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Niño?

Rojo carmesí y el brillo del adamantium

Habían pasado cuatro días desde que el silencio se instaló en las frecuencias de radio y en los callejones habituales. Para Peter Parker, esos cuatro días habían pesado más que una semana de peleas ininterrumpidas contra los Seis Siniestros. No había chistes sobre su trasero, no había poemas obscenos dejados en los buzones de los Vengadores y, lo más preocupante, no había ni rastro del "Falso Tío Aaron" acechando a Miles en las salidas de la escuela.

Peter sabía que la broma se le había ido de las manos. El plan de usar a Logan para darle una lección a Wade sobre los límites había terminado golpeando el único lugar donde el mercenario no tenía factor de curación: su extraña y retorcida capacidad de amar.

—Está en su "agujero de soledad" —gruñó Logan, ajustándose los guantes mientras caminaban por los túneles de mantenimiento del metro, cerca de la calle 42—. Huele a pólvora, pizza rancia y a ese perfume barato de Hello Kitty que usa para fastidiarme.

Peter no respondió de inmediato. Llevaba una gabardina larga sobre lo que fuera que traía puesto, moviéndose con una rigidez que delataba sus nervios.

—Logan, sigo pensando que esto es una locura. Si Miles se entera de esto, me va a quitar el título de mentor y se irá a vivir al universo de Spider-Gwen por pura vergüenza ajena.

—El chico está a salvo en casa de su madre —respondió Logan con voz ronca—. Además, fuiste tú el que dijo que necesitábamos una "gran disculpa". Si quieres recuperar a tu mascota roja, tienes que hablar su idioma. Y el idioma de Wilson es el exceso.

Llegaron a una puerta de acero reforzado, camuflada tras una pila de escombros en un nivel inferior abandonado. No era el típico piso franco desordenado de Wade. Al entrar por un conducto de ventilación lateral, lo que vieron los dejó perplejos.

La guarida estaba... impecable.

No había cajas de pizza apiladas formando torres, ni calcetines sucios pegados al techo. Las armas estaban alineadas por calibre en las paredes, y la pequeña televisión de tubo emitía una luz azulada mientras Wade, vestido con su traje pero sin la máscara, estaba sentado en el sofá. Su rostro civil, de rasgos afilados y cabello rubio perfecto, se veía cansado bajo la luz parpadeante. Estaba viendo una maratón de telenovelas coreanas en silencio, sin hacer ni un solo comentario sarcástico a las voces en su cabeza.

—Parece un funeral —susurró Peter desde las sombras del techo.

Vieron a Wade levantarse con un suspiro pesado. Se dirigió hacia la cocina, probablemente a buscar más leche con chocolate o a afilar algo por pura inercia. Era el momento.

—Entra tú primero —ordenó Peter, empujando suavemente a Logan—. Yo necesito un segundo para... prepararme mentalmente para la humillación.

Logan rodó los ojos, pero saltó al suelo con la gracia de un depredador. Se quitó la parte superior de su traje amarillo, dejando su torso musculoso y lleno de cicatrices al descubierto, y se sentó en el sofá de Wade con una pierna cruzada sobre la otra, como si fuera el dueño del lugar.

Cuando Wade regresó de la cocina con una taza en la mano, se detuvo en seco. Sus ojos azules se abrieron de par en par al ver al mutante semidesnudo en su sala de estar.

—¿Logan? —La voz de Wade sonó ronca—. Si has venido a terminar el trabajo y matarme mientras veo "Aterrizaje de emergencia en tu corazón", te pido que esperes al menos al final de la temporada. Los subtítulos están en un punto crítico.

—No he venido a matarte, Wilson —dijo Logan, apoyando los brazos en el respaldo del sofá con una sonrisa cínica—. He venido porque alguien quería pedirte perdón. Y porque, sorprendentemente, te echamos de menos.

—¿"Os"? —Wade ladeó la cabeza, su corazón dando un vuelco—. El tejón nunca usa el plural a menos que hable de sus pulgas.

En ese momento, Peter salió de las sombras del pasillo trasero.

Wade soltó la taza. El estrépito de la cerámica rompiéndose contra el suelo fue el único sonido en la habitación durante varios segundos.

Peter Parker estaba allí, pero no era el Spider-Man que Wade conocía. Llevaba su máscara puesta, ocultando sus ojos, pero el resto de su atuendo era algo que Wade solo había visto en sus sueños más febriles y censurables. Peter se había quitado la gabardina para revelar un conjunto de lencería roja que contrastaba violentamente con la piel blanca de su torso y muslos. Era un babydoll de encaje fino, con bordes de boleros que se movían con cada uno de sus pasos vacilantes. Llevaba medias de malla que subían hasta la mitad de sus muslos atléticos, sujetas por ligueros rojos que brillaban bajo la luz fluorescente de la guarida.

El héroe más respetado de Nueva York estaba allí, vestido como una fantasía de cabaret, jugueteando nerviosamente con sus dedos.

—Wade... —La voz de Peter salió amortiguada por la máscara, cargada de una vergüenza tan profunda que sus hombros estaban encogidos—. Lo siento. Lo de Logan y yo... fue una broma estúpida. Queríamos que dejaras de ser tan... tú. Pero no medimos las consecuencias.

Wade no podía hablar. Sus ojos recorrían cada centímetro de Peter. Se fijó en la cintura del arácnido. Allí, enganchados al encaje del babydoll, había dos llaveros. Uno era el de Wolverine que tanto odio le había provocado, pero justo al lado, brillando con un orgullo renovado, estaba un pequeño llavero de Deadpool con un corazón de peluche.

—Tengo... tengo a los dos —susurró Peter, desviando la mirada hacia la pared—. Porque Logan es un gran amigo y un aliado, pero tú... tú eres el que hace que las patrullas no sean aburridas.

Deadpool dio un paso al frente, su respiración volviéndose errática.

—Spidey... —empezó Wade, su voz temblando—. Estás... estás usando boleros. Y malla. Por mí. Esto es mejor que el día que Disney compró Fox. Es el clímax de mi existencia.

Logan, desde el sofá, soltó una carcajada ronca, observando la reacción del mercenario. Se puso de pie, su presencia llenando la habitación. Se acercó a Wade, quedando a pocos centímetros de él, mientras Peter permanecía un paso por detrás, todavía abrumado por la situación.

—Escucha, Wilson —dijo Logan, su voz bajando a un tono peligroso y sugerente—. Parker y yo hemos hablado. Él se siente mal por haberte herido, y yo... bueno, yo siempre he tenido curiosidad por saber si tu factor de curación se aplica a todo tipo de actividades físicas intensas.

Wade parpadeó, mirando de Logan a Peter y de vuelta a Logan.

—¿Qué estás diciendo, peluche de adamantium?

Logan sonrió, una expresión depredadora que hizo que incluso Peter diera un paso atrás por instinto. El mutante puso una mano en el hombro de Wade y la otra en la cintura de Peter, atrayéndolos a ambos hacia el centro de la habitación.

—Digo que, si de verdad quieres ser parte de este equipo —dijo Logan, mirando fijamente a los ojos azules de Wade—, podríamos probar algo nuevo. ¿Te gustaría tener sexo, Wilson? Pero con una condición: compartimos a la araña.

El silencio que siguió fue casi eléctrico. Peter soltó un pequeño gemido de sorpresa tras su máscara, sus manos subiendo instintivamente para cubrirse el pecho, aunque el encaje rojo no dejaba mucho a la imaginación.

—¿Compartir? —repitió Wade, su cerebro finalmente procesando la oferta—. ¿Un sándwich de superhéroes? ¿Un trío con el Capitán Gruñón y el Niño de las Mallas? ¿Es mi cumpleaños? ¿He muerto y estoy en el cielo de los pervertidos?

—Es una oferta seria, Wade —dijo Peter, tratando de recuperar algo de dignidad a pesar de los ligueros—. Queremos arreglar las cosas. Y Logan dice que... que esto podría ayudarnos a liberar tensiones.

Wade miró a Peter. El rojo de la lencería resaltaba la musculatura definida del joven, esa combinación de agilidad y fuerza que siempre lo había vuelto loco. Luego miró a Logan, la fuerza bruta y la experiencia encarnada, con ese torso que parecía tallado en granito.

—Oh, por todos los clavos de Cristo —susurró Wade, una sonrisa lenta y peligrosa extendiéndose por su rostro—. Espero que tengáis un buen seguro médico, porque pienso romper todos los muebles de esta habitación.

Logan agarró a Wade por el cuello del traje y lo atrajo hacia sí, acortando la distancia de forma agresiva.

—Menos charla, Wilson. Empieza por pedirle perdón a Parker como es debido.

Wade se giró hacia Peter, que seguía allí de pie, siendo la visión más hermosa y absurda que el mercenario había visto jamás. Wade se arrodilló lentamente frente a él, no por sumisión, sino por una devoción absoluta. Tomó la mano enguantada de Peter y besó los nudillos con una ternura que contrastaba con la lujuria que brillaba en sus ojos.

—Perdón por ser un idiota, Spidey —dijo Wade, su voz suave ahora—. Pero gracias por los boleros. De verdad.

Peter suspiró, la tensión abandonando su cuerpo. Se quitó la máscara, revelando su rostro castaño, sus ojos color avellana llenos de una mezcla de alivio y deseo incipiente. Sus mejillas estaban encendidas, del mismo color que su lencería.

—Solo... no se lo digas a Miles —suplicó Peter, soltando una risita nerviosa.

—Tu secreto está a salvo con nosotros, chico —dijo Logan, agarrando a Peter por la nuca y dándole un beso corto pero intenso que dejó al arácnido sin aliento—. Ahora, Wilson, mueve tu trasero hacia el dormitorio. Tenemos mucho trabajo que hacer y muy poca paciencia.

Wade se levantó de un salto, recuperando toda su energía maníaca.

—¡Primeras nupcias! ¡Logan, tú llevas el ritmo, yo pongo los efectos de sonido y Spidey... Spidey solo tiene que ser perfecto! —gritó Deadpool, empujándolos a ambos hacia la habitación contigua.

Mientras entraban, Peter miró por última vez el llavero de Wade en su cintura. La broma había terminado, y aunque el camino para llegar allí había sido caótico y lleno de malentendidos, el resultado era mucho más interesante de lo que cualquiera de ellos hubiera imaginado.

Nueva York seguía allá afuera, ruidosa y peligrosa, pero en esa guarida subterránea, el silencio finalmente se había roto, reemplazado por el sonido del cuero, el roce del encaje y la promesa de una noche que ni siquiera el factor de curación de Wade le permitiría olvidar.

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