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Nuria y jaime

El veredicto de la piel

La penumbra de la habitación era apenas interrumpida por el resplandor de una farola lejana que se colaba entre las persianas, dibujando rayas de luz y sombra sobre la cama. Nuria sentía que el aire pesaba, cargado de una electricidad que no tenía nada que ver con las tormentas de verano y sí mucho con el hombre que la miraba con una mezcla de vértigo y devoción.

Jaime seguía allí, con el rostro a escasos centímetros de su intimidad, respirando el calor que ella desprendía. La vulnerabilidad de Nuria se mezclaba con una audacia nueva; el embarazo no solo había redondeado sus formas, sino que había despertado una fiera que exigía ser saciada.

—Jaime... —suplicó ella de nuevo, con la voz rota—. No me hagas esperar.

Él no respondió con palabras. En su lugar, usó su lengua para trazar un camino de fuego, encontrando el centro de su placer con una precisión que hizo que Nuria clavara las uñas en las sábanas de hilo. El contacto fue una explosión. Ella cerró los ojos, viendo destellos de colores tras sus párpados, mientras sus caderas se elevaban de forma instintiva, buscando más de esa tortura deliciosa.

—Eres fuego, Nuria —murmuró Jaime entre caricias, su voz vibrando contra su piel—. Siempre lo has sido.

Él continuó, explorándola con una paciencia que la volvía loca, alternando la suavidad de sus labios con la presión de sus dedos, hasta que Nuria sintió que el mundo entero se reducía a ese punto de contacto. Cada espasmo de su cuerpo era una respuesta a la maestría de Jaime, una confesión silenciosa de que, a pesar de los años y de la rutina del despacho, la pasión seguía siendo su lenguaje más puro.

Cuando ella sintió que estaba a punto de alcanzar la cima, lo detuvo, tirando de sus hombros para que subiera. Necesitaba sentirlo cerca, necesitaba el peso de su cuerpo sobre el suyo para anclarse a la realidad.

—Ahora —dijo ella, su respiración agitada golpeando el oído de Jaime—. Entra en mí, Jaime. Necesito sentir que somos uno, ahora más que nunca.

Jaime se posicionó con cuidado, recordando las advertencias del médico pero dejándose llevar por la urgencia de su esposa. Se situó de lado, permitiendo que el vientre de Nuria no sufriera presión, una postura que los obligaba a mirarse a los ojos, a compartir cada gesto, cada cambio en la expresión del otro.

—Te amo —susurró él justo antes de unirse a ella.

El gemido que escapó de los labios de Nuria fue una mezcla de alivio y triunfo. La plenitud de sentirlo dentro era la pieza que faltaba en el rompecabezas de su noche. Comenzaron a moverse con un ritmo pausado, una danza de sombras y suspiros que llenaba la estancia. No era la urgencia desesperada de su primera vez en el despacho tras la libertad de Rafael; esto era algo más profundo, una comunión que incluía no solo su deseo, sino también el futuro que crecía dentro de ella.

—¿Estás bien? —preguntó Jaime, deteniéndose un instante para besarle la frente, preocupado por su comodidad.

—Estoy mejor que nunca —respondió ella, rodeándole el cuello con los brazos y atrayéndolo para un beso apasionado—. No te detengas, Jaime Novoa. No te atrevas a detenerte.

Él sonrió, esa sonrisa de medio lado que siempre la desarmaba, y aumentó el ritmo. Sus cuerpos, envueltos en una fina capa de sudor, se deslizaban el uno contra el otro con una armonía perfecta. Nuria sentía el latido del corazón de Jaime contra su pecho, un ritmo constante que parecía sincronizarse con el suyo.

En ese momento, las leyes, los juicios y las presiones sociales de la España de 1970 desaparecieron. No había abogados, no había apellidos ilustres, no había expectativas familiares. Solo quedaban dos amantes que habían luchado contra todo para estar allí, en ese piso que olía a hogar y a esperanza.

El placer fue creciendo, una marea que amenazaba con desbordarse. Nuria sentía que cada fibra de su ser vibraba, una tensión dulce que se acumulaba en su vientre y se extendía por sus extremidades. Jaime, sintiendo que ella estaba cerca, la estrechó más, sus embestidas volviéndose más decididas, más seguras.

—Contigo, siempre contigo —jadeó Jaime al oído de ella.

Nuria alcanzó el clímax con un grito sofocado contra el hombro de su marido, mientras una serie de espasmos rítmicos la envolvían. Jaime la siguió apenas unos segundos después, entregándose por completo, vertiendo en ella no solo su deseo, sino toda la ternura que sentía por la mujer que le había cambiado la vida.

Se quedaron así durante mucho tiempo, abrazados en la penumbra, dejando que sus pulsaciones volvieran a la normalidad. El silencio de la noche madrileña era su cómplice. Jaime se separó lo justo para acomodar a Nuria, pasando un brazo por debajo de su cuello y atrayéndola hacia su pecho.

—¿Sabes? —dijo Jaime, rompiendo el silencio con una voz suave—. A veces me pregunto qué habría sido de nosotros si no hubiéramos tenido el valor de dar aquel paso aquella noche en el despacho.

Nuria trazó círculos invisibles sobre el pecho de Jaime con el dedo índice, disfrutando del vello suave y del calor de su piel.

—Habríamos sido dos abogados muy eficientes y muy infelices, Jaime —respondió ella—. Habríamos ganado muchos juicios, pero habríamos perdido nuestra propia vida.

—Supongo que tienes razón. —Él le besó la sien—. Aunque a veces me asusta lo mucho que te necesito. Eres mi brújula, Nuria.

—Y tú eres mi puerto —dijo ella, levantando la vista para encontrar sus ojos—. Especialmente ahora, con todo lo que viene. A veces tengo miedo, Jaime. Miedo de no ser la madre que este niño merece, o de que el mundo exterior sea demasiado duro para nosotros.

Jaime la apretó con más fuerza, su mano bajando de nuevo hacia el vientre de ella, donde sintió un pequeño y decidido puntapié.

—¿Lo has sentido? —preguntó él, maravillado.

—Sí —sonrió ella, con los ojos empañados—. Parece que está de acuerdo con nosotros.

—Escúchame bien —dijo Jaime, poniéndose serio—. Hemos sacado a inocentes de la cárcel, hemos desafiado a nuestras propias familias y hemos construido algo real en un mundo de apariencias. ¿De verdad crees que algo va a poder con nosotros ahora?

Nuria suspiró, sintiendo que el peso de sus preocupaciones se aligeraba. Jaime tenía esa capacidad de hacer que lo imposible pareciera sencillo.

—Tienes ese don de abogado persistente —bromeó ella—. Siempre acabas convenciendo al jurado.

—En este caso, el jurado es mi corazón, y el veredicto es firme e irrevocable —sentenció él—. Te amo, Nuria. Y voy a cuidar de vosotros cada día de mi vida.

Se quedaron dormidos poco después, envueltos en la paz que sigue a la tormenta del deseo. Pero la noche aún les reservaba un pequeño momento de vigilia. Horas más tarde, Nuria se despertó y vio a Jaime observándola en la penumbra, con una expresión de serenidad que nunca le había visto antes.

—¿No puedes dormir? —preguntó ella con voz soñolienta.

—Solo estaba pensando en el nombre —respondió él—. Si es niña, me gustaría que tuviera algo de ti. Esa fuerza, esa luz.

—Y si es niño, tendrá tu terquedad y tu buen corazón —dijo ella, estirándose para darle un beso rápido—. Pero ahora, duerme, abogado. Mañana tenemos que ver a Quintero y no quiero que piense que te tengo explotado.

—Quintero sabe perfectamente quién manda en esta relación —rió Jaime, acomodándose de nuevo.

La mañana siguiente llegó con la luz clara de Madrid, entrando a raudales por el balcón. El desayuno en la pequeña cocina del piso fue un intercambio de risas y planes. Hablaban de la cuna, de los expedientes que tenían que cerrar antes de que Nuria se tomara un descanso, y de la próxima cena en casa de los Novoa.

—Madre está convencida de que será un varón —comentó Jaime mientras untaba mantequilla en una tostada—. Dice que tienes "cara de niño".

—Tu madre y sus supersticiones —sonrió Nuria—. Mientras esté sano y tenga tu sonrisa, me da igual.

—¿Solo mi sonrisa? —bromeó él—. Espero que herede tu inteligencia, porque si sale a mí, tendremos problemas para que apruebe derecho.

—Jaime Novoa, no seas modesto. Eres uno de los mejores abogados de esta ciudad, aunque a veces seas un poco imprudente.

—La imprudencia me trajo a ti —recordó él, levantándose para rodearla por detrás mientras ella preparaba el café—. Fue la mejor decisión "imprudente" de mi vida.

Nuria se apoyó en él, disfrutando de la solidez de su presencia. A pesar de los desafíos que sabían que les esperaban —la evolución política del país, las tensiones familiares que nunca desaparecían del todo, la responsabilidad de la paternidad—, se sentían invencibles.

Al salir hacia el despacho, caminaron por la calle de la mano, sin importarles las miradas de los vecinos o de los transeúntes. Ya no eran los jóvenes que se escondían en los rincones oscuros del bufete; eran un matrimonio que caminaba con la cabeza alta, orgullosos de su historia.

Al llegar a la recepción, Justo Quintero los recibió con su habitual mezcla de ironía y afecto.

—Vaya, vaya —dijo el veterano abogado, ajustándose las gafas—. Parece que el aire de la mañana os ha sentado de maravilla. Nuria, estás radiante. Y tú, Jaime, tienes una cara de satisfacción que me hace sospechar que no has pegado ojo repasando el caso de la constructora.

—Hemos estado ocupados en asuntos de mayor relevancia jurídica, Justo —respondió Jaime con un guiño.

—Ya me lo imagino, ya —rió Quintero—. Bueno, pasad a vuestros despachos. Tenemos a un cliente esperando que dice que su vecino le ha robado tres metros de jardín, y parece que es el juicio del siglo para él.

Nuria entró en su despacho y se sentó frente a su mesa, llena de legajos y notas. Por un momento, cerró los ojos y recordó la sensación de las manos de Jaime sobre su piel la noche anterior. El contraste entre la frialdad de los códigos legales y el calor de su amor era lo que mantenía el equilibrio en su vida.

A media mañana, Jaime apareció en la puerta de su despacho con una taza de té.

—He pensado que preferirías esto al café —dijo, dejándolo sobre la mesa—. Y he hablado con Marta. Quiere que vayamos a cenar el viernes. Dice que tiene algo importante que contarnos.

—¿Marta con secretos? Eso es nuevo —comentó Nuria, tomando un sorbo del té—. Gracias, amor.

Jaime no se fue de inmediato. Se quedó observándola mientras ella revisaba un documento, con esa mirada que solo ella conocía.

—¿Qué pasa? —preguntó ella, notando su escrutinio.

—Nada. Solo que cada vez que te veo aquí, en este despacho donde empezó todo, me doy cuenta de lo afortunado que soy. Sacamos a Rafael de la cárcel, pero tú me sacaste a mí de una vida gris.

Nuria se levantó y rodeó la mesa, dándole un beso rápido pero intenso, consciente de que alguien podría pasar por el pasillo en cualquier momento.

—Y tú me diste la libertad de ser yo misma, Jaime. Sin etiquetas, sin miedos.

Él la estrechó un segundo más de lo profesionalmente aceptable antes de retirarse.

—Nos vemos al almuerzo, abogada.

Nuria volvió a su trabajo con una sonrisa en los labios. Sabía que la vida no siempre sería fácil, que habría juicios difíciles y noches de poco sueño cuando llegara el bebé. Pero también sabía que, mientras Jaime estuviera a su lado, cada veredicto sería a su favor.

La tarde cayó sobre Madrid con tonos anaranjados y violetas. Al salir del despacho, Jaime la esperaba junto al coche. El viento movía el cabello pelirrojo de Nuria, y por un momento, Jaime vio en ella no solo a su esposa y a la madre de su hijo, sino a la mujer valiente que un día se atrevió a soñar con un futuro diferente.

—¿A casa? —preguntó él, abriéndole la puerta.

—A casa —confirmó ella—. Tengo ganas de que estemos solos otra vez.

—Yo también, Nuria. Yo también.

Mientras el coche se alejaba por las calles de la capital, ambos sabían que su historia estaba lejos de terminar. Cada noche era una oportunidad para reafirmar sus votos, cada caricia una forma de escribir un nuevo capítulo. Porque en el complejo mundo de las leyes y los sentimientos, ellos habían encontrado la sentencia definitiva: un amor sin condiciones, un deseo que se renovaba con cada amanecer y la certeza de que, pasara lo que pasara, siempre tendrían aquel refugio de seda y piel donde el mundo exterior simplemente dejaba de existir.