Nueva obsesión
El Teorema de la Carne y el Estigma
El aire en el coche de Yamashita Kazuo era tan denso que parecía que los pulmones se llenarían de plomo en lugar de oxígeno. Ohma Tokita permanecía con los brazos cruzados, la mandíbula apretada y la mirada perdida en las luces de neón que pasaban como ráfagas de fuego fatuo. A su lado, Kiryu Setsuna era una visión de éxtasis post-traumático. Sus pectorales, todavía hinchados y dolorosamente sensibles bajo la fina seda de su bata, subían y bajaban con una cadencia irregular. Cada vez que el vehículo frenaba, el roce de la tela contra sus pezones —que Ohma había tratado como si fueran trofeos de guerra— le arrancaba un suspiro que hacía que Yamashita apretara el volante hasta que sus nudillos blanquearan.
—Ohma-san... —aventuró Yamashita con voz temblorosa—, la productora ha enviado un mensaje. Dicen que el metraje es... bueno, dicen que es "histórico". Pero me preocupa vuestra salud. Especialmente la de Kiryu-san. Esas marcas...
—No te preocupes por mí, Yamashita-kun —interrumpió Kiryu, su voz era un susurro meloso que goteaba devoción—. Mi Dios ha sido... generoso. Lo que ves no son heridas, son bendiciones. Cada gramo de dolor en mi pecho es una prueba de que él me reconoce.
Ohma soltó un gruñido bajo, una vibración animal que silenció cualquier réplica.
—Cállate, Setsuna. No lo hice por ti. Lo hice porque me ordenaron actuar, y yo no sé hacer nada a medias. Si querían a un hombre dominando a su juguete, eso es lo que les di.
Kiryu cerró los ojos, dejando que su cabeza cayera hacia atrás contra el asiento. El dolor en sus pectorales era una nota alta y constante, una sinfonía que Ohma había compuesto con sus propios dientes y dedos. La hipertrofia que se había autoimpuesto para este papel —esos pechos que ahora parecían los de una mujer musculosa— se sentía pesada, una carga de carne que solo Ohma tenía derecho a manipular.
Al llegar al apartamento de Ohma, el Asura bajó del coche sin esperar a nadie. Kiryu lo siguió con pasos vacilantes, su cuerpo todavía procesando la brutalidad de la grabación. Una vez que la puerta se cerró detrás de ellos, el silencio del apartamento fue roto por el sonido de la bata de seda cayendo al suelo.
Kiryu se quedó allí, desnudo bajo la luz fría de la cocina. Sus pectorales eran dos colinas de músculo rojo y amoratado, coronadas por pezones que estaban permanentemente erectos debido al tratamiento y al maltrato reciente. Las marcas de las pinzas de la grabación todavía supuraban un poco, mezclándose con el aceite que Ohma no le había permitido limpiar.
—Mira lo que me has hecho, Ohma —dijo Kiryu, extendiendo los brazos, ofreciendo su torso como un altar—. Ni siquiera el director se atrevió a pedir tanto. Pero tú... tú fuiste más allá.
Ohma se detuvo y se giró lentamente. Sus ojos recorrieron el pecho de Kiryu con una mezcla de desprecio y una fascinación oscura que se negaba a admitir. Caminó hacia él con la parsimonia de un depredador que sabe que su presa no tiene a dónde ir.
—Querías ser una mujer para mí, ¿no es así? —preguntó Ohma, su voz era un rugido sordo—. Querías que estos pechos fueran tan grandes que no pudieras esconderlos. Pues bien, ahora que los tienes, vas a aprender lo que significa llevar mi marca.
Ohma extendió una mano y agarró el pectoral izquierdo de Kiryu, apretándolo con tal violencia que el grito de Setsuna resonó en todo el edificio. No hubo delicadeza. Ohma hundió sus dedos en la carne hinchada, buscando el músculo debajo de la inflamación.
—¡Ahhh! ¡Ohma, duele! ¡Duele tanto que no puedo respirar! —gemía Kiryu, sus rodillas cediendo mientras se apoyaba en el pecho de Ohma.
—Ese es el problema contigo, Setsuna —dijo Ohma, su aliento caliente contra el oído de Kiryu—. Siempre pides más. Nunca es suficiente. En la grabación te detuviste porque las cámaras estaban allí. Pero aquí... aquí no hay nadie para decir "corten".
Ohma lo arrastró hacia la mesa de madera de la cocina. Lo obligó a tumbarse boca arriba, dejando su torso expuesto bajo la luz fluorescente que resaltaba cada hematoma, cada mordida, cada estigma. Ohma sacó de un cajón un pequeño rodillo de entrenamiento, una pieza de madera pesada que utilizaba para endurecer sus propias espinillas.
—Si vas a tener este pecho —sentenció Ohma—, lo vas a endurecer a mi manera.
Comenzó a pasar el rodillo sobre los pectorales de Kiryu, aplicando una presión constante y aplastante. No era un masaje; era una técnica de endurecimiento de combate aplicada a la zona más sensible y modificada de Kiryu. El dolor era tan agudo que Kiryu comenzó a ver destellos blancos detrás de sus párpados. Sus pechos se aplastaban bajo el rodillo, la carne cediendo y luego recuperando su forma, cada vez más roja, cada vez más torturada.
—¡Ohma! ¡Por favor... mi Dios... me vas a romper! —sollozaba Kiryu, sus manos arañando la mesa de madera—. ¡Siento que mis pezones van a estallar!
—Que estallen —respondió Ohma con frialdad—. Si no pueden soportar esto, no sirven para nada.
El Asura dejó el rodillo y, sin previo aviso, se inclinó y mordió con fuerza el pezón derecho de Kiryu. No fue un mordisco juguetón; fue un ataque. Sus dientes se hundieron en la carne sensible hasta que el sabor metálico de la sangre llenó su boca. Kiryu arqueó la espalda, su cuerpo convulsionando en un espasmo de agonía y un placer tan retorcido que bordeaba la catatonia.
—Eres mi esclavo, Setsuna —dijo Ohma, separándose solo lo suficiente para que el hilo de sangre corriera por el pecho de Kiryu—. No importa cuántas películas grabes, no importa cuánta gente te mire. Este pecho es mío para destruirlo.
Kiryu, con la respiración rota y lágrimas corriendo por sus sienes, sonrió. Era una sonrisa de pura locura.
—Sí... destrúyelo. Haz que desaparezca. Solo deja tus marcas. Ohma... penetra el dolor. Haz que el mundo desaparezca.
Ohma no necesitó más invitación. Se despojó de sus pantalones con una mano mientras la otra seguía castigando el pecho de Kiryu, retorciendo los pezones hasta que Kiryu solo podía emitir sonidos roncos y guturales. Ohma se posicionó entre las piernas de Setsuna y entró en él con una estocada brutal, sin preámbulos, buscando el fondo de su ser con la misma furia con la que golpeaba en el ring.
—¡AHHHH! —el grito de Kiryu fue ahogado por la mano de Ohma sobre su boca.
—Cállate —gruñó Ohma—. Los vecinos no necesitan saber cómo te rompo.
El ritmo era frenético, animal. Ohma se apoyaba sobre el pecho de Kiryu, usando su peso para aplastar esos pectorales que tanto esfuerzo le habían costado a Setsuna conseguir. Con cada embestida, el pecho de Kiryu rebotaba contra el torso de Ohma, un choque de carne y sudor que llenaba la habitación con un sonido rítmico y húmedo.
Ohma no apartaba la vista de los ojos de Kiryu. Quería ver la luz de la razón apagarse en ellos. Quería ver cómo el "Demonio Hermoso" se convertía en nada más que un receptáculo para su violencia. Sus manos no dejaban de trabajar el pecho de Setsuna, amasando la carne con una fuerza que dejaría huellas permanentes.
—Mírate —susurró Ohma, su voz vibrando contra el cuello de Kiryu—. Estás llorando como una mujer, con estos pechos goteando sangre y sudor. ¿Es esto lo que querías mostrarle al mundo en esa película?
—Quería... —jadeó Kiryu, sus ojos en blanco—, quería que supieran... que solo tú puedes hacerme esto. Que nadie más... tiene el derecho... de tocarme así.
Ohma aumentó la velocidad, sus movimientos volviéndose borrosos. La mesa de la cocina crujía bajo el peso de ambos luchadores. El dolor en el pecho de Kiryu se había convertido en un incendio forestal, una agonía que consumía todo su sistema nervioso, pero que de alguna manera alimentaba un orgasmo que se sentía como si su alma fuera a ser arrancada de su cuerpo.
—¡Ohma! ¡Ohma! ¡Mátame! ¡Hazlo ahora! —gritaba Kiryu, perdiendo el control de sus sentidos.
Ohma llegó al clímax con un rugido sordo, descargando toda su frustración y su deseo oscuro dentro de Kiryu. Se quedó allí, jadeando, con la frente apoyada en el hombro de Setsuna, mientras el cuerpo de este último se sacudía en espasmos finales de placer y dolor.
Pasaron los minutos. El único sonido era el goteo del grifo y la respiración pesada de Ohma. El Asura se retiró lentamente y se sentó en una de las sillas de la cocina, observando la carnicería emocional y física que había dejado sobre la mesa.
Kiryu estaba allí, con el pecho cubierto de marcas de dientes, moretones y sangre. Sus pectorales, antes el orgullo de la producción, ahora parecían el campo de batalla de una guerra perdida. Sin embargo, su rostro irradiaba una paz aterradora.
—Ha sido... —comenzó Kiryu, su voz apenas un hilo—, mejor que cualquier escena que hayamos grabado.
Ohma se levantó y se dirigió al baño. Se lavó la cara y las manos, quitándose el rastro de Kiryu de la piel, aunque sabía que el rastro en su mente no se iría tan fácilmente. Regresó a la cocina con una toalla húmeda y se la arrojó a la cara a Kiryu.
—Límpiate. Mañana tenemos que ir a la editorial. Shion quiere ver el primer montaje de la película.
Kiryu se incorporó con dificultad, frotándose el pecho con la toalla. Cada roce era una punzada de dolor, pero lo aceptaba con una sonrisa.
—¿Vendrás conmigo, Ohma?
—Tengo que ir. No voy a dejar que Shion y esa loca de Tomoko decidan qué escenas se quedan y cuáles no. Si el mundo va a ver cómo te trato, será bajo mis términos.
Al día siguiente, la oficina de la editorial estaba en un estado de histeria colectiva. Shion Akiyama, Kaede y Tomoko estaban sentadas frente a una pantalla gigante. Cuando Ohma y Kiryu entraron, el silencio fue inmediato. Kiryu vestía una camisa de seda negra, pero el volumen de su pecho era innegable, y el ligero temblor en sus manos no pasó desapercibido para Shion.
—¡Llegan justo a tiempo! —exclamó Tomoko, sus ojos brillando detrás de sus gafas—. Acabamos de ver la escena de la bofetada y el delantal. ¡Ohma-san, tu entrega fue... sublime! La forma en que dominaste a Kiryu-san... las redes sociales van a explotar.
Shion, más observadora, fijó su mirada en el cuello de Kiryu, donde una marca de dientes asomaba por el borde de la camisa.
—Parece que la grabación continuó después de que las cámaras se apagaron —comentó Shion con una sonrisa de suficiencia—. Espero que Kiryu todavía pueda caminar para el estreno.
—Estoy perfectamente, Shion-san —dijo Kiryu, sentándose con una elegancia forzada—. Mi cuerpo es resistente. Y mi Dios es un maestro muy... concienzudo.
Comenzaron a ver el metraje. En la pantalla, Ohma obligaba a Kiryu a arrodillarse. La imagen de Kiryu con el delantal, sus pectorales sobresaliendo y sus ojos llenos de una mezcla de terror y adoración, era impactante. Luego vino la escena de la penetración violenta. Tomoko soltó un pequeño grito y se tapó la boca con las manos. Incluso Kaede tuvo que desviar la mirada, sonrojándose violentamente.
—Es demasiado real —susurró Kaede—. La forma en que Kiryu grita... no parece actuación.
—No lo es —dijo Ohma desde el fondo de la sala, su voz era como un trueno—. Les di lo que querían. Ahora asegúrense de que el dinero llegue a Yamashita. No volveré a hacer esto.
—Oh, Ohma-san, no digas eso —dijo Shion, sirviéndose una copa de vino—. La productora ya está hablando de una serie. "El Asura y su Esclavo". El contraste entre tu fuerza bruta y la... nueva fisonomía de Kiryu es una mina de oro.
Kiryu miró a Ohma, esperando una explosión de ira. Pero Ohma solo se quedó allí, mirando la pantalla donde su versión cinematográfica mordía el pecho de Kiryu con saña.
—Si hay una serie —dijo Ohma de repente—, quiero el control total de las escenas de sexo. No quiero directores dándome órdenes. Si voy a usar a Kiryu, lo haré a mi manera.
Kiryu sintió que su corazón se saltaba un latido. Una serie. Meses de ser el objeto de Ohma frente a las cámaras, seguidos de noches de ser su juguete en la realidad. El dolor en sus pectorales, que todavía palpitaban bajo la camisa, parecía intensificarse ante la perspectiva, pero era un dolor que deseaba más que cualquier otra cosa en el mundo.
—¡Aceptamos! —gritó Tomoko, casi saltando de su silla—. ¡Ohma-san será el director de acción erótica! ¡Es perfecto!
Cuando salieron de la oficina, Kiryu caminaba al lado de Ohma, sintiendo el roce de su brazo contra el suyo.
—¿Por qué lo hiciste, Ohma? —preguntó Kiryu en voz baja—. Dijiste que odiabas esto.
Ohma se detuvo frente al ascensor y miró a Kiryu a los ojos. Por un momento, la máscara de indiferencia se rompió, dejando ver una posesividad animal que hizo que Kiryu temblara.
—Porque si alguien va a ver cómo lloras y cómo te retuerces —dijo Ohma, agarrando a Kiryu por el cuello de la camisa y pegándolo a la pared del ascensor—, quiero ser yo quien decida exactamente cuánto muestras. Y porque me he dado cuenta de que me gusta... me gusta ver cómo este pecho que has creado para mí se marca con mis golpes.
Kiryu sonrió, una sonrisa de triunfo absoluto. Había conseguido lo que quería. No solo era el compañero de elenco de su Dios; era su obsesión.
—Entonces, mi Dios... —susurró Kiryu, llevando la mano de Ohma hacia su pecho, donde el corazón latía con fuerza contra la carne adolorida—, ¿qué vamos a ensayar para el primer episodio?
Ohma apretó el pecho de Kiryu, ignorando el pequeño quejido de dolor que escapó de sus labios.
—Vamos a ensayar la sumisión absoluta, Setsuna. Y esta vez, no habrá delantal que te proteja.
Las puertas del ascensor se cerraron, dejando atrás el mundo de la producción y la fama. En el pequeño espacio metálico, Ohma reclamó una vez más lo que era suyo, marcando el inicio de una nueva era de tormento y éxtasis. Kiryu Setsuna, con sus pectorales agrandados y su alma entregada, aceptó cada gramo de dolor como el regalo más preciado de su Dios. La grabación había terminado, pero para ellos, el verdadero espectáculo apenas estaba comenzando.