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oc x todoroki

Entre el estruendo y el silencio de las hojas

El aire en los dormitorios de la Academia U.A. estaba cargado de una pesadez que ningún sistema de ventilación podía purificar. No era el humo de las explosiones de Bakugo ni el vapor de los entrenamientos; era el aroma del miedo residual y la culpa colectiva. El campamento de verano, que debía ser un prólogo de superación, se había transformado en un capítulo de pesadilla.

Daniela Paredes caminaba de un lado a otro en la sala común, sus pasos rítmicos eran lo único que rompía el silencio sepulcral del edificio. El secuestro de Bakugo había dejado una herida abierta en la clase 1-A, pero para Dani, la angustia tenía un nombre específico y un matiz bicolor. Cuando se enteró de que Shoto, junto con Midoriya, Kirishima, Yaoyorozu e Iida, se habían marchado por su cuenta para rescatar a su compañero, sintió que el mundo se desdibujaba.

Ella, que siempre encontraba consuelo en la lógica de los libros y en la estructura de las rimas, no podía hallar una metáfora lo suficientemente fuerte para contener el pánico de perderlo. Había pasado horas analizando cada escenario posible, sentada en el sofá con un libro abierto en su regazo cuyas páginas no había pasado ni una sola vez.

De repente, el sonido de la puerta principal deslizándose hizo que su corazón diera un vuelco.

Aparecieron primero Midoriya y Kirishima, apoyados el uno en el otro, cubiertos de polvo y con la mirada de quienes han visto el abismo de cerca. Luego, Iida y Yaoyorozu. Y finalmente, al final del grupo, apareció él.

Shoto Todoroki entró con su habitual paso pausado, pero sus hombros estaban caídos y su rostro, normalmente inexpresivo, mostraba las huellas del agotamiento extremo y de una tensión que no terminaba de disiparse. Tenía la ropa rasgada y una mancha de hollín cruzándole la frente, justo sobre su cicatriz.

Dani se quedó inmóvil por un segundo, procesando que estaba allí, que era real y que no era una de esas tragedias literarias donde el protagonista no regresa. El alivio la golpeó con la fuerza de un Quirk de impacto, pero justo detrás llegó la rabia, esa chispa volcánica que rara vez mostraba pero que era tan peruana como su amor por la libertad.

Se acercó a él con pasos rápidos, ignorando las miradas cansadas de los demás. Shoto se detuvo al verla, abriendo la boca para decir algo, quizás una disculpa o un saludo neutro, pero Dani no le dio tiempo.

—Eres un idiota —soltó ella, con la voz temblorosa pero firme.

Shoto parpadeó, desconcertado por la brusquedad.

—Daniela, yo...

—Eres un completo, absoluto y literario idiota, Shoto Todoroki —lo interrumpió, dando un paso más hacia su espacio personal—. ¿En qué demonios estabas pensando? Irte así, sin un plan oficial, arriesgándote a que te expulsaran o algo peor... a que te mataran. ¿Acaso crees que eres el protagonista de una novela de caballería que no puede morir? ¡Esto no es ficción!

Shoto bajó la mirada, incapaz de sostener la intensidad de esos ojos que normalmente lo miraban con dulzura.

—Teníamos que salvarlo —murmuró él con voz ronca—. No podía quedarme sentado mientras mis compañeros sufrían. Tú misma dijiste que el hogar es donde nos protegemos.

—¡Pero no a costa de tu vida! —exclamó ella, y por primera vez, las lágrimas que había estado conteniendo empezaron a nublar su vista—. Los libros terminan, Shoto. Las páginas se acaban. Pero yo no quería que tu historia se detuviera hoy.

Antes de que él pudiera responder, Dani acortó la distancia final y lo rodeó con sus brazos, hundiendo su rostro en el pecho de su uniforme escolar sucio. Fue un abrazo desesperado, uno que buscaba confirmar que sus costillas aún subían y bajaban con la respiración, que su corazón seguía latiendo con ese ritmo constante que ella tanto conocía.

Shoto se quedó rígido por un instante, sorprendido por el contacto físico tan directo, pero lentamente, como si estuviera aprendiendo a leer un lenguaje nuevo, sus brazos rodearon la cintura de Dani. Su lado izquierdo emanaba un calor reconfortante, mientras que el derecho mantenía esa frescura que ella siempre encontraba necesaria.

—¿Estás bien? —preguntó ella contra su pecho, su voz ahora apenas un susurro quebrado—. Por favor, dime que estás bien.

Shoto cerró los ojos, apoyando su barbilla sobre la cabeza de Dani. El olor a papel viejo y café que siempre la acompañaba lo envolvió, actuando como un bálsamo sobre sus nervios destrozados. En ese momento, el estruendo de la batalla de Kamino y el miedo a All For One se sintieron como ecos lejanos.

—Estoy bien —respondió él, apretándola un poco más contra sí—. Estamos todos bien. Bakugo está a salvo.

—Me asustaste —dijo ella, separándose solo lo suficiente para mirarlo a la cara, aunque no soltó el agarre de su chaqueta—. Cuando me di cuenta de que no estabas en el hospital ni en los dormitorios... sentí que me faltaba un capítulo entero. No vuelvas a hacer eso, Shoto. No vuelvas a saltarte las reglas de esa manera sin avisarme.

Shoto la observó con una ternura que rara vez permitía que otros vieran. Sus dedos, aún manchados de ceniza, se elevaron para apartar un mechón de cabello del rostro de Dani.

—No fue mi intención causarte este dolor —dijo él con sinceridad—. Solo... sentí que era lo correcto. Pero ahora me doy cuenta de que mi seguridad también afecta tu historia.

—Claro que la afecta, tonto —replicó ella con una pequeña risa triste, secándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Eres mi personaje favorito, ¿recuerdas? Y los personajes favoritos no mueren en la mitad del libro.

Shoto asintió, dejando que sus frentes se rozaran por un segundo. El silencio en la sala común se había vuelto respetuoso; sus compañeros habían subido a sus habitaciones o se habían retirado a la cocina, dándoles ese pequeño espacio de intimidad que tanto necesitaban.

—¿Qué libro me tienes preparado para olvidar esto? —preguntó Shoto, intentando aligerar el ambiente mientras caminaban hacia el sofá, todavía sin soltarse del todo.

Dani soltó un suspiro largo, dejando que la tensión abandonara finalmente su cuerpo. Se sentó a su lado, pegada a su hombro, sintiendo la solidez de su presencia.

—Algo con un final feliz obligatorio —sentenció ella—. Nada de sacrificios heroicos, nada de huérfanos en la nieve, nada de revoluciones francesas sangrientas. Tal vez algo de realismo mágico. Algo donde la gente vuela porque es feliz, no porque tenga un Quirk de propulsión.

—Suena bien —dijo Shoto, dejando caer su cabeza hacia atrás contra el respaldo del sofá—. Me vendría bien un poco de magia que no queme.

Dani se quedó mirándolo de perfil. La luz de la sala común resaltaba las líneas de su rostro, y por un momento, se permitió ser simplemente la chica que amaba las historias. Tomó la mano de Shoto y entrelazó sus dedos con los de él.

—¿Sabes? —comentó ella—. Cuando estaba esperándote, pensé en una frase de un autor de mi tierra. Decía que "hay golpes en la vida, tan fuertes... yo no sé". Hoy sentí uno de esos golpes. Pero verte entrar por esa puerta fue como si alguien hubiera reescrito el final de una tragedia para convertirla en una esperanza.

Shoto apretó su mano, sintiendo la calidez de la joven peruana filtrarse por sus poros.

—Gracias por esperarme, Dani. Y por decirme que soy un idiota. Creo que necesitaba que alguien me lo recordara.

—Oh, no te preocupes —respondió ella con un brillo travieso recuperando su lugar en sus ojos—. Te lo recordaré cada vez que sea necesario. Es parte de mi encanto.

Se quedaron allí sentados durante mucho tiempo, mientras el resto de la academia se sumía en el silencio de la noche. No necesitaban más palabras; el contacto de sus manos y la cercanía de sus respiraciones eran suficientes para sanar las grietas que la violencia del mundo exterior había intentado abrir en ellos.

Dani sabía que vendrían tiempos difíciles. Las noticias hablaban del retiro de All Might, del cambio inminente en la sociedad de héroes y de una oscuridad que parecía acechar en cada esquina. Pero mientras tuviera a Shoto a su lado, y mientras hubiera libros que leer y historias que compartir, sentía que podían enfrentarse a cualquier epopeya.

—Mañana —dijo Shoto, su voz ya medio dormida—, me contarás más sobre ese libro de la gente que vuela por felicidad.

—Mañana —prometió Dani, recostando su cabeza en el hombro de él—. Y pasado mañana, y el día después de ese. Nuestra historia tiene muchas páginas por delante, Shoto. Y esta vez, nos aseguraremos de que nadie se salte los párrafos importantes.

Mientras el sueño los vencía en el sofá de la sala común, la Academia U.A. parecía un poco menos fría. En medio de las cenizas de una batalla que cambió el mundo, dos jóvenes habían encontrado su propio refugio, un lugar donde el fuego no destruía y el hielo no aislaba, sino que ambos servían para proteger la calidez de un encuentro que ningún villano podría borrar jamás.

Esa noche, Daniela no soñó con monstruos ni con secuestros. Soñó con bibliotecas infinitas donde Shoto siempre la encontraba entre los estantes, y donde la palabra "idiota" era solo otra forma de decir "te quiero más de lo que las palabras pueden expresar".