No quiero ser la princesa heredera!
El Despertar de la Flor de Marfil bajo el Cielo de Sanaja
El aire salino de la noche golpeaba el rostro de Lidiana mientras la pequeña flota de botes de asalto se deslizaba casi sin ruido sobre las aguas oscuras. A su lado, Alexei mantenía una mano firme en la empuñadura de su espada, sus ojos escrutando la negrura con una intensidad que rivalizaba con la de un halcón. Caín, el Apóstata Rojo, permanecía de pie en la proa, una silueta imperturbable que parecía fundirse con las sombras del mar.
— Estamos entrando en el perímetro de detección —susurró Enranh, el comandante del fuerte militar que se había unido a la expedición con una mezcla de fervor y terror ante la idea de que la princesa estuviera en primera línea—. Si los sensores rúnicos de Sanaja funcionan como dicen los informes, deberían detectarnos en tres... dos... uno...
Lidi cerró los ojos y extendió las manos hacia el frente. No era una invocación de poder destructivo, sino una exhalación de su propia esencia. La "magia de neutralización" fluyó de ella como una marea invisible, envolviendo los botes en una burbuja de vacío absoluto. Los sensores de la fortaleza enemiga, diseñados para reaccionar ante cualquier rastro de maná activo, simplemente no registraron nada. Para la magia del mundo, ellos no existían.
— Increíble —murmuró Enranh, viendo cómo pasaban bajo la sombra de los acantilados de las Islas Verdes sin que una sola alarma sonara.
— No bajen la guardia —advirtió Lidi, aunque un sudor frío empezaba a perlar su frente—. Mantener este velo consume más energía de la que esperaba.
El desembarco fue una coreografía de sombras. El ejército de Wilhelm, camuflado entre las rocas y los restos de naufragios de la orilla, comenzó a rodear la fortaleza. Gracias a que Friedrich mantenía ocupado al grueso de las fuerzas de Sanaja en el frente norte, esta prisión costera estaba custodiada por una guarnición reducida. El heredero de Sanaja, ese hombre que Lidi recordaba con un escalofrío por su ambición desmedida, no estaba allí para supervisar.
— ¡Hacia la Bahía de Esclavos! —ordenó Lidi en voz baja una vez que pisaron tierra firme.
Se movieron con rapidez por los túneles húmedos que conectaban los muelles con las celdas inferiores. El olor a desesperación y salitre era abrumador. Al llegar a las rejas, Lidi no esperó a que los soldados forzaran las cerraduras. Simplemente puso sus manos sobre el metal encantado. Con un siseo casi inaudible, las runas de protección se desvanecieron, dejando el hierro común que Alexei y Caín destrozaron con facilidad.
— Por favor, mantengan el silencio —instó Lidi a los prisioneros, cuyas caras demacradas se iluminaban con una esperanza incrédula—. Sigan al comandante Enranh. Él los llevará a los botes.
Uno a uno, los ciudadanos de las Islas Verdes comenzaron a salir. Lidi se movía entre ellos como un ángel de misericordia, tocando los grilletes que aprisionaban sus muñecas. Cada vez que su magia neutralizaba el peso de las cadenas, sentía un pinchazo de dolor en sus sienes. El cansancio que la había perseguido en el palacio regresaba con fuerza, acompañado de una extraña presión en su vientre, pero se obligó a ignorarlo.
— Lidi, el sol está por salir —advirtió Alexei, tomándola del brazo—. Tenemos que retirarnos ya. La mayoría está a salvo.
— Solo unos pocos más, Alexei... —respondió ella, jadeando.
— No es una sugerencia, hermana. El plan era entrar y salir antes del alba. Si nos atrapan aquí, todo el sacrificio de Friedrich en el norte habrá sido en vano porque vendrá a rescatarte y dejará el frente desprotegido.
Lidi asintió, reconociendo la lógica implacable de su hermano. Se dirigieron hacia la costa, donde los últimos botes cargados de civiles comenzaban a alejarse de la orilla. Sin embargo, justo cuando el primer rayo de sol tiñó el horizonte de un naranja sangriento, una presencia gélida y opresiva descendió sobre la playa.
— Vaya, vaya... pero si es la joya de la corona de Wilhelm —una voz arrastrada y oscura resonó desde lo alto de una roca—. Mi señor, el príncipe de Sanaja, se pondrá muy contento si le llevo su cabeza... o mejor aún, su cuerpo vivo.
De las sombras emergió una figura vestida con túnicas negras que parecían absorber la luz: el Apóstata Negro. Era un desertor de las artes místicas, un hombre cuya magia estaba corrompida por el odio. A su alrededor, una docena de soldados de élite de Sanaja cerraron el paso hacia los botes.
— Caín —gruñó Alexei, desenvainando su espada—. Protege a Lidi. Yo me encargo de abrir un hueco.
— No —intervino Caín, sus ojos rojos brillando con una furia contenida—. Yo me encargo del Apóstata. Usted saque a la princesa de aquí.
La batalla estalló en un caos de acero y destellos mágicos. Lidi, recordando su promesa a Alexei, se mantuvo en la retaguardia, tratando de estabilizar su respiración. Veía cómo su hermano y su guardaespaldas luchaban con una ferocidad sobrehumana, manteniendo a raya a los enemigos. Pero el Apóstata Negro no buscaba un duelo justo. Sus ojos estaban fijos en Lidi, analizando la forma en que ella dispersaba los ataques mágicos que se acercaban demasiado.
— Así que es verdad... posees una magia que devora el maná —rio el Apóstata Negro—. Veamos cuánto puedes tragar antes de reventar.
El hombre comenzó a gesticular, reuniendo una cantidad masiva de energía oscura en sus manos. Pero no apuntó a Lidi. Con una sonrisa sádica, dirigió el proyectil de energía pura hacia los botes de civiles que aún estaban a pocos metros de la orilla, vulnerables y lentos.
— ¡No! —gritó Lidi.
— ¡Lidi, quédate atrás! —exclamó Alexei, pero estaba demasiado lejos, bloqueado por tres soldados.
Lidiana vio el rayo de oscuridad surcar el aire. Sabía que si impactaba en los botes, cientos de personas morirían al instante. Sin pensar en las consecuencias, sin recordar las advertencias sobre su salud o el hecho de que Friedrich probablemente incendiaría el mundo si ella se hería, Lidi corrió hacia la trayectoria del ataque.
— ¡LIDIANA! —el grito de Caín rasgó el aire.
Lidi se plantó en la arena, extendiendo sus manos abiertas. En su mente, visualizó el momento en que, años atrás, había absorbido el exceso de poder de Friedrich para salvarlo de su propia libido descontrolada. "Es lo mismo", se dijo a sí misma. "Solo es energía. Y yo soy el vacío".
El impacto fue como si un carruaje a toda velocidad chocara contra su pecho. El ataque del Apóstata Negro golpeó sus palmas y, en lugar de explotar, comenzó a ser succionado hacia el interior de su cuerpo. El dolor fue indescriptible; sentía como si le vertieran plomo derretido por las venas. Sus ojos violetas brillaron con una luz blanca cegadora, y una onda de choque invisible barrió la playa, derribando a amigos y enemigos por igual.
— ¡Maldita sea! —exclamó el Apóstata Negro, retrocediendo ante la magnitud de la neutralización—. ¡Eso es imposible! ¡Nadie puede absorber tanta oscuridad sin morir!
Lidi se mantuvo en pie, aunque sus piernas temblaban como hojas al viento. Sus manos echaban humo, y un hilo de sangre corría por su nariz. El ataque había desaparecido, disuelto en la nada de su magia única.
El Apóstata Negro, viendo que su mejor ataque había fallado y que los soldados de Wilhelm se reagrupaban con furia renovada tras ver a su princesa herida, decidió que la retirada era la opción más prudente.
— Se lo contaré al Rey —siseó antes de desaparecer en una nube de humo negro—. Disfruta tu victoria, pequeña reina, mientras tu cuerpo aguante.
El silencio volvió a la playa, solo roto por el sonido de las olas. Lidi respiró hondo, sintiendo un vacío gélido donde antes estaba su fuerza vital. Vio a Caín y a Alexei correr hacia ella, sus rostros desencajados por el pánico.
— ¿Están... están todos bien? —susurró Lidi, intentando esbozar una de sus sonrisas traviesas—. Creo que... les di un buen susto...
— ¡Eres una idiota! —Alexei la alcanzó justo cuando sus rodillas cedían—. ¡Te dije que priorizaras tu vida! ¡Maldita sea, Lidi, mírame!
Lidi intentó responder, pero el mundo empezó a dar vueltas. El cielo naranja se volvió gris, y luego negro. La sensación de cansancio que había sentido durante semanas se convirtió en un peso insoportable que la arrastraba hacia el olvido. Lo último que sintió fue el calor de los brazos de su hermano y el sonido distante de Caín gritando órdenes para preparar el traslado médico inmediato.
— Friedrich... —murmuró ella casi sin voz—. No te enfades... demasiado...
Y entonces, la oscuridad la reclamó por completo.
— ¡Lidi! ¡Lidiana! ¡Abre los ojos! —gritaba Alexei, sacudiéndola suavemente mientras la cargaba hacia el barco principal—. ¡No te atrevas a morir ahora! ¡Si mueres, Friedrich nos matará a todos y luego destruirá el continente! ¡Despierta!
Caín, con el rostro pálido y las manos manchadas de la sangre de los enemigos, ayudó a subirla a bordo. El barco zarpó a toda velocidad, dejando atrás las Islas Verdes ahora libres, pero llevando consigo una carga que pesaba más que cualquier derrota: la vida de la mujer que era el corazón del reino.
Mientras el navío cortaba las olas hacia el fuerte militar, el cuerpo de Lidi permanecía inerte, sumergido en un sueño profundo y antinatural. Su magia de neutralización seguía vibrando débilmente, protegiéndola desde dentro, pero el esfuerzo había sido demasiado. En algún lugar del frente norte, Friedrich van de la Wilhelm se detuvo en medio de un campo de batalla, sintiendo un frío repentino en su pecho, un vacío en el vínculo de su alma gemela que lo hizo caer de rodillas, con sus ojos azul hipnótico volviéndose oscuros como una tormenta de muerte.
La guerra por las Islas Verdes había terminado, pero la verdadera batalla por la vida de la reina acababa de comenzar.