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Nuria y jaime

Lluvia de fuego y seda

El aire en el dormitorio de los Novoa estaba cargado con el aroma del jazmín que trepaba por el balcón y el rastro dulce del aceite de almendras que Jaime acababa de extender sobre el vientre de Nuria. Madrid dormía bajo una luna de plata, pero dentro de aquellas cuatro paredes, el tiempo se había vuelto denso, casi tangible. Nuria estaba recostada contra los almohadones de seda, observando a su marido con una intensidad que la asustaba incluso a ella misma.

Seis meses de embarazo habían transformado su cuerpo en un paisaje de curvas generosas y una sensibilidad exacerbada. Sus pechos, más firmes y oscuros, palpitaban bajo la fina tela de su camisón, y cada vez que Jaime rozaba su piel, una descarga eléctrica recorría su columna vertebral. Las hormonas, como un fiscal implacable, habían dictado sentencia: el deseo de Nuria era ahora una marea ingobernable que no entendía de esperas ni de prudencia.

—Jaime, por favor... —susurró ella, su voz quebrada por una urgencia que le quemaba la garganta—. Deja ya el aceite. No quiero masajes. Te quiero a ti.

Jaime levantó la mirada, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de adoración y cautela. Se arrodilló sobre el colchón, acercándose a ella con esa parsimonia que a Nuria, en su estado actual, le resultaba casi una tortura.

—El médico dijo que debíamos tener cuidado, Nuria —murmuró él, aunque sus manos ya buscaban el dobladillo del camisón de su esposa—. No quiero hacerte daño, ni a ti ni al niño.

Nuria soltó una carcajada ronca, una risa que nació en lo más profundo de sus entrañas, y agarró a Jaime por las solapas de su camisa de dormir, tirando de él hacia abajo con una fuerza sorprendente.

—El médico no sabe lo que es sentirse así —dijo ella, rozando sus labios con los de él—. Siento que voy a estallar, Jaime. Cada vez que me miras, cada vez que respiras cerca de mi cuello... me duele de cuánto te necesito. No me trates como si fuera de cristal. Soy tu mujer, y hoy necesito que me hagas sentir viva.

Jaime no necesitó más invitación. Despojó a Nuria de su camisón con una urgencia renovada, revelando la redondez perfecta de su vientre de seis meses. La piel de Nuria estaba tensa, cálida, y bajo la superficie, Jaime pudo sentir un leve movimiento, un recordatorio de la vida que estaban creando. Pero en ese momento, el hombre eclipsó al padre. Se inclinó sobre ella, cubriendo sus pechos con sus manos, apretándolos con una firmeza que hizo que Nuria soltara un gemido agudo.

—¡Ahí! —suplicó ella, echando la cabeza hacia atrás—. No pares, Jaime. Por lo que más quieras, no pares.

—Estás tan hermosa, Nuria... —dijo él, bajando su boca hacia uno de sus pezones, succionándolo con un hambre que la hizo arquear la espalda—. Estás más llena, más ardiente. Me vuelves loco.

—Entonces demuéstramelo —jadeó ella, enredando sus dedos en el cabello oscuro de Jaime, empujándolo hacia abajo—. Baja más, Jaime. Sabes lo que necesito. Sabes que no puedo aguantar más.

Jaime obedeció, descendiendo por su cuerpo, dejando un rastro de besos húmedos sobre la piel tirante de su vientre, donde se detuvo un segundo para depositar un beso reverencial antes de seguir hacia su objetivo. Cuando sus manos separaron los muslos de Nuria, el aroma de su deseo lo golpeó con la fuerza de un vendaval. Ella estaba empapada, lista, vibrando bajo su tact