Ocean eyes
El sol de la victoria y el peso de la sangre
La luz del Mediterráneo entraba con una insolencia alegre por los ventanales de la casa de Pedri en Castelldefels. Era esa luz clara de las mañanas de Barcelona que parecía prometer que nada malo podía ocurrir bajo su vigilancia. Camila se despertó con el sonido de las olas de fondo y el murmullo de voces que subía desde la planta baja. Por primera vez en meses, no sintió ese nudo de ansiedad en el estómago al abrir los ojos. Estaba en casa.
Al bajar las escaleras, se encontró con una escena que parecía sacada de un anuncio de felicidad doméstica, pero con el toque caótico que solo Gavi y Pedri podían aportar. Gavi estaba sentado en la isla de la cocina, todavía con la ropa de entrenamiento puesta, devorando un tazón de cereales mientras gesticulaba animadamente con una cuchara. Pedri, frente a él, intentaba preparar café con una calma que contrastaba con la energía eléctrica de su amigo.
— ¡Pequeña! —exclamó Pedri al verla aparecer por el último escalón—. Pensábamos que te quedarías durmiendo hasta el próximo partido de Liga.
Camila sonrió, acercándose para darle un beso en la mejilla a su hermano y luego dejándose rodear por el brazo de Gavi, que la atrajo hacia él con una naturalidad posesiva.
— El jet lag está empezando a perdonarme la vida —dijo ella, robándole una cucharada de cereales a Gavi—. ¿Qué hacéis despiertos tan temprano? Es vuestro día libre.
— Pablo ha decidido que el concepto de "día libre" incluye despertarme a las siete de la mañana para analizar jugadas del entrenamiento de ayer —suspiró Pedri, aunque sus ojos brillaban con diversión—. Dice que tiene demasiada energía acumulada.
— Es la adrenalina, Pedri, la adrenalina —respondió Gavi, mirando a Camila con una intensidad que le hizo sonrojar—. Tener a Cami aquí es mejor que cualquier bebida energética. Siento que podría correr tres maratones seguidos.
— Por favor, no corras nada —rio Camila, acariciándole el pelo castaño—. Quédate aquí sentado un rato.
La atmósfera era ligera, pero Camila notó que Pedri mantenía una carpeta de cuero cerrada sobre la mesa, justo al lado de su taza de café. Su hermano siempre había sido el protector, el que cargaba con los pesos que ella no debía ver, y sabía que esa carpeta no contenía tácticas de Xavi Hernández.
— Pedri —dijo ella, suavizando el tono—, ¿qué hay en la carpeta?
El silencio cayó sobre la cocina. Gavi dejó de comer y Pedri intercambió una mirada rápida con el sevillano.
— Son los abogados, Cami —respondió Pedri finalmente, abriendo la carpeta—. Nuestros padres y el tío Luis no se han tomado bien que te quedaras aquí. Han enviado una notificación formal. Dicen que, como aún tienes trámites pendientes con la universidad en Estados Unidos que ellos financiaron, tienes una "deuda moral y financiera" con la familia.
— ¿Deuda? —Camila sintió que el frío volvía a su pecho—. Me enviaron allí para alejarme de ti, Pedri. Para que no pudieras influir en mí mientras ellos intentaban gestionar tu patrimonio sin que yo hiciera preguntas.
— Lo sabemos —dijo Gavi, su voz volviéndose gélida, esa faceta de guerrero que mostraba en el campo emergiendo de repente—. Y no van a tocarte un solo pelo, Cami. Laporta ya está al tanto de la situación. El club ha puesto a nuestra disposición a su equipo legal. No es solo una cuestión de hermanos, es que están intentando extorsionar a un jugador del Barça usando a su familia. Y eso el club no lo permite.
Camila se sentó en uno de los taburetes, sintiendo el calor de la mano de Gavi sobre la suya.
— No quiero que esto salpique vuestras carreras —murmuró ella—. Ya tenéis suficiente presión con la prensa y los partidos como para que mi familia se convierta en un circo mediático.
— Escúchame, pequeña —dijo Pedri, rodeando la mesa para ponerse frente a ella—. Tú no eres un problema. Eres mi hermana. Durante años, ellos han manejado los hilos porque estábamos separados. Pero ahora estás aquí. Ya no pueden amenazarme con quitarte la financiación o con no dejarte volver. El dinero que piden... es calderilla comparado con la tranquilidad de tenerte a salvo.
— No se trata del dinero, Pedri —intervino Gavi, golpeando la mesa con suavidad pero con firmeza—. Se trata de que entiendan que se acabó. He hablado con mis agentes. Vamos a emitir un comunicado conjunto si es necesario. Si tocan a Camila, me tocan a mí. Y el mundo entero sabe que yo no me callo nada.
La determinación en los ojos de Gavi siempre había sido su rasgo más atractivo, pero ahora era también su mayor consuelo. Camila se dio cuenta de que ya no era la niña que necesitaba ser escondida.
— Quiero ir con vosotros hoy a la Ciudad Deportiva —dijo ella de repente—. No quiero quedarme aquí encerrada esperando noticias. Si los abogados van a estar allí, quiero escucharlo todo.
— No sé si es buena idea, Cami —dudó Pedri—. Habrá prensa en la puerta.
— Que la haya —respondió ella con una firmeza que sorprendió a ambos—. Si me escondo, les doy la razón. Si salgo con vosotros, les demuestro que no tengo miedo. Soy una Gonzales, igual que tú, Pedri. Y es hora de que la familia entienda que los Gonzales de esta casa somos nosotros dos.
Gavi soltó una carcajada de puro orgullo y le dio un beso sonoro en la sien.
— ¡Esa es mi chica! —exclamó—. Prepárate, que nos vamos. Les vamos a enseñar lo que es una defensa de tres.
El trayecto a la Ciudad Deportiva Joan Gamper fue rápido. Camila iba en el asiento de atrás del coche de Pedri, mientras Gavi, de copiloto, no paraba de cambiar las canciones de la radio para intentar relajar el ambiente. Al llegar a la entrada, los fotógrafos se agolparon contra los cristales tintados. Los flashes iluminaron el interior del vehículo como una tormenta eléctrica.
— Cabeza alta, pequeña —susurró Pedri mientras bajaban del coche en el parking privado.
Dentro, el ambiente era diferente. Los compañeros de equipo pasaban hacia el gimnasio o el comedor, y muchos se detenían a saludar. Ferran Torres se acercó con una sonrisa amplia.
— ¡Hombre, la famosa hermana! —dijo chocando la mano con Pedri y dándole un abrazo a Gavi—. Bienvenida al manicomio, Camila. Si estos dos te molestan mucho, dímelo y yo los pongo en su sitio.
— Gracias, Ferran —rio ella, sintiendo cómo la tensión abandonaba sus hombros—. Creo que los tengo bastante controlados.
Se dirigieron a una de las salas de reuniones privadas del edificio administrativo. Allí los esperaba un hombre de aspecto impecable, uno de los abogados más prestigiosos de la ciudad. Sobre la mesa, más papeles y una grabadora.
— Buenos días, señores Gonzales, señor Páez —saludó el abogado—. He revisado las demandas de sus familiares. Jurídicamente, no tienen ningún recorrido. Camila es mayor de edad y los fondos utilizados para su educación provenían de una cuenta a nombre de Pedri. Lo que están haciendo es un intento burdo de chantaje emocional.
— Quieren una reunión —dijo Pedri, sentándose—. Mi padre llamó ayer. Dice que quiere hablar "en familia".
— No habrá reuniones privadas —sentenció el abogado—. Si quieren hablar, será a través de este despacho. Pero hay algo más. Han sugerido que, si no hay un acuerdo económico, hablarán con ciertos programas de televisión sobre la "influencia negativa" que Gavi está teniendo sobre la estabilidad de la familia Gonzales.
Gavi se puso de pie, sus nudillos volviéndose blancos mientras se apoyaba en el respaldo de la silla.
— ¿Influencia negativa? —su voz era un susurro peligroso—. ¿Yo? Lo único que he hecho es querer a Camila y cuidarla mientras ellos la usaban como moneda de cambio.
— Pablo, siéntate —pidió Camila con suavidad. Se giró hacia el abogado—. ¿Qué pasa si les damos lo que quieren? ¿Si les pagamos para que se vayan?
— Volverán —respondió el abogado con sinceridad—. Este tipo de dinámicas no terminan con un cheque. Terminan con una barrera legal y pública.
Camila miró a su hermano y luego a Gavi. Vio el cansancio en los ojos de Pedri, el peso de años de ser el sustento de personas que no lo apreciaban. Y vio en Gavi la rabia de quien quiere proteger lo que ama a toda costa.
— No les daremos nada —dijo Camila—. Ni un euro, ni una palabra en privado. Vamos a solicitar una orden de alejamiento si es necesario, basándonos en el acoso de las últimas semanas. Y si quieren ir a la televisión, que vayan. Nosotros tenemos la verdad, y Pedri tiene el cariño de toda una afición que sabe quién es quién en esta historia.
— Es lo más valiente, pero también lo más difícil —advirtió el abogado.
— Estamos acostumbrados a los partidos difíciles —intervino Pedri, recuperando su sonrisa tranquila—. ¿Verdad, Gavi?
— El descuento es nuestra especialidad —asintió el rubio, guiñándole un ojo a Camila.
Al salir de la reunión, se cruzaron con Xavi Hernández en el pasillo. El entrenador se detuvo, mirando al trío con una mezcla de autoridad y afecto paternal.
— Pedri, Gavi, al campo en diez minutos —dijo Xavi. Luego miró a Camila—. Me alegra verte por aquí, Camila. Tu hermano juega mejor cuando sabe que estás cerca. Quédate a ver el entrenamiento si quieres, aquí estás a salvo.
— Gracias, míster —respondió ella con sinceridad.
Camila se sentó en la grada de uno de los campos secundarios, observando cómo los chicos se ejercitaban. Ver a Gavi correr, pelear cada balón como si fuera el último de su vida, y ver a Pedri deslizarse por el césped con esa elegancia canaria, le devolvió la perspectiva. Ellos eran estrellas, sí, pero también eran solo dos chicos que la querían.
A mitad del entrenamiento, su teléfono vibró en el bolsillo. Era un número desconocido. Dudó un momento antes de contestar.
— ¿Dígame?
— Camila, soy tu padre. No cuelgues.
La voz de su padre sonaba quebrada, pero Camila ya no era la niña que se dejaba engañar por las lágrimas de cocodrilo.
— No tienes nada que decirme que no pase por el abogado, papá.
— Solo queremos que vuelvas a casa unos días. Tu tío Luis ha tenido un problema con unos inversores y... necesitamos que hables con Pedri. A ti te escucha. Si no nos ayudáis, perderemos la casa de la isla.
— La casa de la isla se compró con el dinero del primer contrato de Pedri, ese que dijisteis que era para "asegurar nuestro futuro" —dijo Camila, su voz firme reverberando en la grada vacía—. Si Luis ha tenido problemas con sus negocios turbios, no es responsabilidad de mi hermano. No voy a volver, y no voy a pedirle nada a Pedri. Se acabó, papá. Dejadnos en paz.
— ¡No puedes hacernos esto! —gritó el hombre al otro lado—. ¡Somos tu sangre!
— La sangre nos hace parientes, pero la lealtad nos hace familia —sentenció Camila—. Y mi familia está ahora mismo ahí abajo, entrenando bajo el sol. Adiós, papá.
Colgó el teléfono y bloqueó el número con un movimiento decidido de los dedos. Sintió como si una armadura invisible se terminara de ajustar a su cuerpo.
Cuando el entrenamiento terminó, Gavi fue el primero en subir a la grada, empapado de sudor y con una sonrisa de oreja a oreja. Se sentó a su lado, sin importarle mancharla de césped.
— ¿Todo bien? Te he visto con el móvil —preguntó él, escrutando su rostro.
— Era mi padre —respondió ella, guardando el aparato—. Ha intentado el último truco. La culpa. Pero ya no funciona, Pablo. Por primera vez, no ha funcionado.
Gavi la rodeó con sus brazos, ocultando su rostro en el cuello de ella.
— Estoy tan orgulloso de ti, pequeña —susurró—. No te imaginas cuánto.
Pedri se unió a ellos poco después, secándose la cara con una toalla.
— ¿Habéis terminado de ser empalagosos? —bromeó el canario—. El club nos ha invitado a comer en el comedor del primer equipo. Dicen que quieren que Camila se familiarice con el lugar, porque parece que va a pasar mucho tiempo aquí.
Comieron entre risas, rodeados de los jugadores que Camila solo había visto por televisión. Lewandowski le hizo una broma sobre la intensidad de Gavi, y Balde le preguntó por su vida en Estados Unidos. Por un momento, el fantasma de su familia desapareció por completo, sustituido por la camaradería de un vestuario que la aceptaba como una más.
Al caer la tarde, regresaron a Castelldefels. Gavi se quedó a cenar con ellos. Alejandra, la novia de Pedri, llegó más tarde con pizzas y vino, y los cuatro se sentaron en el jardín, frente a la piscina, mientras el cielo se teñía de violeta y naranja.
— ¿Sabéis qué es lo que más me gusta de que hayas vuelto? —preguntó Alejandra, dándole un sorbo a su copa.
— ¿El qué? —quiso saber Camila.
— Que por fin veo a estos dos relajados. Pedri ya no mira el móvil cada cinco minutos con cara de pánico, y Gavi... bueno, Gavi ha dejado de dar patadas a las paredes del vestuario.
— ¡Oye! Solo fue una vez —protestó Gavi, aunque se puso rojo como un tomate.
— Fueron tres, Pablo, y lo sabes —rio Pedri.
Camila miró a los tres. Pedri, su hermano, el que había sacrificado su propia paz para que ella tuviera una oportunidad de estudiar lejos del conflicto. Gavi, el chico rubio de mirada intensa que la amaba con una ferocidad que la asustaba y la maravillaba a partes iguales. Y Alejandra, que se había convertido en la hermana que nunca tuvo.
— Gracias —dijo Camila en voz baja, interrumpiendo las bromas.
Los tres se quedaron en silencio, mirándola.
— Gracias por no dejarme sola —continuó ella—. Volver de sorpresa fue un impulso, una huida desesperada. Pero estar aquí... me ha hecho darme cuenta de que no estaba huyendo de algo, sino que estaba corriendo hacia vosotros.
Gavi le tomó la mano por debajo de la mesa, entrelazando sus dedos con fuerza.
— No vas a volver a correr sola, Cami —dijo él—. Nunca más.
— Y si alguien intenta seguirte —añadió Pedri con esa calma canaria que ahora sonaba a acero—, tendrá que pasar por encima de nosotros.
Esa noche, cuando Gavi se despidió con un beso largo y prometedor en la puerta, y cuando Pedri le dio el último abrazo de "buenas noches, pequeña", Camila se acostó en su habitación. Miró el techo y escuchó el rumor del mar. Sabía que los abogados tendrían trabajo, que habría titulares incómodos y que su padre y su tío no se rendirían fácilmente.
Pero también sabía que tenía un escudo que ninguna demanda podía romper. Tenía la lealtad de un hermano que era el mejor jugador del mundo en su posición, y el amor de un chico que no conocía el significado de la palabra rendirse.
Camila Gonzales, la castaña de diecinueve años que volvió de USA de sorpresa, cerró los ojos y durmió profundamente. Ya no era una fugitiva. Era una mujer que había reclamado su lugar en el mundo, en su ciudad y en el corazón de los que más quería. Y esa, pensó antes de quedarse dormida, era la victoria más dulce de todas.
El sol de Barcelona volvería a salir mañana, y ella estaría allí para recibirlo, sin miedo, sin deudas y, por fin, en libertad.