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Nya 2

El peso de la costumbre

El primer impacto arrancó de la garganta de Masato un sonido que no tuvo nada de humano. Fue un quejido agudo, desgarrado, que rebotó contra las paredes de la habitación y se extinguió en el eco sordo de la madera antigua. Sus dedos, entumecidos por la fiebre de la poción, se clavaron con desesperación en los hombros de Kou, buscando un anclaje en medio del torbellino sensorial que amenazaba con destrozar su cordura.

Kou no se movió de inmediato. Mantuvo su peso sobre el brujo, respirando de manera acompasada, dejando que la anatomía de Masato se adaptara a la intrusión tras meses de abstinencia y distancia deliberada. El contraste entre ambos era casi violento: la piel de Masato ardía con la furia descontrolada de la alquimia mal ejecutada, irradiando un calor sofocante que olía a flores venenosas y azúcar quemada, mientras que el cuerpo de Kou permanecía frío, firme como una lápida de mármol pulido.

Para Masato, esa frialdad fue el único alivio tangible en un infierno personal.

—Maldito seas... —gimió el brujo entre dientes, ladeando el rostro contra la almohada empapada en sudor—. Eres... un desconsiderado...

—Y tú no tienes remedio —respondió Kou con voz ronca, pegando los labios al lóbulo de la oreja ajena—. ¿Preferías seguir retorciéndote solo hasta que los niños volvieran de la academia?

—Cállate... —suplicó Masato, pero el reproche perdió toda fuerza cuando arqueó la espalda hacia arriba de forma involuntaria, buscando más de esa fricción que empezaba a adormecer el dolor punzante en su bajo vientre.

Kou obedeció a su manera: guardó silencio y comenzó a moverse.

El ritmo inicial fue metódico, pausado y deliberadamente cruel. El vampiro conocía cada terminación nerviosa de Masato, cada rincón donde el placer solía transformarse en sumisión involuntaria, y utilizó ese conocimiento con la precisión quirúrgica que solo otorgan casi dos décadas de matrimonio y cientos de noches compartidas. Con cada embestida firme, Masato soltaba un jadeo roto, perdiendo el control de sus propios pulmones.

El afrodisíaco no era una droga común; era un compuesto diseñado para forzar la apertura de los canales mágicos a través del estímulo físico extremo. La savia de orquídea carmesí pulsaba en la sangre de Masato como fuego líquido, exigiendo una descarga continua de energía. Sentía chispas invisibles de magia estática saltar desde las yemas de sus dedos, rozando las sábanas y quemando microscópicos hilos de tela.

—Kou... no tan despacio, por favor —rogó el brujo, quebrando finalmente cualquier rastro de dignidad que le quedara—. No puedo... me quema por dentro. Más rápido.

Una sonrisa oscura, apenas un destello arrogante, cruzó los labios pálidos del vampiro.

—¿Dónde quedó tu orgullo, alquimista? —murmuró Kou, pero incrementó la velocidad sin demora.

El chirrido del marco de madera de la cama comenzó a marcar el compás en la penumbra. Kou lo tomó con fuerza de las caderas, clavando las yemas de sus dedos en la piel sensible hasta dejar marcas que tardarían días en desaparecer. La calidez del brujo lo envolvía con una intensidad casi asfixiante; para un ser cuya existencia carecía de pulso biológico, el calor frenético de Masato era un veneno adictivo, una llama a la que resultaba imposible no acercarse.

Masato envolvió sus piernas alrededor de la cintura de Kou, buscando hundirse más en ese contacto. El placer comenzó a nublarle la vista, pintando su visión de manchas carmesíes y destellos plateados. Cada movimiento del vampiro parecía desgarrarle un suspiro nuevo, empujándolo hacia un abismo del que no tenía intenciones de salvarse.

—Mírame —ordenó Kou en un susurro áspero.

Masato parpadeó, luchando contra el peso de sus párpados empapados de sudor, y fijó sus ojos rojos en los iris pálidos y felinos del vampiro. En la oscuridad, el verde de Kou brillaba con una ferocidad contenida, dilatado casi por completo por la cercanía de la sangre viva que golpeaba furiosa bajo la piel del cuello del brujo.

—Sigues siendo un desastre sin mí —dijo Kou, con una mezcla letal de condescendencia y afecto no admitido.

—Y tú... sigues siendo un arrogante insoportable —jadeó Masato, tirando del cabello blanco de Kou para obligarlo a descender—. Muerde.

La orden tomó a Kou por sorpresa, haciéndolo detenerse apenas una fracción de segundo.

—¿Qué dijiste?

—Muerde de una vez —repitió el brujo, exponiendo la curva tensa de su cuello, donde la yugular latía con una violencia desmedida—. La poción... necesita salir. Si drenas la carga mágica de la sangre superficial, el efecto se degradará más rápido. No te hagas el refinado ahora, sé que te estás muriendo de hambre.

Masato tenía razón, como de costumbre en lo referente a la teoría alquímica, pero había algo profundamente retorcido en escuchar una justificación puramente científica para un acto tan primitivo e íntimo. Kou miró la piel pálida y sudorosa, donde el aroma a mandrágora y vida palpitante era casi ensordecedor. Sus colmillos se deslizaron hacia abajo por puro instinto predatorio.

—No me culpes si después te mareas —advirtió el vampiro en voz baja.

—Solo hazlo.

Kou enterró los colmillos en el lateral del cuello de Masato con un movimiento rápido y certero.

El brujo gritó contra la almohada, pero no fue un grito de agonía. El dolor agudo de la mordida actuó como un pararrayos en medio de la tormenta sensorial, cortando la neblina dulce de la poción y aterrizándolo de golpe en la realidad. El veneno anestésico natural de la saliva de Kou se filtró en la herida casi de inmediato, convirtiendo el ardor de la carne desgarrada en un hormigueo eléctrico y adormecedor que recorrió su médula espinal.

El placer y el impacto se fundieron en un único estallido. Masato arqueó la espalda con violencia, convulsionando en el centro del colchón mientras un orgasmo devastador lo atravesaba de pies a cabeza, vaciando sus fuerzas y arrancándole sollozos entrecortados que quedaron atrapados en la tela de las sábanas.

Kou bebió. Solo tres tragos largos, medidos y cargados del calor abrasador de la magia concentrada, suficientes para calmar la bestia en su garganta y extraer el exceso de toxinas que envenenaban el flujo del brujo. Al mismo tiempo, aceleró el ritmo de sus caderas en un último empuje exigente, buscando su propio alivio antes de que la compostura que tanto se esforzaba por mantener terminara por romperse por completo.

Con un gruñido sordo, Kou derramó su simiente dentro del brujo, apretando la mandíbula mientras retiraba los colmillos con suavidad y cerraba la pequeña herida pasando su lengua fría sobre las marcas sangrantes.

El silencio volvió a desplomarse sobre la habitación con la pesadez de una losa.

Durante varios minutos, lo único que se escuchó fue la respiración agitada y dolorosa de Masato, cuyos pulmones luchaban por recuperar el ritmo habitual. El brujo yacía boca arriba, con los brazos extendidos y el cabello menta completamente apelmazado sobre la frente. La camisa blanca era una ruina empapada de sudor arrugada bajo sus axilas, y sus piernas desnudas aún temblaban con pequeños espasmos involuntarios.

Kou se separó con lentitud y se sentó al borde de la cama, dándole la espalda. Los muelles se quejaron bajo el cambio de peso. El vampiro miró sus propias manos, manchadas con un ligero rastro de fluidos y sudor ajeno, antes de pasar los dedos por su largo cabello blanco para acomodarlo hacia atrás. Su respiración, a diferencia de la del brujo, volvió a ser imperceptible en cuestión de segundos.

—Una hora y media —dijo Kou, rompiendo la calma con su habitual tono monótono—. Eso tardó la mayor parte del residuo en quemarse. Tu resistencia mágica es patética para tu edad.

Masato no respondió de inmediato. Miró fijamente las vigas de madera oscura del techo, sintiendo el vacío frío que Kou había dejado tras apartarse. El calor sofocante de la orquídea carmesí finalmente había menguado, dejando en su lugar un agotamiento muscular aplastante y un amargo sabor a derrota en la boca.

—Límpiate y lárgate —dijo Masato con un hilo de voz, seca y rasposa.

Kou giró ligeramente la cabeza, observándolo por encima del hombro. La luz de la vela casi se había consumido, reducida a una pequeña llama titilante que proyectaba sombras alargadas sobre sus facciones afiladas.

—¿Ni siquiera un agradecimiento? Te ahorré cinco horas de un calvario bastante humillante.

—Nadie te pidió que vinieras —replicó Masato, girándose con pesadez sobre su costado para quedar de espaldas al vampiro, encogiéndose sobre sí mismo—. Forzaste mi puerta. Invadiste mi casa. Te aprovechaste de un accidente de laboratorio.

—No me pareció que te estuvieras quejando hace diez minutos —soltó Kou con ironía, levantándose del colchón para comenzar a abrocharse los pantalones con movimientos elegantes y mecánicos—. De hecho, me rogaste que fuera más rápido. Y que te mordiera. Dos veces.

Masato cerró los ojos con fuerza, deseando que la tierra se abriera y se lo tragara. El bochorno era mil veces peor ahora que la mente le funcionaba con relativa claridad.

—Estaba intoxicado, imbécil. Sabes perfectamente cómo funciona esa porquería.

—Lo sé. —Kou recogió su chaqueta del suelo y se la sacudió con una mano—. Por eso me quedé. Si hubiese sido cualquier otra persona, te habría dejado lidiar con tus propias estupideces.

La habitación volvió a sumirse en una quietud tensa. Masato jaló un extremo de la manta con un brazo pesado para cubrirse el torso desnudo. A pesar del sudor, un escalofrío repentino lo hizo tiritar. El efecto secundario habitual tras una purga mágica era una caída brusca de la temperatura corporal.

Escuchó el crujido de los pasos de Kou alejándose hacia la puerta, y una punzada absurda y contradictoria le apretó el pecho. Eran divorciados. Habían acordado mantener la distancia, limitarse a los asuntos de los tres niños y no cruzar la línea que los había llevado a destrozarse mutuamente durante los últimos años de convivencia. Pero cada vez que se encontraban en el mismo espacio, la gravedad entre ellos parecía empeñada en burlarse de sus acuerdos legales y de su supuesto sentido común.

—¿A qué viniste realmente, Kou? —preguntó Masato al aire, sin darse la vuelta.

El vampiro se detuvo en el umbral. Con la mano apoyada en el marco de la puerta, permaneció inmóvil durante unos segundos, con la silueta oscura recortada contra la penumbra del pasillo.

—Rei olvidó su cuaderno de alquimia básica en mi departamento el fin de semana pasado —respondió Kou con voz plana, sin rastro del sarcasmo previo—. Lo necesita para su clase de botánica de las tres de la mañana. Iba a dejárselo sobre la mesa del comedor para que no tuviera que pedírtelo a ti antes de que amanezca.

Masato parpadeó en la oscuridad. Rei, su segundo hijo, siempre olvidaba sus pertenencias cuando pasaba los días libres con Kou.

—Pudiste haberlo dejado en la entrada e irte —murmuró el brujo.

—Pude —admitió Kou.

El vampiro no ofreció ninguna excusa más. No dijo que había olido la poción desde la calle, ni que se había preocupado al no escuchar los ruidos habituales del laboratorio en una noche donde sabía que Masato se quedaba solo, ni mucho menos que la simple idea de que alguien más pudiera estar en esa habitación le había provocado un impulso homicida. Kou Arahara preferiría caminar bajo el sol del mediodía antes que admitir en voz alta que todavía le importaba lo que ocurriera bajo ese techo.

Metió una mano en el bolsillo de su abrigo, sacó un pequeño cuaderno forrado en cuero verde y lo colocó sobre la mesita de noche junto a la vela moribunda, al lado del frasco de ungüentos de Masato.

—Le puse un cerrojo nuevo a la puerta trasera —añadió Kou mientras daba media vuelta—. El que tenías estaba oxidado. Cualquiera con nociones básicas de ganzúa podría haber entrado.

Masato soltó una risa seca, casi inaudible.

—Tú eres el único que entra aquí sin permiso.

—Precisamente por eso lo cambié. La próxima vez tendré que tomarme la molestia de romper una ventana si decides volver a intoxicarte con tus propios experimentos.

Kou comenzó a caminar hacia el pasillo. Sus pasos eran tan silenciosos que parecían pertenecer a un espectro, pero antes de que pudiera cruzar la sala hacia la salida, la voz de Masato lo detuvo una vez más, esta vez desprovista de veneno o aspereza.

—Kou.

El vampiro no respondió, pero sus pasos cesaron.

—La sangre... —Masato tragó saliva, mirando hacia la pared con la manta apretada contra la barbilla—. El residuo de mandrágora puede dejarte un regusto amargo. Hay infusión de menta lunar en la cocina, en el frasco azul. Tómala antes de irte para que no te dé náuseas.

Hubo una pausa prolongada. El aire entre ellos, cargado de memorias no resueltas y el peso inevitable de la costumbre, pareció volverse un poco más denso.

—No necesito tu té de hierbas —respondió Kou con frialdad.

Sin embargo, unos segundos después, Masato escuchó el leve crujido de los tablones de la cocina, seguido por el tintineo inconfundible de la tapa de cerámica del frasco azul al ser retirada con cuidado.

Una pequeña y cansada sonrisa curvó las comisuras de los labios del brujo antes de cerrar los ojos, dejándose caer finalmente en un sueño profundo y sin sueños mientras el eco de la puerta principal cerrándose con llave anunciaba la partida del vampiro hacia la noche fría.

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