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No quiero ser la princesa heredera!

El despertar del Dragón y el milagro entre las cenizas

A cientos de kilómetros de la costa, en el frente norte, el aire estaba saturado con el olor a hierro y tierra quemada. Friedrich van de la Wilhelm, el Príncipe Heredero, se encontraba en su tienda de campaña, rodeado de mapas tácticos y despachos diplomáticos que parecían carecer de importancia en ese momento. A su lado, Will, su mago de la corte y amigo de la infancia, revisaba un informe sobre el despliegue de las tropas de Sanaja.

Hacía dos meses que Friedrich no veía a Lidiana. Dos meses en los que el tiempo se había convertido en una tortura lenta. Su libido, esa carga biológica de los descendientes del Dios Dragón, latía bajo su piel como un volcán a punto de entrar en erupción. Sin Lidi, su ancla y su alma gemela, su magia se volvía errática, oscura, alimentada por una obsesión que solo ella podía calmar. Solo la "Flor Real", ese vínculo místico que los unía, evitaba que perdiera la cordura por completo.

De repente, Friedrich se llevó una mano al pecho, apretando la tela de su uniforme. Un espasmo de dolor ardiente, como si una marca al rojo vivo se hundiera en su corazón, lo hizo doblarse.

— Friedrich, ¿qué sucede? —preguntó Will, dejando caer los papeles al suelo por la alarma.

El príncipe no respondió. A través del lazo de la Flor Real, no sintió palabras, sino una oleada de terror gélido seguida de un vacío absoluto. Era como si la luz de Lidi se hubiera apagado de golpe.

— Lidi... —susurró Friedrich, con los ojos azul hipnótico dilatados por el pánico—. Algo le ha pasado a Lidi.

Se puso de pie con una violencia tal que la mesa de madera crujió bajo su presión. Con un gesto de su mano, comenzó a trazar las runas de un portal de teletransportación de larga distancia, ignorando el agotamiento mágico que eso supondría.

— ¡Espera, Friedrich! —una voz pequeña y vibrante surgió de la espada familiar que descansaba en un soporte—. ¡No puedes irte así!

Areus, el espíritu guardián que tomaba la forma de un pequeño dragón dorado, emergió de la hoja. El espíritu, que normalmente encontraba a Lidi "adorable" y a Friedrich "un sádico eficiente", lucía inusualmente serio.

— ¡Quítate de mi camino, Areus! —rugió Friedrich, cuya aura mágica empezó a agrietar el suelo de la tienda—. Ella está en peligro. Puedo sentirlo. El lazo está... está en silencio.

— No está en el palacio —sentenció Areus, volando frente al rostro del príncipe—. Siento su rastro. No está en la capital. Si saltas al palacio, perderás tiempo. Además, no puedes dejar el frente sin un comandante. El ejército se desmoronará.

— ¡Me importa un bledo el ejército! —Friedrich agarró a Areus en el aire, sus dedos apretando con una fuerza que habría matado a un ser vivo—. Si ella no está a salvo, no habrá reino que gobernar porque yo mismo lo reduciré a cenizas.

— ¡Cálmate, dragón tonto! —chilló Areus—. Siento su lazo firme, pero su cuerpo ha sufrido un impacto masivo de maná. Está en el Castillo Militar, al este. ¡Ve allí, pero deja a Will a cargo!

Friedrich soltó al espíritu y miró a Will. Su amigo asintió con gravedad, comprendiendo que no había forma de detener a un dragón que temía por su pareja.

— Ve —dijo Will—. Yo mantendré la línea. Pero trae a Lidi de vuelta.

Sin perder otro segundo, Friedrich completó el círculo mágico. El espacio se rasgó con un estruendo ensordecedor y el príncipe desapareció en un torrente de luz azulada.

Cuando Friedrich emergió del portal en el patio del Castillo Militar, el aire era muy distinto al del norte. Aquí olía a mar y a victoria, pero para él, olía a tragedia. Los soldados y oficiales se quedaron petrificados al ver aparecer al Heredero de la nada, con el cabello desordenado y una expresión que prometía la muerte a cualquiera que se cruzara en su camino.

— ¡Su Alteza! —un oficial se acercó, haciendo una reverencia apresurada—. ¡Es un milagro que esté aquí! La Princesa Heredera es una heroína... los botes están llegando con los ciudadanos de las Islas Verdes... fue un plan brillante de su parte enviarla...

Friedrich no escuchaba. Sus ojos escaneaban frenéticamente los muelles y la entrada del fuerte.

— ¿Dónde está ella? —preguntó con una voz tan baja y peligrosa que el oficial retrocedió temblando.

— Ella... ella estaba en la última oleada, Su Alteza. El plan de rescate...

Friedrich sintió que el mundo se detenía. ¿Plan de rescate? ¿Lidi en el frente? La furia y el terror luchaban por el control de sus nervios. En ese momento, vio un grupo acercarse por la puerta principal.

Alexei caminaba a la cabeza, con el rostro más pálido que el mármol, seguido por Caín. El Apóstata Rojo llevaba en sus brazos un bulto envuelto en una capa de Wilhelm.

— ¡Lidi! —el grito de Friedrich desgarró el aire.

Se movió tan rápido que pareció teletransportarse. En un instante, estaba frente a Caín, arrebatándole el cuerpo de su esposa con una posesividad feroz. Al verla, el corazón de Friedrich se detuvo. Lidi estaba inconsciente, su piel usualmente rosada tenía un tinte grisáceo y un pequeño rastro de sangre seca adornaba su nariz.

— ¿Qué le han hecho? —preguntó Friedrich. El aire a su alrededor comenzó a vibrar con electricidad estática. Sus ojos se volvieron negros, la señal de que el sádico de corazón negro estaba a punto de emerger por completo—. Juro que si ella no despierta, Sanaja dejará de existir en los mapas mañana mismo.

— Ella se interpuso —dijo Caín, con la voz ronca—. Salvó a los civiles de un ataque de energía pura. Usó su magia de neutralización más allá de sus límites.

Friedrich no esperó a escuchar más. Cargó a Lidi hacia las habitaciones reales del fuerte, enviando un mensaje telepático cargado de amenaza tanto a Alexei como a Caín: "No se muevan de aquí. Hablaremos después. Y recen por sus vidas".

— ¡Traigan a un Maestro Médico! ¡AHORA! —rugió Friedrich mientras pateaba las puertas de la habitación.

Minutos después, el médico jefe del fuerte entró temblando. Friedrich no soltó la mano de Lidi ni un segundo. La observaba con una desesperación que rozaba la locura, acariciando su frente febril mientras Areus, posado en el cabecero de la cama, vigilaba en silencio.

El médico realizó una serie de diagnósticos mágicos, moviendo sus manos sobre el cuerpo de la princesa. El silencio en la habitación era tan denso que se podía escuchar el crujido de las antorchas en el pasillo. Alexei esperaba junto a la puerta, con la mirada perdida en el suelo.

Tras lo que pareció una eternidad, el médico se enderezó y se limpió el sudor de la frente. Miró a Friedrich, luego a Alexei, y tragó saliva.

— Su Alteza... la Princesa Heredera ha sufrido un agotamiento de maná extremo. Su magia de neutralización actuó como un escudo, pero el retroceso fue severo. Tiene fiebre y permanecerá inconsciente unos días, quizá una semana, mientras su núcleo se regenera.

— ¿Se recuperará? —la voz de Friedrich era un hilo de acero.

— Sí, se recuperará por sí misma, pero... —el médico hizo una pausa, midiendo sus palabras—. Hay una complicación que hace que este estado sea crítico. La Princesa está en cinta, Su Alteza.

El tiempo pareció congelarse. Friedrich soltó la mano de Lidi, quedándose completamente inmóvil, como si sus funciones vitales se hubieran apagado. Alexei, junto a la puerta, soltó un jadeo ahogado y tuvo que apoyarse en la pared para no caer.

— ¿Qué... qué has dicho? —preguntó Friedrich, con la mirada perdida en el rostro de su esposa.

— Está embarazada, Su Alteza. Unas pocas semanas, aún no es un periodo estable. El abuso de su capacidad mágica puso en riesgo no solo su vida, sino la del heredero. Lo que la protegió de un daño permanente fue, extrañamente, el propio feto. Parece que la semilla del dragón posee una chispa de magia defensiva que protegió el útero de la madre durante el impacto, actuando como un ancla. Pero el esfuerzo ha dejado a ambos exhaustos.

Friedrich sintió que el mundo se tambaleaba. Un hijo. Un hijo de Lidi, su alma gemela, el fruto de esa pasión obsesiva que los unía. Y ella casi lo pierde... casi los pierde a ambos en una playa olvidada por Dios.

— Recomendaciones —logró articular Friedrich, aunque su mente era un caos de alegría, furia y terror.

— Reposo absoluto, Su Alteza —dijo el médico rápidamente—. Deberá recibir intervención mágica para alimentarla mientras esté inconsciente; si pasa días sin nutrientes, el feto sufrirá. Una vez que despierte, no podrá realizar esfuerzos, ni caminatas largas, ni por supuesto usar magia, al menos hasta los cuatro meses. Su cuerpo debe priorizar la formación del niño.

Friedrich no respondió. Se limitó a asentir mecánicamente. El médico, sintiendo que su presencia ya no era requerida y que el aura del príncipe se volvía cada vez más inestable, hizo una reverencia y salió de la habitación.

Alexei entró lentamente, mirando a su hermana con una mezcla de culpa y asombro.

— Un sobrino... —murmuró Alexei—. Friedrich, yo... no sabía... si lo hubiera sabido, la habría encadenado al palacio.

Friedrich se giró hacia él. Sus ojos ya no eran negros, sino de un azul tan frío que cortaba como el hielo.

— Sal, Alexei —dijo el príncipe con una calma aterradora—. Sal antes de que olvide que eres su hermano y te cobre cada gota de sangre que ella perdió hoy.

Alexei no discutió. Sabía que Friedrich necesitaba estar solo, y él mismo necesitaba aire para procesar que el linaje del dragón continuaba, y que su hermana, la impredecible y valiente Lidi, llevaba en su vientre el futuro de Wilhelm.

Cuando la puerta se cerró, Friedrich se dejó caer en la silla junto a la cama. Tomó la mano de Lidi y la llevó a sus labios, besando sus nudillos con una devoción casi religiosa.

— Eres una mujer increíblemente tonta, Lidiana —susurró contra su piel—. Me ocultaste esto... fuiste a la guerra llevando nuestro futuro contigo.

Una lágrima solitaria, algo que nadie en el reino creería que el sádico príncipe poseía, rodó por su mejilla.

— No vas a volver a escaparte —continuó Friedrich, y su voz recuperó ese matiz posesivo y oscuro que tanto la caracterizaba—. Cuando despiertes, te encerraré. No en una torre, sino en mis brazos. No te dejaré caminar ni un paso si no es sobre mis palmas. Voy a ser tu sombra, tu aire y tu carcelero hasta que este niño nazca y mucho después.

Areus, desde el cabecero, soltó un pequeño suspiro de humo.

— Va a estar muy enfadada cuando despierte y vea que le has prohibido hasta respirar sin permiso —comentó el pequeño dragón.

— Que se enfade —respondió Friedrich, acariciando el vientre aún plano de Lidi con una delicadeza infinita—. Prefiero su furia mil veces antes que este silencio.

El Príncipe Heredero se quedó allí, velando el sueño de su rosa de marfil. La guerra exterior continuaba, pero para Friedrich van de la Wilhelm, el único mundo que importaba era el que latía débilmente bajo el corazón de la mujer que amaba más que a su propia vida. El dragón había encontrado su tesoro más preciado, y esta vez, ni el cielo ni el infierno se lo arrebatarían.