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Nueva obsesión

El Altar de Carne y Obsidiana

La luz del amanecer se filtraba por las persianas del ático, proyectando líneas horizontales sobre el cuerpo de Kiryu Setsuna, quien yacía boca abajo en la cama, exhausto. La piel de su espalda y sus costados mostraba los rastros de una noche que había trascendido cualquier guion cinematográfico. Sin embargo, eran sus pectorales, presionados contra las sábanas de seda, los que más acusaban el castigo. La hipertrofia inducida para la producción los hacía sentir pesados, una carga de carne sensible que latía con cada latido de su corazón.

Ohma Tokita estaba de pie junto al ventanal, observando el despertar de la metrópolis. Ya estaba vestido con sus ropas de entrenamiento habituales, pero su presencia seguía cargada de esa energía violenta que había dominado a Kiryu durante horas. No había rastro de cansancio en su rostro, solo una determinación gélida.

—Levántate, Setsuna —ordenó Ohma sin girarse—. El tiempo de descanso se ha terminado. Yamashita enviará a Kaede con los nuevos contratos en una hora.

Kiryu soltó un quejido que era mitad dolor y mitad deleite. Se incorporó lentamente, apoyando su peso en los codos. Al hacerlo, sus pectorales se tensaron, dándole una silueta que desafiaba la lógica del cuerpo de un luchador. Los pezones, aún inflamados y de un color púrpura oscuro por las mordidas y los tirones de Ohma, rozaron la tela de la sábana, arrancándole un jadeo.

—Mi Dios es exigente —murmuró Kiryu con una sonrisa quebrada—. Ni siquiera permites que las marcas de tus manos se enfríen antes de pedir más.

Ohma se giró, cruzando los brazos sobre su pecho. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Kiryu con la misma intensidad con la que analizaría a un oponente en la arena, pero con un matiz de posesividad territorial que no podía ocultar.

—Ese cuerpo ya no te pertenece solo a ti —sentenció Ohma, caminando hacia la cama con pasos pesados—. La productora cree que posee tu imagen, pero yo poseo la realidad. Si vas a seguir con esta farsa de los pectorales agrandados, te asegurarás de que sean lo suficientemente resistentes para lo que viene.

Kiryu se sentó en el borde de la cama, dejando que su pecho quedara totalmente expuesto a la mirada de Ohma. La hinchazón le daba un aspecto casi femenino, una vulnerabilidad que contrastaba con los músculos definidos de sus brazos y abdomen.

—¿Qué es lo que viene, Ohma? —preguntó Kiryu, inclinando la cabeza—. Dijiste algo sobre cadenas.

—La productora quiere "impacto visual" —respondió Ohma, deteniéndose frente a él—. Shion y esa mujer de la editorial, Tomoko, han estado presionando. Quieren una escena de cautiverio. Quieren ver al "Demonio Hermoso" completamente a merced de su captor.

Kiryu sintió un escalofrío recorrer su columna. La idea de ser encadenado, de ser exhibido mientras Ohma hacía con él lo que quisiera frente a las cámaras, le provocaba una excitación que bordeaba la locura.

—¿Y tú aceptaste? —Setsuna alargó una mano para rozar el cinturón de Ohma, pero este le atrapó la muñeca con una fuerza que hizo crujir sus huesos.

—Acepté bajo mis condiciones —dijo Ohma, bajando la voz hasta convertirla en un rugido sordo—. No habrá simulaciones. No habrá trucos de cámara. Si te voy a encadenar, será real. Si te voy a marcar, será permanente.

El timbre del apartamento sonó, rompiendo la atmósfera cargada. Era Kaede Akiyama. Ohma soltó la muñeca de Kiryu y le arrojó una bata de seda negra.

—Cúbrete. No quiero que vea lo que te hice en la ducha.

Kiryu obedeció, aunque sus movimientos eran lentos y deliberados, disfrutando del roce de la seda contra sus pezones hipersensibles. Cuando Kaede entró, seguida de una Tomoko que no podía dejar de ajustar sus gafas con nerviosismo, la tensión en la habitación era palpable.

—Buenos días, Tokita-san, Kiryu-san —dijo Kaede, tratando de mantener un tono profesional mientras evitaba mirar las marcas evidentes en el cuello de Setsuna—. Traigo los bocetos para la segunda fase de la producción. La Shion-san está muy entusiasmada con el nuevo concepto.

Tomoko, por su parte, parecía estar a punto de sufrir una combustión espontánea. Sus ojos saltaban de los pectorales de Kiryu —que incluso bajo la bata se notaban prominentes— a la mirada dominante de Ohma.

—¡Es perfecto! —exclamó Tomoko, sacando una serie de fotografías de referencia—. Queremos que el contraste sea máximo. Kiryu-san, los suplementos y el entrenamiento de pecho han funcionado mejor de lo esperado. En cámara, pareces una deidad de la fertilidad corrompida. Y Ohma-san... tu aura de dominación es exactamente lo que el mercado fujoshi demanda.

Ohma tomó los papeles y los hojeó con desdén. Las ilustraciones mostraban a Kiryu encadenado a una estructura metálica, con su pecho siendo el foco central de la tortura y el placer.

—Demasiado suave —dijo Ohma, arrojando los bocetos sobre la mesa—. Si quieren que lo haga, las cadenas deben ser pesadas. Y quiero que se utilicen pinzas. Sus pezones están demasiado acostumbrados a mis dedos; necesitan algo más... constante.

Kaede palideció.

—Ohma-san, es una película, no una sesión de tortura real...

—En mi mundo, no hay diferencia —interrumpió Ohma, fijando sus ojos en Kiryu, quien observaba la escena con una devoción absoluta.

—Haz lo que él dice, Kaede —intervino Kiryu, su voz suave y melosa—. Si mi Dios desea que sufra para el deleite de los demás, ¿quién soy yo para negarme? Además, mis pectorales... —se abrió ligeramente la bata, dejando ver la masa muscular hinchada y los pezones oscurecidos— ...están pidiendo a gritos ser reclamados de nuevo.

Tomoko soltó un chillido ahogado y comenzó a escribir frenéticamente en su libreta. Kaede suspiró, sabiendo que no había forma de razonar con ninguno de los dos.

—Está bien. Mañana a primera hora en el set secundario. El director ha despejado el área; solo estaremos el equipo esencial, Shion y Tomoko.

Una vez que las mujeres se marcharon, Ohma se acercó a Kiryu y lo agarró por el mentón, obligándolo a mirarlo.

—Mañana —susurró Ohma—, no habrá cortes. No importa cuánto grites, no importa cuánto duela. Vas a ser mi juguete frente a todos ellos, y luego, cuando las cámaras se apaguen, terminaremos lo que empezamos en privado.

—No puedo esperar —respondió Kiryu, lamiéndose los labios—. Rompe mi voluntad, Ohma. Haz que olvide quién soy.

Al día siguiente, el set estaba sumido en una penumbra artificial. Una estructura de hierro en forma de X dominaba el centro del escenario. Shion Akiyama observaba desde la silla de producción, con una copa de vino en la mano y una expresión de anticipación depredadora.

—¡Acción! —gritó el director.

Ohma entró en escena arrastrando unas cadenas pesadas. Kiryu ya estaba posicionado, con los brazos extendidos y sujetos a la estructura. Estaba completamente desnudo, a excepción de un taparrabos mínimo que no dejaba nada a la imaginación. Sus pectorales, aceitados para resaltar cada fibra muscular y cada curva exagerada, subían y bajaban con su respiración agitada.

Ohma se acercó a él sin mediar palabra. No había guion, solo instinto. Agarró uno de los pechos de Kiryu con una mano y lo apretó hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Kiryu soltó un grito que desgarró el silencio del estudio.

—Míralos, Setsuna —dijo Ohma para los micrófonos, aunque sus palabras iban dirigidas al alma del otro—. Mira cómo tu propio cuerpo te traiciona. Has crecido solo para ser castigado.

Ohma sacó un juego de pinzas metálicas unidas por una cadena corta. Con una precisión cruel, las colocó en los pezones de Kiryu. El "Demonio Hermoso" arqueó la espalda, sus músculos tensándose como cuerdas de violín. El peso de la cadena tiraba de su carne hacia abajo, acentuando la forma prominente de sus pectorales.

—¡Ahhh! ¡Ohma! —gemía Kiryu, sus ojos perdiendo el foco mientras el dolor agudo se mezclaba con la humillación de ser observado—. ¡Duele... por favor, más!

Ohma no le dio tregua. Comenzó a golpear el pecho de Kiryu con la palma abierta, rítmicamente. Cada impacto hacía que la carne rebotara y que las pinzas tiraran con más fuerza. La piel de Kiryu pasó rápidamente de un tono pálido a un rojo encendido.

—¿Esto es lo que querías? —rugió Ohma, golpeando de nuevo—. ¿Quieres ser la perra de la productora? ¿O quieres ser mi esclavo?

—¡Tuyo! ¡Solo tuyo! —gritaba Kiryu, las lágrimas mezclándose con el sudor que corría por su torso.

Shion observaba la escena con los ojos muy abiertos. Esto iba mucho más allá de lo que habían planeado. La brutalidad era real; podía ver cómo la carne de Kiryu se amorataba bajo los golpes de Ohma. Tomoko, a su lado, estaba paralizada, con la cámara olvidada en sus manos.

Ohma se detuvo y agarró las pinzas, tirando de ellas hacia afuera. Kiryu soltó un alarido sordo, sus pies apenas tocando el suelo mientras intentaba aliviar la tensión. Ohma se acercó a su oído y le susurró algo que los micrófonos no captaron, algo privado y oscuro que hizo que Kiryu temblara de pies a cabeza.

Sin previo aviso, Ohma se desabrochó el pantalón. No hubo preámbulos, ni lubricación, ni delicadeza. Se posicionó detrás de Kiryu, quien estaba suspendido de las cadenas, y lo penetró con una violencia que hizo que la estructura de hierro crujiera.

El set se sumió en un silencio absoluto, solo roto por los sonidos carnales y los gritos desgarradores de Kiryu. Ohma lo embestía con la misma furia con la que golpeaba a un enemigo en el Kengan. Sus manos volvieron al pecho de Kiryu, estrujando los pectorales con tal fuerza que parecía querer arrancarlos de su torso.

—¡Mírame! —ordenó Ohma, girando la cabeza de Kiryu para que lo viera a través del dolor—. ¡Dime quién te posee!

—¡Tú! ¡Ohma Tokita! ¡Mi Dios! —exclamaba Kiryu, su cuerpo sacudiéndose violentamente con cada embestida.

El acto duró lo que pareció una eternidad. Ohma no se detuvo ante los gemidos de dolor de Kiryu, ni ante las súplicas de que parara cuando el roce se volvió demasiado abrasador. Cambió de posición, obligando a Kiryu a doblarse sobre las cadenas mientras él seguía castigándolo desde atrás, manteniendo siempre sus manos sobre el pecho hipertrofiado, usándolo como un punto de anclaje para su propia lujuria.

Cuando Ohma finalmente llegó al clímax, lo hizo con un grito de triunfo animal, descargando toda su intensidad dentro de Kiryu. El "Demonio Hermoso" quedó colgando de las cadenas, con la cabeza gacha, su pecho subiendo y bajando en espasmos agónicos.

—¡Corten! —gritó el director con la voz temblorosa.

Nadie se movió. La atmósfera en el set era pesada, cargada de una sexualidad tan violenta que resultaba asfixiante. Ohma se apartó, subiéndose los pantalones con calma, mientras los técnicos corrían a liberar a Kiryu de las cadenas.

Setsuna se desplomó en los brazos de los asistentes, pero sus ojos buscaban desesperadamente a Ohma. Cuando lo encontró, una sonrisa de pura satisfacción cruzó su rostro ensangrentado y sudoroso.

—Ha sido... perfecto —susurró Kiryu antes de perder el conocimiento por el agotamiento.

Ohma se acercó a Shion, quien todavía sostenía su copa de vino con manos temblorosas.

—Espero que tengan suficiente material —dijo Ohma con frialdad—. Porque no volveré a hacer esto frente a una cámara. Lo que queda de Kiryu esta noche me pertenece solo a mí.

Sin esperar respuesta, Ohma caminó hacia la zona de descanso donde habían llevado a Kiryu. Lo encontró tendido en una camilla, con Kaede tratando de aplicar compresas frías en su pecho hinchado.

—Fuera —ordenó Ohma.

—Pero Ohma-san, necesita atención médica, sus pectorales están...

—He dicho que fuera —repitió Ohma, su voz cargada de una amenaza que no admitía réplica.

Kaede salió a toda prisa. Ohma cerró la puerta con llave y se sentó junto a Kiryu. El otro abrió los ojos lentamente, su mirada aún nublada por el dolor.

—Ohma... —susurró Kiryu, intentando incorporarse.

—Cállate —dijo Ohma, pero esta vez su mano, al posarse sobre el pecho de Kiryu, no fue violenta. Fue firme, posesiva, pero con una extraña forma de reconocimiento—. Has aguantado bien.

Kiryu dejó escapar un suspiro de alivio, apoyando su mano sobre la de Ohma.

—Hice lo que me pediste... fui tu juguete.

—Lo fuiste —concordó Ohma—. Pero ahora, la grabación ha terminado. Ahora vamos a ver cuánto más puede aguantar ese pecho tuyo sin que haya cámaras que te protejan.

Kiryu sintió un nuevo estallido de deseo. Sabía que lo que había ocurrido en el set no era nada comparado con lo que Ohma tenía planeado para la privacidad de su habitación. Ohma comenzó a desatar los vendajes que Kaede había puesto, dejando al descubierto la carne maltratada y hermosa de Kiryu.

—Esta noche —dijo Ohma, inclinándose sobre él—, no habrá directores, ni guiones. Solo tú, yo, y el dolor que te hace sentir vivo.

Kiryu cerró los ojos, entregándose una vez más al hombre que era su principio y su fin. En la penumbra del camerino, el Asura y el Demonio Hermoso continuaron su ritual eterno, una danza de sombras donde la carne era el lienzo y la obsesión, el pincel. El mundo del Kengan podía ser brutal, pero para ellos, esa brutalidad era la única forma verdadera de amor que conocían. Y mientras el pecho de Kiryu siguiera latiendo bajo la mano de Ohma, el sacrificio nunca sería suficiente.