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Nueva obsesión

El Santuario de la Carne y el Hierro

El silencio en el camerino privado de la productora era tan denso que la respiración entrecortada de Kiryu Setsuna sonaba como un vendaval. Sobre la mesa de masajes, el cuerpo del "Demonio Hermoso" era un mapa de la posesividad de Ohma Tokita. Sus pectorales, agrandados por el capricho estético de la producción y castigados por la furia del Asura, se alzaban y caían con una pesadez rítmica. La piel, antes pálida como el mármol, estaba ahora encendida en un rojo vivo, decorada con las marcas violáceas de los dedos de Ohma y los rastros sangrientos de las pinzas.

Ohma no se había movido de su asiento. Observaba a Kiryu con una mirada que no buscaba compasión, sino la confirmación de su dominio. Se levantó lentamente, y el crujido de sus articulaciones pareció una sentencia.

—Mírate, Setsuna —dijo Ohma, su voz resonando en las paredes acolchadas del camerino—. Estás temblando. ¿Es por el dolor de lo que te hice ahí fuera, o por el miedo a lo que voy a hacerte ahora que nadie nos mira?

Kiryu intentó incorporarse, pero sus brazos fallaron. Se dejó caer de nuevo, con el pecho rebotando contra la superficie de la camilla. El roce de sus pezones irritados contra el cuero le arrancó un gemido que terminó en una risa histérica y devota.

—Es por ambos, mi Dios —susurró Kiryu, girando la cabeza para encontrar la mirada de Ohma—. El dolor es el recordatorio de que existo para ti. Y el miedo... el miedo es la forma más pura de mi adoración. Por favor, no te detengas. No dejes que mi carne se enfríe.

Ohma se acercó y, con un movimiento brusco, lo obligó a sentarse. Sus manos volvieron a encontrar los grandes pectorales de Kiryu, apretándolos con una fuerza que buscaba llegar hasta el músculo profundo, ignorando la inflamación superficial.

—Dijiste que querías que tus pechos fueran como los de una mujer para esta película —gruñó Ohma, hundiendo sus pulgares en la carne blanda—. Pero debajo de esta grasa y este músculo hinchado, sigues siendo un luchador. Un luchador que me pertenece.

—Úsalos —suplicó Kiryu, arqueando el torso hacia adelante, ofreciendo su pecho como un sacrificio—. Úsalos hasta que se deshagan. Haz que cada fibra de este pecho que tanto desprecias se convierta en tu juguete personal.

Ohma soltó una carcajada seca y oscura. Agarró a Kiryu por el cabello y lo arrastró fuera de la camilla, obligándolo a arrodillarse sobre la alfombra. Luego, caminó hacia un rincón del camerino donde la productora había dejado parte del atrezo: un set de cuerdas de shibari de seda negra y un aceite denso con aroma a sándalo.

—No vamos a usar las cámaras —dijo Ohma mientras comenzaba a desenrollar la cuerda—, pero voy a usar todo lo demás.

Con una destreza que Kiryu no sabía que Ohma poseía, el Asura comenzó a atar el torso de Setsuna. La cuerda pasaba estratégicamente por encima y por debajo de sus grandes pectorales, dividiéndolos, apretándolos y forzándolos hacia adelante. Los nudos eran complejos y estaban diseñados para que cada vez que Kiryu intentara respirar profundamente, la cuerda se tensara más sobre sus pezones lastimados.

—¡Ahhh! ¡Ohma, está demasiado apretado! —gritó Kiryu, aunque sus ojos brillaban con un éxtasis maníaco.

—Ese es el punto —respondió Ohma, terminando el nudo final que dejaba el pecho de Kiryu expuesto y elevado, como si estuviera presentado en una bandeja—. Ahora, quédate quieto.

Ohma tomó la botella de aceite y la vertió directamente sobre los hombros de Kiryu. El líquido dorado resbaló por las colinas de músculo de su pecho, acumulándose en los surcos creados por las cuerdas. Ohma comenzó a masajear la zona, pero no era un masaje terapéutico. Sus manos se movían con una violencia controlada, amasando los pectorales de Setsuna como si fueran arcilla, retorciendo la piel y haciendo que el aceite penetrara en las pequeñas heridas dejadas por las pinzas.

—¿Sientes eso? —preguntó Ohma, inclinándose para lamer una gota de aceite que resbalaba por el pezón izquierdo de Kiryu—. Es el sabor de tu sumisión.

—Soy nada ante ti —respondió Kiryu, su voz quebrándose—. Solo soy un recipiente para tu voluntad. Por favor, Ohma... entra en mí otra vez. No puedo soportar el vacío.

—Todavía no —sentenció Ohma.

Se puso en pie y comenzó a caminar alrededor de Kiryu, quien permanecía de rodillas, con el pecho atado y brillando bajo la luz artificial. Ohma sacó un pequeño encendedor de su bolsillo y lo encendió. La pequeña llama bailó ante los ojos de Setsuna.

—¿Sabes qué pasa cuando el calor toca la piel que ya está quemada por el roce? —preguntó Ohma con una sonrisa depredadora.

Kiryu tragó saliva, pero no retrocedió.

—Hazlo. Quémame si eso te da placer.

Ohma no quemó la piel directamente. En su lugar, calentó una pequeña espátula metálica que había en el set y la presionó suavemente contra la parte inferior de los pectorales de Kiryu. El siseo de la piel encontrándose con el metal caliente fue seguido por un alarido de Kiryu que habría hecho temblar a cualquiera que no fuera un luchador de Kengan.

—¡SÍ! ¡DAME MÁS! —gritaba Kiryu, su cuerpo convulsionando contra las cuerdas.

Ohma lo ignoró, repitiendo el proceso en varios puntos, marcando el territorio que ya consideraba suyo. La habitación se llenó del olor a aceite quemado y sudor. La dominación era absoluta. Ohma no solo estaba reclamando el cuerpo de Kiryu; estaba reclamando su mente, borrando cualquier rastro de la farsa de la película para sustituirla por una realidad mucho más brutal.

Finalmente, Ohma se deshizo de su propia ropa. Su cuerpo, una masa de cicatrices y músculos funcionales, contrastaba violentamente con la estética hipertrófica y artificial de Kiryu. Se posicionó frente a Setsuna y lo agarró por el cuello, obligándolo a mirar hacia arriba.

—Chúpalo —ordenó Ohma—. Demuéstrame que incluso con el pecho ardiendo, tu boca solo sirve para mi placer.

Kiryu obedeció con una devoción que rozaba lo religioso. Sus manos, atadas parcialmente a su espalda por el complejo sistema de cuerdas, no podían ayudar, así que se esforzó por usar solo su lengua y sus labios, mientras sus grandes pectorales se agitaban con cada movimiento de su cabeza. Ohma le sujetaba el cabello con fuerza, tirando hacia atrás para ver cómo los ojos de Kiryu se ponían en blanco.

—Eres una basura, Setsuna —susurró Ohma, aunque su voz carecía de odio real; era simplemente una declaración de hecho—. Una basura hermosa que solo yo puedo usar.

Tras unos minutos de una estimulación oral frenética, Ohma apartó a Kiryu y lo lanzó contra la pared del camerino. El impacto hizo que los espejos vibraran. Ohma lo giró de espaldas y, sin más preámbulos, lo penetró desde atrás con una fuerza que hizo que Kiryu golpeara el cristal con la frente.

—¡OHMAAAAA! —el grito de Setsuna se convirtió en un gemido sordo contra el espejo.

Esta vez, no había cámaras. No había directores gritando instrucciones. Solo estaba el sonido rítmico de la carne chocando y el jadeo animal de dos hombres que solo conocían la violencia como lenguaje. Ohma agarró las cuerdas que dividían el pecho de Kiryu y tiró de ellas hacia atrás, forzando los pectorales de Setsuna a separarse aún más, exponiendo la vulnerabilidad de su torso.

—¡Dime que duele! —gruñó Ohma, aumentando la velocidad de sus embestidas—. ¡Dime que no puedes más!

—¡Duele! ¡Duele tanto que quiero morir! —exclamaba Kiryu, sus dedos arañando el cristal del espejo—. ¡Pero no pares! ¡Si paras, dejaré de sentirte! ¡Más profundo, Ohma! ¡Rómpeme por dentro!

Ohma no tuvo piedad. Sus movimientos eran mecánicos, brutales, diseñados para someter. Cada vez que Kiryu intentaba relajarse en el placer, Ohma tiraba de las cuerdas o mordía su hombro, devolviéndolo al terreno del dolor. Los pectorales de Kiryu, bañados en aceite y sudor, rebotaban contra el espejo con cada impacto, dejando marcas empañadas en la superficie plateada.

La sesión se prolongó durante lo que parecieron horas. Ohma cambió a Kiryu de posición varias veces, obligándolo a sostener su propio peso mientras sus músculos fallaban, usando su pecho como un cojín de carne para sus propios golpes. En la posición final, con Kiryu tumbado sobre la alfombra y Ohma sobre él, el Asura hundió su rostro en el pecho de Setsuna, mordiendo sus pezones endurecidos mientras llegaba al clímax.

Kiryu se arqueó, sus gritos apagándose en un suspiro ronco mientras su propio orgasmo, forzado por la estimulación prostática y el dolor extremo, lo golpeaba como una ola. Se quedó allí, temblando, con el pecho cubierto de las marcas de Ohma y el corazón latiendo a mil por hora.

Ohma se apartó lentamente, recuperando el aliento. Se sentó en el suelo, observando el desastre que había causado. Kiryu parecía un muñeco roto, pero la sonrisa en su rostro era la de un hombre que acababa de ver el paraíso.

—¿Satisfecho? —preguntó Ohma, su voz volviendo a su tono habitual de indiferencia.

Kiryu asintió débilmente, sus ojos fijos en el techo.

—Nunca estaré satisfecho de ti, Ohma... pero por ahora, mi alma está en paz.

Ohma se levantó y comenzó a vestirse. Sacó un cuchillo pequeño de su equipo y, con un movimiento rápido, cortó las cuerdas que ataban a Kiryu. Los pectorales de Setsuna se expandieron al ser liberados, mostrando las profundas marcas rojas de las cuerdas que tardarían días en desaparecer.

—Vístete —dijo Ohma—. Yamashita nos está esperando fuera. Mañana volvemos al Kengan. No quiero volver a oír hablar de esta película ni de estos pechos estúpidos.

Kiryu se incorporó con dificultad, frotándose las marcas de su pecho.

—Lo que tú digas, mi Dios. Pero recuerda... la productora ya tiene las grabaciones. El mundo entero verá cómo me tratas.

Ohma se detuvo en la puerta y miró a Kiryu por encima del hombro. Una pequeña y peligrosa sonrisa apareció en su rostro.

—Que miren todo lo que quieran. Ellos solo ven la actuación. Tú y yo sabemos que lo que acaba de pasar aquí... eso no es para el público. Eso es solo para nosotros.

Kiryu sintió un calor renovado en su pecho ante esas palabras. Se puso su bata de seda, ocultando las marcas de la tortura y el placer, y siguió a Ohma fuera del camerino.

En el pasillo, Yamashita Kazuo los esperaba, caminando de un lado a otro. Al verlos salir, se detuvo en seco.

—¡Ohma-san! ¡Kiryu-san! Por fin salen. La Shion-san está muy contenta con el resultado final. Dice que será el mayor éxito de la historia de la productora.

Ohma pasó al lado de Yamashita sin detenerse.

—Vámonos, Yamashita. Tengo hambre.

Kiryu, por su parte, le dedicó a Kazuo una mirada que lo hizo estremecer.

—Ha sido una experiencia muy... educativa, Yamashita-kun. Asegúrate de que me envíen una copia privada de la grabación. Quiero tener un recuerdo de cómo mi Dios me reclamó ante el mundo.

Kazuo solo pudo asentir, limpiándose el sudor de la frente. Mientras caminaban hacia la salida, Kiryu sentía el peso de sus pectorales bajo la seda, cada paso era un recordatorio del dolor y la gloria que Ohma le había otorgado. Sabía que, una vez que la película se estrenara, su leyenda como el "Demonio Hermoso" crecería, pero para él, la única opinión que importaba era la del hombre que caminaba unos pasos por delante, el Asura que lo había marcado para siempre como su propiedad privada.

La noche de Tokio los recibió con sus luces de neón y su ruido incesante. Mientras subían al coche, Ohma miró por un momento el edificio de la productora.

—Setsuna —dijo Ohma antes de entrar al vehículo.

—¿Sí, Ohma?

—La próxima vez que vayas al gimnasio... asegúrate de que esos pectorales sean aún más grandes. Me gusta tener algo que morder.

Kiryu se quedó paralizado por un segundo, y luego una risa pura y cristalina escapó de sus labios.

—Como desees, mi Dios. Como desees.

El coche de Yamashita se alejó en la oscuridad, dejando atrás el set de grabación y los focos. La película terminaría en las pantallas de miles de personas, pero la verdadera historia, la que estaba escrita en el pecho de Kiryu y en los puños de Ohma, continuaría en las sombras de los callejones y en la arena de los combates, donde el amor y la violencia eran una sola cosa, indisoluble y eterna.