No quiero ser la princesa heredera!
El Vientre del Dragón y el Despertar de la Flor Real
Lidiana se encontraba perdida en un laberinto de planos y ambiciones futuras, pero la realidad la reclamó de forma súbita y ardiente. Sintió una presión familiar y electrizante cuando la mano de Friedrich, grande y abrasadora, descendió por la curva de su vientre hasta alcanzar la seda de su ropa interior. El contacto directo con su punto más sensible la hizo jadear, rompiendo el hilo de sus pensamientos sobre la arquitectura del reino de un solo golpe.
— Estás divagando otra vez, Lidi —la voz de Friedrich vibró contra su nuca, cargada de un recelo que ella conocía bien—. Tu mente estaba muy lejos de aquí. ¿En qué pensabas con tanta intensidad que ni siquiera notaste cómo te desabrochaba el vestido?
Lidi intentó recuperar el aliento, girando un poco la cabeza para encontrarse con esos ojos azul hipnótico que ahora lucían levemente entornados por los celos. Friedrich no soportaba la idea de que algo, incluso un proyecto noble, le robara la atención de su esposa cuando estaban a solas.
— Solo pensaba en la escuela, Freed... en cómo cambiará la vida de las jóvenes —logró decir, aunque su voz sonó temblorosa debido a la caricia rítmica de sus dedos.
Friedrich frunció el ceño y, en un gesto que derretiría el corazón de cualquier mujer, puso una expresión suplicante, casi como la de un cachorro herido, mientras escondía el rostro en el hueco de su cuello.
— Olvida la política, olvida los edificios y las boberías por un momento —le rogó con un tono meloso que contrastaba con la firmeza de su agarre—. Deja que yo sea quien domine tus pensamientos en este momento, Lidi. Solo yo.
Lidi sintió una punzada de ternura mezclada con deseo. Sabía perfectamente cómo manejar la posesividad de su marido. Se giró por completo en el sofá, rodeando su cuello con los brazos y atrayéndolo hacia sí hasta que sus narices se rozaron.
— Siempre pienso en ti, Freed —le susurró con una voz seductora, rozando sus labios con los de ella en una invitación tortuosa—. Pienso en ti mucho más de lo que tu arrogante corazón imagina.
Luego, inclinándose hacia su oído, soltó un gemido deliberado, suave y cargado de necesidad, mientras susurraba con una dulzura que sabía que era el punto débil del príncipe.
— Te amo tanto... no seas malo conmigo hoy, Freed. Por favor.
El efecto fue instantáneo y devastador. Friedrich se quedó estático, como si un rayo lo hubiera golpeado. Lidi pudo ver, con una satisfacción traviesa, cómo la punta de sus orejas se teñía de un rojo escarlata vivo. La paciencia que el príncipe había cultivado durante meses de abstinencia forzada se quebró como un cristal fino bajo un martillo.
— Tú... —la voz de Friedrich sonó ahogada, casi un gruñido—. No deberías provocarme así cuando sabes que mi autocontrol pende de un hilo.
Sin previo aviso, la levantó ligeramente para acomodarla mejor en el sofá. Su mirada era ahora puro fuego azul.
— Ha pasado demasiado tiempo, Lidi —advirtió él, su respiración agitada golpeando el rostro de ella—. Podría doler... estoy demasiado tenso.
Pero antes de que ella pudiera responder, Friedrich entró en ella con una fuerza y profundidad contundentes. Lidi soltó un grito ahogado que se transformó en un gemido de puro éxtasis. Una descarga de energía mágica, producto del vínculo de la Flor Real y la sangre de dragón de él, le nubló la mente, haciéndola ver estrellas. Friedrich, por su parte, soltó un gemido ronco y desesperado, abrumado por la calidez y la presión que lo envolvía.
— Estás tan... tan apretada —gruñó él, enterrando el rostro en su almohada mientras intentaba no perder el sentido por el placer—. Dios, Lidi, te he echado tanto de menos.
Empezaron a moverse con una lentitud tortuosa, cada embestida enviando oleadas de calor a través del cuerpo de Lidi. Sin embargo, la necesidad de Friedrich era un hambre voraz que no se saciaba con delicadeza.
— Lidi, por favor —rogó él, su frente perlada de sudor mientras la miraba con ojos suplicantes—, ¿puedo ir más rápido? Siento que voy a estallar si no me dejas...
— Sí, Fred... sí —asintió ella, arqueando la espalda y enterrando las uñas en sus hombros.
Al recibir el permiso, Friedrich desató un ritmo salvaje e implacable. Sus manos, antes cuidadosas, ahora la sujetaban con una posesividad feroz. Bajó a devorar sus pechos, alternando entre besos húmedos y mordiscos suaves que hacían que Lidi perdiera la noción de la realidad. En medio del acto, Friedrich se detuvo un segundo para observar su obra con una arrogancia descarada.
— Mira esto —murmuró él, apretando con suavidad sus pechos, que lucían más llenos debido al embarazo—. Han crecido y están hermosos. Mi dedicación y mis constantes masajes finalmente han dado sus frutos, ¿no crees?
Lidi quiso protestar, quiso llamarlo idiota y recordarle que era un proceso biológico natural, pero el placer de las embestidas que siguieron le robó el aliento y cualquier capacidad de articular palabras coherentes. Solo pudo soltar gemidos entrecortados mientras Friedrich se obsesionaba con su vientre.
Con una mano sostenía firmemente las caderas de ella, y con la otra acariciaba con una reverencia casi religiosa la prominente redondez donde crecía su heredero. Su mirada se llenó de un cariño devorador y un orgullo primitivo al verla albergando su semilla, su futuro, su todo.
— Estás a punto de recibirlo todo, Lidi —le avisó él, su voz vibrando con una intensidad sobrenatural—. No te sueltes. Recíbelo todo de mí.
Ambos alcanzaron un clímax abrumador y simultáneo. Fue una explosión de maná y sensaciones físicas que dejó a Lidi temblando, con los sentidos a flor de piel y el corazón martilleando contra sus costillas. Friedrich se desplomó sobre ella con cuidado de no aplastar su vientre, respirando de forma errática.
Tras unos minutos de silencio absoluto, donde solo se escuchaba el crepitar de la chimenea, Friedrich se incorporó. A pesar de estar a medio vestir y con el cabello dorado desordenado, la levantó en brazos con una facilidad asombrosa, como si los meses de embarazo no hubieran añadido ni un gramo a su peso.
— Vamos a la cama, mi reina —dijo él, caminando con paso firme hacia el dormitorio principal.
Lidi, sintiéndose repentinamente vulnerable y avergonzada por el estado de su cuerpo, ocultó el rostro en el pecho de él, aspirando su aroma a sándalo y sudor.
— No deberías cargarme así, Freed —murmuró ella con un hilo de voz—. Debe ser incómodo y estoy muy pesada ahora... me veo tan grande.
Friedrich se detuvo en seco y la miró con una sonrisa tan llena de amor y sinceridad que Lidi sintió ganas de llorar.
— No digas tonterías, Lidi —sentenció él, depositando un beso tierno en su nariz—. No pesas nada para mí. Estaría encantado de cargarte incluso si pesaras el doble, porque adoro tu cuerpo en cada una de sus formas. Estás más hermosa ahora que el día que nos casamos.
La depositó con extrema delicadeza sobre las sábanas de seda y se acostó a su lado, envolviéndola en sus brazos para el "aftercare". Comenzó a acariciar su cabello, besando su frente una y otra vez mientras su respiración se estabilizaba.
— Mi cuerpo aún desea más de ti —confesó él en un susurro, mirándola con una expectación hambrienta pero respetuosa—, pero tú tienes la última palabra. ¿Quieres continuar?
Lidi suspiró, sintiéndose protegida y amada, pero también honesta con sus propias limitaciones físicas.
— Me agoto mucho más rápido ahora, Freed... y me siento un poco pesada —admitió con una sonrisa tímida—. Creo que por hoy he tenido suficiente emoción.
Friedrich no mostró ni un ápice de decepción. Al contrario, la atrajo más hacia su pecho, besando sus párpados con devoción.
— Está bien por hoy, mi amor. Tu descanso y el del pequeño son lo más importante.
Se quedaron así, abrazados en la penumbra del gran dosel. Lidi, sintiéndose relajada y en paz, comenzó a charlar tranquilamente sobre sus ideas para decorar la habitación del bebé, mencionando colores y muebles que Friedrich escuchaba con una atención absoluta, asintiendo a cada una de sus peticiones como si fueran decretos divinos.
Poco a poco, la voz de Lidi se fue apagando, volviéndose un murmullo incomprensible hasta que finalmente se quedó profundamente dormida, con la mejilla apoyada en el pecho de su esposo.
Friedrich la observó durante largo rato en silencio. Su mirada, que solía ser fría y calculadora con el resto del mundo, era ahora un océano de amor incondicional. Acarició el vientre de Lidi una última vez, sintiendo una pequeña patada que lo hizo sonreír con orgullo.
— Duerme, mi tesoro —susurró él, cubriéndola mejor con la manta—. Mañana seguiremos construyendo ese mundo que tanto deseas.
Cerró los ojos y se sumió en el sueño, manteniendo a su esposa firmemente sujeta, como el dragón que finalmente ha encontrado el tesoro más valioso de su cueva y no piensa soltarlo jamás.