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No quiero ser la princesa heredera!

El Refugio del Dragón y el Secreto de las Dos Cunas

El aroma a sándalo y cera de abejas flotaba en los aposentos reales, mezclándose con el dulce perfume de las flores de invierno que Friedrich insistía en renovar cada mañana. Lidiana se encontraba sentada frente a su tocador, contemplando su reflejo con una mezcla de asombro y una paz que no había sentido en años. Su piel, antes pálida por el agotamiento y la tensión de la guerra, ahora lucía un brillo saludable, casi radiante.

Hacía cuatro meses que habían regresado del frente este. Cuatro meses desde que el caos de las Islas Verdes quedó atrás para dar paso a una rutina de cuidados meticulosos. Lidi deslizó sus manos sobre la suave seda de su camisón, deteniéndose en la prominente redondez de su vientre. Ya no era una ligera protuberancia que podía ocultarse bajo capas de encaje; ahora era una curva firme y hermosa que dictaba cada uno de sus movimientos.

«Realmente está ocurriendo», pensó, sintiendo una calidez que nacía desde su centro. «En mi vida pasada, jamás imaginé que terminaría así... reencarnada en una novela, casada con un príncipe sádico y esperando un heredero que, según todos los indicios, tiene la energía de un pequeño terremoto».

Se llevó una de las galletas mágicas de Deldris a la boca. Eran crujientes, con un regusto a miel y hierbas que calmaba instantáneamente cualquier atisbo de náusea o descontrol mágico. Gracias a ellas y a su propia magia de neutralización, que ahora actuaba como un manto protector alrededor del bebé, Lidi se sentía más fuerte que nunca. Sin embargo, había algo que la inquietaba. El médico real, en su última revisión, había fruncido el ceño con una mezcla de respeto y desconcierto. "Es un niño muy grande para su tiempo, Su Alteza", había dicho. Pero Lidi recordaba las palabras de la bruja en la cabaña: "Asegúrate de tener espacio para más de un latido".

— Si resultan ser dos, Friedrich va a tener un ataque de pánico posesivo —susurró Lidi para sí misma, sonriendo ante la idea de su imponente esposo tratando de lidiar con un par de bebés dragón.

Unos golpetes rítmicos en la puerta interrumpieron sus pensamientos. Marianne entró con la teatralidad que la caracterizaba, seguida por dos sirvientes que portaban una bandeja de plata con té humeante y bocadillos.

— ¡Buenos días, mi radiante y muy redonda Reina! —exclamó Marianne, haciendo una reverencia exagerada que casi hace que se le caiga la cofia—. Traigo el té de jazmín y las últimas noticias de la capital, que arde en deseos de saber por qué su soberana ha decidido convertir el ala este del palacio en un estudio de arquitectura.

Lidi soltó una carcajada y señaló la gran mesa central, que estaba cubierta de planos, maquetas de madera y muestras de telas.

— Deja el té ahí, Marianne. Necesito que veas esto antes de que Friedrich regrese de su reunión con el consejo.

Marianne se acercó, observando con genuino interés la maqueta de un edificio alargado con un gran patio central y lo que parecían ser aulas.

— Es el proyecto de la Academia Real de Damas —explicó Lidi, señalando los detalles con un lápiz—. Quiero que las jóvenes nobles de Wilhelm dejen de estar encerradas con institutrices aburridas que solo les enseñan a bordar y a callar. Quiero que estudien historia, administración, ciencias y artes, todas juntas. Imagina la red de contactos y la fuerza que tendrían si crecieran aprendiendo unas de otras.

Marianne abrió los ojos de par en par, su expresión pícara iluminándose.

— ¡Oh, eso causará un escándalo delicioso! Las matronas de la alta sociedad dirán que es una idea revolucionaria y peligrosa. ¡Me encanta! Correré el rumor de que es el deseo expreso de la Corona para modernizar el reino. Nadie se atreverá a contradecirla si Freed pone esa mirada de "te ejecutaré si molestas a mi esposa".

Lidi sonrió, agradecida por la lealtad de su amiga.

— En mi mundo... quiero decir, en mis sueños sobre un mundo ideal —corrigió Lidi rápidamente—, las escuelas no son solo para mujeres. Son mixtas. Chicos y chicas estudian en las mismas aulas, compiten en los mismos exámenes y conviven a diario desde pequeños.

Marianne soltó un jadeo dramático, llevándose las manos a las mejillas.

— ¡Su Alteza! ¡Qué propuesta tan atrevida! —dijo entre risas—. ¿Chicos y chicas juntos? Eso sería un nido de incidentes románticos y duelos de honor cada cinco minutos. ¿Acaso usted habla por experiencia propia? ¿Acaso en esos "sueños" suyos usted convivía con jóvenes apuestos en los pasillos?

Lidi aguantó la risa, adoptando un tono regio y exagerado, señalando a Marianne con su abanico cerrado.

— ¡Qué audacia! No te atrevas a cuestionar la moral de tu futura reina consorte, Marianne. Mis visiones son puramente... educativas.

— ¡Claro, claro! —respondió la dama, guiñándole un ojo—. Educativas y sumamente entretenidas, estoy segura. Pero bromas aparte, Lidi, es una idea hermosa. Yo habría dado cualquier cosa por no tener que aguantar al viejo Barón Von Tussle y sus clases de genealogía en solitario.

Ambas compartieron el té entre risas y planes, hasta que el sol comenzó a descender, tiñendo la habitación de tonos anaranjados y violetas. Al despedirse, Marianne se inclinó y, con una suavidad inusual, puso una mano sobre el vientre de Lidi.

— Cuídate, mi señora. Y tú, pequeño príncipe o princesa —susurró dirigiéndose al bebé—, por favor, al nacer, sal más parecido a tu madre en carácter. El reino no sobreviviría a dos Friedrichs al mismo tiempo.

Lidi se quedó sola tras la partida de Marianne. La habitación estaba en silencio, rota solo por el crujido del fuego en la chimenea. Se acercó a un rincón donde descansaba un plano especial: el de la habitación contigua a la suya. Friedrich había insistido en que el heredero tuviera su propia ala, como dictaba la tradición, pero Lidi se había negado rotundamente. Quería criarlo ella misma, sentir su llanto por la noche, estar presente en cada momento. Friedrich, tras una breve y fútil resistencia, había cedido con una frase que Lidi nunca olvidaría: "Si eso te mantiene cerca de mí y te hace feliz, quemaré el libro de protocolos yo mismo".

Estaba tan absorta trazando la ubicación de una alfombra de juegos que no escuchó la puerta abrirse. Unos brazos fuertes y cálidos la rodearon por la cintura, y el peso de una barbilla conocida se posó en su hombro. El aroma a sándalo, cuero y ese magnetismo gélido pero ardiente de Friedrich la envolvió por completo.

— Sigues trabajando demasiado, Lidi —susurró él contra su oído, enviando un escalofrío por su columna—. Debería prohibirte el uso de papel y tinta después del atardecer.

Lidi se relajó contra su pecho, dejando que su cabeza descansara hacia atrás para mirar esos ojos azul hipnótico que siempre la observaban como si fuera el único objeto de valor en el universo.

— Solo estaba terminando los detalles del nido, Freed —respondió ella, girándose en sus brazos para acariciar su cabello dorado, que brillaba como oro líquido bajo la luz de las velas—. ¿Cómo fue tu día? Pareces cansado.

Friedrich suspiró, cerrando los ojos por un momento mientras disfrutaba de las caricias de su esposa.

— El consejo es una manada de buitres quejumbrosos —admitió con una sonrisa afilada—. Pero al menos es divertido explotar a Alexei cuando no quiero continuar con el papeleo. Tu hermano tiene una capacidad admirable para la administración cuando se siente amenazado con un aumento de su carga de trabajo.

Lidi soltó una pequeña carcajada, imaginando al pobre Alexei enterrado en documentos bajo la mirada sádica de Friedrich.

— Eres terrible con él, de verdad.

— Soy eficiente, mi amor —corrigió él, depositando un beso profundo en el hueco de su cuello, su lengua rozando su piel con una posesividad que hizo que las piernas de Lidi flaquearan—. Y ahora que he cumplido con mis deberes, quiero toda tu atención.

Friedrich se separó un poco y sus ojos cayeron sobre el plano que Lidi estaba revisando. Enarcó una ceja perfecta al notar un detalle inusual.

— Lidi... ¿por qué hay dos cunas idénticas en este dibujo? ¿Y una cama extra? —preguntó con curiosidad genuina.

Lidi sintió un ligero nerviosismo. Sabía que la familia real de Wilhelm no tenía antecedentes de partos múltiples, algo que Friedrich consideraba una bendición dada la intensidad del maná de su linaje.

— Bueno —comenzó ella, jugando con un botón de la chaqueta de él—, la cama es por si decido quedarme a dormir allí para estar cerca del bebé. Y las dos cunas... es solo previsión. Uno nunca sabe, Freed. A veces la magia hace cosas extrañas.

Friedrich soltó una risa suave y melodiosa, envolviéndola de nuevo en sus brazos y besando su sien.

— Mi dulce e imaginativa Lidi. En el linaje del Dios Dragón jamás han existido gemelos. El poder de un solo heredero es suficiente para agotar a cualquier madre; dos serían... estadísticamente imposibles. Es una de las leyes de nuestra sangre para asegurar la supervivencia de la pareja.

Lidi lo miró con picardía, recordando la pócima de Deldris y la forma en que su vientre parecía crecer a un ritmo que desafiaba la lógica médica.

— Las estadísticas están para romperse, Friedrich. Además, soy una reencarnada, ¿recuerdas? Ya rompí la lógica de este mundo hace mucho tiempo.

Friedrich la observó con una mirada cargada de una devoción que rozaba la locura. No le importaba si eran uno, dos o diez; mientras ella estuviera a su lado, el resto del mundo podía arder.

— Si llegara a ser verdad —dijo él, su voz bajando a un tono más ronco y territorial—, al menos los nobles del consejo no podrán volver a molestarnos exigiendo más descendencia en mucho tiempo. Tendré más tiempo para tenerte solo para mí.

El ambiente en la habitación cambió drásticamente. El aire se volvió denso, cargado de una química eléctrica que siempre existía entre ellos, pero que se había mantenido bajo un control estricto durante los meses anteriores. Friedrich deslizó sus manos hacia abajo, posándolas sobre la redondez del vientre de Lidi con una delicadeza infinita, pero sus ojos ardían con un deseo que no intentó ocultar.

— Lidi —susurró, acercando sus labios a los de ella hasta que sus alientos se mezclaron—. He hablado con el médico hoy. Me ha confirmado que finalmente hemos entrado en el periodo estable y seguro.

Lidi sintió que su corazón daba un vuelco. Recordaba perfectamente las promesas que le había hecho durante los meses de abstinencia forzada en la fortaleza, aquellas palabras susurradas entre besos robados y la promesa de un uniforme que él todavía le debía.

— ¿Ah, sí? —respondió ella, su voz apenas un susurro, mientras sus manos se enredaban en la nuca de él—. ¿Y qué sugieres que hagamos con esa información, Su Alteza?

Friedrich sonrió, una expresión de triunfo y hambre que habría aterrorizado a cualquiera que no fuera ella. La levantó con una facilidad asombrosa, como si no pesara nada a pesar de su estado, y la llevó hacia la gran cama con dosel.

— Sugiero que es momento de que cumplas tus promesas, mi pequeña reina —dijo él, depositándola sobre las sábanas de seda mientras se desabrochaba los primeros botones de su camisa con una lentitud tortuosa—. He sido muy paciente, he sido un esposo ejemplar y protector... pero mi límite ha llegado a su fin. Esta noche, no habrá planos, ni maquetas, ni consejos de guerra. Solo tú, yo y este deseo que me está consumiendo.

Lidi se hundió en las almohadas, observando al hombre que era su carcelero, su salvador y su todo. Mientras Friedrich se inclinaba sobre ella, cubriendo su cuerpo con el suyo y reclamando sus labios con una pasión que le quitó el aliento, Lidi supo que, sin importar cuántos herederos vinieran o cuántas escuelas tuviera que construir, siempre pertenecería a este dragón de corazón negro que la amaba más allá de la razón.

El resto del mundo desapareció tras las pesadas cortinas de terciopelo, dejando solo el sonido de respiraciones entrecortadas y la promesa de una noche donde la reina finalmente, y por voluntad propia, se rendiría ante su rey.