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Nuria y jaime

Amanecer de sal y carmín

El sonido del Cantábrico rompiendo contra las rocas de Gijón era una melodía muy distinta al bullicio constante de la Plaza de los Frutos. Allí, en la casa de Mónica, el aire olía a salitre, a eucalipto y a una libertad que Nuria y Jaime apenas estaban empezando a saborear. Tres meses habían pasado desde aquella noche en Madrid, tres meses de besos robados en el archivo del despacho, de miradas cómplices sobre tomos del Código Civil y, finalmente, de un compromiso que había dejado a la familia Novoa entre la sorpresa y la resignación.

La luz del norte, más suave y tamizada que la de la capital, se filtraba por las persianas de madera de la habitación. Nuria despertó lentamente, sintiendo el peso reconfortante del brazo de Jaime rodeando su cintura. El calor de su cuerpo era su refugio favorito. Se quedó un momento inmóvil, disfrutando de la sensación de su respiración acompasada contra su nuca. Dormir juntos, sin el miedo a ser descubiertos, sin tener que mirar el reloj para que él regresara a casa antes del alba, era el mayor lujo que la vida les había concedido.

Sintió un movimiento detrás de ella. Jaime se despertó con un suspiro profundo y la estrechó un poco más, hundiendo la cara en su melena pelirroja, que se desparramaba sobre la almohada como una mancha de fuego.

—Buenos días, futura señora de Novoa —murmuró Jaime con la voz ronca por el sueño, depositando un beso tierno justo detrás de su oreja.

—Buenos días —respondió ella, girándose entre sus brazos para quedar frente a él—. ¿Qué hora es? ¿Se ha ido ya Mónica?

—Hace rato. He oído la puerta de la calle cuando apenas empezaba a clarear. Ya sabes cómo es tu hermana, dice que el aire de la mañana en la playa de San Lorenzo es lo mejor para el cutis.

Nuria soltó una risita y acarició la barba de varios días de Jaime. Le gustaba verlo así, sin la rigidez de los trajes de sastre, despeinado y con esa mirada oscura que solo le dedicaba a ella.

—Entonces estamos solos —susurró Nuria, enredando sus dedos en el pelo de su nuca.

—Completamente solos —confirmó él, y el tono de su voz cambió, volviéndose más profundo, cargado de una intención que hizo que el pulso de Nuria se acelerara.

Jaime no esperó más. La besó con una parsimonia deliciosa, saboreando el momento, sin las urgencias de los meses pasados. Ahora tenían todo el tiempo del mundo. Sus manos, expertas en recorrer la geografía de la piel de Nuria, bajaron por su espalda, trazando el camino de su columna hasta perderse bajo las sábanas. Nuria arqueó el cuerpo, buscando el contacto, sintiendo cómo el deseo se encendía en su vientre como una llama que nunca llegaba a apagarse del todo.

—Jaime... —suspiró ella cuando los labios de él abandonaron su boca para trazar un camino de fuego por su cuello.

—Dime, mi amor.

—A veces todavía me parece un sueño estar aquí contigo. Sin leyes, sin juicios, sin el despacho...

—Pues no lo es —dijo él, deteniéndose un segundo para mirarla a los ojos con una intensidad que la desarmaba—. Es nuestra realidad. Y pienso aprovechar cada minuto.

Él la despojó de la fina camisola de seda con una delicadeza casi reverencial. La luz matutina bañaba la piel pálida de Nuria, haciendo que sus pecas resaltaran como pequeñas motas de oro. Jaime la admiró un instante, como si fuera la primera vez, antes de volver a reclamar su piel. Sus manos rodearon sus pechos, mimándolos con los pulgares mientras sus labios descendían hacia ellos. Nuria soltó un gemido, echando la cabeza hacia atrás, sintiendo cómo la electricidad recorría cada una de sus terminaciones nerviosas.

El encuentro fue una danza lenta, perfectamente acompasada. Ya no era la explosión desesperada de la primera noche, sino algo más profundo, una entrega que nacía de la confianza y del amor madurado en la lucha diaria. Jaime entró en ella con un suspiro de alivio, como quien llega a casa después de un largo viaje, y Nuria lo envolvió con sus piernas, atrayéndolo hacia sí, queriendo fundirse con él en el silencio de aquella casa asturiana.

Se movieron juntos, al ritmo de las olas que se oían a lo lejos, compartiendo suspiros y palabras rotas que solo ellos entendían. El clímax llegó como una marea cálida que los dejó exhaustos y felices, abrazados bajo las sábanas mientras el sol terminaba de subir en el horizonte.

—Si esto es la vida de casados, acepto el contrato ahora mismo —bromeó Jaime minutos después, mientras recuperaba el aliento apoyado en el codo.

—Todavía tienes que aguantar a mi padre y las cenas oficiales en el club —le recordó ella, aunque sus ojos brillaban de felicidad.

—Por mañanas como esta, aguantaría a todo el ilustre colegio de abogados de Madrid bailando la yenka —respondió él, haciéndola reír.

De repente, el reloj de pared del salón dio las once. Nuria dio un respingo en la cama.

—¡Jaime! ¡Las once! Habíamos quedado con Mónica en el puerto a las doce y media para comer. Nos va a matar si llegamos tarde, ya sabes lo puntual que es.

—Tranquila, abogada. Tenemos tiempo de sobra —dijo él, tratando de atraerla de nuevo hacia sí.

—Nada de eso. Si no nos movemos ya, nos encontrará aquí todavía entre las sábanas y no me apetece pasar esa vergüenza, por muy moderna que sea mi hermana.

Se levantaron de la cama entre risas y empujones juguetones. Jaime la persiguió por el pasillo hasta el baño principal de la casa.

—¡Ahorremos agua, Nuria! —exclamó él, entrando en la ducha justo antes de que ella pudiera cerrar la mampara.

—¡Jaime Novoa, eres un caradura! —protestó ella, aunque no hizo ningún ademán de echarlo.

El agua caliente empezó a caer sobre ellos, borrando los restos del sueño y del amor compartido. Bajo el chorro, Jaime volvió a rodearla con sus brazos, frotando el jabón por sus hombros con una ternura que la hacía derretirse. Ella se giró, apoyando las manos en su pecho firme, dejando que el agua les empapara el pelo.

—¿Estás feliz, Nuria? —preguntó él de repente, poniéndose serio por un momento.

—Mucho, Jaime. Muchísimo. Nunca pensé que después de todo lo que pasamos con el caso de Rafael, y con los problemas de nuestras familias, podríamos estar así.

—Nos lo hemos ganado —sentenció él, dándole un beso corto y mojado en la punta de la nariz—. Y esto es solo el principio. Gijón es solo la antesala de todo lo que nos espera.

Salieron de la ducha y se vistieron a toda prisa, entre bromas sobre quién tardaba más frente al espejo. Nuria eligió un vestido ligero de flores, muy propio para el verano asturiano, y Jaime optó por unos pantalones de lino y una camisa azul que resaltaba la oscuridad de sus ojos.

Caminaron de la mano hacia la zona del puerto, disfrutando del aire fresco y del ambiente animado de Gijón. El olor a sidra y a pescado a la brasa empezaba a inundar las calles. Al llegar a la terraza donde habían quedado, vieron a Mónica sentada a una mesa, luciendo unas gafas de sol enormes y una sonrisa de suficiencia.

—Vaya, vaya —dijo Mónica cuando los vio acercarse—. Por las caras que traéis, parece que el aire de Gijón os sienta incluso mejor que a mí.

Nuria se sonrojó ligeramente, sentándose frente a su hermana.

—Hemos tenido una mañana tranquila, eso es todo.

—Sí, muy tranquila —añadió Jaime con una chispa de malicia en los ojos mientras pedía una botella de sidra al camarero—. Hemos estado repasando algunos... asuntos pendientes.

Mónica soltó una carcajada y negó con la cabeza, sirviendo un poco de sidra con la destreza de quien ha nacido en esa tierra.

—No me deis explicaciones, que os conozco. Me alegro de que estéis aquí. Hacía mucho tiempo que no te veía tan radiante, Nuria. Madrid a veces es demasiado gris para una pelirroja con tanto fuego.

—Madrid está bien —dijo Nuria, buscando la mano de Jaime por debajo de la mesa—, pero lo que importa es con quién estás.

—Exacto —asintió Jaime, apretando los dedos de su prometida—. Aunque he de confesar que Gijón tiene un encanto especial. Creo que me estoy enamorando de este sitio.

—Espero que menos que de mi hermana, Novoa, porque si no tendremos un problema —bromeó Mónica.

Mientras el camarero traía una ración de parrochas y otra de calamares, los tres se sumergieron en una conversación relajada. Hablaron de los planes de boda, de la posibilidad de que Nuria abriera su propio despacho y de cómo Rafael estaba rehaciendo su vida lejos de las sombras de la cárcel. Por primera vez en meses, el futuro no parecía un campo de batalla lleno de minas legales y sociales, sino un lienzo en blanco esperando ser pintado.

—¿Y cuándo pensáis volver a la realidad? —preguntó Mónica, pinchando un trozo de calamar.

—La realidad es esto, Mónica —respondió Jaime, mirando a Nuria con una devoción absoluta—. El despacho, los juicios y los compromisos sociales son solo el decorado. Lo real es lo que sentimos nosotros.

Nuria sintió un nudo de emoción en la garganta. Miró a su alrededor: el mar azul, el bullicio de la gente feliz, su hermana riendo y, sobre todo, al hombre que había luchado a su lado contra viento y marea.

—Tiene razón —dijo Nuria con voz firme—. Hemos pasado demasiado tiempo viviendo para los demás, para salvar a amigos o para cumplir con las expectativas de nuestras familias. Ahora nos toca vivir para nosotros.

—Pues brindemos por eso —propuso Mónica, levantando su vaso de sidra—. Por la libertad, por el amor y por que en Madrid no se enteren de lo bien que lo pasáis aquí, que si no, se nos llena Gijón de abogados estirados.

Brindaron entre risas, y Nuria supo, mientras el sol de la tarde empezaba a calentar la terraza, que aquella noche de pasión en Madrid no había sido el final de una historia, sino el prólogo de una vida que apenas estaba empezando a escribirse. Una vida donde ella no solo era la abogada brillante, sino la mujer amada, y donde Jaime Novoa ya no era solo el hijo de una familia influyente, sino el hombre que había elegido ser libre a su lado.

El resto de la tarde transcurrió entre paseos por el Muro y confidencias. Al caer la noche, cuando regresaron a la casa de Mónica y el silencio volvió a envolverlos, Jaime detuvo a Nuria antes de entrar en la habitación.

—¿Sabes una cosa? —le susurró al oído.

—¿Qué?

—Que mañana pienso despertarte exactamente de la misma manera.

Nuria sonrió, rodeándole el cuello con los brazos mientras buscaba sus labios en la penumbra.

—Me parece que es la mejor estrategia legal que has planteado en toda tu carrera, abogado.

Y así, bajo el cielo estrellado de Asturias, Nuria y Jaime se entregaron de nuevo al sueño y al amor, sabiendo que, por fin, el mundo era suyo.