rascaba la barba con la otra, con su habitual expresión de querer golpear a alguien.
La puerta del bar se abrió de golpe. Wade entró caminando como si estuviera flotando en una nube, o como si hubiera recibido un impacto de bala en el lóbulo frontal. No llevaba la máscara puesta.
Weasel levantó la vista y se detuvo en seco. Logan giró la cabeza y frunció el ceño, dejando escapar un gruñido de confusión.
—Pero qué demonios... —soltó Weasel, dejando caer el trapo—. Wade, ¿te has peleado con un payaso o has intentado besar un ventilador en marcha?
Wade no respondió. Se sentó en una banqueta vacía, con la mirada perdida en el infinito y una sonrisa boba dibujada en la cara.
Logan dejó la cerveza en la barra y se acercó más, entrecerrando los ojos para examinar el rostro de Wade.
—Son marcas de besos —dijo Logan con su voz ronca, soltando una carcajada seca—. Y por el tamaño de los labios, no son de una mujer pequeña. Wade, ¿te ha pillado una despedida de soltera de camioneros o qué?
—Parece que te han sellado como a una carta certificada —se burló Weasel, señalando la marca roja en la frente de Wade—. Tienes al menos diez. Y ese tono de rojo... es muy "estoy en oferta en Sephora". ¿Quién ha sido la víctima de tu acoso sexual esta vez que ha decidido marcar territorio?
Wade parpadeó lentamente, volviendo a la realidad, aunque su expresión seguía siendo de absoluta ensoñación. Se pasó una mano por el cabello rubio, teniendo cuidado de no tocar las marcas rojas que adornaban su piel.
—No me creeríais —murmuró Wade, su voz sonando como si acabara de ganar la lotería y descubrir el sentido de la vida al mismo tiempo.
—Pruébanos, bocazas —dijo Logan, cruzándose de brazos—. ¿Quién te ha dejado la cara como un cuadro de arte moderno barato?
Wade soltó un suspiro largo y dramático, apoyando la barbilla en su mano.
—Si os dijera quién fue... —Wade hizo una pausa, y por un momento, sus ojos brillaron con una chispa de triunfo absoluto—. Si os dijera que el mismísimo Caballero de la Noche, el trepamuros más sexy del multiverso, el hombre que hace que las mallas parezcan una bendición divina, decidió usar mi cara como su cuaderno de dibujo personal... pensaríais que he perdido la cabeza definitivamente.
Weasel y Logan se miraron entre sí.
—Está hablando de Spider-Man —dijo Weasel, suspirando—. Wade, Spider-Man no usa labial. Y Spider-Man no te besaría ni aunque fueras el último ser vivo en la Tierra y el beso fuera la cura para el cáncer.
—Eso es lo que vosotros creéis —replicó Wade, recuperando un poco de su energía habitual, aunque sin perder la sonrisa—. Pero esto... esto es evidencia física. Es arte sacro. No me voy a lavar la cara nunca más. Voy a dejar que estas marcas se conviertan en parte de mi ADN. Voy a pedirle a un tatuador que las haga permanentes.
—Das asco, Wilson —gruñó Logan, volviendo a su cerveza—. Seguramente te lo ha hecho alguna prostituta a la que no le has pagado y te lo estás inventando para alimentar tu obsesión enfermiza con el chico de las mallas.
Wade no se ofendió. No podía. Estaba en un plano astral superior. Cerró los ojos y recordó la sensación de las manos de Peter sobre él, la firmeza de su agarre y la rapidez de esos besos que, aunque ocultos tras una máscara, habían sido lo más real que había sentido en años.
—Podéis decir lo que queráis —dijo Wade, levantando su vaso de cerveza vacía en un brindis invisible—. Pero esta noche, el falso tío Aaron ha recibido la bendición del Papa Arácnido. Y Logan... —Wade miró al mutante con una expresión de superioridad burlona—, tienes envidia porque a ti lo único que te dan son puñetazos, y a mí me dan besos de fresa.
Logan sacó sus garras con un sonido metálico y amenazador.
—Intenta decir eso otra vez y te daré algo más que un puñetazo, burbuja.
Wade simplemente se rió, una risa genuina y feliz. Sabía que Peter Parker —aunque todavía no supiera que se llamaba Peter— era un hombre de pocas palabras y mucha acción. Y esa noche, la acción había sido mucho mejor que cualquier discurso heroico.
Mientras tanto, en lo alto de un edificio en Brooklyn, Miles Morales observaba a su mentor. Peter estaba sentado en silencio, mirando hacia el horizonte, con el pañuelo manchado de rojo todavía en su mano antes de guardarlo definitivamente.
—¿Peter? —preguntó Miles, acercándose con cautela—. ¿Por qué tenías labial en el cinturón?
Peter no se giró, pero Miles pudo jurar que había una sonrisa bajo la máscara.
—Era evidencia, Miles —respondió Peter con voz tranquila—. Solo me estaba asegurando de que la evidencia fuera... debidamente procesada. Ahora, vuelve a practicar. Ese balanceo sigue siendo demasiado rígido.
Miles sacudió la cabeza, disparando otra red. Definitivamente, este universo era extraño, pero al menos tenía estilo. Y Wade, el falso tío Aaron, iba a tener historias que contar durante meses, aunque nadie le creyera ni una sola palabra.