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El eco de las sombras rotas
El silencio de la Mansión Wayne nunca había sido tan opresivo. Para Damian, cada rincón de la vasta propiedad se había convertido en una celda, y cada mirada de sus hermanos era un interrogatorio sin palabras que no podía soportar. Habían pasado dos meses desde el incidente, y el secreto que crecía en sus entrañas comenzaba a manifestarse no solo en su cuerpo, sino en su espíritu.
Esa mañana, Damian se miró al espejo del baño. Su piel, usualmente de un tono oliva saludable, estaba pálida, casi traslúcida. Sus ojos tenían ojeras tan profundas que parecían hematomas. Pero lo peor era la curva, apenas perceptible para un ojo inexperto, pero evidente para él, que se formaba en su abdomen. Su metabolismo acelerado por las alteraciones de la Liga estaba haciendo que el proceso fuera voraz. Sentía que algo le robaba la energía, la fuerza y, sobre todo, la cordura.
—No puedo quedarme —susurró, su propia voz sonándole extraña, como la de un extraño—. Si me quedo, lo verán. Padre lo verá.
Bruce Wayne era el mejor detective del mundo. Era solo cuestión de tiempo antes de que notara que su Robin había perdido peso en las extremidades pero ganaba volumen en el torso, o que sus tiempos de reacción en el entrenamiento habían caído un cuarenta por ciento. Damian no podía permitir que Batman analizara su "condición". No podía soportar la idea de que Bruce lo viera como una víctima perpetua, o peor, como el portador de la semilla de su archienemigo.
—¿Damian? —La voz de Dick Grayson llegó acompañada de un suave golpe en la puerta—. Alfred hizo tortitas. Tu favorito. Vamos, enano, sal de ahí.
Damian cerró los ojos con fuerza, conteniendo una arcada que no tenía nada que ver con el hambre. El olor a comida, que antes le resultaba indiferente, ahora le provocaba una repulsión violenta.
—No tengo hambre, Grayson —respondió, tratando de infundir en su voz la arrogancia habitual—. Déjame en paz. Tengo lecturas que completar.
—Llevas tres días sin salir más que para patrullas cortas —insistió Dick, y Damian pudo notar la preocupación filtrándose por la madera de la puerta—. Todos estamos preocupados. Si es por... bueno, por lo que pasó en Arkham... sabes que podemos hablarlo.
—¡He dicho que te largues! —gritó Damian, lanzando un frasco de perfume contra la puerta. El cristal se hizo añicos, inundando la habitación con un aroma floral que solo empeoró sus náuseas.
Escuchó el suspiro de Dick al otro lado, un sonido lleno de derrota y tristeza, antes de que sus pasos se alejaran por el pasillo. Damian se dejó caer contra la pared, respirando con dificultad. Odiaba a Dick por quererlo. Odiaba a Bruce por su silencio cargado de culpa. Odiaba a Jason por sus intentos toscos de camaradería. Pero, sobre todo, se odiaba a sí mismo por lo que llevaba dentro.
Esa noche, la mansión estaba inusualmente tranquila. Bruce y Tim estaban en la Atalaya de la Liga de la Justicia resolviendo una crisis en el sector 2814. Jason estaba en los Narrows, y Dick había salido a patrullar con Duke y Stephanie. Era el momento perfecto.
Damian se vistió con ropa táctica oscura, evitando su uniforme de Robin. El traje rojo y verde se sentía como una burla, una piel que ya no le pertenecía. Empacó una mochila pequeña con suministros médicos robados de la enfermería, dinero en efectivo que había ido acumulando de diversas fuentes y un par de dagas de la Liga de las Sombras.
No dejó nota. Las notas eran para los que planeaban ser encontrados.
Salió por la ventana de su habitación, deslizándose por las sombras de la fachada con una agilidad que le costó un dolor punzante en el vientre. Se detuvo un momento en los jardines, mirando hacia la ventana de la biblioteca donde Alfred solía leer a esa hora. Un nudo se formó en su garganta. Alfred era lo más parecido a una madre que había tenido, un ancla de normalidad en su vida caótica.
—Lo siento, Alfred —susurró al viento de la noche.
Se dirigió al garaje secundario, donde guardaba una motocicleta que no estaba conectada a los sistemas de rastreo principales de la Batcueva. Era una pieza de ingeniería personalizada que él mismo había modificado meses atrás, previendo, quizás inconscientemente, que llegaría el día en que necesitaría desaparecer.
Arrancó el motor y salió de los terrenos de la mansión, evitando las cámaras de seguridad mediante un inhibidor de señal que Tim le había enseñado a construir (irónicamente, para "misiones de infiltración"). Mientras la silueta de la Mansión Wayne desaparecía en el espejo retrovisor, Damian sintió una mezcla de terror y un alivio amargo. Estaba solo. Por primera vez en años, no era el hijo de nadie, ni el compañero de nadie. Era solo Damian, y su secreto.
Horas más tarde, se encontraba en un piso franco en las afueras de Blüdhaven, un lugar que ni siquiera Dick conocía. Era un apartamento minúsculo, húmedo y sucio, pero era seguro. Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la puerta cerrada, y por fin se permitió romperse.
El dolor físico era una cosa, pero la invasión mental era constante. Cada vez que cerraba los ojos, veía la sonrisa del Joker. Sentía sus manos. Escuchaba esa risa estridente que parecía burlarse de su linaje. "Un pequeño príncipe para un rey de la risa", parecía susurrar el viento.
—No eres él —dijo Damian, tocándose el vientre con una mezcla de asco y una extraña, aterradora protección—. No serás él.
Pasaron los días. En la Mansión Wayne, el pánico se había desatado.
—¿Cómo que no está? —La voz de Bruce era un trueno contenido mientras revisaba los registros de la cueva—. Alfred, dijiste que estaba en su habitación.
—Eso creía, señor Bruce —respondió Alfred, su voz temblorosa por la angustia—. La puerta estaba cerrada por dentro. Pensé que necesitaba espacio. No fue hasta esta mañana, cuando no bajó a desayunar por cuarto día consecutivo, que entré por la fuerza.
Dick estaba apoyado contra la mesa de los monitores, con la cabeza entre las manos. Jason caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado, su casco de Red Hood tirado en el suelo.
—El mocoso se ha ido —gruñó Jason—. Y se ha ido de verdad. Ha borrado sus rastros digitales. Ha usado técnicas de la Liga que ni siquiera sabíamos que recordaba.
—¿Por qué? —preguntó Stephanie, sentada junto a un Duke inusualmente callado—. Estaba mal, todos lo sabíamos, pero... huir así...
Cassandra Cain estaba de pie en un rincón oscuro, con los ojos fijos en el lugar donde Damian solía sentarse. Ella no decía nada, pero su lenguaje corporal gritaba una verdad que no sabía cómo expresar. Ella había sentido el cambio en el ritmo de Damian, la disonancia en su alma.
—Cass —dijo Bruce, girándose hacia ella con desesperación—. Tú lo viste por última vez. ¿Qué notaste? ¿Hacia dónde iría?
Cassandra negó lentamente con la cabeza.
—Miedo —dijo ella, su voz apenas un susurro—. Mucho miedo. No de nosotros. De él mismo.
—Tenemos que encontrarlo —dijo Tim, tecleando frenéticamente en la computadora—. Si el Joker le hizo algo más de lo que sabemos... si hay algún tipo de veneno de acción retardada o un condicionamiento mental...
—No es el Joker —intervino Dick, levantando la mirada con los ojos inyectados en sangre—. Es decir, sí, es por él, pero Damian no huye porque tenga miedo de que lo atrapen. Huye porque se siente indigno. Se siente... roto.
Bruce golpeó la mesa con el puño, haciendo que los monitores vibraran.
—¡Es mi hijo! —rugió—. Debería haber sabido que estaba planeando esto. Debería haber roto esa puerta hace semanas.
—Todos fallamos, Bruce —dijo Jason con una amargura inusual—. Todos lo tratamos como si fuera de cristal o como si fuera una bomba a punto de estallar. Nadie lo trató como a un chico que acababa de pasar por el infierno.
Mientras tanto, a kilómetros de allí, Damian se encontraba en una farmacia de 24 horas en un barrio marginal. Llevaba una gorra baja y una chaqueta ancha. Sus manos temblaban mientras cogía vitaminas prenatales y suplementos de hierro de los estantes. Se sentía humillado por cada artículo que ponía en la cesta.
Al llegar a la caja, el dependiente, un hombre mayor con ojos cansados, lo miró con curiosidad.
—¿Es para tu hermana, chico? —preguntó amablemente.
Damian se tensó, sintiendo que el aire se volvía denso.
—Sí —mintió, su voz saliendo como un graznido—. Mi hermana.
Pagó con efectivo y salió rápidamente a la calle fría. El aire de la noche no ayudó a calmar el mareo que lo asaltó de repente. Tuvo que apoyarse en un callejón, sintiendo cómo el mundo daba vueltas. Se llevó una mano al estómago, sintiendo un movimiento claro, una patada suave pero firme.
—Cállate —susurró Damian, con los ojos llenos de lágrimas—. Cállate, monstruo.
Se dejó caer en el suelo sucio del callejón, abrazando sus rodillas. Tenía frío, tenía hambre y estaba más asustado de lo que jamás había estado en un campo de batalla. La idea de volver a casa cruzó su mente, la imagen de los brazos de Dick o la seguridad silenciosa de su padre. Pero entonces recordó el origen de lo que llevaba dentro. Recordó la cara del Joker sobre la suya, el olor a maquillaje barato y muerte.
Si volvía, Bruce intentaría "arreglarlo". Quizás intentarían extraerlo, o quizás Bruce, en su infinita y terrible nobleza, intentaría criar a la progenie de su peor enemigo como si fuera un Wayne más. Ambas opciones eran insoportables para Damian.
—No dejaré que te usen —murmuró, sin saber si se refería al Joker, a Batman o a la criatura—. No serás el arma de nadie.
Se levantó con dificultad y caminó hacia su piso franco. Esa noche, el dolor fue más intenso. Una fiebre ligera comenzó a quemar su cuerpo, y los recuerdos de Arkham volvieron con una fuerza renovada. En sus delirios, veía a su madre, Talia, mirándolo con desprecio por su debilidad. Veía a Ra's al Ghul ofreciéndole un pozo de Lázaro que olía a sangre y flores podridas.
—Padre... —susurró en la oscuridad del apartamento vacío.
Pero Bruce no estaba allí. Nadie estaba allí. Damian Wayne, el Robin indomable, estaba oculto en un agujero del mundo, cargando con una vida que odiaba y protegiendo un secreto que, tarde o temprano, terminaría por destruirlo a él y a todo lo que la Batfamilia representaba.
A la mañana siguiente, Bruce Wayne activó el protocolo de búsqueda de nivel Omega. Gotham, Blüdhaven y las ciudades circundantes se llenaron de sombras que buscaban a un pájaro perdido. Pero Damian ya no era un pájaro. Era una sombra más, una que no quería ser encontrada, una que estaba aprendiendo que, a veces, el acto más heroico es desaparecer antes de que tu propia existencia se convierta en el arma que destruya a quienes amas.
El secreto seguía creciendo, un latido constante en la soledad, mientras la familia Wayne comenzaba a comprender que el Joker no solo había herido a Damian en aquel sótano; le había robado su lugar en el mundo. Y mientras no lo encontraran, el Payaso del Crimen seguía riendo desde su celda en Arkham, sabiendo que su broma final todavía estaba por nacer.