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Nueva obsesión

Devoción en la Penumbra

La ciudad de Tokio bullía bajo el manto de la noche, pero dentro del coche de Yamashita Kazuo, el silencio era tan espeso que casi se podía cortar con un cuchillo. Kazuo, con las manos apretadas firmemente sobre el volante, no se atrevía a mirar por el espejo retrovisor. La atmósfera que emanaba del asiento trasero era abrumadora; una mezcla de ferocidad residual y una satisfacción oscura que lo hacía sentir como si estuviera interrumpiendo un ritual sagrado.

Ohma Tokita mantenía la mirada fija en el paisaje urbano que se desdibujaba a través del cristal. Sus nudillos estaban ligeramente enrojecidos, un testimonio mudo de la fuerza con la que había reclamado el cuerpo de Kiryu en las duchas. A su lado, Setsuna parecía estar en trance. Sus pectorales, agrandados artificialmente por el tratamiento y ahora hinchados por la manipulación violenta de Ohma, palpitaban bajo la fina tela de su camisa. Cada bache en la carretera provocaba un roce de la tela contra sus pezones lastimados, enviando oleadas de un dolor exquisito directamente a su cerebro.

—Yamashita —la voz de Ohma rompió el silencio, profunda y áspera—. Déjanos en el apartamento de Kiryu. No iré al gimnasio esta noche.

Kazuo tragó saliva, asintiendo frenéticamente.

—¡S-sí, Ohma-san! Por supuesto. Mañana tenemos una reunión con Nogi-san, pero supongo que... que pueden descansar.

Kiryu dejó escapar una risa suave, casi un susurro etéreo que erizó los vellos de la nuca de Kazuo.

—Descansar no es exactamente lo que mi Dios tiene en mente, ¿verdad, Ohma? —Setsuna giró la cabeza lentamente, sus ojos brillando con una devoción maníaca—. Aún siento el calor de tus manos sobre mí. Es como si hubieras dejado tu marca grabada en mis mismos huesos.

Ohma no respondió con palabras. Simplemente colocó una mano sobre el muslo de Kiryu y apretó. Fue un gesto posesivo, carente de cualquier delicadeza. Kiryu soltó un jadeo ahogado, arqueando la espalda contra el asiento, disfrutando de la presión que amenazaba con dejar un nuevo moretón.

Cuando el coche finalmente se detuvo frente al lujoso complejo de apartamentos donde residía Kiryu, Ohma bajó primero, seguido de un Setsuna que caminaba con una elegancia frágil, como si cada paso fuera una ofrenda de dolor. Kazuo los vio desaparecer por el vestíbulo y dejó escapar un suspiro de alivio, limpiándose el sudor de la frente con su pañuelo.

—Espero que la productora sepa lo que ha desatado —murmuró Kazuo para sí mismo antes de arrancar el coche.

Dentro del ascensor, la tensión estalló de nuevo. En cuanto las puertas se cerraron, Ohma acorraló a Kiryu contra la pared de metal espejado. Sus manos fueron directamente a los grandes pectorales de Setsuna, apretándolos a través de la camisa con una fuerza que hizo que el "Demonio Hermoso" sollozara de placer.

—En el set... —gruñó Ohma contra el oído de Kiryu—, te dije que te pusieras ese delantal porque quería que todos vieran lo que me pertenece. Pero aquí, no hay nadie. Solo yo decido cuánto sufres y cuánto disfrutas.

—Hazlo... —suplicó Kiryu, sus manos buscando desesperadamente el rostro de Ohma—. No te detengas. Destrúyeme si es necesario. Mi carne es tuya para que la moldees, mi pecho es tu altar...

Las puertas se abrieron en el piso superior y Ohma arrastró a Kiryu hacia el interior del ático. No encendieron las luces. La luz de la luna y los letreros de neón de Shinjuku se filtraban por los ventanales, bañando la estancia en tonos azules y púrpuras. Ohma lanzó a Kiryu sobre el sofá de cuero negro y, sin mediar palabra, comenzó a despojarlo de su ropa.

Cuando Kiryu quedó desnudo, el espectáculo de su cuerpo era sobrecogedor. Los pectorales, desarrollados hasta un punto casi grotesco para un luchador, se alzaban como dos colinas de músculo firme. Los pezones estaban oscuros, irritados y erectos, rodeados por las marcas de los dientes de Ohma de la sesión anterior. Era una visión de masculinidad distorsionada hacia algo más suave, más vulnerable, diseñada específicamente para el placer del Asura.

Ohma se arrodilló sobre él, atrapando ambos pechos con sus manos. Comenzó a amasarlos con un ritmo brutal, ignorando las súplicas de Kiryu que pedía más.

—Mira esto, Setsuna —dijo Ohma, obligándolo a levantar la cabeza para que viera cómo sus manos dominaban su carne—. ¿Tanto te esforzaste en el gimnasio solo para que yo tuviera algo de qué agarrarme mientras te rompo?

—Sí... —gimió Kiryu, su cuerpo sacudiéndose bajo el toque de Ohma—. Sabía que te gustaría... que querrías usarlos. Son tus juguetes, Ohma. Trátalos como tales.

Ohma bajó la cabeza y atrapó uno de los pezones entre sus dientes, tirando de él con una violencia que hizo que Kiryu gritara, su voz resonando en el apartamento vacío. La tortura era constante. Ohma no permitía que Kiryu se hundiera en el placer sin antes pasar por el fuego del dolor. Usó sus uñas para trazar líneas rojas sobre la piel sensible de los pectorales, dejando surcos que ardían bajo el aire acondicionado.

—Te gusta sentirte pequeño, ¿verdad? —preguntó Ohma, su voz vibrando contra la piel de Setsuna—. Te gusta que este cuerpo de luchador que tienes sea humillado por mí.

—Es el único propósito de mi existencia —respondió Kiryu, sus ojos en blanco por el éxtasis—. Ser tu sombra... ser tu objeto. Ohma, por favor... penetra mi realidad. Haz que el dolor desaparezca con tu fuerza.

Ohma se puso en pie y obligó a Kiryu a darse la vuelta, quedando a cuatro patas sobre el sofá. En esta posición, los grandes pectorales de Setsuna colgaban, pesados por el músculo y la hinchazón, balanceándose con cada movimiento. Ohma se posicionó detrás de él, rodeando su torso con los brazos para atrapar sus pechos desde abajo, sosteniéndolos como si fueran un trofeo.

Sin previo aviso y sin ninguna preparación adicional, Ohma volvió a entrar en él. El impacto fue tan seco y contundente que Kiryu golpeó el respaldo del sofá con la frente. Los gritos de Setsuna ya no eran para la cámara; eran crudos, llenos de una agonía que se transformaba en adoración en el momento en que sus cuerdas vocales fallaban.

—¡Ohma! ¡Ahhh, mi Dios! —exclamaba Kiryu, mientras Ohma comenzaba un movimiento frenético y violento.

Cada embestida de Ohma era un golpe calculado. Sus manos no dejaban de trabajar el pecho de Kiryu, retorciendo los pezones y apretando los pectorales hasta que el color de la piel pasó del rojo al púrpura. Ohma disfrutaba del contraste: la fuerza bruta de su propio cuerpo chocando contra la sumisión absoluta de Kiryu. No había espacio para la ternura, solo para el dominio.

—No te atrevas a cerrar los ojos —ordenó Ohma, tirando del cabello de Kiryu para obligarlo a mirar su reflejo en el ventanal—. Mírate. Mira en lo que te has convertido por mí. Un animal gimiendo, con el pecho marcado y el cuerpo roto.

Kiryu observó su reflejo. Vio a Ohma detrás de él, una figura de poder puro, y se vio a sí mismo, con esos pectorales absurdamente grandes siendo estrujados por las manos del hombre que amaba. La imagen le provocó un orgasmo violento que lo dejó sin aliento, sus músculos se contrajeron con tal fuerza que Ohma tuvo que gruñir para mantener el ritmo.

—¡Más! ¡Más fuerte! —gritaba Kiryu, su cordura desvaneciéndose en el torbellino de sensaciones—. ¡Rómpeme, Ohma! ¡No dejes nada de mí!

Ohma respondió aumentando la velocidad. Sus embestidas eran ahora como martillazos, cada una hundiéndose más profundamente en el ser de Kiryu. El sonido de la carne chocando y los gemidos roncos llenaban el ático. Ohma sentía una satisfacción primitiva. Kiryu era su némesis, su acosador, su sombra... pero en momentos como este, era simplemente suyo.

Finalmente, con un rugido que parecía el de una bestia liberada, Ohma llegó a su clímax, sujetando el pecho de Kiryu con tanta fuerza que sus dedos dejaron marcas profundas que tardarían días en desaparecer. Kiryu se desplomó sobre el sofá, temblando, con la respiración entrecortada y el cuerpo cubierto de sudor y fluidos.

Pasaron varios minutos en los que solo se escuchaba el zumbido de la ciudad a lo lejos. Ohma se retiró lentamente y se sentó en el borde del sofá, observando la figura destrozada de Setsuna. El pecho del "Demonio Hermoso" subía y bajaba con dificultad, los pectorales aún vibrando por el esfuerzo y el maltrato.

Kiryu se arrastró por el sofá hasta que pudo apoyar la cabeza en el regazo de Ohma. Sus ojos estaban nublados, pero había una paz aterradora en su rostro.

—Gracias... —susurró Kiryu, su voz apenas un hilo—. Gracias por este regalo, mi Dios.

Ohma pasó una mano por el cabello empapado de Kiryu. Por un breve segundo, hubo un destello de algo parecido a la compasión en su mirada, pero desapareció tan rápido como llegó, reemplazado por la fría determinación del Asura.

—No te acostumbres, Setsuna —dijo Ohma, aunque su mano seguía acariciando su nuca—. Mañana volveremos al entrenamiento. No quiero que este cuerpo tuyo se vuelva blando solo por estas estupideces de la productora.

Kiryu sonrió, cerrando los ojos. Sabía que Ohma mentía. Sabía que a Ohma le gustaba el poder que tenía sobre este nuevo aspecto de su fisonomía. Sabía que, aunque volvieran a la arena, las noches seguirían perteneciendo a este tipo de encuentros donde el dolor y el placer eran indistinguibles.

—Como desees —respondió Kiryu—. Pero mientras tenga estos pechos que tanto te gusta castigar... sé que volverás a por ellos.

Ohma no lo negó. Se levantó y caminó hacia el ventanal, observando el horizonte de Tokio. La grabación de la película porno había sido solo el catalizador, una excusa para sacar a la luz una dinámica que siempre había estado allí, oculta tras los golpes y la sangre de los torneos Kengan.

—La productora quiere una secuela —mencionó Ohma de repente, sin girarse.

Kiryu se incorporó con dificultad, sus pectorales doliendo con cada movimiento del torso. Una chispa de malicia brilló en sus ojos.

—¿Y qué les dijiste?

Ohma se giró, una sonrisa depredadora curvando sus labios.

—Les dije que el precio ha subido. Y que la próxima vez, quiero que el guion incluya cadenas.

Kiryu soltó una carcajada que terminó en un gemido de dolor, pero su rostro irradiaba una felicidad absoluta. Se levantó y caminó hacia Ohma, ignorando el temblor de sus piernas. Se detuvo frente a él, ofreciendo su pecho marcado y ultrajado como un sacrificio.

—Entonces tendré que ir más seguido al gimnasio —dijo Kiryu, rozando con sus pezones el pecho firme de Ohma—. Tenemos que asegurarnos de que mi Dios tenga suficiente carne que torturar en la próxima toma.

Ohma lo agarró por el cuello, atrayéndolo para un beso que sabía a hierro y a posesión. La noche aún era joven en Tokio, y aunque las cámaras se habían apagado hacía horas, la verdadera actuación, la que solo ellos conocían, apenas estaba comenzando su segundo acto. En la oscuridad del ático, el Asura y el Demonio Hermoso continuaron su danza de destrucción y deseo, ajenos al mundo, unidos por un vínculo que ni el dolor más extremo podría romper.