Nose
El Padre de la Luz y el Guerrero de Esmeralda
La luz de Odym era diferente a cualquier otra en la galaxia. No era el resplandor agresivo de una estrella joven ni la penumbra mortecina de un sol moribundo; era un amanecer eterno, una caricia de zafiro que parecía limpiar el alma con solo respirar. El Interceptor aterrizó suavemente sobre la hierba alta y azulada, cerca de los templos que se alzaban como oraciones de piedra hacia el firmamento.
Kilowog descendió por la rampa de la nave ajustándose el cinturón de utilidad, sintiéndose extrañamente renovado. Sus encuentros con Saint Walker en Orizon habían dejado en él una paz que ni siquiera los años de entrenamiento en Oa habían logrado otorgarle. Había algo en la dualidad de Walker, en esa capacidad de ser fuerza y ternura, que había doblegado la ruda coraza del instructor de los Linternas Verdes. Pero Kilowog sabía que, si quería que su relación con "Cara de Luna" —como llamaba cariñosamente al santo en la intimidad— funcionara, tenía que ganarse al pequeño demonio rojo que Walker protegía con tanto celo.
—Escucha, Lucy —dijo Kilowog, volviéndose hacia la niña que bajaba tras él, arrastrando los pies con desconfianza—. Sé que no soy tu persona favorita en el universo. Probablemente esté en tu lista de "personas a las que incinerar" justo después de Atrocitus.
Lucy lo miró de reojo, ajustándose el poncho rojo. Sus ojos marrones ya no ardían con la furia ciega de antes, pero mantenían una chispa de rebeldía.
—Estás en el puesto número tres —admitió ella con voz plana—. El segundo es para el tipo que inventó las verduras en el Interceptor.
Kilowog soltó una carcajada ronca que hizo vibrar su pecho.
—Bueno, es un progreso. Mira, estamos en Odym, el hogar de Walker. Voy a intentar ser... —hizo una mueca, como si la palabra le costara— amable. Si tú intentas no morder a nadie, quizá podamos buscar algo de ese néctar dulce que tanto te gusta en el mercado del templo. ¿Trato?
Lucy se cruzó de brazos, evaluando al gigante rosado.
—¿Lo haces porque quieres que Walker te quiera más? —preguntó ella con una sagacidad que desarmó al Linterna Verde.
—Lo hago porque Walker ya me quiere, poozer. Y porque él dice que eres parte de su familia. Si voy a estar cerca de él, voy a estar cerca de ti. Así que mejor que no nos matemos en los próximos cinco minutos.
Antes de que Lucy pudiera responder, una figura emergió de entre los pilares de cristal del templo principal. No era Saint Walker; este alienígena era más robusto, con rasgos que recordaban a un elefante majestuoso y una piel de un tono azul más profundo. Vestía las túnicas del Cuerpo de los Linternas Azules y caminaba con una parsimonia que irradiaba una benevolencia casi abrumadora.
—¡Brother Warth! —exclamó Saint Walker, adelantándose con los brazos abiertos para saludar a su hermano de anillo.
—Bienvenido a casa, Walker —dijo Brother Warth con una voz profunda, rica y resonante, que parecía un eco de campanas tibetanas—. El sector ha estado en paz bajo mi guardia, pero la luz del templo brilló con más fuerza al detectar tu proximidad.
Warth desvió su mirada hacia el resto del grupo. Cuando sus ojos se posaron en Lucy, su expresión se suavizó aún más, si es que eso era posible. Se arrodilló lentamente, con una gracia impropia de su gran tamaño, quedando exactamente a la altura de la niña.
—Y aquí tenemos a la pequeña chispa de la que tanto he oído hablar en las transmisiones de esperanza —dijo Warth, extendiendo una mano masiva pero delicada—. Saludos, pequeña Lucy. Mi nombre es Warth. He preparado un jardín de flores de cristal solo para tu llegada, pues me dijeron que tu corazón necesitaba un lugar donde descansar del fuego.
Lucy se quedó paralizada. Estaba acostumbrada a la severidad de Kilowog, a la audacia de Hal y a la compasión maternal de Walker. Pero Warth... Warth emanaba una energía diferente. Era una bondad sólida, protectora y absoluta.
—¿Para mí? —susurró Lucy, dando un paso vacilante hacia adelante.
—Para ti —confirmó Warth—. En este planeta, no hay ira que no pueda ser escuchada, ni dolor que no pueda ser compartido. Eres bienvenida aquí, no como una prisionera o una guerrera, sino como una hija de las estrellas.
Warth sacó de entre sus túnicas una pequeña esfera de luz azul que levitaba. Al contacto con los dedos de Lucy, la esfera se transformó en una mariposa de energía que revoloteó alrededor de su cabeza, emitiendo un sonido musical. Lucy dejó escapar una risita pura, una que Kilowog nunca le había oído.
—¡Es increíble! —exclamó la niña, olvidándose por completo de su actitud defensiva—. ¡Eres como Walker, pero... más grande! ¡Y tienes trompa! ¡Es genial!
Brother Warth rió, un sonido cálido que pareció hacer florecer la hierba a su alrededor.
—Muchos dicen que soy el más paciente de los hermanos. Ven, pequeña. Déjame mostrarte el estanque de los reflejos. Dicen que si miras con suficiente esperanza, puedes ver el mañana.
Lucy se giró hacia Walker, buscando aprobación. El santo asintió con una sonrisa radiante. Luego, la niña miró a Kilowog.
—¿Ves? Él sí sabe recibir a las visitas —dijo Lucy con una mueca triunfante antes de correr hacia Warth y tomar su enorme mano azul con total confianza—. ¡Vamos, Papá Espacial! ¡Enséñame las flores!
Kilowog se quedó petrificado, con la boca abierta, viendo cómo la niña se alejaba saltando al lado del imponente Linterna Azul.
—¿"Papá Espacial"? —repitió Kilowog, con una nota de incredulidad y un deje de celos que no pudo ocultar—. ¿Acaba de llamarlo "Papá Espacial"? ¡Yo he estado intentando que no me incendie las botas durante semanas y a este elefante azul le da el título de padre en treinta segundos!
Hal Jordan, que había estado observando la escena apoyado en la rampa de la nave, soltó una carcajada tan fuerte que tuvo que doblarse por la mitad.
—¡Oh, esto es oro puro! —logró decir Hal entre risas—. Te han reemplazado, Kilowog. El "tío gruñón" ha sido superado por el "padre espiritual".
—Cállate, Jordan —gruñó Kilowog, cruzando sus enormes brazos—. Solo es una niña impresionable. Warth tiene ese truco de la luz... cualquiera caería.
Saint Walker se acercó a Kilowog y le puso una mano en el pecho, justo sobre el emblema del Linterna Verde.
—No te lo tomes como algo personal, mi querido Kilowog —dijo Walker con dulzura—. Warth tiene un don especial con los jóvenes. Su presencia es la de un protector inamovible. Lucy ha pasado mucho tiempo rodeada de guerreros y de dolor; ver a alguien tan imponente como tú, pero que irradia una paz tan absoluta, le permite soltar las defensas que aún mantiene contigo.
—Sí, bueno —refunfuñó Kilowog, aunque suavizó su postura bajo el toque de Walker—, supongo que es mejor que me llame "monstruo gordo". Pero "Papá Espacial"... eso es ir demasiado lejos.
A medida que avanzaba la tarde en Odym, la situación no hizo más que "empeorar" para el ego de Kilowog. Lucy no se separó de Brother Warth ni un instante. Lo ayudó a alimentar a las criaturas nativas, escuchó sus historias sobre la creación del Cuerpo Azul y, lo más sorprendente de todo, permitió que Warth le quitara el anillo rojo durante unos minutos para limpiarlo con agua bendita del templo, algo que ni siquiera Walker había intentado por miedo a una reacción violenta.
Kilowog observaba desde la distancia, sentado en una roca de cuarzo mientras fingía limpiar su anillo verde.
—Mira eso —le dijo a Hal, que estaba sentado a su lado comiendo una fruta local—. Ella nunca me dejaría tocar su anillo. Me habría arrancado un dedo de un mordisco.
—Es la vibra, Kilowog —respondió Hal encogiéndose de hombros—. Tú irradias "entrenamiento de reclutas y gritos". Warth irradia "té caliente y mantas calientes". Ella es una niña que ha perdido su hogar; no quiere un sargento, quiere un abuelo gigante.
—Yo no soy un sargento con ella —protestó Kilowog—. ¡Le traje esos dulces de Orizon!
—Y se los diste diciendo: "Cómetelos o te los confiscaré por falta de nutrición" —le recordó Hal con una sonrisa burlona.
Kilowog suspiró, sintiéndose extrañamente pequeño a pesar de sus casi tres metros de altura. Ver a Lucy tan feliz, tan relajada, era lo que siempre había querido, pero no podía evitar sentir que estaba fallando en su papel de "figura protectora" dentro de esa extraña familia que estaban formando.
Al caer la noche, los dos soles de Odym se ocultaron, dejando paso a un cielo estrellado que brillaba con una claridad imposible. El grupo se reunió alrededor de un fuego ceremonial que no quemaba, sino que emitía un calor reconfortante. Lucy estaba sentada entre las piernas de Brother Warth, apoyando la cabeza contra su túnica azul, mientras el Linterna Azul le narraba una antigua leyenda sobre las constelaciones.
Kilowog se sentó al otro lado, junto a Saint Walker. El silencio de la noche era interrumpido solo por la voz profunda de Warth y el crepitar del fuego de luz.
—...y así, la estrella más pequeña se convirtió en la guía de todos los navegantes —concluyó Warth, pasando una mano por el cabello de Lucy—, porque no importa cuán pequeña sea tu luz, si es pura, puede iluminar el camino de los gigantes.
Lucy bostezó, sus ojos cerrándose por el cansancio.
—Eso fue bonito, Papá Espacial —murmuró ella—. ¿Crees que mi planeta también es una estrella ahora?
Warth miró hacia el cielo con una expresión de infinita tristeza y esperanza.
—Creo que la esencia de tu mundo vive en ti, pequeña. Y mientras tú brilles, ellos nunca estarán en la oscuridad.
Lucy asintió y, para sorpresa de todos, extendió una mano hacia Kilowog, que estaba a unos metros de distancia.
—Oye, Kilowog... —llamó ella con voz somnolienta.
El Linterna Verde se tensó, sorprendido.
—¿Sí, poozer?
—Warth dice que tú eres un gran guerrero porque proteges a los que no pueden luchar. Y que tu cara de cerdo es porque eres una especie muy antigua y noble.
Hal soltó un bufido, tratando de no reírse ante la descripción de "nobleza" de la niña.
—¿Ah, sí? ¿Eso dijo? —preguntó Kilowog, mirando a Warth, quien le dedicó un guiño cómplice.
—Sí —continuó Lucy—. Así que... supongo que puedes sentarte más cerca. Si quieres. Papá Espacial dice que hay sitio para todos.
Kilowog sintió que algo se derretía en su interior. Miró a Saint Walker, quien le sonreía con orgullo, y luego a la niña, que ya se estaba quedando dormida contra el costado de Warth. El gigante rosado se acercó, sentándose con cuidado para no romper la paz del momento.
—Gracias, Warth —susurró Kilowog, con una sinceridad que rara vez mostraba.
—No hay de qué, hermano —respondió Warth en el mismo tono—. A veces, para que una semilla crezca, necesita dos tipos de tierra. Una fuerte y firme que la sostenga, y otra suave que la nutra. Tú eres el suelo que la protege de las tormentas; yo solo soy el que le recuerda que el sol siempre vuelve a salir.
Saint Walker se inclinó hacia Kilowog, apoyando la cabeza en su hombro.
—Te lo dije, Kilowog. No estamos aquí para competir por su afecto. Estamos aquí para rodearla de tantas formas de amor que la ira no encuentre ningún hueco por donde volver a entrar.
Kilowog asintió, dejando que la paz de Odym lo envolviera. Miró a la niña, que ahora roncaba suavemente bajo la guardia del "Papá Espacial", y sintió que, por primera vez en toda su vida como Linterna Verde, no tenía que estar en guardia.
—Supongo que puedo compartir el título —murmuró Kilowog—. Pero que no se acostumbre. Mañana volveremos al entrenamiento. No quiero que se vuelva blanda.
—Mañana —coincidió Walker, entrelazando sus dedos con los de Kilowog—. Pero esta noche, solo somos una familia bajo las estrellas.
El fuego de luz continuó brillando, proyectando sombras azules y verdes sobre la hierba de Odym. En medio de la inmensidad del espacio y la amenaza constante de los Linternas Rojos, aquel pequeño rincón del universo era perfecto. Lucy, la niña que lo había perdido todo, dormía protegida por tres linternas y un guerrero, sabiendo que, aunque su pasado era rojo como la sangre, su futuro estaba pintado con los colores de la esperanza y la voluntad.
Y mientras el sueño la envolvía, Lucy soñó con estrellas que no quemaban, con gigantes que la sostenían y con la certeza de que, sin importar lo que Atrocitus intentara, ella ya no estaba sola. Tenía una madre de luz, un guerrero de esmeralda y un papá espacial que le recordaba que mañana, sin duda alguna, todo estaría bien.