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Nuevas caras

Lazos de plata y oro

La mañana del día siguiente en Lumina no tenía la efervescencia del festival, pero poseía una claridad casi mágica. El aire era fresco, cargado con el rocío de los jardines y el aroma a leña quemada de las chimeneas que empezaban a humear. Yin no había podido dormir mucho; su mente era un torbellino de planes, rutas y la imagen recurrente de Dyrroth aceptando unirse a ellos.

Se encontraba en la cocina de la posada, intentando preparar unos fardos con provisiones mientras Xavier lo observaba desde la mesa, sorbiendo una taza de té con una expresión de calculada paciencia.

—¿Estás seguro de que no lo has coaccionado, Yin? —preguntó Xavier, levantando una ceja—. Dyrroth no parece el tipo de persona que abandona su hogar por un impulso, a menos que el impulso tenga una sonrisa muy persistente.

—¡No lo coaccioné! —protestó Yin, metiendo una hogaza de pan en su mochila con demasiada fuerza—. Solo le mostré que hay más vida fuera de esas estanterías polvorientas. Además, él aceptó. Fue su decisión.

—Una decisión que cambiará su vida —intervino Julian, que estaba en un rincón afilando sus hojas con una piedra de amolar—. Silvana no lo dejará ir tan fácilmente si cree que no está listo.

—Silvana es inteligente —dijo Yin, deteniéndose un momento—. Ella sabe que él no pertenece a una biblioteca. Pertenece al mundo.

Mientras tanto, en la parte alta del pueblo, la atmósfera en la casa de la líder de Lumina era mucho más tensa. Dyrroth estaba de pie frente a la gran ventana del despacho de Silvana, mirando hacia la plaza donde los restos del festival estaban siendo recogidos. Silvana estaba sentada tras su escritorio, con las manos entrelazadas y la mirada fija en su protegido.

—¿Así que te vas? —La voz de Silvana no era dura, pero contenía un peso de tristeza que Dyrroth sintió como un golpe en el pecho.

—Necesito hacerlo, Silvana —respondió él sin girarse—. Siempre me dijiste que Lumina era un refugio, pero que los refugios no son destinos finales. He pasado años rodeado de historias de otros. Quiero saber qué se siente ser parte de una.

Silvana se levantó y caminó hacia él, colocando una mano firme sobre su hombro. Dyrroth se tensó por instinto, pero luego se relajó. Ella había sido lo más parecido a una hermana mayor que había conocido.

—Ese chico, Yin... hay algo puro en él —comentó ella—. Pero su mundo es peligroso, Dyrroth. La Luz Oculta no viaja por placer; se enfrentan a sombras que este pueblo apenas puede imaginar.

—Yo no soy un civil indefenso —dijo Dyrroth, volviéndose hacia ella con los ojos rojos encendidos por una chispa de determinación—. Tú misma me entrenaste. Tigreal dice que soy más rápido que cualquiera de sus guardias. Si hay peligros, los enfrentaré.

Silvana suspiró y, para sorpresa de Dyrroth, sonrió ligeramente.

—Lo sé. Siempre supe que este día llegaría. Solo esperaba que fuera con alguien que hablara un poco menos. Ese Yin es... agotador de escuchar.

Dyrroth soltó una risa seca, la primera de la mañana.

—Lo es. Es ruidoso, imprudente y no tiene filtro. Pero cuando me mira, no ve al "chico de la biblioteca" ni a alguien que necesite ser protegido. Ve a un igual.

—Entonces ve —dijo Silvana, dándole un breve abrazo—. Pero si te rompe el corazón o te mete en demasiados problemas, recuerda que Lumina siempre tendrá una puerta abierta y una biblioteca que necesita orden.

Dyrroth asintió, sintiendo que un nudo se deshacía en su garganta. Recogió su pequeña bolsa de viaje, que contenía poco más que un par de mudas de ropa, una daga que Tigreal le había regalado hacía años y un pequeño libro de poemas que era su favorito.

Cuando bajó a la plaza, Yin ya lo estaba esperando. El luchador estaba sentado en el borde de la fuente, balanceando las piernas con impaciencia, pero al ver a Dyrroth, saltó al suelo con un entusiasmo que parecía iluminar el empedrado.

—¡Viniste! —exclamó Yin, corriendo hacia él—. Por un momento pensé que Melissa tenía razón y que te habías arrepentido.

—Melissa es una pesimista —respondió Dyrroth, tratando de mantener su tono habitual de indiferencia, aunque no pudo evitar que sus labios se curvaran—. Y tú eres demasiado ruidoso para dejarme dormir, así que mejor me voy contigo para asegurarme de que no te maten en el primer camino.

—¡Ese es el espíritu! —Yin le dio una palmada en la espalda que hizo que Dyrroth tambaleara un poco—. Vamos, los demás están cerca de la puerta sur.

Caminaron juntos por las calles de Lumina. La gente del pueblo los miraba pasar; algunos saludaban a Dyrroth con sorpresa, otros con un respeto silencioso. Al llegar a las puertas, el grupo de la Luz Oculta ya estaba listo. Xavier revisaba un mapa, Melissa jugaba con Giggles lanzándolo al aire, y Julian permanecía como una estatua, observando el bosque que se extendía más allá de las murallas.

—Vaya, el bibliotecario decidió cambiar la tinta por el polvo del camino —comentó Melissa con una sonrisa traviesa—. Espero que sepas correr, Dyrroth. Yin tiene la costumbre de atraer problemas como si fuera miel para las abejas.

—Sé cuidarme solo, niña —respondió Dyrroth, ajustándose la mochila—. Preocúpate por no pincharte con tus propias agujas.

Melissa soltó una carcajada.

—Me gusta. Tiene veneno. Nos llevaremos bien.

Xavier se acercó y extendió una mano hacia Dyrroth.

—Bienvenido, Dyrroth. Tu conocimiento de la historia y las regiones nos será de gran utilidad. Pero recuerda, a partir de aquí, somos una unidad. Si uno cae, todos nos detenemos.

Dyrroth estrechó la mano del mago con firmeza.

—Lo entiendo.

—¡Bien! —anunció Yin, colocándose al frente—. Nuestro próximo destino es el Paso de las Sombras. Es un camino largo, pero hay una aldea a mitad de camino donde dicen que hacen los mejores pasteles de arroz de la región.

—Yin, acabamos de desayunar —murmuró Julian, aunque empezó a caminar.

El grupo cruzó el umbral de las puertas de Lumina. Dyrroth se detuvo un segundo exacto, mirando hacia atrás por última vez. Vio a Silvana y a Tigreal en lo alto de la muralla, observándolos. Tigreal levantó un puño en señal de respeto, y Silvana simplemente asintió.

Sintió una mano cálida entrelazarse con la suya. Yin estaba a su lado, mirándolo con una suavidad que contrastaba con su energía habitual.

—¿Estás bien? —preguntó Yin en voz baja.

—Sí —respondió Dyrroth, apretando la mano de Yin—. Solo es... más grande de lo que pensaba. El mundo, quiero decir.

—Lo es —asintió Yin—. Pero es mucho mejor cuando no lo ves a través de una ventana.

Las primeras horas de viaje transcurrieron entre bromas de Melissa y explicaciones técnicas de Xavier sobre el flujo de energía en la zona. Dyrroth se mantenía mayormente en silencio, pero no era el silencio huraño de antes. Era un silencio de observación. Se fijaba en cómo Yin se movía, con una gracia felina y una fuerza latente que parecía vibrar bajo su piel.

A mediodía, se detuvieron junto a un arroyo cristalino para descansar. Mientras Xavier y Julian discutían la guardia nocturna, Yin arrastró a Dyrroth hacia la orilla.

—Mira —dijo Yin, señalando unos peces plateados que nadaban contra la corriente—. Mi maestro decía que debemos ser como ellos. No importa cuán fuerte sea la corriente, siempre debes tener la fuerza para seguir tu propio camino.

Dyrroth se sentó en una roca, observando el reflejo de Yin en el agua.

—Tu maestro parecía un hombre sabio. ¿Dónde está ahora?

La expresión de Yin cambió por un instante. Una sombra de dolor cruzó sus ojos dorados, algo que Dyrroth reconoció de inmediato: la pérdida.

—Él... ya no está —respondió Yin, sentándose a su lado—. Pero sus enseñanzas viven conmigo. Y Lieh también.

—¿Lieh? —preguntó Dyrroth, recordando que Yin había mencionado ese nombre antes—. Hablas de él como si fuera una persona, pero también como si fuera una carga.

Yin suspiró y miró sus propias manos. Por un momento, pareció que iba a cerrarse, pero luego miró a Dyrroth y vio la sinceridad en sus ojos rojos.

—Lieh es una entidad —explicó Yin con voz grave—. Un antiguo espíritu de guerra que reside dentro de mí. Me da un poder inmenso, pero a un precio. A veces, intenta tomar el control. Intenta convertir mi fuerza en pura destrucción.

Dyrroth procesó la información en silencio. Ahora entendía por qué Julian había dicho que Dyrroth y Yin tenían energías similares.

—Por eso viajas —concluyó Dyrroth—. No solo para ver el mundo, sino para encontrar una forma de controlarlo. O de convivir con él.

—Exacto —dijo Yin, forzando una sonrisa—. Pero no quiero que te asustes. No dejaré que él te haga daño. Nunca.

Dyrroth extendió una mano y tocó la mejilla de Yin, obligándolo a mantener el contacto visual.

—No me asusto fácilmente, Yin. En la biblioteca leí sobre demonios, dioses y monstruos. Pero tú no eres ninguna de esas cosas. Eres solo un chico que lleva una carga demasiado pesada. Si ese Lieh intenta salir, yo estaré allí para recordarte quién eres.

Yin sintió que su corazón se aceleraba, pero no por el miedo o la adrenalina del combate, sino por una emoción mucho más profunda. Se inclinó hacia adelante, reduciendo el espacio entre ellos hasta que sus respiraciones se mezclaron.

—¿Lo prometes? —susurró Yin.

—Lo prometo —respondió Dyrroth.

El beso que siguió fue diferente al del atardecer en Lumina. Este tenía el sabor de la aventura, de la incertidumbre y de un compromiso que iba más allá de las palabras. Era el sello de una unión entre dos almas que, a pesar de sus orígenes opuestos, habían encontrado un lenguaje común en medio del camino.

—¡Oigan, tórtolos! —la voz chillona de Melissa rompió el momento—. Si han terminado de intercambiar gérmenes, Xavier dice que es hora de moverse. ¡A menos que quieran que los monstruos del bosque nos alcancen antes del anochecer!

Dyrroth se separó rápidamente, con el rostro encendido de un rojo que rivalizaba con sus ojos. Yin, en cambio, se limitó a reír y a lanzarle una piedra pequeña a Melissa, quien la esquivó con un movimiento experto de su muñeco.

—¡Ya vamos, Melissa! —gritó Yin, levantándose y ofreciéndole una mano a Dyrroth para ayudarlo a subir.

El camino continuó, volviéndose más estrecho y boscoso a medida que avanzaban. Dyrroth empezó a notar que sus sentidos estaban más alerta de lo habitual. Podía oír el crujir de las ramas a lo lejos y el siseo del viento entre los pinos. Su cuerpo, acostumbrado a la quietud de la biblioteca, parecía estar despertando a una realidad primaria.

—Algo no está bien —murmuró Julian de repente, deteniéndose en seco.

Xavier preparó su báculo, que empezó a brillar con una luz azulada.

—Siento una perturbación en el éter. No son animales salvajes.

De entre las sombras de los árboles, empezaron a emerger figuras encapuchadas. No eran muchos, apenas cinco, pero la forma en que sostenían sus dagas curvas indicaba que eran profesionales. Bandidos del camino, o quizás algo peor.

—Vaya, vaya —dijo uno de ellos, que parecía el líder—. Un grupo de viajeros con ropas caras y un... ¿bibliotecario? Esto será fácil.

Yin dio un paso al frente, golpeando sus puños entre sí. Sus protectores de brazos brillaron con una luz dorada.

—No queremos problemas —dijo Yin con una voz que ya no tenía rastro de su habitual alegría—. Pero si insisten, les aseguro que este será el último camino que intenten cerrar.

—¡Ataquen! —ordenó el líder de los bandidos.

Dyrroth sintió que la adrenalina recorría sus venas como fuego líquido. Antes de que el primer bandido pudiera acercarse a Yin, Dyrroth ya se había movido. Fue un borrón de gris y blanco. En un movimiento fluido que desafiaba la lógica de su vida sedentaria, esquivó una estocada y golpeó al atacante en el plexo solar con la palma de la mano, enviándolo al suelo sin aire.

—¡Nada mal, bibliotecario! —gritó Melissa, lanzando sus agujas que, conectadas por hilos mágicos, crearon una red que atrapó a otros dos atacantes.

Yin se lanzó al combate con una ferocidad controlada. Sus golpes eran precisos, cargados de una energía que hacía retroceder a cualquiera que intentara acercarse. Xavier lanzaba ráfagas de luz que desorientaban a los enemigos, mientras Julian terminaba el trabajo con una eficiencia gélida.

Dyrroth se encontró frente al líder. El hombre era más grande y fuerte, y blandía una espada pesada con cierta destreza.

—¡Muere, mocoso! —rugió el bandido, lanzando un tajo descendente.

Dyrroth no retrocedió. En lugar de eso, se deslizó bajo el brazo del hombre, usando su propio impulso contra él. Con un movimiento rápido, sacó la daga que Tigreal le había dado y, usando el pomo, golpeó la muñeca del bandido, obligándolo a soltar la espada. Antes de que el hombre pudiera reaccionar, Dyrroth le puso la punta de la daga en la garganta.

—Lumina no solo tiene libros —susurró Dyrroth con una voz que hizo que el bandido temblara—. También tiene colmillos.

—¡Suficiente! —la voz de Xavier resonó en el claro—. Se han rendido. Déjalos ir, Dyrroth.

Dyrroth mantuvo la presión un segundo más, sus ojos rojos brillando con una intensidad peligrosa, antes de retirar el arma y dar un paso atrás. Los bandidos supervivientes recogieron a sus compañeros caídos y huyeron hacia la espesura del bosque sin mirar atrás.

El silencio volvió al camino, solo interrumpido por la respiración agitada de los combatientes. Yin se acercó a Dyrroth, mirándolo con una mezcla de asombro y preocupación.

—Dyrroth... eso fue increíble —dijo Yin—. Te moviste como... como un rayo.

Dyrroth guardó su daga, notando que sus manos temblaban ligeramente, no de miedo, sino por la descarga de energía.

—Te dije que sabía cuidarme —respondió, tratando de normalizar su voz—. Tigreal es un maestro muy estricto.

—Es más que eso —intervino Julian, acercándose y mirando a Dyrroth con un nuevo respeto—. Tienes un instinto asesino natural. Úsalo con cuidado. El combate no es un libro que puedas cerrar cuando te canses.

Dyrroth asintió solemnemente. La realidad de su nueva vida le había golpeado de frente. Ya no era el guardián de las historias; ahora era el protagonista de una, y las historias de viajes siempre estaban escritas con sudor y, a veces, con sangre.

—¿Estás bien? —preguntó Yin, poniendo una mano en su hombro.

Dyrroth miró a Yin y luego al camino que se extendía ante ellos. El miedo estaba allí, en un rincón de su mente, pero la sensación de libertad y de pertenencia era mucho más fuerte.

—Estoy bien —dijo Dyrroth, y esta vez, fue él quien tomó la iniciativa de caminar primero—. Sigamos. No quiero perderme esos pasteles de arroz de los que hablaste.

Yin soltó una carcajada y lo alcanzó, caminando a su lado. El grupo de la Luz Oculta reanudó la marcha, adentrándose más en lo desconocido.

Esa noche, acamparon bajo un cielo tan estrellado que parecía que alguien hubiera derramado diamantes sobre un terciopelo negro. Mientras los demás dormían, Yin y Dyrroth compartían la primera guardia. Estaban sentados cerca de las brasas agonizantes de la hoguera, envueltos en una manta compartida.

—¿Te arrepientes? —preguntó Yin, mirando las llamas.

Dyrroth apoyó la cabeza en el hombro de Yin, cerrando los ojos.

—Ni por un segundo. Aunque admito que el suelo es mucho más duro de lo que describían los libros de viajes.

Yin lo rodeó con el brazo, atrayéndolo más hacia sí.

—Te acostumbrarás. Y si no, siempre puedes usarme de almohada. Soy muy cómodo, según Melissa.

—Melissa dice muchas cosas —murmuró Dyrroth, sintiendo cómo el sueño empezaba a vencerlo—. Pero en esto... creo que tiene razón.

Yin besó la coronilla de su cabeza, sintiendo el aroma a papel y a bosque que ahora definía a Dyrroth. El viaje apenas comenzaba, y aunque sabía que habría más bandidos, más sombras y momentos en los que Lieh intentaría reclamar su lugar, ya no tenía miedo. Porque ahora, el sol de las tierras lejanas tenía una luna roja que lo acompañaba, y juntos, estaban listos para escribir su propia leyenda.