Nose
Ecos de Zafiro y Piel de Esmeralda
La noche en Odym no era oscura, sino una sinfonía de sombras índigo y destellos de neón natural. El aire, saturado por la energía de la Esperanza, vibraba con una frecuencia que adormecía los sentidos más beligerantes. A unos cientos de metros del templo principal, bajo la sombra protectora de los sauces de cristal, la escena era de una paz casi sagrada. Brother Warth, con su inmensidad azul y su paciencia de montaña, servía de almohada viviente para Lucy. La niña, agotada por las emociones del día, dormía con una expresión de serenidad que habría sido impensable semanas atrás. El suave ronquido de la pequeña Linterna Roja era el único sonido que competía con el susurro de la brisa.
Kilowog observaba la escena desde la distancia, apoyado contra una columna de cuarzo. Al ver que Warth le dedicaba un asentimiento lento y solemne, confirmando que la niña estaba profundamente dormida y bajo su protección, el Linterna Verde sintió que un peso se le quitaba de encima. No era solo la seguridad de Lucy lo que le preocupaba; era la tensión acumulada en sus propios músculos, una mezcla de adrenalina residual de las batallas y un deseo que ardía con más fuerza que cualquier sol rojo.
Buscó con la mirada a Saint Walker. El santo se había alejado hacia una de las cámaras de meditación privadas que daban a los jardines colgantes. Con un gruñido bajo, Kilowog se puso en marcha, sus pesadas botas apenas haciendo ruido sobre la hierba luminiscente.
Al entrar en la cámara, el aroma a incienso de sándalo y ozono lo envolvió. Walker estaba de espaldas, con su túnica azul cayendo en pliegues perfectos, observando el horizonte de Odym. No llevaba su máscara ceremonial, y su piel pálida parecía brillar con luz propia bajo la claridad del planeta.
—Warth la tiene —dijo Kilowog, su voz rompiendo el silencio como un martillo sobre cristal—. Dormirá hasta el amanecer. Nada la despertará, ni siquiera una explosión de supernova.
Saint Walker no se dio la vuelta de inmediato. Sus hombros se tensaron ligeramente, un rastro de su habitual serenidad quebrándose ante la presencia del guerrero.
—Es bueno que descanse —respondió Walker con suavidad—. Su alma ha estado en guerra demasiado tiempo.
Kilowog no se detuvo. Caminó hasta quedar a pocos centímetros de la espalda del Linterna Azul. El calor que emanaba del cuerpo masivo del alienígena rosado era casi tangible. Sin previo aviso, Kilowog rodeó la cintura de Walker con sus brazos, hundiendo el rostro en el hueco entre su cuello y su hombro.
—Tú también necesitas descansar, Walker —gruñó Kilowog, su voz volviéndose una vibración profunda que Walker sintió en sus propios huesos—. Pero yo necesito algo más que descanso.
Saint Walker dejó escapar un suspiro largo, pero esta vez no fue de paz. Se giró entre los brazos de Kilowog, empujándolo levemente por el pecho. Sus ojos claros, generalmente llenos de una compasión infinita, brillaban ahora con una chispa de molestia.
—Kilowog, este es un lugar de oración —dijo Walker, su tono de voz volviéndose inusualmente firme—. Estamos en el corazón de mi hogar, bajo la mirada de mis hermanos. No es el momento ni el lugar para tus... impulsos de Linterna Verde.
—A los Guardianes les importa un bledo lo que haga en mi tiempo libre, y a tus hermanos también —replicó Kilowog, su deseo nublando su juicio habitual—. He pasado semanas viendo cómo tratas a esa niña con una ternura que me vuelve loco. He estado en el frente de batalla, he visto mundos morir, y ahora que estamos a salvo, lo único que quiero es sentir que estoy vivo. Contigo.
Walker frunció el ceño, sus labios apretados en una línea fina.
—¿Crees que mi afecto es un recurso que puedes reclamar por la fuerza? —preguntó Walker—. Me hablas de deseo como si fuera una batalla que ganar. La esperanza no se exige, Kilowog. Se cultiva. Y lo que estás haciendo ahora se parece peligrosamente a la arrogancia.
Kilowog retrocedió un paso, sorprendido por la frialdad en la voz del santo. La piel rosada de su rostro se oscureció.
—No es arrogancia —dijo Kilowog, bajando la voz—. Es que no sé cómo más decírtelo. No soy un poeta como tú. Soy un soldado. Y los soldados necesitamos saber que hay algo por lo que volver a casa. Tú eres ese algo.
Saint Walker observó al gigante frente a él. Vio la vulnerabilidad tras la fachada de guerrero rudo, la soledad de un hombre que era el último de su especie y que había encontrado en un alienígena azul una razón para no rendirse. La molestia de Walker se disolvió, reemplazada por esa cualidad maternal y protectora que lo definía, pero con un matiz nuevo, uno más íntimo y terrenal.
—Eres un testarudo, Kilowog —dijo Walker, suavizando su expresión—. Un poozer testarudo y ruidoso.
—Lo sé —admitió Kilowog con una media sonrisa—. Pero soy tu poozer.
Walker extendió una mano y acarició la mejilla de Kilowog, su tacto frío contrastando con la piel ardiente del Linterna Verde.
—Está bien —susurró Walker—. Accederé a tu petición. Pero no será bajo tus términos de guerrero. Si vamos a unir nuestras luces esta noche, lo haremos a mi manera. En mi planeta, la unión es un acto de entrega total, no de conquista.
Kilowog asintió con entusiasmo, dispuesto a aceptar cualquier condición.
—Lo que digas, Walker. Como tú quieras.
Walker lo guio hacia el centro de la estancia, donde una estera de seda azul estaba dispuesta sobre el suelo de cristal. El santo comenzó a despojarse de su túnica con movimientos lentos y ceremoniales, revelando un cuerpo que era una obra de arte de anatomía alienígena: esbelto, elegante y marcado por runas de luz que brillaban bajo su piel.
—Te quedarás quieto —ordenó Walker mientras Kilowog se despojaba de su uniforme con mucha menos elegancia—. No habrá juegos de poder ni demostraciones de fuerza. Esta noche, serás tú quien reciba mi paz.
Kilowog se tendió sobre la estera, sintiéndose extrañamente pequeño a pesar de sus músculos. La luz de Odym entraba por los ventanales, bañando sus cuerpos en un resplandor etéreo.
—Elegiré la posición —continuó Walker, colocándose sobre él—. En mi cultura, el misionero es la forma más sagrada de conexión. Ojo a ojo, corazón a corazón. Quiero ver cada sombra de duda desaparecer de tu rostro mientras nos convertimos en uno.
—Pensé que eso era... ya sabes, muy humano —murmuró Kilowog, sorprendido por la elección.
—Es universal —corrigió Walker, bajando su cuerpo sobre el de Kilowog—. Es la posición de la verdad. No puedes esconderte de mí cuando estás así de cerca.
Cuando sus pieles se tocaron, una descarga de energía recorrió a ambos. No era solo contacto físico; era la colisión de dos espectros emocionales. La Voluntad verde de Kilowog, sólida y persistente, se encontró con la Esperanza azul de Walker, fluida y eterna.
Kilowog soltó un gemido cuando Walker comenzó a moverse. El santo no era frágil; sus movimientos tenían una cadencia rítmica que recordaba al latido de un planeta. Sus manos pálidas se entrelazaron con las garras masivas de Kilowog, anclándolo al suelo.
—Mira hacia arriba, Kilowog —susurró Walker al oído del gigante—. Mira mi luz.
Kilowog obedeció, encontrándose con los ojos de Walker. No había juicio en ellos, solo una aceptación tan profunda que dolía. En ese momento, Kilowog no era el instructor de Oa, ni el guerrero que había visto caer a Bolovax Vik. Era simplemente un ser vivo buscando consuelo en los brazos de otro.
La unión fue lenta, casi agónica en su intensidad. Walker no permitía que Kilowog se perdiera en el frenesí; cada vez que el Linterna Verde intentaba acelerar el ritmo o tomar el control, Walker presionaba sus manos contra el suelo, obligándolo a mantener el contacto visual, a sentir cada centímetro de fricción y cada pulso de energía.
—Siente la esperanza, Kilowog —decía Walker entre suspiros—. Siente cómo el vacío se llena.
Para Kilowog, la sensación era abrumadora. Era como si el anillo azul de Walker estuviera actuando directamente sobre su sistema nervioso, potenciando su voluntad pero también desnudando sus miedos. Lloró, lágrimas de alivio que rodaron por sus mejillas rosadas, mientras se perdía en la suavidad de la piel de Walker y en la firmeza de su abrazo.
—Walker... —jadeó Kilowog, su voz quebrándose—. Yo... nunca...
—Shhh —lo calló el santo, besando sus lágrimas—. No hables. Solo sé.
El clímax llegó no como una explosión, sino como una marea creciente que finalmente rompió sobre la orilla. Una luz blanca y azul inundó la habitación, emanando de sus anillos y de sus propios cuerpos. Por un instante, no hubo diferencia entre el Linterna Verde y el Azul; eran una sola entidad de luz pura, un faro de estabilidad en medio de un universo oscuro.
Cuando finalmente el silencio volvió a la cámara, ambos quedaron exhaustos, jadeando al unísono. Walker se dejó caer sobre el pecho de Kilowog, escuchando el latido atronador de su corazón.
Kilowog rodeó a Walker con sus brazos, esta vez con una delicadeza que habría sorprendido a cualquiera que lo conociera en el campo de entrenamiento.
—Tenías razón —susurró Kilowog, su voz llena de una calma inusual—. Tu posición... la verdad es que no hay forma de esconderse.
Walker sonrió, apoyando la barbilla en el pecho de su compañero.
—Esa es la idea, mi querido guerrero. La esperanza no es una venda para los ojos; es la luz que nos permite ver la realidad y aun así creer en algo mejor.
Se quedaron así durante mucho tiempo, viendo cómo los soles de Odym comenzaban a sugerir el inicio de un nuevo día en el horizonte. La paz era absoluta, una burbuja de serenidad que ni siquiera la amenaza de Atrocitus podía romper.
Sin embargo, el silencio fue interrumpido por un pequeño ruido en la entrada de la cámara. Ambos se tensaron y se cubrieron rápidamente con las túnicas de seda.
Allí, en el umbral, estaba Lucy. Se frotaba un ojo con el puño, arrastrando su poncho rojo como si fuera una manta de seguridad. Parecía confundida, pero no asustada.
—¿Walker? —llamó la niña con voz somnolienta—. He tenido una pesadilla. El cielo se volvía rojo otra vez.
Walker se levantó de inmediato, su rostro recuperando instantáneamente su máscara de calma maternal. Caminó hacia la niña y se arrodilló, envolviéndola en su túnica azul.
—Ya pasó, pequeña. El cielo de Odym es azul y siempre lo será mientras estemos aquí.
Lucy miró hacia el interior de la habitación y vio a Kilowog, que intentaba parecer lo más natural posible mientras se ajustaba el cinturón. La niña frunció el ceño, pero esta vez no hubo chispas rojas en sus ojos.
—¿Por qué Kilowog está sudando? —preguntó Lucy—. ¿Estaban entrenando?
Kilowog se aclaró la garganta ruidosamente, su rostro volviéndose de un color púrpura intenso.
—Sí, poozer. Entrenamiento de... resistencia. Muy avanzado. No lo entenderías.
Lucy miró a Walker, quien le dedicó una sonrisa enigmática.
—Kilowog estaba aprendiendo que, a veces, para ganar una batalla, hay que saber cuándo rendirse —dijo Walker con dulzura.
La niña asintió, aceptando la explicación con la lógica simple de la infancia. Se acercó a Kilowog y, para sorpresa del gigante, se apoyó contra su pierna.
—Papá Espacial dice que los guerreros también necesitan dormir —dijo Lucy—. Así que muévete, gordinflón. Yo también quiero estar en la estera suave.
Kilowog miró a Walker, quien se encogió de hombros con una expresión de "tú te lo buscaste". Con un suspiro resignado pero lleno de un afecto que ya no podía ocultar, Kilowog se hizo a un lado y permitió que la niña se acurrucara entre ellos.
—Está bien, enana. Pero si me muerdes mientras duermo, te lanzaré al estanque de los reflejos.
Lucy no respondió; ya se estaba quedando dormida de nuevo, arrullada por la presencia de los dos hombres que, cada uno a su manera, se habían convertido en sus pilares.
Saint Walker se acostó al otro lado de la niña, entrelazando su mano con la de Kilowog por encima de la pequeña Linterna Roja. El círculo estaba completo. La ira, la voluntad y la esperanza compartían un mismo espacio, unidas por un lazo que era más fuerte que cualquier anillo de poder.
Afuera, Odym despertaba. Los templos brillaban con la luz del nuevo día y los hermanos de Walker comenzaban sus cánticos matutinos. Pero dentro de aquella cámara de cristal, el universo se reducía a tres almas que habían encontrado, contra todo pronóstico, un hogar en medio de las estrellas.
Kilowog cerró los ojos, sintiendo el peso de Lucy a un lado y la calidez de Walker al otro. Por primera vez en eones, el último hijo de Bolovax Vik no soñó con guerras ni con muertes. Soñó con un cielo azul que nunca se apagaba y con una mano pálida que siempre estaría allí para sostener la suya cuando la oscuridad intentara regresar.
—Todo está bien —susurró Walker, casi como un mantra, antes de que el sueño los envolviera a todos—. Todo está bien.