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Nose

Ecos en el Vacío

El silencio que siguió al estallido de llanto de Lucy fue casi más ensordecedor que el ruido de los motores del Interceptor. En la enfermería de la nave, la luz era tenue, ajustada por Aya para proporcionar una atmósfera de calma. Saint Walker permanecía sentado junto a la pequeña camilla, donde la niña, despojada finalmente de su máscara y de la tensión que mantenía sus músculos rígidos, consumía lentamente un caldo nutritivo que la IA había sintetizado.

Hal Jordan observaba desde el umbral de la puerta, con los brazos cruzados y el anillo verde emitiendo un pulso rítmico. A su lado, Kilowog parecía una montaña de músculo fuera de lugar en aquel entorno tan estéril y delicado.

—Sigo sin entender cómo lo haces, Walker —susurró Hal, bajando la voz para no perturbar la paz que tanto había costado conseguir—. Los Linternas Rojos son pura bilis y odio. Se supone que sus corazones mueren y son reemplazados por el anillo. Pero ella... ella parece estar volviendo a ser ella misma.

Saint Walker no apartó la mirada de Lucy. Con un gesto pausado, le retiró un mechón de cabello de la frente. Sus dedos, de piel pálida y tacto suave, transmitían una calidez que no era física, sino espiritual.

—El anillo de un Linterna Rojo no reemplaza el corazón, Jordan —explicó Walker con su tono melódico—, lo encarcela. La ira es una costra gruesa que protege una herida abierta. Mi luz no destruye la ira, simplemente le recuerda al alma que ya no necesita protegerse de esa manera. La esperanza es el bálsamo que permite que la herida empiece a sanar.

Lucy dejó el cuenco a un lado. Sus ojos marrones, todavía enrojecidos por el llanto, se fijaron en Saint Walker con una mezcla de adoración y miedo.

—¿Por qué eres tan amable conmigo? —preguntó con voz ronca—. Intenté quemarte. Intenté quemarlos a todos. Atrocitus decía que la amabilidad era una debilidad de los mundos que merecen ser purificados.

Walker sonrió, una expresión de paz absoluta que parecía iluminar los rincones más oscuros de la habitación.

—Atrocitus confunde la paz con la rendición —respondió el Linterna Azul—. Ser amable en un universo que a veces parece cruel es el acto de mayor valentía que existe, pequeña Lucy. No eres una guerrera del odio, eres una superviviente. Y los supervivientes necesitan manos que los sostengan, no puños que los golpeen.

Kilowog dio un paso adelante, haciendo que el suelo de metal gimiera bajo su peso. Lucy se encogió instintivamente, pero al ver que el enorme Linterna Verde no levantaba su anillo, se relajó un poco.

—Escucha, pequeña —dijo Kilowog, tratando de suavizar su voz de sargento—. Has dicho que Atrocitus va hacia el sector 2814. Hacia la Tierra. Necesitamos saber por qué. Él no mueve a toda la flota roja solo por una rabieta. ¿Qué busca allí?

Lucy bajó la mirada, jugueteando con el borde de su poncho rojo. El emblema en su pecho ya no brillaba con la intensidad violenta de antes; ahora era un fulgor mortecino, como una brasa que se apaga.

—Él habla de la "Raíz de la Voluntad" —susurró ella—. Dice que si puede infectar el planeta donde la voluntad es más pura, el equilibrio de las luces se romperá. Quiere convertir el sol de ese sistema en un faro de sangre. Si lo logra... todos los que sientan un mínimo de dolor en esa galaxia se convertirán en lo que yo soy.

Hal apretó los puños. La idea de que Atrocitus convirtiera la Tierra en un campo de reclutamiento masivo para sus Linternas Rojos le revolvía el estómago.

—Quiere una infección a escala planetaria —concluyó Hal—. Si el sol se vuelve rojo, la radiación afectará a todos los seres sintientes. No solo tendremos que luchar contra Atrocitus, sino contra miles de millones de personas consumidas por la ira.

—Aya —llamó Hal al aire—, ¿cuánto tiempo tenemos hasta que la flota roja llegue a las coordenadas de la Tierra?

La forma holográfica de Aya apareció en el centro de la sala, sus circuitos brillando con una urgencia lógica.

—A su velocidad actual, y considerando las anomalías de los motores de salto de las naves de Atrocitus, llegarán en aproximadamente seis horas estándar. El Interceptor puede interceptarlos en cuatro si forzamos los motores al ciento diez por ciento.

—Hazlo —ordenó Hal—. Kilowog, ve a la sala de motores y ayuda a Razer a estabilizar el flujo de energía. Necesitamos cada pizca de velocidad que esta chatarra pueda darnos.

Kilowog asintió y salió de la enfermería a paso rápido, dejando a Hal solo con Walker y la niña.

—¿Qué pasará conmigo ahora? —preguntó Lucy, mirando a Hal con una vulnerabilidad que le recordó a su propia sobrina en la Tierra—. ¿Me llevarán con los Guardianes? Razer dice que ellos no perdonan a los que llevan el rojo.

Hal se rascó la nuca, sintiéndose incómodo. Los Guardianes de Oa eran conocidos por su rigidez y su falta de empatía. Para ellos, un Linterna Rojo era una anomalía que debía ser contenida o eliminada.

—No voy a dejar que te encierren en una celda de ciencia, Lucy —dijo Hal finalmente, arrodillándose para estar a su altura—. Te doy mi palabra de Linterna Verde. Pero necesitamos que nos ayudes a detener esto. Conoces sus tácticas, conoces cómo funcionan sus naves.

—Ella no puede luchar, Jordan —intervino Saint Walker, poniendo una mano protectora sobre el hombro de la niña—. Su espíritu está exhausto. Pedirle que use el anillo de nuevo sería como pedirle a alguien con las piernas rotas que corra una maratón.

—No quiero usarlo —dijo Lucy, con un rastro de terror en sus ojos—. Cuando el anillo brilla, dejo de ser yo. Siento que me ahogo en un mar de sangre y solo quiero que todos los demás se ahoguen conmigo.

Saint Walker la atrajo hacia sí en un abrazo maternal, permitiendo que la niña apoyara la cabeza en su pecho. El contraste entre la armadura azul de Walker y el poncho rojo de Lucy era una imagen poderosa: la calma abrazando a la tormenta.

—No tendrás que usarlo —prometió Walker—. Yo estaré contigo. Mi luz mantendrá el fuego bajo control. Descansa ahora, pequeña. La esperanza no es solo una palabra, es un refugio.

Hal observó la escena durante un momento más antes de retirarse al puente de mando. Mientras caminaba por los pasillos metálicos, se encontró con Razer, que salía de la sala de armas cargando varias celdas de energía. El Linterna Rojo reformado se detuvo y miró a Hal con sus ojos inyectados en sangre.

—¿Cómo está ella? —preguntó Razer con su habitual tono seco, aunque había una nota de preocupación genuina en su voz.

—Walker la tiene bajo control —respondió Hal—. Es increíble. Ha logrado que se quite la máscara y hable. Dice que Atrocitus va a por el sol de la Tierra.

Razer apretó los dientes, un gesto que hizo que las marcas en su rostro se tensaran.

—Atrocitus es un carnicero, pero no es un tonto. Sabe que la voluntad humana es el mayor obstáculo para su cruzada de odio. Si apaga vuestra luz, el resto del universo caerá como fichas de dominó.

—No vamos a dejar que eso pase, Razer —dijo Hal con determinación—. Pero me preocupa la niña. Si entramos en combate, no podemos dejarla sola en la enfermería. Si el Interceptor recibe daños, su control emocional podría romperse.

—El azul la mantendrá a salvo —afirmó Razer, comenzando a caminar de nuevo—. Saint Walker tiene una paciencia que yo nunca comprenderé, pero funciona. Él ve algo en ella que yo perdí hace mucho tiempo: la posibilidad de una vida que no esté definida por lo que nos fue arrebatado.

En el puente de mando, la tensión era palpable. Aya estaba conectada directamente a los sistemas de navegación, sus dedos virtuales moviéndose a una velocidad que ningún humano podría seguir.

—Linterna Jordan, hemos detectado una distorsión en el hiperespacio —anunció Aya—. No es la flota de Atrocitus. Es una señal de socorro de corto alcance proveniente de una de las lunas del sector.

—¿Ahora? No tenemos tiempo para misiones de rescate, Aya —gruñó Kilowog desde su estación táctica—. La Tierra está en juego.

—La señal está codificada con protocolos de los Linternas Verdes —añadió Aya—. Proviene de un anillo que está operando en modo de emergencia.

Hal se tensó. Un Linterna Verde en problemas cerca del territorio de los Rojos solo podía significar una cosa: Atrocitus ya estaba eliminando a las patrullas fronterizas.

—Cambia el rumbo, Aya —ordenó Hal—. No dejamos a nadie atrás.

—Pero Hal... —empezó Kilowog.

—Es una orden, Kilowog. Si Atrocitus está cazando a los nuestros, necesitamos saber cuántos quedan y qué nos espera. Además —Hal miró hacia la dirección de la enfermería—, quizá ver que no somos solo nosotros cuatro le dé a Lucy un poco más de fe en que el universo no es solo oscuridad.

El Interceptor giró bruscamente, sus propulsores de iones dejando una estela esmeralda en el vacío. Minutos después, emergieron del hiperespacio frente a una luna volcánica, cuya superficie burbujeaba con lava y gases tóxicos. En la órbita, una pequeña nave de patrulla de los Linternas Verdes estaba siendo despedazada por tres cazas rojos.

—¡A sus puestos! —gritó Hal, saltando a su silla de piloto—. ¡Kilowog, dales con todo lo que tengamos! ¡Razer, prepárate para el abordaje si es necesario!

Desde la enfermería, Saint Walker sintió el cambio en la vibración de la nave. Lucy se despertó sobresaltada, sus ojos buscando frenéticamente la máscara que ya no llevaba puesta.

—Están aquí... —susurró ella, temblando—. Puedo sentirlos. El odio... es tan fuerte que me duele la cabeza.

Walker le tomó las manos con firmeza.

—No los escuches, Lucy. Escucha el latido de tu propio corazón. Escucha la calma que estamos construyendo aquí.

—¡Van a matarnos! —gritó ella, y por un momento, el aura roja estalló a su alrededor, agrietando el suelo de la enfermería.

—No mientras yo respire —dijo Walker con una voz que no admitía réplica. Su anillo azul brilló con tal fuerza que la habitación entera quedó sumergida en un océano de zafiro—. Todo estará bien, Lucy. Repítelo conmigo. Todo estará bien.

La niña lo miró, las lágrimas volviendo a brotar, pero esta vez no eran lágrimas de rabia. Se aferró a la túnica de Walker como si fuera su único ancla en un mar embravecido.

—Todo... todo estará bien —repitió ella en un susurro quebrado.

Afuera, el espacio se iluminó con el intercambio de disparos. Hal Jordan maniobraba el Interceptor con una destreza suicida, esquivando los torrentes de plasma rojo mientras Kilowog devolvía el fuego con ráfagas de energía verde.

—¡Razer, ahora! —gritó Hal.

Razer salió disparado por la escotilla de lanzamiento, convertido en un proyectil de furia controlada. Atravesó el casco de uno de los cazas rojos, provocando una explosión que iluminó la luna volcánica como si fuera un segundo sol.

—¡Uno menos! —informó Razer por el comunicador, su voz cargada de adrenalina.

Sin embargo, la alegría duró poco. De la sombra de la luna emergió una nave mucho más grande: el "Busca-Sangre", el buque insignia de Atrocitus.

—Es una trampa —dijo Aya con su voz monótona, aunque había un procesador de advertencia zumbando en su núcleo—. La señal de socorro era un cebo para atraernos fuera del hiperespacio.

En la pantalla principal del puente, apareció el rostro de Atrocitus. Su piel roja parecía arder y sus ojos eran pozos de fuego eterno.

—Jordan —rugió el líder de los Linternas Rojos—. Veo que has recogido a la pequeña basura que deseché. Devuélveme lo que es mío y quizá tu muerte sea rápida.

Hal se echó hacia atrás en su asiento, con una sonrisa desafiante en el rostro.

—Lo siento, Atrocitus. Tenemos una política de no devolución para niños que intentas usar como bombas humanas. Y en cuanto a mi muerte... tendrás que ponerte a la cola.

—Entonces arderéis todos —sentenció Atrocitus antes de que la pantalla se cortara.

El Busca-Sangre disparó un rayo de energía concentrada que sacudió el Interceptor hasta sus cimientos. En la enfermería, el impacto lanzó a Walker y a Lucy contra la pared. El campo de fuerza de la enfermería parpadeó y se apagó.

Lucy se puso de pie, su pequeño cuerpo vibrando. El anillo en su dedo comenzó a emitir un sonido agudo, una llamada de su antiguo maestro.

—Él me llama... —dijo ella, con la mirada perdida—. Quiere que vuelva. Quiere que los mate a todos desde dentro.

Saint Walker se levantó rápidamente, ignorando el dolor en su costado. Se colocó frente a ella, bloqueando su visión de la ventana donde el espacio hervía en rojo.

—Tú no eres su propiedad, Lucy —dijo Walker, su voz resonando con una autoridad divina—. Eres una persona. Tienes voluntad. Tienes esperanza.

—¡No puedo detenerlo! —gritó ella, y un chorro de plasma rojo salió disparado de su boca, golpeando el escudo que Walker levantó en el último segundo.

—Sí que puedes —insistió Walker, acercándose a pesar del calor abrasador—. No luches contra la ira con más ira. Déjala pasar. Como el viento a través de las ramas de un árbol. No eres el fuego, Lucy. Eres lo que queda cuando el fuego se apaga.

La niña cayó de rodillas, sollozando, mientras el Interceptor recibía otro impacto que hizo que las luces de emergencia se encendieran en un rojo alarmante.

—Hal, necesitamos salir de aquí ya —gritó Kilowog por el intercomunicador—. ¡Los escudos están al veinte por ciento!

—¡No puedo saltar con el Busca-Sangre fijando nuestra firma de energía! —respondió Hal, luchando con los controles—. ¡Necesito una distracción!

En ese momento, Saint Walker tomó una decisión. Miró a Lucy y luego a la puerta.

—Quédate aquí, pequeña. Confía en mis amigos. Confía en la luz.

Walker salió corriendo de la enfermería y llegó al puente en segundos.

—Jordan, canaliza la energía de mi anillo a través de los emisores del casco —ordenó Walker.

—¿Qué? Walker, eso agotará tu anillo en segundos —advirtió Hal.

—No es una descarga de ataque —explicó el Linterna Azul—. Es un pulso de esperanza. Si Atrocitus quiere infectar a otros con su ira, le daremos lo opuesto. Una sobrecarga de paz que cegará sus sensores el tiempo suficiente para que saltemos.

Hal no lo dudó.

—¡Aya, hazlo! ¡Kilowog, redirige toda la potencia sobrante al anillo de Walker!

El Interceptor dejó de disparar verde. Por un instante, la nave se volvió de un azul tan puro que parecía un diamante en medio del carbón. La onda expansiva de energía azul golpeó al Busca-Sangre, no causando daño físico, sino interfiriendo directamente con la conexión emocional de los Linternas Rojos con sus anillos.

En la nave enemiga, los guerreros de Atrocitus retrocedieron, confundidos y debilitados por una repentina sensación de calma que les resultaba insoportable.

—¡Ahora, Aya! —rugió Hal.

El Interceptor desapareció en un destello esmeralda, entrando en el hiperespacio justo antes de que las armas de Atrocitus pudieran recalibrarse.

El silencio volvió a reinar en la nave, roto solo por el zumbido de los sistemas recuperándose. Saint Walker cayó de rodillas, su anillo ahora con un brillo tenue, casi agotado.

Hal se acercó y le puso una mano en el hombro.

—Buen trabajo, Walker. Nos has salvado el pellejo.

—No he sido yo —susurró Walker, recuperando el aliento—. Ha sido la necesidad de proteger lo que es frágil.

Hal miró hacia la enfermería. Lucy estaba en la puerta, observándolos. Ya no temblaba. Se acercó lentamente a Walker y, sin decir una palabra, le ofreció su mano para ayudarlo a levantarse.

—Gracias —dijo ella, con una voz pequeña pero firme.

El Linterna Azul aceptó la ayuda de la niña. El camino hacia la Tierra todavía era largo y Atrocitus no se daría por vencido, pero mientras caminaban juntos hacia el puente, el grupo de inadaptados sabía que habían ganado algo más importante que una batalla espacial. Habían rescatado un alma.

—Aya —dijo Hal, sentándose de nuevo en su silla—, pon rumbo a casa. Tenemos un planeta que salvar y una nueva recluta que proteger.

—Entendido, Linterna Jordan —respondió Aya—. Tiempo estimado de llegada: tres horas. Sugiero que todos descansen.

Kilowog miró a Lucy y luego a Walker, y por primera vez en mucho tiempo, el rudo instructor sonrió.

—Bueno, pequeña linterna... —dijo Kilowog—. Espero que te guste la comida de la Tierra. Hal dice que hay algo llamado "pizza" que es casi tan bueno como ganar una guerra.

Lucy esbozó una sonrisa tímida, la primera de su nueva vida. El Interceptor siguió su curso, una pequeña chispa de esperanza surcando la inmensa oscuridad del universo.