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Nrree

La paradoja de la vida en las manos de la muerte

El laboratorio clandestino que Damian había montado en uno de los niveles inferiores de un almacén abandonado en los muelles de Gotham estaba sumido en una penumbra clínica. No era la Batcueva; no podía arriesgarse a que los sensores de Alfred o los algoritmos de Tim detectaran el uso de equipo médico avanzado. Aquí, entre el olor a salitre y metal oxidado, Damian era solo un chico con un secreto que le estaba devorando el alma.

Había pasado una semana desde que descubrió la verdad. Una semana de náuseas matutinas disfrazadas de "entrenamientos intensos", de rechazar comidas bajo el pretexto de una supuesta disciplina ascética, y de evitar la mirada analítica de Cassandra. Pero el tiempo se agotaba. Su cuerpo, alterado genéticamente por los laboratorios de su madre, estaba procesando la gestación a una velocidad antinatural.

Sobre la mesa metálica, el instrumental quirúrgico brillaba bajo la luz fluorescente. Damian, vestido con ropa civil holgada para ocultar la incipiente hinchazón que solo él notaba, preparó la anestesia local y el instrumental de succión. Sus manos, las manos de un asesino entrenado desde la cuna, no temblaban. No podían permitirse temblar.

—Es un parásito —se dijo a sí mismo, su voz resonando hueca en el almacén—. Es una extensión de la locura de ese monstruo. Es una mancha en el linaje Wayne.

Se sentó en la camilla improvisada, ajustando el monitor de ultrasonido que había hackeado para que no emitiera señales de radio. Aplicó el gel frío sobre su abdomen. La pantalla cobró vida en una danza de estática gris y blanca hasta que, finalmente, la imagen se estabilizó.

Allí estaba. Una pequeña mancha de luz, un latido rítmico y acelerado que retumbaba en los altavoces del monitor como un tambor de guerra.

Damian tomó el escalpelo, sintiendo el frío del acero contra sus dedos enguantados. La lógica de la Liga de las Sombras era clara: lo que es débil debe ser eliminado. Lo que es impuro debe ser purgado. Y no había nada más impuro en este mundo que la descendencia del Joker creciendo en el vientre del hijo de Batman.

—Voy a terminar con esto —susurró, posicionando el instrumental.

Pero entonces, el monitor emitió un sonido diferente. Un movimiento. La pequeña forma en la pantalla pareció agitarse, un reflejo involuntario, una chispa de vida que, a pesar de su origen atroz, luchaba por existir.

Damian se congeló. El acero rozó su piel, pero no presionó. Sus ojos verdes, usualmente gélidos y calculadores, se clavaron en la pantalla. Vio la curva de la columna vertebral, la formación incipiente de las extremidades. Era un ser vivo. Y, por mucho que quisiera negarlo, la mitad de esa carga genética era la suya.

Un recuerdo lo golpeó como un mazo: Bruce, la primera vez que lo llevó a ver las estrellas desde el tejado de la Mansión, diciéndole que cada vida en Gotham valía el esfuerzo, que ellos no eran verdugos, sino protectores.

"Nosotros no matamos, Damian", decía la voz de su padre en su cabeza.

—Esto no es una vida —gruñó Damian, apretando los dientes hasta que le dolió la mandíbula—. Es una maldición. Es el plan final del Joker. Si nace, él habrá ganado. Batman habrá perdido.

Intentó forzar su mano. Intentó realizar la incisión inicial para el procedimiento que había estudiado meticulosamente. Pero su brazo se sentía como si pesara una tonelada. El instinto de preservación, no el suyo, sino el de aquello que llevaba dentro, parecía estar enviando señales de socorro a su sistema nervioso.

De repente, una oleada de náuseas y un mareo violento lo obligaron a soltar el escalpelo. El metal chocó contra el suelo de cemento con un tintineo agudo que pareció gritar su fracaso.

Damian se dobló sobre sí mismo, jadeando. El aire le faltaba. Se llevó las manos a la cabeza, tirando de su cabello oscuro con desesperación.

—¡No puedo! —gritó, y su voz se rompió en un tono que nunca antes había usado. No era el Robin arrogante, ni el heredero de los al Ghul. Era un niño de catorce años, aterrorizado y violado, enfrentándose a una consecuencia que ninguna técnica de combate podía derrotar.

Se dejó caer de la camilla, quedando de rodillas en el suelo frío. Las lágrimas, esas que había jurado no volver a derramar tras su salida de la Liga, comenzaron a fluir sin control. Sollozos violentos sacudieron su cuerpo, desgarrando su pecho. Lloraba por la pérdida de su inocencia, por el asco que sentía de su propio cuerpo, por el odio hacia el Joker y, sobre todo, por la abrumadora soledad que lo rodeaba.

Estaba rodeado de la familia más poderosa del mundo. Tenía a Batman, a Nightwing, a Red Hood... y no podía decirles nada. ¿Cómo mirar a Dick a los ojos y decirle que el Joker lo había marcado de una forma tan permanente? ¿Cómo ver la decepción en los ojos de Bruce al saber que su hijo sería el recipiente del caos?

—Lo odio... lo odio tanto —sollozaba Damian, golpeando el suelo con el puño hasta que sus nudillos sangraron—. ¿Por qué no me mató? Hubiera sido más fácil...

El silencio del almacén solo era interrumpido por sus llantos y el eco lejano del mar. Se sentía sucio. Sentía que cada célula de su cuerpo estaba siendo reescrita por la presencia de ese intruso. Y lo peor de todo, lo que más le dolía en lo profundo de su ser, era que no había podido hacerlo. No había podido matar al "parásito".

Había fallado como ejecutor. Había fallado como Robin.

Después de lo que parecieron horas, Damian se incorporó lentamente. Se limpió la cara con la manga de su sudadera, aunque sus ojos permanecían rojos e hinchados. Con movimientos mecánicos, comenzó a recoger el equipo. Guardó el instrumental, borró los datos del monitor y limpió la sangre de sus nudillos.

Se puso la capucha, ocultando su rostro en las sombras. El secreto seguía allí, creciendo, alimentándose de él.

Cuando salió del almacén, la lluvia de Gotham comenzó a caer, fría y persistente. Caminó hacia su motocicleta oculta, sintiendo el peso de su vientre como una cadena de hierro.

Regresaría a la mansión. Cenaría en silencio. Entrenaría hasta el agotamiento. Seguiría siendo el Robin perfecto, el hijo difícil, el hermano distante. Pero cada vez que alguien lo tocara, cada vez que Dick le alborotara el cabello o Bruce le pusiera una mano en el hombro, él sentiría el grito silencioso de la criatura que compartía su sangre.

Mientras conducía a través de las calles oscuras, una sola idea se repetía en su mente como un mantra de desesperación: "Nadie puede saberlo. Nadie puede saberlo jamás".

Pero en la Mansión Wayne, en la penumbra de la biblioteca, Cassandra Cain dejó de leer. Se llevó una mano al pecho, sintiendo una punzada de angustia que no era suya. Miró hacia la ventana, esperando el sonido del motor de la moto de Damian. Ella no sabía qué era exactamente lo que Damian ocultaba, pero sabía que el sonido de su corazón ya no era el de una sola persona caminando hacia el abismo.

Eran dos corazones, latiendo en una sincronía trágica, esperando el momento en que la verdad destrozara los cimientos de su hogar.

Damian llegó a la Batcueva minutos después. Aparcó la moto y se quitó el casco, recomponiendo su máscara de frialdad justo a tiempo para ver a Alfred acercarse con una bandeja.

—El joven Richard ha estado buscándolo, amo Damian —dijo el mayordomo con su habitual tono calmado, aunque sus ojos denotaban una preocupación que no pasaba desapercibida—. Dice que tienen una patrulla programada en el East End.

Damian apretó los dientes, sintiendo una nueva oleada de mareo que luchó por ocultar.

—Dígale a Grayson que no iré —respondió Damian, pasando de largo—. No me siento bien. Me retiraré a mi habitación.

Alfred se detuvo, observando la rigidez en la espalda del muchacho.

—¿Desea que llame al amo Bruce, señorito?

—No —la respuesta de Damian fue casi un rugido—. No quiero ver a nadie. Solo... déjenme en paz.

Subió las escaleras de la cueva hacia la mansión, dejando a Alfred en el silencio de las sombras. Cada paso le dolía. Cada paso era un recordatorio.

Al entrar en su habitación, cerró la puerta con llave y se apoyó contra ella, cerrando los ojos. En la oscuridad de su cuarto, el latido que había escuchado en el monitor parecía resonar en sus propios oídos, fuerte, persistente, burlón.

El Joker no necesitaba estar presente para torturarlo. Había dejado un carcelero dentro de él, uno del que Damian no podía escapar, y al que, para su propio horror, no había sido capaz de destruir.

Se tumbó en la cama, en posición fetal, abrazándose a sí mismo mientras el mundo exterior seguía girando, ajeno a la tormenta que estaba a punto de desatarse en el seno de la familia Wayne. Damian Wayne, el heredero de dos imperios, estaba solo, cargando con el fruto de una pesadilla que amenazaba con consumirlo todo.

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