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Nuevas caras

Ecos de tinta y brasas

La biblioteca de Lumina parecía un laberinto de sombras que cobraba vida con el parpadeo de la única vela sobre la mesa. Dyrroth observó a Yin, cuya mandíbula descansaba sobre sus manos, mirándolo con una intensidad que lo hacía sentir extrañamente expuesto. Nadie lo miraba así; la mayoría de la gente en el pueblo le dedicaba miradas de reojo, mezcla de respeto y una distancia prudente, como si temieran que su frialdad fuera contagiosa.

—Eres muy directo —murmuró Dyrroth, rompiendo el silencio—. En este pueblo, la gente suele dar rodeos antes de preguntar algo personal.

—No le veo el sentido a los rodeos —respondió Yin con una sonrisa que no flaqueaba—. La vida es demasiado corta para no decir lo que piensas. Además, me da la impresión de que tú aprecias la honestidad, aunque la disfraces de mal humor.

Dyrroth soltó un suspiro y se recostó en su silla de madera, que crujió bajo su peso. Sus ojos rojos recorrieron las estanterías que los rodeaban antes de volver al chico rubio frente a él.

—No me escondo —dijo finalmente—. Solo prefiero el silencio. Los libros no exigen nada, no hacen preguntas estúpidas y no esperan que sonrías cuando no tienes ganas. Silvana me dio este trabajo porque sabía que no espantaría a los lectores... principalmente porque casi nadie viene aquí a estas horas.

—Pues yo he venido —señaló Yin, señalándose a sí mismo con el pulgar—. Y no me pareces alguien que quiera estar solo todo el tiempo. Tienes amigos geniales. Esa chica, Silvana, parece que daría la cara por ti ante un ejército.

—Lo haría —admitió Dyrroth, y por un breve segundo, su expresión se suavizó—. Ella me encontró cuando no tenía nada. Me dio un propósito, aunque ese propósito sea organizar tomos de historia antigua y mapas de regiones que nunca visitaré.

Yin se incorporó, su curiosidad encendiéndose como una mecha.

—¿Nunca has salido de Lumina? —preguntó, genuinamente sorprendido.

—He viajado a las ciudades cercanas por suministros, pero nada como lo que tú haces —Dyrroth bajó la mirada hacia sus propias manos, pálidas y marcadas por pequeñas cicatrices de papel—. No soy un aventurero, Yin. Soy solo el chico que cuida los libros.

—Eso es lo que tú dices —replicó Yin, bajando la voz a un tono más confidencial—. Pero Julian dice que tienes manos de guerrero. Y Julian nunca se equivoca con esas cosas. Él sabe reconocer la fuerza cuando la ve.

Dyrroth tensó los hombros. La observación del chico silencioso del grupo de la Luz Oculta era demasiado acertada. Aunque en este universo Dyrroth no era un príncipe del abismo, poseía una agilidad innata y una fuerza que a menudo lo hacía sentir fuera de lugar entre los civiles comunes.

—Tu amigo observa demasiado —sentenció Dyrroth—. Pero supongo que tienes razón en algo. A veces entreno con Tigreal en el cuartel de la guardia. Él dice que tengo "potencial desperdiciado". Yo prefiero llamarlo "paz".

Yin soltó una carcajada que resonó en las vigas del techo.

—¡Potencial desperdiciado! Me gusta eso. Pero, ¿sabes? No creo que la paz y la aventura sean excluyentes. Podrías ver el mundo y seguir teniendo tus momentos de silencio.

Dyrroth lo miró fijamente. Había algo en la energía de Yin que era casi hipnótico. Era como una hoguera en una noche de invierno: te atraía con su calor, pero también sentías que podías quemarte si te acercabas demasiado.

—¿Por qué te interesa tanto? —preguntó Dyrroth—. Acabas de llegar. Mañana, o pasado mañana, te irás con tus amigos a buscar otra "luz" o lo que sea que busquen. ¿Por qué perder el tiempo con alguien como yo?

Yin se quedó callado por un momento, algo inusual en él. Se rascó la nuca y su mirada se volvió un poco más suave, más honesta.

—No sé cómo explicarlo —confesó—. A veces conoces a alguien y sientes una chispa. Como si tu energía y la suya estuvieran destinadas a chocar. Desde que te vi en la fuente, pensé: "Ese chico tiene una historia que vale la pena escuchar". Y no me gusta dejar las historias a medias.

Dyrroth sintió un nudo extraño en la garganta. No era desagradable, pero era nuevo. Para ocultar su confusión, se levantó de la silla y caminó hacia una de las estanterías más altas.

—Si quieres una historia, te daré una —dijo, dándole la espalda a Yin—. Pero no es mía. Es de este pueblo.

Yin lo siguió, permaneciendo a una distancia respetuosa mientras Dyrroth sacaba un volumen forrado en cuero gastado.

—Lumina no siempre fue así de tranquila —explicó Dyrroth mientras abría el libro sobre un atril cercano—. Dicen que se construyó sobre las ruinas de un antiguo templo dedicado a una entidad que ya nadie recuerda. Algunos dicen que por eso la luz del sol aquí es más brillante, y otros... otros dicen que atrae a personas que buscan redención.

Yin se acercó para mirar las ilustraciones amarillentas. Eran dibujos de guerreros con armaduras brillantes y criaturas que parecían sombras con garras.

—¿Tú buscas redención, Dyrroth? —preguntó Yin en un susurro.

Dyrroth cerró el libro de golpe, provocando un pequeño estallido de polvo. Se giró para quedar frente a Yin. La cercanía era ahora casi inexistente. Podía oler el aroma a viaje y a aire libre que desprendía el luchador.

—Busco que dejen de hacerme preguntas difíciles —respondió Dyrroth, aunque no se alejó.

Yin sonrió, una sonrisa pequeña y ladeada que hizo que el corazón de Dyrroth diera un vuelco.

—Está bien. No más preguntas por hoy. Pero a cambio, tienes que prometerme algo.

—No prometo nada a extraños.

—Mañana habrá un festival en la plaza, ¿verdad? Silvana lo mencionó —continuó Yin, ignorando su protesta—. Quiero que vayas. Pero no como el bibliotecario que se queda en las sombras, sino conmigo.

Dyrroth arqueó una ceja, incrédulo.

—¿Quieres que vaya a un festival contigo? ¿Con el ruido, la música y la gente bailando?

—Exactamente. Te aseguro que será más divertido que leer sobre templos antiguos. Además, Melissa quiere retar a alguien a un juego de puntería y creo que tú podrías ganarle. Me encantaría ver su cara de derrota.

Dyrroth soltó un susoplido que esta vez sí se pareció a una pequeña risa. La idea de ver a la chica de las agujas frustrada tenía su encanto.

—No bailo, Yin.

—Yo tampoco, soy un desastre —admitió Yin riendo—, pero soy excelente comiendo brochetas de carne y apostando en los juegos de feria. ¿Qué me dices?

Dyrroth guardó silencio durante unos segundos, mirando la mano que Yin le tendía. Era una mano callosa, de alguien que entrenaba duro, pero se veía cálida. Por un momento, la idea de salir de su "isla", como Yin la había llamado, no parecía tan aterradora.

—Si acepto, ¿dejarás de molestarme mientras intento trabajar? —preguntó Dyrroth con fingida severidad.

—¡Prometido! —exclamó Yin, aunque sus ojos brillaban con la promesa de que "molestar" era un término relativo.

—Está bien —cedió Dyrroth, dejando escapar un aire que no sabía que estaba reteniendo—. Iré. Pero si alguien intenta hacerme bailar, te usaré como escudo humano.

—¡Hecho! —Yin dio un salto de alegría, casi tirando la vela de la mesa—. Entonces, te veré mañana. No te arrepentirás, Dyrroth. ¡Va a ser genial!

Yin empezó a caminar hacia la salida, despidiéndose con la mano con una energía que parecía iluminar la habitación más que la propia vela. Justo antes de cruzar el umbral, se detuvo y miró hacia atrás.

—Por cierto, Dyrroth.

—¿Qué ahora?

—Tenías razón. Tu pelo está un poco sucio de polvo —dijo Yin con un guiño antes de desaparecer en la noche.

Dyrroth se quedó solo en la inmensidad de la biblioteca. Se llevó una mano al cabello, despeinándolo un poco más, y por primera vez en años, una sonrisa genuina, aunque apenas perceptible, apareció en su rostro.

—Idiota —susurró para sí mismo.

Al día siguiente, Lumina amaneció con un bullicio diferente. Las calles estaban adornadas con banderines de colores y el aroma a dulces fritos llenaba el aire. En la posada, el grupo de la Luz Oculta se preparaba para el día.

—¿Así que convenciste al chico sombrío? —preguntó Melissa mientras terminaba de remendar una de sus muñecas—. No sé si eres un genio o simplemente demasiado pesado para que te digan que no.

—Un poco de ambos —respondió Yin, ajustándose sus protectores de brazos—. Pero en serio, Dyrroth es genial. Solo necesita un empujón.

—O un empujón hacia un barranco —murmuró Julian, aunque había un brillo de diversión en sus ojos—. Ten cuidado, Yin. Ese chico tiene un fuego interno que no sabe controlar. Se nota en cómo se mueve.

—Lo sé —dijo Yin, volviéndose serio por un momento—. Pero el fuego también puede dar calor, no solo quemar.

Xavier entró en la habitación, acomodándose la capa.

—Bueno, si vamos a disfrutar del festival, hagámoslo bien. He oído que la cerveza local es excelente y que Silvana ha organizado un torneo de combate amistoso. Yin, supongo que querrás inscribirte.

—¡Por supuesto! —los ojos de Yin brillaron—. Pero primero, tengo una cita en la biblioteca.

Melissa soltó un silbido burlón.

—¿Una "cita"? Qué rápido avanzamos, cachorro.

Yin se sonrojó ligeramente, pero no lo negó. Salió de la posada casi corriendo, esquivando a los lugareños que empezaban a llenar la plaza. Cuando llegó a la biblioteca, Dyrroth ya estaba afuera, cerrando la gran puerta de madera con una llave de hierro.

Llevaba una túnica un poco más limpia que la del día anterior, de un color gris oscuro que hacía resaltar el blanco de su cabello. Al ver a Yin, cruzó los brazos sobre el pecho, tratando de mantener su máscara de indiferencia, pero sus ojos rojos lo delataban; estaban más despiertos, más atentos.

—Llegas temprano —dijo Dyrroth.

—No quería que te arrepintieras y te encerraras bajo llave —respondió Yin, recuperando el aliento—. Estás... te ves bien, Dyrroth.

El chico de ojos rojos desvió la mirada, sintiendo ese calor familiar subir por su cuello.

—Es solo ropa limpia. Vamos, antes de que cambie de opinión.

Caminaron juntos hacia el centro del pueblo. Al principio, el silencio era un poco incómodo, pero Yin, fiel a su naturaleza, no tardó en llenarlo con historias de sus viajes, describiendo los dragones de las Tierras del Río y las arenas doradas de Agelta. Dyrroth escuchaba con una fascinación mal disimulada. Para alguien que solo conocía el mundo a través de páginas estáticas, la voz de Yin le daba color y vida a todo.

—¿Y de verdad venciste a ese demonio tú solo? —preguntó Dyrroth mientras pasaban junto a un puesto de flores.

—Bueno, tuve un poco de ayuda de Lieh... —Yin se detuvo un segundo, su expresión ensombreciéndose ligeramente—. Es una historia larga. Digamos que tengo una fuerza dentro de mí que a veces es difícil de manejar.

Dyrroth se detuvo y lo miró fijamente. Por primera vez, vio una grieta en la armadura de optimismo de Yin.

—Entiendo eso —dijo Dyrroth con una seriedad sorprendente—. La sensación de tener algo dentro que no te pertenece, o que es demasiado grande para tu cuerpo.

Yin lo miró, sorprendido por la empatía en su voz.

—¿Tú también lo sientes?

—A mi manera —respondió Dyrroth, volviendo a caminar—. Por eso prefiero la biblioteca. Allí todo está clasificado, en orden. Mi mente no siempre lo está.

Yin sintió un impulso repentino y, sin pensarlo mucho, agarró la mano de Dyrroth. El contacto fue eléctrico. Dyrroth se tensó, pero no la soltó. Sus dedos se entrelazaron de forma natural, como si hubieran estado esperando ese momento.

—Entonces hoy no pensaremos en eso —dijo Yin, apretando suavemente su mano—. Hoy solo somos Yin y Dyrroth en un festival. Sin demonios, sin libros antiguos, solo nosotros.

Dyrroth sintió que su corazón latía con una fuerza desconocida. La calidez de la mano de Yin se extendía por todo su brazo, derritiendo el hielo que había construido alrededor de su alma durante años.

—Está bien —susurró Dyrroth—. Solo nosotros.

El festival estaba en su apogeo. Se encontraron con el resto del grupo cerca de la arena de combate. Silvana, vestida con una armadura ceremonial ligera, los saludó con una mano mientras hablaba con Tigreal. Al ver a Dyrroth de la mano de Yin, sus cejas se elevaron casi hasta el nacimiento de su cabello, pero su sonrisa fue de absoluta aprobación.

—¡Dyrroth! Me alegra que hayas salido de tu cueva —exclamó Silvana, acercándose—. Y veo que Yin es un excelente guía.

—Es un excelente molestador —corrigió Dyrroth, aunque no soltó la mano de Yin.

—¡Oh, por favor! —Guinevere apareció de la nada, abanicándose con elegancia—. Es adorable. Hacen una pareja visualmente muy interesante. El sol y la luna, o algo así de poético.

Dyrroth puso los ojos en blanco, pero Yin se rió, encantado con la comparación.

—¡Me gusta! —dijo Yin—. Aunque creo que Dyrroth es más como un rubí. Brillante pero difícil de encontrar.

El resto de la tarde fue un torbellino de risas y experiencias nuevas para Dyrroth. Melissa, efectivamente, lo retó a un juego de lanzar dardos a globos de agua. Para sorpresa de todos, Dyrroth tenía una puntería quirúrgica. Cada vez que lanzaba, su mirada se volvía fría y concentrada, y el dardo encontraba su objetivo con una precisión aterradora.

—¡Trampa! —gritó Melissa después de que Dyrroth explotara el último globo—. ¡Estás usando algún tipo de magia visual!

—Se llama concentración, niña —respondió Dyrroth con una sonrisa de suficiencia—. Deberías probarlo alguna vez en lugar de hablar tanto.

Yin celebraba cada victoria de Dyrroth como si fuera propia, saltando y vitoreando, lo que atraía las miradas curiosas de los lugareños. Pero a Dyrroth ya no le importaba. Por primera vez, no se sentía como el "chico raro" de la biblioteca, sino como parte de algo vivo.

Cuando el sol empezó a ponerse, tiñendo el cielo de violeta y naranja, se sentaron en una colina cercana que dominaba la plaza del pueblo. Desde allí, la música llegaba amortiguada y las luces de las antorchas parecían estrellas caídas.

—Tenías razón —dijo Dyrroth, rompiendo el silencio—. Ha sido... mejor que los libros.

Yin, que estaba masticando el resto de una brocheta, asintió con entusiasmo.

—Te lo dije. El mundo real tiene mejores sabores.

Se quedaron en silencio un rato, observando el festival. La mano de Yin volvió a buscar la de Dyrroth, encontrándola a medio camino.

—¿Te irás pronto? —preguntó Dyrroth, su voz apenas un susurro que se perdía en el viento.

Yin suspiró y miró hacia donde sus amigos estaban recogiendo sus cosas.

—Xavier quiere partir pasado mañana. Tenemos que seguir el rastro de algo en el sur.

Dyrroth asintió lentamente. Una parte de él ya lo sabía, pero escuchar la confirmación le dolió más de lo que esperaba.

—Entiendo. Las luces ocultas no pueden quedarse en un solo lugar por mucho tiempo.

Yin se giró hacia él, obligándolo a que lo mirara.

—Dyrroth, esto no tiene por qué ser un adiós. He estado pensando... bueno, he estado hablando con los demás.

Dyrroth frunció el ceño.

—¿Sobre qué?

—Sobre que necesitamos a alguien que sepa leer mapas antiguos y que tenga una puntería increíble —dijo Yin con una sonrisa esperanzada—. Sé que dijiste que no eres un aventurero, pero creo que el mundo merece conocer a Dyrroth, no solo a través de los libros que organiza.

Dyrroth se quedó helado. La propuesta era una locura. Tenía una vida aquí, una seguridad, a Silvana... Pero luego miró los ojos dorados de Yin, llenos de una fe inquebrantable en él, y pensó en las paredes frías de la biblioteca.

—¿Me estás pidiendo que deje todo y me vaya con un grupo de extraños ruidosos? —preguntó Dyrroth, aunque su corazón ya estaba dando la respuesta.

—Te estoy pidiendo que vengas conmigo —corrigió Yin—. A ver qué hay más allá del horizonte.

Dyrroth miró hacia el pueblo, hacia la biblioteca que había sido su refugio y su cárcel. Luego volvió a mirar a Yin.

—Silvana me matará —dijo Dyrroth, pero había una chispa de emoción en sus ojos rojos que nunca antes había estado allí.

—Yo te protegeré —prometió Yin, acercándose hasta que sus frentes se tocaron—. Además, apuesto a que ella ya lo sabe. Te conoce mejor que nadie.

En la penumbra del atardecer, bajo el eco lejano de la música del festival, Dyrroth acortó la distancia final. No fue un beso largo, fue apenas un roce de labios, suave y con sabor a promesas nuevas y miedos antiguos que se desvanecían. Fue el sello de un pacto entre el fuego y el hielo.

—Mañana —dijo Dyrroth al separarse—, mañana te ayudaré a empacar. Pero si me haces comer esos bollos de carne podridos de los que hablaste, te lanzaré al río más cercano.

Yin soltó una carcajada limpia y sonora, abrazando a Dyrroth con una fuerza que casi lo deja sin aire.

—¡Trato hecho!

Mientras las estrellas empezaban a asomar sobre Lumina, dos figuras permanecían unidas en la colina, listas para dejar de ser islas y convertirse, finalmente, en parte del mismo mapa.