No quiero ser la princesa heredera!
El Despertar de la Reina y el Pacto del Dragón
Lidiana se encontraba sentada en el borde de la cama, observando a Friedrich con una mezcla de desafío y una vulnerabilidad que rara vez mostraba. El aire en la habitación todavía vibraba con el eco de su reciente "escapada" espiritual y física a la cabaña de Deldris. Aunque Friedrich acababa de entrar y parecía convencido de que ella había pasado la noche sumida en un sueño reparador, Lidi sabía que no podía mantener la farsa por mucho tiempo. No con él. Friedrich tenía un instinto animal para detectar cualquier cambio en su humor, y en ese momento, el aroma de la pócima de Deldris todavía impregnaba sutilmente sus poros.
— Friedrich —dijo ella, rompiendo el silencio antes de que él pudiera decir una palabra de afecto posesivo—. Siéntate. Tenemos que hablar, y no voy a aceptar que me silencies con besos esta vez.
Friedrich arqueó una ceja dorada, sorprendido por el tono imperativo de su esposa. Sin embargo, una sonrisa sádica y fascinada curvó sus labios. Amaba cuando Lidi sacaba las garras; era un recordatorio constante de por qué ella era la única mujer que podía reclamar el título de su alma gemela. Se sentó en la silla frente a ella, cruzando las piernas con una elegancia aristocrática.
— Te escucho, mi pequeña rosa. Aunque, por la forma en que brillan tus ojos, presiento que mi paciencia va a ser puesta a prueba.
Lidi respiró hondo. Decidió que la mejor defensa era un ataque frontal, sazonado con la lógica de su vida pasada en Japón, donde los conceptos de maternidad y autonomía eran muy diferentes a los protocolos restrictivos de este mundo de fantasía.
— He estado pensando en lo que dijo el médico sobre mi salud y el bebé —comenzó Lidi, entrelazando sus dedos sobre su vientre—. Y he decidido que tu plan de "reposo absoluto" es, en una palabra, ridículo. En mi mundo... bueno, en mis pensamientos más profundos, las mujeres embarazadas no son tratadas como porcelana rota. Tenemos antojos, tenemos necesidades y, sobre todo, no tenemos límites en lo que podemos comer o hacer mientras el cuerpo lo permita. ¡Al bebé le gusta que me mueva! Puedo sentirlo.
Friedrich abrió la boca para objetar, probablemente para citar algún antiguo tratado sobre la fragilidad de las consortes reales durante la gestación del linaje del dragón, pero Lidi levantó una mano, deteniéndolo en seco.
— No te atrevas a decir que es por mi seguridad —continuó ella con fervor—. Este encierro me está volviendo loca. Y una madre loca no puede criar a un heredero sano. Además, Deldris, que sabe mucho más de la magia del dragón que tus médicos de la corte, me ha dado esto.
Lidi sacó de debajo de la almohada un frasco de cristal rústico lleno de pequeñas galletas doradas que despedían un aroma a miel y hierbas silvestres.
— Son galletas vitamínicas —explicó ella, tomando una y dándole un mordisco con aire triunfal—. Fortalecen mi resistencia y estabilizan el flujo de maná entre el bebé y yo. Deldris dice que son esenciales.
Friedrich miró el frasco con una expresión de profunda incredulidad y disgusto.
— ¿Deldris? ¿Has vuelto a tener contacto con esa bruja odiosa? —Friedrich se frotó las sienes, soltando un suspiro exasperado—. Lidi, esa mujer es una paria, una ermitaña que desprecia la etiqueta real y que probablemente usa ingredientes que harían palidecer a un verdugo. Todavía me parece increíble cómo eres capaz de sacarle provecho a alguien tan insufrible.
Lidi soltó una risita, sintiendo que ganaba terreno.
— No la ofendas, Friedrich. Ella es directa y no me miente para complacerte. Y deberías estar agradecido. Me dijo algo que tus médicos no se atrevieron a decirme porque tienen miedo de tu temperamento.
La expresión de Friedrich se volvió seria al instante. Sus ojos azules se oscurecieron, enfocándose intensamente en Lidi.
— ¿Qué te dijo esa mujer?
— Me dijo que nuestro hijo es fuerte —respondió Lidi, suavizando su voz pero manteniendo la firmeza—. Y que yo también lo soy. Me dijo que mi magia de neutralización no es una debilidad que deba ser protegida, sino el escudo perfecto para este niño. Pero para que eso funcione, Friedrich, necesito que confíes en mí. No puedes seguir tomándome como una posesión que debe ser guardada bajo llave.
Lidi se levantó de la cama, ignorando el ligero mareo que Friedrich intentó usar como excusa para obligarla a sentarse de nuevo. Caminó hacia él y le tomó las manos, obligándolo a sentir el calor de su piel.
— No me dejes sola en esto —le suplicó ella—. Inclúyeme en todo. No solo en las decisiones sobre el reino, sino en las decisiones sobre nuestro hijo. No quiero que elijas por mí si las cosas se ponen difíciles. Quiero que luchemos juntos. Si solo te preocupas por mi salud física y descuidas mi salud mental, este niño recibirá este mundo en los brazos de una madre sin cordura, marchita por el aislamiento. ¿Es eso lo que quieres para tu heredero? ¿Una cáscara de la mujer que amaste?
El silencio que siguió fue sepulcral. Friedrich observó las manos de Lidi sobre las suyas. Podía sentir el pulso acelerado de su esposa, la determinación que emanaba de ella como una marea imparable. Su instinto de dragón le gritaba que la encerrara, que la protegiera de cada mota de polvo y de cada peligro potencial, pero su corazón de hombre, el que se había enamorado de la chica impredecible que lo desafió desde el primer día, sabía que ella tenía razón.
Friedrich se puso de pie, reduciendo la distancia entre ellos hasta que sus frentes se tocaron. Soltó un suspiro largo, rindiéndose ante la lógica emocional de su reina.
— Eres realmente... —Friedrich la rodeó con sus brazos en un abrazo tan fuerte que por un momento Lidi temió que le rompiera las costillas, aunque el gesto estaba lleno de una adoración desesperada—. Eres muy linda cuando reclamas tus derechos, Lidi. Y muy peligrosa para mi autocontrol.
Le dio un beso profundo en la mejilla, dejando que sus labios rozaran su piel con una delicadeza que contrastaba con su naturaleza sádica.
— Está bien —murmuró él contra su oído—. Reduciremos las restricciones. Podrás participar en las reuniones del consejo desde la galería, y Marianne te acompañará a los jardines dos veces al día. Pero si detecto un solo gramo de fatiga, o si esas galletas de la bruja te sientan mal, volverás a esta cama y yo mismo seré tu guardián las veinticuatro horas.
Lidi sonrió, sintiendo una victoria dulce en su pecho. Sabía que era un acuerdo frágil, pero era un comienzo.
— Trato hecho —dijo ella, apoyando la cabeza en su hombro—. Y Friedrich... gracias por escucharme. Sé que para un dragón obsesivo como tú, dejarme un poco de espacio es más difícil que ganar una guerra.
Friedrich se separó un poco, mirándola con una mezcla de resignación y deseo oscuro.
— No te equivoques, Lidi. Sigo queriendo encerrarte. Sigo queriendo que el mundo entero se olvide de que existes para que seas solo mía. Pero supongo que una reina que no puede gobernar su propia vida no sería la Lidiana de la que me enamoré.
Él tomó una de las galletas del frasco, la examinó con sospecha y luego se la llevó a la boca. Tras masticar un momento, hizo una mueca.
— Sabe a tierra y miel vieja. Definitivamente es obra de Deldris.
Lidi soltó una carcajada genuina, la primera en días. El ambiente en la habitación, antes cargado de tensión y secretos, se sintió de repente ligero.
— Pues a mí me parecen deliciosas —replicó ella, tomando otra—. Y al bebé también. Siento que tiene mucha energía ahora.
Friedrich puso su mano sobre el vientre de Lidi, cerrando los ojos para sentir la conexión mágica. A través de la Flor Real, pudo percibir no solo el maná de Lidi, sino una pequeña chispa vibrante y caótica que respondía a su toque. Era una sensación embriagadora.
— Es fuerte —reconoció Friedrich, con un brillo de orgullo en sus ojos—. Tiene tu terquedad, claramente.
— Y tu arrogancia, seguramente —añadió Lidi con una sonrisa traviesa.
Friedrich la atrajo hacia sí de nuevo, besándola con una pasión renovada. La guerra contra Sanaja aún no había terminado, y los desafíos de la maternidad en un mundo lleno de intrigas políticas y magia antigua apenas comenzaban, pero en ese momento, protegidos por los muros del fuerte y el vínculo inquebrantable de sus almas, Friedrich y Lidiana supieron que no había jaula en el mundo, ni siquiera una de oro y diamantes, que pudiera contener la fuerza de su unión.
— Mañana —dijo Friedrich, recuperando su tono de mando pero con un matiz de complicidad— revisaremos los informes de las Islas Verdes juntos. Si vas a ser una madre activa, más vale que empieces a trabajar en la reconstrucción del sector. No quiero que te aburras y decidas escaparte a otra provincia a espaldas de mi guardia.
— No prometo nada —respondió Lidi, guiñándole un ojo—. Pero acepto la oferta.
Mientras la luna se elevaba sobre el fuerte militar, la Reina y el Dragón compartieron un momento de paz robada al destino. Lidi sabía que todavía tenía que conseguir la lágrima del dragón de hielo para asegurar su supervivencia total, pero ahora sabía que no tendría que hacerlo escondiéndose por completo. Había ganado su voz, y con ella, la oportunidad de forjar un futuro donde su hijo no nacería en una prisión, sino en un reino liderado por dos iguales.
Friedrich, por su parte, observaba a su esposa con una intensidad que nunca flaqueaba. Sabía que ella seguiría siendo impredecible, inteligente y desafiante. Y aunque su corazón de negro seguía deseando poseerla por completo, aceptó que su papel no era ser su carcelero, sino el fuego que protegiera su luz.
— Duerme ahora, mi reina —susurró él, acomodándola entre las sábanas—. Mañana el mundo volverá a arder, y necesitaremos que estés lista para apagar las llamas... o para avivarlas conmigo.
Lidi se quedó dormida con una sonrisa, sintiendo el calor de Friedrich a su lado y la promesa de una libertad que, aunque vigilada, era finalmente suya. La batalla por las Islas Verdes había sido solo el comienzo; la verdadera leyenda de Lidiana Von Vivoir, la reina que neutralizó el destino, estaba empezando a escribirse.