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No quiero ser la princesa heredera!

La Jaula de Cristal y el Secreto del Linaje del Dragón

Los días en la fortaleza militar se habían convertido en una sucesión borrosa de techos artesonados y el monótono goteo del tiempo. Lidiana Von Vivoir, acostumbrada a la efervescencia de la capital y a sus incursiones secretas en la cocina, se sentía como un pájaro cuyas alas habían sido recortadas con tijeras de oro. Friedrich se había tomado el concepto de "reposo absoluto" con una literalidad aterradora.

— Su Alteza, por favor, debe terminar su caldo de raíces de maná —insistió Marianne, sosteniendo una cuchara de plata como si fuera un arma de persuasión—. El Príncipe Heredero fue muy claro: si no recupera su peso ideal, no se le permitirá ni siquiera sentarse junto a la ventana.

— Marianne, si vuelvo a ver una raíz de maná, creo que mi magia de neutralización se activará por puro instinto de supervivencia y disolverá este castillo —suspiró Lidi, apartando el cuenco con desgana—. Friedrich cree que la tierra de los jardines me enfermará y que el aire fresco es un enemigo potencial. ¡Es absurdo!

Lidi miró a su alrededor. Para combatir el tedio, había pedido libros de arquitectura y materiales para tejer, pero la fortaleza, al ser un puesto de avanzada militar, apenas tenía una biblioteca técnica y lana de calidad mediocre. Había intentado desestresarse tejiendo pequeños patucos que terminaban pareciendo deformes debido a su frustración, o construyendo maquetas de madera que luego Friedrich examinaba con sospecha, como si pudieran contener un mecanismo de escape secreto.

Cada vez que Friedrich la visitaba, la escena se repetía. Ella intentaba razonar, apelando a su intelecto, pero él siempre terminaba la discusión con una sonrisa gélida y una caricia posesiva.

— Tú misma provocaste esto, mi pequeña rosa —le decía él, sentándola en su regazo mientras inhalaba el aroma de su cabello—. Arriesgaste nuestra felicidad por un impulso. Ahora, las cosas se harán a mi manera hasta que estés fuera de peligro. No es una negociación, es el precio de tu imprudencia.

Esas palabras calaban hondo. Lidi se lamentaba profundamente. No por haber salvado a la gente, sino por haber puesto en riesgo la vida que crecía en su interior. Esa culpa era la cadena más pesada de todas, una que la devastaba mentalmente más que cualquier encierro.

Una tarde, mientras el médico jefe realizaba su revisión diaria, Lidi decidió probar una táctica diferente. Se sentía más fuerte, su energía fluía con mayor estabilidad y el mareo constante había desaparecido.

— Doctor —dijo ella, mientras el hombre guardaba sus instrumentos mágicos—, me siento mucho mejor. ¿No cree que podría empezar con actividades ligeras? Quizás una caminata corta, o una reunión con el consejo de suministros. Necesito sentirme útil.

El médico, un hombre mayor de ojos amables llamado Gerald, suspiró y evitó su mirada.

— Lo mejor es no hacerlo, Su Alteza. Descanse. Su cuerpo ha pasado por mucho.

— Pero doctor, he oído que los herederos de Wilhelm son inusualmente fuertes —insistió Lidi, detectando una sombra de duda en el hombre—. Mi constitución es sana. ¿Hay algo que no me estén diciendo?

Gerald se detuvo y miró hacia la puerta, asegurándose de que los guardias estuvieran fuera de oído. Luego, se sentó en una silla frente a ella, con una expresión de gravedad que hizo que a Lidi se le helara la sangre.

— Es cierto que el linaje del Dios Dragón es poderoso, Su Alteza. Pero esa es precisamente la raíz del problema. Debido a su constitución física, aunque usted es fuerte, el niño que lleva es... inusualmente demandante. Los herederos reales de Wilhelm poseen un maná tan denso desde la concepción que generan una encrucijada biológica.

— ¿Una encrucijada? —preguntó Lidi, palideciendo.

— Si continúa sus actividades normales, su cuerpo priorizará su propia supervivencia ante el desgaste, lo que podría dañar el desarrollo del niño. Pero si prioriza al niño, su propia salud podría verse comprometida a largo plazo. Normalmente, en la nobleza, si hay complicaciones durante el parto, se busca salvar al heredero por encima de la madre. Es la ley de la sucesión.

Lidi tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta.

— Pero... Wilhelm no es así, ¿verdad?

— No —respondió Gerald en voz baja—. He hablado de esto con el Príncipe Friedrich. Él ha sido muy enfático. Necesita asegurar la supervivencia de ambos, pero me dio una orden directa: si llegado el momento hay un riesgo real de que usted muera en el parto para salvar al niño, la medida es... deshacerse del niño. Priorizar su vida a toda costa.

Lidi sintió que el mundo se desmoronaba. El shock fue tan intenso que las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos violetas antes de que pudiera procesar el dolor.

— ¿Él dijo eso? —sollozó ella—. ¿Sin consultarme? ¿Sin dudar ni un segundo?

— Su Alteza, debe entender —dijo el médico, tratando de consolarla—. En la dinastía Wilhelm, la obsesión por la pareja es un rasgo genético. Se prioriza a la "mate" antes que a la descendencia. El razonamiento del Príncipe, por cruel que suene, es el del mal menor: si usted sobrevive, él puede seguir viviendo, y quizás tengan otro hijo en el futuro. Pero si usted muere, el Príncipe no solo no querría al niño, sino que probablemente destruiría el reino en su dolor.

Lidi se tapó la cara con las manos, llorando con desconsuelo. Friedrich era capaz de eso. Su amor era una fuerza de la naturaleza, pero también era egoísta y oscuro. Ella era la madre; ella debería tener la última palabra sobre su propio cuerpo y su hijo. Para ella, la vida de ese pequeño ser era el futuro, una esperanza que valía cualquier sacrificio.

— No puedo permitir que eso pase —susurró Lidi cuando el médico se retiró—. No dejaré que él tome esa decisión por mí.

Se recompuso como pudo. Necesitaba otra opinión, una que no estuviera bajo el pulgar de Friedrich. Y solo conocía a una persona capaz de ver más allá de la medicina convencional y los decretos reales: Deldris, la bruja de las medicinas.

Deldris vivía oculta en las afueras, una mujer antigua que conocía fórmulas mágicas prohibidas y que, según los rumores, podía vislumbrar los hilos del destino. Fue ella quien le dio a Lidi la poción de resistencia física en sus primeros meses de matrimonio, cuando el libido de Friedrich era casi imposible de manejar.

Esa noche, tras una cena tensa donde Friedrich se mostró más cariñoso y protector que nunca, Will, su mago de confianza, entró en la habitación con urgencia.

— Su Alteza, ha habido movimiento en la frontera norte —informó Will—. Debemos revisar los mapas de inmediato.

Friedrich suspiró, visiblemente molesto por ser interrumpido. Se inclinó y besó a Lidi con una ternura que ahora le resultaba dolorosa a ella, sabiendo lo que él estaba dispuesto a sacrificar.

— Ve a dormir, mi amor. No salgas de la cama. Volveré en cuanto pueda —dijo él, acariciando su rostro.

— Te amo, Friedrich —respondió Lidi, abrazándolo con una fuerza inusual, ocultando su determinación tras un gesto de afecto.

Friedrich, encantado por la muestra de cariño, se despidió con una sonrisa triunfal y salió, activando el sello mágico de la habitación. Pero Lidi no estaba sola. Caín, su guardia personal y el Apóstata Rojo, permanecía en las sombras del rincón.

— Caín —dijo Lidi con voz firme, poniéndose en pie—. Necesito que me lleves con Deldris. Ahora mismo.

Caín emergió de la oscuridad, con su rostro impasible mostrando una chispa de sorpresa.

— Princesa, el Príncipe Heredero ha sellado esta habitación con magia de sangre y dragón. Además, el riesgo para su salud...

— Caín, tu contrato de Apóstata es conmigo, no con Friedrich —lo interrumpió ella, cruzándose de brazos—. Eres mi caballero, y te ordeno que me saques de aquí. Deldris es como una abuela para ti; sabes que ella es la única que puede decirme la verdad sobre mi estado y cómo salvar a mi hijo sin que Friedrich tenga que elegir.

Caín guardó silencio, sopesando la lealtad hacia su señora contra el terror que inspiraba el Príncipe Heredero. Finalmente, suspiró y asintió.

— Se está aprovechando de mi juramento, Su Alteza —dijo él, aunque había un deje de respeto en su voz—. Pero tiene razón. Deldris es la única que puede ver el flujo del maná de un heredero dragón sin sesgos.

Lidi llamó a Marianne, quien entró asustada.

— Marianne, vas a meterte en la cama y a cubrirte hasta la cabeza —ordenó Lidi—. Si alguien pregunta, estoy durmiendo y me siento indispuesta. No dejes que nadie entre, ni siquiera Will. Tenemos unas horas antes de que Friedrich regrese.

— ¡Me van a ejecutar! —gimió la dama, pero aun así obedeció, temiendo más a la determinación de Lidi que a la furia del príncipe.

Caín se acercó a Lidi y puso una mano en su hombro. Al ser un Apóstata, su magia funcionaba en una frecuencia diferente a la de la familia real, lo que le permitía encontrar "grietas" en los sellos de Friedrich que otros no verían.

— Sujete su respiración, Princesa. La teletransportación de sombra es... desagradable.

En un parpadeo, la habitación desapareció. El aire cálido del fuerte fue sustituido por el olor a musgo, hierbas secas y el frío penetrante de un bosque antiguo. Aparecieron frente a una cabaña destartalada que parecía sostenida solo por la magia de las enredaderas que la cubrían.

— Adelante, pequeña revoltosa —resonó una voz ronca desde el interior—. Sabía que vendrías en cuanto te dieras cuenta de que tu dragón te ha puesto una correa demasiado corta.

Lidi entró en la cabaña, donde una mujer de edad indefinida, con el cabello blanco como la nieve y ojos que brillaban con una inteligencia maliciosa, removía un caldero que no contenía sopa, sino una sustancia plateada.

— Deldris —dijo Lidi, recuperando el aliento—. Necesito saber la verdad.

La bruja dejó de remover y señaló una silla de madera.

— Siéntate. Tu maná está hecho un desastre. Estás tratando de neutralizar tu propio embarazo por puro estrés, idiota.

Lidi se sentó, permitiendo que Deldris pasara sus manos huesudas sobre su vientre. La sensación fue eléctrica, muy diferente a la del médico real.

— El médico dice que Friedrich elegirá mi vida sobre la del bebé si hay complicaciones —soltó Lidi de golpe—. Dice que mi cuerpo no podrá soportar el parto de un heredero dragón si sigo activa.

Deldris soltó una carcajada seca.

— Ese médico es un tonto que solo lee libros oficiales. Tu cuerpo es único, Lidi. Tienes magia de neutralización. ¿Sabes lo que eso significa para un feto que emite maná destructivo? Significa que tú eres el único recipiente en el mundo capaz de albergar a un dragón sin ser consumida por él. Pero tu marido tiene razón en algo: si te agotas, tu magia de neutralización se debilita. Y si se debilita, el bebé empezará a "quemarte" por dentro.

Lidi sintió un escalofrío.

— Entonces, ¿el encierro es necesario?

— El reposo es necesario, pero el encierro mental te está matando —sentenció Deldris—. Escucha bien. Hay una forma. Una fórmula que estabiliza el maná del niño y lo vincula a tu ritmo cardíaco, no a tu flujo de maná. Pero requiere un ingrediente que Friedrich nunca te dejaría buscar: la lágrima del dragón de hielo de las montañas del sur. Es una flor, no un monstruo, pero crece en terrenos que él considera "peligrosos".

Lidi apretó los puños.

— Si consigo esa flor, ¿podré tener a mi hijo y sobrevivir? ¿Podré volver a ser yo misma?

— Sí —dijo Deldris, dándole una pequeña ampolla de cristal—. Bebe esto. Te dará estabilidad por unos días y ocultará tu rastro mágico para que Friedrich no sepa que estuviste aquí de inmediato. Pero recuerda, Lidi: el dragón no te encierra porque no confíe en ti, sino porque tiene miedo de su propia oscuridad si te pierde. Tendrás que ser más astuta que él si quieres salvar a los tres.

Lidi bebió el líquido, sintiendo un calor reconfortante recorrer su cuerpo. Miró a Caín, que esperaba en la puerta.

— Volvamos —dijo ella con una nueva luz en sus ojos—. Antes de que el dragón se dé cuenta de que su tesoro ha aprendido a burlar su guardia.

— ¿Qué planea hacer, Su Alteza? —preguntó Caín mientras preparaba el salto de regreso.

— Friedrich cree que puede decidir quién vive y quién muere en nuestra familia —respondió Lidi, ajustándose la capa—. Voy a demostrarle que una reina no necesita permiso para proteger su legado. Voy a conseguir esa flor, Caín. Y lo haré justo bajo su nariz.

Cuando regresaron a la habitación, Marianne saltó de la cama como si hubiera visto un fantasma. Lidi se cambió rápidamente y se metió bajo las sábanas, justo unos minutos antes de que el sello mágico vibrara, indicando que Friedrich estaba de regreso.

La puerta se abrió y el príncipe entró, luciendo cansado pero con esa mirada de posesividad eterna al ver a su esposa supuestamente dormida. Se acercó y besó su mejilla, sin sospechar que el aroma a bosque y rebelión aún flotaba débilmente en el aire.

Lidi cerró los ojos, fingiendo dormir, mientras su mente ya trazaba el mapa hacia las montañas del sur. La jaula de cristal seguía allí, pero ella acababa de encontrar la llave. Y esta vez, no permitiría que nadie, ni siquiera el hombre que amaba con locura, decidiera el destino de su corazón.