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Niño?

Ecos de cuero, encaje y adamantium

La habitación estaba sumida en una penumbra rojiza, apenas iluminada por el neón intermitente de un cartel publicitario que se filtraba por el tragaluz del sótano. El aire era pesado, denso, cargado con el aroma metálico del sudor, el látex y el almizcle masculino. Peter Parker, el héroe que podía levantar autobuses y columpiarse entre rascacielos con una gracia divina, sentía que sus fuerzas lo abandonaban. Sus rodillas, presionadas contra el colchón desgastado, temblaban violentamente.

Solo habían pasado unos minutos desde que la puerta se cerró tras ellos, pero el tiempo se había vuelto elástico, distorsionado por la intensidad de lo que estaba ocurriendo. Peter estaba en cuatro, con la espalda arqueada y el babydoll de encaje rojo arrugado alrededor de su cintura, exponiendo su piel pálida a la vista de los dos hombres que lo flanqueaban.

—Vamos, Petey —susurró Wade, su voz era un gruñido ronco que le erizaba el vello de la nuca—. Sé que puedes con más. Eres una pequeña araña muy elástica, ¿verdad?

Frente a Peter, Logan se mantenía de pie, su presencia era una montaña de músculos y vello. El mutante no decía nada, pero su respiración era pesada, animal. Peter tenía la mirada nublada, su boca ocupada alternando entre los dos miembros imponentes que se alzaban ante él. Eran enormes, una promesa de dolor y placer que lo dejaba sin aliento. Mientras intentaba complacerlos, sintió cómo dos dedos, toscos y expertos, se introducían en su retaguardia, estirándolo con una paciencia cruel que lo hacía gemir contra la carne caliente que probaba.

—Estás muy tenso, chico —dijo Logan, su mano libre hundiéndose en el cabello castaño de Peter para guiar sus movimientos—. Relájate. Deja que el cuerpo se acostumbre.

Peter soltó un quejido ahogado. La sensación de ser reclamado por ambos lados era abrumadora. Sus sentidos arácnidos, normalmente alerta ante el peligro, estaban disparando señales de euforia pura.

No pasó mucho tiempo antes de que Wade perdiera la poca paciencia que le quedaba. El mercenario se posicionó detrás de él, sujetando las caderas de Peter con manos firmes, casi posesivas. Con un empuje decidido y salvaje, Wade se abrió camino dentro de él.

—¡Oh, Dios! —exclamó Peter, su voz quebrándose mientras sus dedos se clavaban en las sábanas.

El ritmo de Wade era frenético, casi violento, una manifestación de todos esos años de deseo contenido y bromas de doble sentido que finalmente encontraban una salida real. Al mismo tiempo, Logan no le dio tregua. El mutante se inclinó, obligando a Peter a recibirlo profundamente, invadiendo su garganta con una autoridad que no permitía réplica.

Peter estaba atrapado en un sándwich de poder mutante. Solo podía gemir, sus sonidos perdiéndose contra Logan mientras sus caderas intentaban, desesperadamente, seguir el compás errático y potente que Wade marcaba desde atrás. Cada embestida lo hacía tambalearse, cada roce del vello de Logan contra su rostro y la presión de las manos de Wade en sus muslos lo sumergían más profundo en un abismo de sensaciones.

—Eso es, arañita —masculló Wade entre dientes, su rostro civil pegado a la espalda de Peter, dejando besos húmedos sobre sus omóplatos—. Muévete para nosotros. Eres tan malditamente perfecto en este color rojo.

Las horas empezaron a desdibujarse. Lo que comenzó como una disculpa se transformó en una maratón de resistencia. Peter, a pesar de su fuerza sobrehumana, se encontró al límite. ¿Cómo era posible que tuvieran tanta energía? La respuesta estaba en su sangre: dos factores de curación trabajando a pleno rendimiento, permitiéndoles ignorar el cansancio que normalmente detendría a cualquier otro hombre.

Cambiaron de posición una y otra vez. En un momento, Peter estaba contra la pared, con las piernas enredadas en la cintura de Logan mientras Wade lo devoraba desde otro ángulo; al siguiente, estaba tendido de espaldas, viendo las sombras de sus dos amantes proyectarse contra el techo mientras ellos se turnaban para adorar su cuerpo con una intensidad que bordeaba la adoración religiosa.

—¿Estás cansado, Parker? —preguntó Logan horas después, su voz sonando como grava triturada mientras limpiaba el sudor de la frente de Peter con el pulgar.

—Yo... yo puedo seguir —jadeó Peter, aunque sus ojos apenas podían mantenerse abiertos.

Wade soltó una carcajada baja, una que no tenía nada de su habitual locura y todo de una satisfacción genuina.

—Ese es mi chico. Una batería de energía arácnida infinita.

El sol empezaba a asomarse por las rendijas del sótano cuando finalmente el ritmo decayó. Peter estaba exhausto, su cuerpo se sentía como si hubiera sido arrollado por un tren de carga, pero había una paz extraña en su pecho. Wade y Logan se acomodaron a su lado, formando un nudo de extremidades y mantas en el pequeño sofá que habían terminado usando cuando la cama no fue suficiente.

—¿Sabes qué es lo mejor de esto? —susurró Wade, acariciando distraídamente el costado de Peter.

—¿Qué? —preguntó Peter, con la voz casi inexistente.

—Que mañana Miles va a preguntar por qué caminas como si hubieras montado un caballo durante tres días seguidos, y yo voy a decirle que fue un entrenamiento intensivo de "flexibilidad extrema".

—Ni se te ocurra, Wilson —gruñó Logan, aunque no hizo ningún movimiento para alejarse.

Peter cerró los ojos, sintiendo el calor de ambos. La lencería roja estaba hecha jirones en algún rincón de la habitación, y los llaveros de la discordia descansaban sobre la mesa, pero por primera vez en mucho tiempo, el equilibrio en su vida no se sentía como una cuerda floja, sino como un refugio.

—Gracias —murmuró Peter antes de caer en un sueño profundo.

—No, gracias a ti, Spidey —respondió Wade, mirando a Logan por encima de la cabeza del chico—. Creo que vamos a necesitar más llaveros.

Logan solo asintió, cerrando los ojos también. Nueva York podía esperar. El crimen podía esperar. Por una vez, los héroes —y el mercenario— tenían algo mucho más importante que proteger entre esas cuatro paredes.

Días después, cuando Miles Morales vio a su mentor entrar al laboratorio de la universidad, no pudo evitar fruncir el ceño. Peter caminaba con una rigidez sospechosa, y cada vez que intentaba sentarse, soltaba un pequeño suspiro de dolor contenido.

—¿Peter? ¿Estás bien? —preguntó Miles, dejando a un lado sus libros—. Pareces... bueno, pareces como si te hubiera caído un edificio encima.

Peter se tensó, evitando la mirada de su pupilo.

—Solo... un entrenamiento muy duro con Logan y Wade, Miles. Ya sabes, esos dos no saben cuándo parar.

—Vaya —dijo Miles, rascándose la nuca—. El Falso Tío Aaron me envió un mensaje diciendo que habías aprendido a "hacer el spagat" en el aire. No sabía que Logan fuera tan buen instructor de gimnasia.

Peter sintió que la cara le ardía.

—Es... es una técnica nueva. Muy efectiva.

Miles lo miró con escepticismo, pero decidió no preguntar más. A veces, ser un Spider-Man de otro universo significaba aceptar que las cosas en este mundo eran simplemente inexplicables.

Mientras tanto, en algún lugar de la ciudad, un mercenario rubio y un mutante de garras de metal compartían un desayuno en silencio, ambos luciendo una sonrisa que decía que, sin duda alguna, el entrenamiento de flexibilidad apenas había comenzado.

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