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Nya 2

Efectos secundarios

El silencio de la casa siempre había tenido un peso peculiar, pero a la una y media de la madrugada, desprovista del bullicio de tres niños enérgicos que a esa hora aprendían a controlar sus naturalezas en la academia nocturna, parecía suspendida en una burbuja de irrealidad. Kou permaneció inmóvil al otro lado de la puerta entreabierta, con la respiración contenida por puro reflejo, aunque sus pulmones de vampiro no precisaran de aire para funcionar.

A través de la rendija de madera oscura, la escena que se desplegaba ante sus ojos verdes disipó de golpe la punzada de furia posesiva que le había atenazado el pecho segundos antes. Nadie profanaba la cama de su exesposo. No había ningún amante clandestino oculto entre las sábanas revueltas.

Solo estaba Masato.

El brujo se encontraba sentado al borde del colchón, bañado por la tenue luz ámbar de una única vela colocada sobre la mesita de noche. Llevaba puesta una camisa blanca demasiado holgada, completamente desabotonada, que se abría en un descuido absoluto dejando a la vista la piel lechosa de su torso y la línea temblorosa de sus clavículas. Por encima, un pesado manto negro caía desde sus hombros hasta arrastrarse por los tablones de madera del suelo, con la amplia capucha cubriéndole la mayor parte de su corto cabello color menta. Solo unos mechones desordenados asomaban empapados por un sudor fino que brillaba bajo la penumbra.

Masato respiraba con dificultad. El pecho le subía y bajaba en sacudidas espasmódicas, y en su mano derecha sostenía un objeto de silicona oscura que acababa de extraer del fondo de un cajón. Lo miraba con una mezcla patética de aversión, bochorno y desesperación.

Kou aguzó sus sentidos. El aire que salía de la habitación no solo olía al habitual aroma a hierbas secas, pergamino y azufre que Masato siempre arrastraba consigo; esta vez había un rastro inconfundible, empalagoso y ardiente: raíz de mandrágora roja, polvo de perla lunar y savia de orquídea carmesí.

Un afrodisíaco. Y a juzgar por el temblor incontrolable en las piernas desnudas del brujo y el carmín encendido que le devoraba las mejillas, no había sido una dosis precisamente moderada. Un accidente de laboratorio. Una salpicadura, tal vez la inhalación directa de los vapores de un caldero mal sellado. Masato era un genio con los brebajes, pero su exasperante manía de trabajar hasta el agotamiento absoluto solía jugarle malas pasadas.

—Maldita sea... —murmuró Masato para sí mismo, con la voz quebrada por un gemido que intentó ahogar mordiéndose el labio inferior—. Una o dos veces no van a bastar... Esto va a tardar horas en degradarse en la sangre.

El brujo cerró los ojos rojos, apretando los párpados con fuerza mientras dejaba caer la cabeza hacia atrás. De su garganta escapó un sonido lastimero, agudo y húmedo, cuando sus propios dedos rozaron la parte interna de sus muslos para prepararse. Estaba completamente excitado, dolorosamente erecto y frustrado hasta las lágrimas por la humillación de su propio error.

Kou no necesitó pensarlo más. El orgullo que usualmente le impedía dar el primer paso se disolvió ante el espectáculo de la vulnerabilidad ajena, reemplazado por una mezcla peligrosa de instinto predatorio y una familiaridad que los años de divorcio no habían logrado borrar.

Apoyó la mano en la puerta y la empujó hacia adentro con lentitud calculada. El gozne emitió un crujido deliberado.

Masato dio un respingo violento. Abrió los ojos de golpe, desorbitados por el pánico, y en un acto reflejo tiró el juguete sobre la cama e intentó cubrirse con los pliegues del manto, respirando entrecortadamente.

—¿Quién...?

—Para ser alguien que presume de tener barreras mágicas en cada rincón, dejas la cerradura trasera lamentablemente vulnerable —dijo Kou con voz pausada, arrastrando las palabras con esa cadencia aristocrática y burlona que a Masato siempre le crispaba los nervios.

El vampiro dio dos pasos dentro de la habitación y se detuvo, recortado contra la sombra del pasillo. Vestía completamente de negro, impecable como de costumbre, con su cabello blanco cayendo lacio sobre los hombros y los ojos verde claro reluciendo con un brillo fosforescente en la oscuridad.

Masato se quedó petrificado durante tres segundos eternos, procesando la figura frente a él a través de la densa niebla que nublaba su mente. Luego, la sorpresa se transformó en pura indignación.

—¿¡Kou!? —exclamó con un chillido ahogado, encogiéndose en la cama mientras jalaba desesperadamente la tela de la camisa para taparse—. ¿¡Qué carajos haces aquí!? ¿¡Cómo entraste!? ¡Vete! ¡Sal de mi casa ahora mismo!

—Podría haberme ido si hubiese encontrado a un intruso durmiendo en tu cama —respondió Kou, sin inmutarse por los gritos, avanzando un paso más con la elegancia perezosa de un felino—. Pero lo que encontré fue mucho más interesante. Y ruidoso. Se te escucha desde la entrada, Masato.

El rostro del brujo, ya teñido de rojo por el brebaje, ardió en un tono escarlata casi violáceo. Apretó los puños contra las sábanas, incapaz de controlar los espasmos que le recorrían la pelvis. El calor interno lo estaba consumiendo vivo, latiendo detrás de sus ojos, haciéndole doler cada terminación nerviosa.

—No es... no es lo que crees —balbuceó Masato, pero una punzada de placer involuntario provocada por el simple roce de la tela de sus pantalones desechados contra su piel le arrancó un jadeo tembloroso—. Fue un... un error de destilación. Un residuo volátil. Vete, por favor. No puedo... no tengo tiempo para tus idioteces hoy.

—Se nota —repuso el albino.

Kou bajó la mirada hacia el colchón, donde el objeto de silicona yacía abandonado junto al muslo tembloroso de Masato. Una comisura de sus labios se curvó hacia arriba con ironía mordaz.

—Raíz de orquídea carmesí, supongo. El olor es asquerosamente dulce. Llena toda la habitación. ¿Desde cuándo un maestro en pociones comete un error tan novato? Debes de estar perdiendo el toque con la edad.

—¡Cállate! —estalló Masato, inclinándose hacia adelante con la intención de lanzarle un maleficio menor, pero el movimiento exigió demasiado de su cuerpo afiebrado. Un mareo súbito lo golpeó y cayó sobre sus manos en el centro del colchón, arqueando la espalda de manera involuntaria mientras su respiración se convertía en jadeos húmedos y desordenados—. Cállate la maldita boca y lárgate... Te juro que si no sales de aquí te voy a... voy a convertir esa sangre congelada tuya en vinagre...

—No estás en posición de amenazar a nadie, brujo —dijo Kou en un susurro gélido, aunque sus pupilas se habían dilatado hasta casi devorar el verde de sus iris.

El olor de la sangre de Masato, acelerada por el pulso frenético del afrodisíaco, inundaba la estancia. Para un vampiro, la sangre excitada tenía un matiz distintivo: más cálida, más densa, cargada de hormonas que despertaban los colmillos con una insistencia casi dolorosa. Kou sintió el aguijonazo familiar en sus encías, pero contuvo el apetito primario, concentrándose en el hombre que temblaba frente a él.

Kou subió a la cama sin prisa. Los muelles apenas crujieron bajo su peso muerto.

Masato intentó retroceder arrastrándose de espaldas, con la capucha resbalando finalmente para revelar su rostro empapado en sudor, los labios hinchados y los ojos rojos brillantes por una necesidad fisiológica que su cerebro intentaba rechazar en vano.

—No te acerques —suplicó el brujo, y esta vez el tono altanero se quebró por completo, dando paso a una nota genuina de desamparo—. Kou, hablo en serio. Si te quedas aquí... no voy a poder...

—¿No vas a poder qué? —inquirió Kou, inclinándose sobre él hasta acorralarlo entre sus brazos apoyados en el colchón—. ¿Usar ese pedazo de goma inútil mientras piensas en mí?

—¡Yo no estaba pensando en ti! —mintió Masato de inmediato, con la voz entrecortada, girando la cabeza hacia un lado para evitar la mirada penetrante del vampiro.

—Mientes pésimo cuando estás sobrio, y ahora estás intoxicado —replicó Kou suavemente, con una frialdad calculada que contrastaba de forma salvaje con el fuego que emanaba del cuerpo del brujo—. Estabas maldiciendo mi nombre hace tres minutos, antes de tirar las cosas en tu mesita de noche. ¿O vas a decirme que mi audición superior también está fallando?

Masato apretó la mandíbula, pero no pudo evitar soltar un sollozo ahogado cuando la rodilla de Kou se deslizó entre sus piernas abiertas, rozando apenas la parte más sensible de su anatomía a través de la tela de los pantalones del vampiro. El contacto, frío y firme, envió una corriente eléctrica que hizo que Masato curvara la cadera hacia arriba, buscando inconscientemente más presión.

—Maldita sea... —gimió el brujo, cerrando los ojos con rabia y vergüenza—. Odio esto. Odio que siempre tengas que aparecer exactamente cuando todo se va a la mierda.

—Tengo un don para los momentos inoportunos —admitió Kou con voz baja y ronca, acercando su rostro al cuello expuesto de Masato. Sintió el calor radiante de la piel ajena golpeándole la mejilla, el latido desbocado de la carótida llamándolo como un tambor de guerra—. Pero ambos sabemos que esa poción no se va a disipar si sigues jugando a ser autosuficiente. Las orquídeas carmesí exigen que el cuerpo se agote por completo antes de liberar el sistema nervioso. Vas a estar aquí hasta el amanecer si pretendes resolverlo tú solo.

—¿Y tú qué propones, genio? —Masato abrió los ojos, mirándolo con un desafío tembloroso, mientras sus dedos se aferraban a las solapas de la chaqueta oscura de Kou sin saber si quería apartarlo o atraerlo más—. ¿Vas a burlarte toda la noche o solo viniste a ser el vampiro arrogante de siempre?

En lugar de responder con palabras, Kou estiró una mano enguantada de cuero negro, tomó el juguete de silicona abandonado a un lado y lo arrojó sin miramientos fuera de la cama. El sonido del objeto rodando por el suelo de madera resonó como una sentencia definitiva en la habitación.

—Propongo que dejes de perder el tiempo con sustitutos mediocres —susurró Kou.

Con un movimiento deliberado, el vampiro le retiró los guantes tirando de las puntas con los dientes y los dejó caer al suelo. Sus manos, pálidas y heladas como el mármol, encontraron de inmediato los muslos febriles de Masato. El choque térmico fue tan brusco que el brujo jadeó con fuerza, arqueándose sobre las sábanas mientras un escalofrío violento le recorría la columna de pies a cabeza.

—Estás... frío —susurró Masato, pero lejos de apartarse, sus piernas se cerraron instintivamente alrededor de las caderas del vampiro, buscando apagar el incendio que lo devoraba con esa frialdad sepulcral.

—Y tú estás ardiendo —contestó Kou, subiendo las manos lentamente por sus muslos, levantando los faldones de la camisa blanca que apenas ocultaban nada—. Te advertí que no debías destilar esas porquerías cuando estás cansado. Los niños no están y lo primero que haces es intoxicarte en tu taller. Eres un desastre sin remedio, Arahara.

—Cierra la boca... —gimió Masato, echando la cabeza hacia atrás contra las almohadas cuando los dedos fríos y largos de Kou se envolvieron con firmeza alrededor de su miembro dolorido y empapado—. Cierra la boca y haz algo... por favor.

La última palabra, apenas un hilo de voz arrastrado por la desesperación del afrodisíaco, rompió la última barrera de contención que Kou se esforzaba por mantener.

El vampiro bajó la cabeza y capturó los labios de Masato en un beso hambriento, exigente y familiar. Hacía meses que no se tocaban, meses en los que solo se veían en la puerta para intercambiar mochilas escolares, reproches sarcásticos y miradas cargadas de palabras no dichas tras el divorcio. Pero la memoria del cuerpo era implacable. En cuanto la lengua fría de Kou invadió su boca, Masato respondió con la misma desesperación, enredando sus dedos en el cabello blanco del vampiro, atrayéndolo hacia abajo con una urgencia que no admitía orgullo.

Kou bombeó su mano con un ritmo lento y cruel, escuchando los gemidos ahogados que Masato soltaba contra su boca. Sentía el sabor del brujo, un toque metálico mezclado con la dulzura artificial de la poción que le quemaba las papilas gustativas. Con su otra mano libre, Kou desabrochó con rapidez su propio cinturón, apartando las telas necesarias con la impaciencia de quien lleva fingiendo indiferencia demasiado tiempo.

—Vas a tener que aguantarme —murmuró Kou contra los labios hinchados de Masato, separándose apenas unos milímetros para mirarlo a los ojos—. Dijiste que una o dos rondas no iban a ser suficientes.

Masato, con la mirada perdida en el techo y el pecho subiendo en estertores agitados, apretó las uñas contra la espalda del vampiro, desgarrando la fina tela de su camisa oscura.

—Haz lo que quieras... —jadeó el brujo, levantando las caderas en una invitación desesperada—. Solo haz que pare... Kou, por favor.

Kou no necesitó más permiso. Acomodó el cuerpo del brujo sobre las sábanas revueltas, buscando la alineación exacta que conocía de memoria, y empujó hacia adelante sin piedad, arrancándole a Masato un grito agudo que se perdió en la penumbra de la casa vacía. La calidez del brujo lo envolvió de inmediato, un contraste abrasador contra la frialdad eterna de su naturaleza no-muerta.

Afuera, la noche de la ciudad seguía su curso en silencio. Pero dentro de la habitación, las horas se consumieron entre suspiros quebrados, el roce violento de la piel y el calor incesante de un brebaje que tardaría mucho, mucho tiempo en dejar de arder.

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