Nuria y jaime
Secretos entre legajos
La luz de la mañana se filtraba por los ventanales del despacho, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire. Para el resto de Madrid, era un martes cualquiera de 1968, pero para Nuria y Jaime, el mundo había cambiado de eje. El despacho de abogados, que habitualmente era un santuario de seriedad y códigos penales, se sentía ahora como el escenario de un secreto vibrante y eléctrico.
Nuria intentaba concentrarse en el informe sobre la apelación de un caso de estafa, pero las palabras parecían borrosas. Cada vez que cerraba los ojos, sentía el calor de las manos de Jaime sobre su piel y el eco de sus promesas en la oscuridad de la habitación. Se recolocó la blusa, sintiendo un ligero roce en el cuello que la hizo sonrojarse; sabía que allí, oculta bajo la tela, había una pequeña marca que delataba la intensidad de la noche anterior.
La puerta del despacho se abrió y Jaime entró con dos tazas de café. No caminaba igual que ayer. Había una seguridad nueva en sus hombros, una luz en sus ojos oscuros que Nuria reconoció de inmediato.
—Buenos días, compañera —dijo Jaime, dejando el café sobre la mesa de Nuria.
—Buenos días, Jaime —respondió ella, tratando de mantener un tono profesional—. Gracias por el café. Tenemos mucho trabajo acumulado después de lo de Rafael.
Jaime no se retiró a su mesa. En lugar de eso, rodeó el escritorio y se inclinó sobre ella. Nuria miró nerviosa hacia la puerta acristalada, temiendo que algún administrativo o cliente pasara por el pasillo.
—Jaime, por favor, alguien podría vernos —susurró ella, aunque su cuerpo se inclinaba inconscientemente hacia él.
—Me es imposible estar a menos de un metro de ti y no tocarte, Nuria —murmuró él, ignorando las advertencias.
Con un movimiento audaz y descarado, Jaime deslizó su mano por el brazo de la abogada hasta alcanzar su nuca, enredando los dedos en sus cabellos pelirrojos. La atrajo hacia sí y la besó con una urgencia que nada tenía que ver con el entorno laboral. Nuria soltó un pequeño gemido de sorpresa que murió en la boca de Jaime. Sus labios sabían a café y a victoria.
—Estás loca si piensas que hoy voy a poder trabajar como si nada hubiera pasado —dijo él, separándose apenas unos centímetros, rozando su nariz con la de ella.
—Tenemos que ser discretos —insistió Nuria, aunque su mano se había posado en el pecho de Jaime, sintiendo el latido rítmico de su corazón bajo la camisa—. Lo de Rafael ha sido un éxito, pero tu familia... tu padre es muy estricto con el decoro en el despacho.
—Mi padre está demasiado ocupado celebrando la libertad de Rafael como para fijarse en nosotros —replicó Jaime, bajando la mano hacia la cintura de Nuria y apretándola contra él—. Además, ¿quién podría culparme? Eres la mujer más brillante y hermosa de este país.
Nuria se echó a reír, una risa cristalina que iluminó su rostro.
—Eres un imprudente, Jaime Novoa. Vuelve a tu sitio antes de que...
No pudo terminar la frase. La puerta se abrió de golpe y ambos se separaron con una rapidez asombrosa. Jaime fingió estar revisando un documento sobre el hombro de Nuria, mientras ella fingía escribir algo urgentemente en su libreta.
Marta Novoa entró en la estancia con paso firme, su expresión cargada de una mezcla de alivio por lo de Rafael y una sombra de preocupación personal. Miró a su hermano y luego a Nuria, entrecerrando los ojos ante la atmósfera cargada que flotaba en el despacho.
—Vaya, qué madrugadores —comentó Marta, cruzándose de brazos—. Parece que el éxito del juicio os ha dado energías renovadas.
—Hay mucho que organizar, Marta —dijo Jaime, recuperando su compostura y caminando hacia su propio escritorio con una naturalidad envidiable—. No queremos que ningún cabo suelto nos dé una sorpresa.
Marta asintió vagamente, pero su atención se centró en Nuria. Se acercó a la mesa de la pelirroja, ignorando por un momento a su hermano.
—Nuria, quería preguntarte algo —dijo Marta, bajando un poco la voz—. ¿Viste a Jaime anoche después de que saliéramos del club?
Nuria sintió que el corazón se le detenía. Miró de reojo a Jaime, que de repente parecía muy interesado en un tomo del Código Civil.
—¿A Jaime? —repitió Nuria, ganando tiempo—. Bueno, estuvimos todos celebrando...
—Ya, pero es que no volvió a casa a dormir —soltó Marta, frunciendo el ceño—. Madre está preocupada, aunque intenta disimularlo delante de padre. Sabes cómo es él con los horarios y la disciplina. Le pregunté a Quintero y me dijo que os vio marcharos juntos del despacho a última hora, pero después le perdí la pista. ¿Sabes si se fue con Rafael a algún otro sitio? ¿O si se quedó en el despacho trabajando hasta tarde?
Nuria sintió que el calor le subía por el cuello. La mentira se formaba en su garganta, pero la mirada inquisitiva de Marta, que siempre había sido una mujer perspicaz, la hacía sentir como si estuviera bajo un foco en un interrogatorio.
—Yo... bueno —titubeó Nuria, buscando desesperadamente una excusa creíble—. Es cierto que salimos juntos. Jaime estaba muy cansado, la tensión de estos días le ha pasado factura. Me dijo que necesitaba caminar, despejarse un poco el aire de la ciudad.
—¿Caminar toda la noche? —preguntó Marta, arqueando una ceja—. Nuria, apareció esta mañana directamente en el despacho con la misma ropa de ayer, aunque sospechosamente bien planchada.
Desde su mesa, Jaime intervino, dándose cuenta de que Nuria estaba contra las cuerdas.
—Marta, deja de interrogar a Nuria como si fuera una criminal —dijo Jaime con tono jovial, aunque sus ojos buscaban los de Nuria para darle ánimos—. Me quedé en el hostal de un amigo, se nos hizo tarde hablando del caso y no quise despertar a nadie en casa. Sabes que a padre le molesta que el servicio tenga que abrir la puerta a las tantas.
Marta se giró hacia su hermano, sin parecer convencida del todo.
—Un hostal. Qué curioso. Nunca te ha importado despertar a medio vecindario cuando vuelves de juerga —replicó ella—. Pero está bien, si tú lo dices... Solo espero que no te estés metiendo en líos ahora que las cosas empezaban a calmarse.
Marta volvió a mirar a Nuria, esta vez con una sonrisa más suave, casi cómplice, que hizo que a la abogada se le helara la sangre. ¿Acaso sospechaba algo?
—En fin, os dejo trabajar. Nuria, si necesitas ayuda con los nuevos expedientes, dímelo. Pareces un poco... distraída hoy.
—Gracias, Marta. Solo es el cansancio —mintió Nuria con una sonrisa forzada.
En cuanto Marta salió del despacho y cerró la puerta, Nuria dejó caer la cabeza sobre sus manos, soltando un largo suspiro de alivio.
—Casi me da un síncope, Jaime. Tu hermana es demasiado lista.
Jaime se levantó de nuevo, esta vez con más cautela, y se acercó para masajearle los hombros.
—Lo ha sido siempre. Pero no te preocupes, no tienen pruebas de nada —bromeó él, besándole la sien—. Además, ¿qué es la vida sin un poco de riesgo?
—Para ti es fácil decirlo, tú eres un Novoa —dijo ella, girándose para mirarlo a los ojos—. Pero yo soy la hija de Salustiano, la abogada que intenta hacerse un hueco en un mundo de hombres. Si se enteran de que paso las noches en tu cama, mi reputación profesional se irá al traste. Dirán que estoy aquí por ser tu "amiga" y no por mi talento.
La expresión de Jaime se tornó seria de inmediato. Se puso de cuclillas frente a ella, tomando sus manos entre las suyas.
—Escúchame bien, Nuria Salgado. Nadie en este despacho, ni en todo Madrid, puede dudar de tu valía. Tú sacaste a Rafael de la cárcel. Tú encontraste el error en el testimonio del guardia. Eres la mejor abogada que he conocido, y eso no tiene nada que ver con lo que sentimos el uno por el otro.
Nuria sintió que se le humedecían los ojos. Jaime tenía esa capacidad de verla de una manera que nadie más hacía, valorando su intelecto tanto como su belleza.
—Lo sé —susurró ella—. Pero el mundo no es tan justo como los libros de derecho que estudiamos.
—Pues cambiaremos el mundo —sentenció Jaime con una convicción que la hizo estremecer—. Pero mientras tanto... ¿qué te parece si nos tomamos un descanso para almorzar? Conozco un sitio pequeño cerca de la Plaza de los Frutos donde nadie nos conoce.
Nuria miró el montón de papeles sobre su mesa y luego la sonrisa tentadora de Jaime.
—¿Un descanso? Tenemos tres juicios pendientes para la semana que viene.
—Los juicios pueden esperar una hora —dijo Jaime, levantándose y ofreciéndole la mano—. La vida es corta, Nuria, y hemos pasado demasiado tiempo sufriendo por los demás. Ahora nos toca a nosotros.
Nuria aceptó su mano, dejándose guiar. Al salir del despacho, Jaime se detuvo un momento en el pasillo, verificando que no hubiera nadie a la vista. Antes de cruzar el umbral hacia la calle, la acorraló contra la pared de madera, robándole un último beso rápido y apasionado.
—Jaime, ¡por Dios! —exclamó ella entre risas, ajustándose el bolso.
—Es para aguantar hasta el restaurante —se justificó él con un guiño.
Caminaron por las calles madrileñas manteniendo una distancia prudencial, como dos colegas que van a discutir asuntos de trabajo. Pero bajo la mesa del pequeño restaurante, sus pies se buscaban y sus manos se rozaban, manteniendo viva la llama de una pasión que apenas acababa de comenzar.
Sin embargo, la sombra de la familia Novoa y los secretos del pasado seguían acechando. Nuria sabía que tarde o temprano tendrían que enfrentarse a la realidad. Pero por ahora, mientras compartían una copa de vino y Jaime la miraba como si fuera el único ser vivo sobre la faz de la tierra, el resto del mundo simplemente no existía.
Al regresar al despacho por la tarde, la realidad les dio el primer aviso. Don Félix Novoa estaba allí, hablando con Quintero en la recepción. Al verlos entrar juntos, su mirada se endureció ligeramente.
—Jaime, Nuria. Me alegra ver que seguís trabajando con tanto ahínco —dijo Félix, con su voz profunda y autoritaria—. Jaime, necesito hablar contigo en mi despacho. Ahora mismo.
Jaime le lanzó una mirada tranquilizadora a Nuria antes de seguir a su padre. Ella se quedó allí, en medio del vestíbulo, sintiendo que el aire se volvía más pesado. Quintero se acercó a ella, ajustándose las gafas.
—Nuria, hija, tienes cara de haber visto un fantasma —dijo el veterano abogado con cariño—. ¿Va todo bien?
—Sí, Justo. Solo... demasiado trabajo.
—Ya. Bueno, ten cuidado. En esta casa las paredes oyen y los silencios a veces gritan más que las palabras —le advirtió Quintero con un tono críptico que dejó a Nuria inquieta.
Se retiró a su mesa, intentando recuperar la concentración. Pero el eco de la noche anterior seguía siendo más fuerte que cualquier advertencia. Sabía que amaba a Jaime, y sabía que él la amaba a ella. Lo que no sabía era si su amor sería suficiente para sobrevivir a las tormentas que, estaba segura, no tardarían en llegar al despacho de los Novoa.
Mientras tanto, en el despacho de Félix, Jaime se enfrentaba a la mirada severa de su progenitor.
—¿Dónde estuviste anoche, hijo? —preguntó Félix sin rodeos.
Jaime sostuvo la mirada, preparándose para la que sería la primera de muchas batallas por su libertad y su corazón.
—Donde debía estar, padre. Empezando a vivir mi propia vida.
Afuera, Nuria acariciaba el anillo que llevaba en el dedo, un gesto inconsciente que hacía siempre que estaba nerviosa. La lucha por Rafael había terminado, pero la lucha por su propia felicidad no había hecho más que empezar. Y en la España de finales de los sesenta, ese era el juicio más difícil de ganar.