Nose
Lazos de Cristal y Sombras de Sangre
El Interceptor surcaba el vacío con una suavidad engañosa, pero dentro de sus muros de metal y circuitos, el ambiente era una mezcla densa de alivio y nuevas tensiones. Tras el salto al hiperespacio, la urgencia del combate inmediato había dado paso a una calma tensa. Hal Jordan y Razer se encontraban en la cubierta superior revisando los mapas estelares del Sector 2814, mientras que en el área común, la dinámica del grupo comenzaba a cambiar de formas que nadie había previsto.
Saint Walker estaba sentado en un banco circular, con su anillo azul emitiendo un fulgor rítmico que ayudaba a estabilizar los sistemas de soporte vital. A su lado, Kilowog, el enorme Linterna Verde de Bolovax Vik, intentaba ajustar una pequeña pieza de maquinaria con sus dedos masivos.
—No sé cómo lo haces, Walker —dijo Kilowog, dejando escapar un bufido que sonó como un motor de combustión—. Tienes una paciencia que haría que un Guardián pareciera un niño caprichoso. Yo apenas puedo mantener este regulador en su sitio sin querer aplastarlo contra la pared.
Saint Walker giró la cabeza y le dedicó una de sus sonrisas serenas, una que siempre parecía contener un secreto amable sobre el universo.
—La paciencia no es más que la esperanza en reposo, querido Kilowog —respondió el Linterna Azul, extendiendo una mano para rozar el antebrazo del gigante—. Tú también posees una gran fuerza, no solo en tus puños, sino en la forma en que cuidas de esta tripulación. Eres el ancla de esta nave.
Kilowog se quedó en silencio un momento, algo inusual en él. Sus mejillas rosadas parecieron adquirir un tono más intenso y bajó la vista hacia sus manos.
—Bueno... alguien tiene que evitar que Jordan nos estrelle contra un asteroide —gruñó, aunque el tono carecía de su habitual aspereza.
Lo que ninguno de los dos notó fue la pequeña figura que observaba desde la sombra del pasillo que conectaba con la enfermería. Lucy estaba allí, oculta tras un panel de mantenimiento, con sus dedos apretados contra el borde del metal frío. Sus ojos marrones, ya sin el velo de la máscara, estaban fijos en el contacto entre la mano de Walker y el brazo de Kilowog.
Para Lucy, ese simple gesto no era una muestra de camaradería. Era una amenaza.
En su mente, los recuerdos de su planeta natal, ahora reducido a cenizas, se mezclaron con imágenes que había intentado enterrar. Recordó a su madre, envuelta en telas finas, dándole la espalda mientras subía a una lanzadera de lujo. "Estarás bien con tu abuela, pequeña", le había dicho sin siquiera mirarla. "Él me ha prometido un mundo donde no falta nada. Tú solo me retrasarías". El hombre que la acompañaba, un aristócrata de un sistema vecino con promesas de oro y seda, se había reído mientras las puertas de la nave se cerraban, dejando a una niña de ocho años en un puerto espacial polvoriento.
Y ahora, veía lo mismo. Saint Walker era su salvador, su única conexión con algo que no fuera el fuego y el dolor. Y ese... ese monstruo rosado y ruidoso estaba tratando de robárselo.
—¡Walker! —gritó Lucy, saliendo de las sombras con una brusquedad que hizo que ambos Linternas se sobresaltaran.
Se plantó frente a ellos, con el poncho rojo ondeando y el anillo en su dedo emitiendo chispas de color carmesí. Su pecho subía y bajaba con rapidez.
—Lucy —dijo Walker, poniéndose de pie de inmediato con los brazos abiertos—, te despertaste. ¿Te sientes mejor?
—¡No! —exclamó ella, señalando a Kilowog con un dedo tembloroso—. ¿Por qué estás con él? Tenemos que revisar mi entrenamiento. Dijiste que me ayudarías con el anillo.
Kilowog frunció el ceño, cruzando sus brazos sobre su pecho masivo.
—Oye, renacuaja, Walker solo me estaba ayudando con una reparación. No te pongas así.
—¡No me llames así! —la voz de Lucy subió de tono, volviéndose sibilante—. ¡Tú solo quieres que se olvide de mí! ¡Quieres que me quede sola en la enfermería para que él pueda estar contigo!
Saint Walker se acercó a ella, tratando de poner una mano en su hombro, pero la niña retrocedió como si lo hubieran quemado.
—Lucy, eso no es cierto —dijo Walker con suavidad—. Kilowog es mi amigo, un compañero de luz. No hay razón para que pienses que él resta valor a nuestro vínculo.
—¡Eso es lo que siempre dicen! —gritó Lucy, y esta vez una pequeña ráfaga de plasma rojo escapó de sus labios, golpeando el suelo y dejando una marca chamuscada—. ¡Primero son promesas y luego te dejan atrás! ¡Él te va a convencer de que soy una carga! ¡Dirá que una Linterna Roja no pertenece a este lugar y tú le harás caso porque es grande y fuerte!
Kilowog se levantó, su paciencia empezando a agotarse.
—Escucha, niña, yo he entrenado a cientos de reclutas. Sé reconocer a alguien con problemas de actitud, pero esto es otra cosa. Walker se preocupa por ti más de lo que es saludable para alguien que acaba de conocerte. Deja de actuar como si estuviéramos en una guardería.
—¡Cállate! —Lucy se abalanzó hacia adelante, pero no contra Kilowog, sino interponiéndose físicamente entre los dos hombres—. ¡No dejes que te hable, Walker! ¡Él es malo! Solo quiere que me vaya. ¡Todos quieren que me vaya!
Saint Walker se arrodilló para quedar a su altura, ignorando el calor que emanaba del aura roja de la niña. Sus ojos claros buscaron los de ella, llenos de una compasión que dolía.
—Lucy, mírame —pidió él. Ella lo hizo, con los ojos llenos de lágrimas de rabia—. Mi corazón no es un espacio limitado. No es una habitación que se llena y deja a otros fuera. La esperanza que comparto contigo es única, y la amistad que tengo con Kilowog es diferente. No compiten entre sí.
—Mi madre dijo lo mismo —susurró Lucy, su voz rompiéndose—. Dijo que me quería, pero que él era "especial". Y luego se fue. Me dejó con la abuela en un planeta que se estaba muriendo. ¡Y tú vas a hacer lo mismo! Te vas a ir con él a Oa o a donde sea y me dejarás en una celda de los Guardianes.
Kilowog se suavizó de repente. El dolor en la voz de la niña era demasiado real, demasiado familiar para cualquiera que hubiera perdido su mundo. Se rascó la cabeza, sintiéndose torpe.
—Mira, Lucy... —empezó el Linterna Verde—. Yo no voy a llevarme a Walker a ninguna parte. De hecho, si intentara alejarlo de ti, probablemente él me daría un sermón de tres horas sobre la armonía universal que me haría querer arrancarme las orejas.
Lucy no se rió. Se aferró al poncho rojo sobre su pecho, justo donde el anillo rojo latía con la fuerza de un corazón enfermo.
—No te creo —dijo ella, mirando a Kilowog con puro odio—. Eres un obstáculo. Atrocitus decía que los que se interponen en el camino deben ser eliminados.
—¡Lucy! —la voz de Saint Walker fue firme por primera vez, una nota de advertencia que hizo que la niña se encogiera—. No hables como él. Tú no eres un instrumento de Atrocitus. Eres una niña que ha sufrido, pero la ira no te dará la seguridad que buscas. Solo te aislará más.
Lucy bajó la cabeza, sus hombros sacudiéndose por los sollozos contenidos.
—Tengo miedo —confesó en un susurro apenas audible—. Si él te tiene a ti... yo no tengo nada.
Saint Walker la envolvió en un abrazo, esta vez sin resistencia. Miró a Kilowog por encima del hombro de la niña. El Linterna Verde asintió lentamente, entendiendo que su presencia en ese momento solo empeoraba las cosas. Con un suspiro pesado, Kilowog recogió sus herramientas y comenzó a alejarse hacia el puente de mando.
—Estaré con Jordan si me necesitan —dijo Kilowog en voz baja—. Y Walker... ten cuidado. Ese anillo rojo se alimenta de ese miedo.
Cuando Kilowog desapareció tras las puertas automáticas, Lucy se relajó visiblemente en los brazos de Walker, aunque seguía tensa.
—¿Ves? Se ha ido —dijo Walker, acariciando su cabello—. No porque no le importes, sino porque respeta tu espacio. Pero debes entender algo, Lucy. El amor y la amistad no son cadenas. No puedes encerrar a las personas para que no se vayan.
—Si se van, duele —respondió ella, hundiendo la cara en el hombro del Linterna Azul—. El anillo me dice que si mato lo que me hace daño, dejará de doler.
—El anillo miente —sentenció Walker—. El dolor es parte de estar vivo. Pero la esperanza es lo que nos permite caminar a través del dolor sin convertirnos en monstruos. Kilowog es un buen hombre. Él ha perdido a todo su pueblo, Lucy. Toda su raza fue destruida. Él entiende la soledad mejor que nadie en esta nave.
Lucy se separó un poco, limpiándose los ojos con la manga.
—¿Él también está solo?
—A su manera, sí —asintió Walker—. Por eso nos cuidamos los unos a los otros. No para reemplazarte, sino para ser más fuertes para protegerte.
La niña guardó silencio durante un largo rato. El brillo rojo de su anillo se estabilizó, volviéndose un carmesí suave en lugar del violento escarlata de antes.
—¿Me prometes que no me dejarás por él? —preguntó ella, con una vulnerabilidad que rompió el corazón de Walker.
—Te prometo que siempre habrá un lugar para ti a mi lado, mientras tú desees estar ahí —respondió él con solemnidad—. Pero también debes prometerme que intentarás ver a Kilowog no como un rival, sino como alguien que también necesita un poco de esa luz que estamos buscando.
Lucy no respondió de inmediato. Miró hacia la puerta por donde se había ido el Linterna Verde. En su interior, la batalla entre la ira que Atrocitus había cultivado y la esperanza que Walker le ofrecía seguía rugiendo, pero por primera vez, el azul parecía ganar algo de terreno.
—Lo intentaré —murmuró ella finalmente—. Pero si me mira mal, le quemaré las botas.
Saint Walker dejó escapar una risa suave, un sonido que trajo un poco de calidez a la fría estructura del Interceptor.
—Es un comienzo, Lucy. Es un buen comienzo.
Mientras tanto, en el puente de mando, Kilowog se dejó caer en su silla junto a Hal Jordan.
—¿Problemas en el paraíso, Poozer? —preguntó Hal sin apartar la vista de los radares.
—Esa niña es una bomba de relojería, Jordan —gruñó Kilowog, aunque no había malicia en su voz—. Tiene más traumas que un veterano de guerra de cien años. Cree que voy a robarle a Walker.
Hal soltó una carcajada y le dio una palmada en la espalda al gigante.
—Bueno, admitamos que tú y el cabeza de huevo tenéis algo especial. No culpo a la niña por estar celosa. Walker es lo más parecido a una figura materna —o paterna, o lo que sea que sean los de su especie— que ha tenido en mucho tiempo.
—No es gracioso, Hal —dijo Kilowog con seriedad—. Si Atrocitus ataca y ella siente que la estamos dejando de lado, podría volverse contra nosotros en medio de la batalla. La ira roja no es algo con lo que se deba jugar.
—Por eso tenemos a Walker —respondió Hal, volviéndose más serio—. Él es el único que puede mantener esa mecha apagada. Pero tienes razón, tendremos que andar con pies de plomo.
De repente, una alarma comenzó a sonar en la consola de Aya.
—Linterna Jordan, hemos salido del Sector 2815 —anunció la IA—. Estamos entrando en el sistema solar. Pero hay un problema.
—¿Qué pasa, Aya? —preguntó Hal, poniéndose en alerta.
—La firma energética del sol de la Tierra está alterada. Hay una concentración masiva de energía roja en la corona solar. Atrocitus ya ha comenzado el proceso.
Hal y Kilowog compartieron una mirada de pura determinación.
—Avisa a Walker y a Razer —ordenó Hal—. Se acabó el tiempo de las charlas. Lucy tendrá que aprender a confiar en nosotros ahora mismo, porque vamos a entrar en un infierno.
En la cubierta inferior, Saint Walker sintió el cambio en la urgencia de la nave. Miró a Lucy, quien también se había puesto alerta, su instinto de Linterna Roja detectando la proximidad de su antiguo maestro.
—Es hora, Lucy —dijo Walker, extendiendo su mano—. Debemos trabajar juntos. Todos nosotros.
Lucy miró la mano de Walker y luego el pasillo hacia el puente. Sabía que Kilowog estaría allí, listo para la batalla. Respiró hondo, sintiendo el vacío en su pecho que aún pedía ser llenado con fuego, pero esta vez, decidió aferrarse a la mano azul.
—Iré —dijo ella—, pero sigo pensando que sus botas quedarían mejor en color negro ceniza.
Saint Walker sonrió, y juntos se dirigieron hacia el frente de batalla, donde el destino de un mundo entero dependía de que una niña pudiera superar su miedo al abandono y un grupo de guerreros pudiera mantener encendida la llama de la esperanza.