Ocean eyes
Fuego lento bajo la luna de Barcelona
La casa de Pedri se sentía inusualmente silenciosa. Después de la cena de celebración y de semanas de tensión acumulada, Pedri y Alejandra habían decidido pasar la noche en un hotel boutique en la Costa Brava, un regalo improvisado de Gavi para "agradecerles" su hospitalidad, aunque todos sabían que la verdadera intención era dejarles el campo libre.
Camila estaba de pie en el balcón del salón, observando cómo las luces de la ciudad centelleaban a lo lejos. Llevaba una de las camisetas de entrenamiento de Gavi, que le quedaba enorme y le rozaba los muslos, y el aire fresco de la noche barcelonesa le erizaba la piel. Sintió unos pasos suaves detrás de ella y, poco después, el calor inconfundible de un cuerpo pegándose a su espalda.
—¿En qué piensas, pequeña? —susurró Gavi, rodeándole la cintura con sus brazos y apoyando la barbilla en su hombro.
—En que todavía no me creo que estemos solos —respondió ella, inclinando la cabeza para buscar el contacto de su mejilla—. Sin abogados, sin guardaespaldas en la puerta de al lado, sin mi hermano vigilando que no nos acerquemos demasiado en el sofá.
Gavi soltó una risa ronca que vibró contra la espalda de Camila. Sus manos, grandes y ásperas por el roce constante con el balón y el césped, empezaron a acariciar su vientre por encima de la fina tela de la camiseta.
—Pedri es un pesado, pero tiene buen corazón —dijo Gavi, dejando un rastro de besos lentos por el cuello de ella—. Aunque tengo que admitir que mandarlo a la costa ha sido la mejor inversión de mi vida. No aguantaba ni un segundo más sin tenerte así.
Camila se giró entre sus brazos, quedando frente a él. La luz de la luna bañaba el rostro de Gavi, resaltando esa mandíbula marcada y los ojos que, en la oscuridad, brillaban con una intensidad que siempre la hacía flaquear. Ella llevó sus manos al cuello de él, enredando los dedos en los mechones castaños de su nuca.
—Te he echado tanto de menos, Pablo —murmuró ella, acortando la distancia hasta que sus labios casi se rozaban—. En Boston, el frío parecía meterse en los huesos, y lo único que me mantenía caliente era recordar cómo me mirabas.
—Pues mírame ahora —respondió él con voz grave—, porque no pienso dejar de hacerlo en toda la noche.
Gavi la besó con una urgencia contenida, una mezcla de hambre acumulada durante meses y la ternura de quien finalmente ha recuperado su tesoro más preciado. Camila respondió con la misma intensidad, abriendo los labios para invitarlo a profundizar el contacto. Sus lenguas se encontraron en una danza familiar y desesperada, mientras las manos de Gavi bajaban hasta sus caderas, apretándola contra él para que ella pudiera sentir lo mucho que la deseaba.
—¿Estás segura? —preguntó él entre besos, deteniéndose un segundo para mirarla a los ojos, buscando cualquier rastro de duda—. No quiero presionar nada, Cami. Solo quiero que estés bien.
—Nunca he estado más segura de nada en mi vida —respondió ella, tomando su rostro entre las manos—. Te quiero, Pablo. Y te quiero ahora.
Gavi no necesitó más. La levantó en vilo, y Camila rodeó su cintura con las piernas instintivamente, soltando un pequeño jadeo cuando él la pegó contra la pared de cristal del balcón. El contraste del cristal frío contra su espalda y el calor abrasador del cuerpo de Gavi la hizo estremecerse.
—Eres tan hermosa —susurró él, bajando los besos hacia su clavícula mientras una de sus manos se colaba por debajo de la camiseta, acariciando la piel suave de su espalda—. He soñado con esto cada noche desde que te fuiste.
—Demuéstramelo —desafió ella, arqueando el cuerpo hacia él.
Gavi la llevó hacia la habitación principal a paso rápido, sin romper el beso por más de un segundo. Al entrar, la luz de las farolas de la calle se filtraba por las persianas a medio cerrar, creando un juego de luces y sombras sobre la cama deshecha. La dejó caer con suavidad sobre el colchón y se deshizo de su propia camiseta con un movimiento impaciente, dejando a la vista ese torso atlético y fibrado que Camila tantas veces había visto en las portadas de los periódicos, pero que ahora le pertenecía solo a ella.
Él se situó sobre ella, apoyando el peso en sus antebrazos para no aplastarla, y volvió a capturar sus labios. Sus manos empezaron a explorar el cuerpo de Camila con una lentitud tortuosa, subiendo por sus muslos hasta llegar al borde de la ropa interior. Cada caricia era una promesa, cada suspiro de ella era combustible para el fuego que ardía en el pecho de Gavi.
—Pablo... —jadeó ella cuando él empezó a besar el camino hacia su pecho, apartando la tela de la camiseta con los dientes—. Por favor...
—No tengas prisa, pequeña —murmuró él contra su piel—. Tenemos toda la noche. Quiero memorizar cada centímetro de ti para que, si alguna vez volvemos a estar lejos, pueda cerrar los ojos y sentirte exactamente así.
Gavi continuó su descenso, dejando un rastro de fuego por su abdomen. Camila enredó las manos en las sábanas, apretando los dientes para no gritar su nombre demasiado fuerte. La destreza de él la dejaba sin aliento; Gavi jugaba con la misma pasión y entrega con la que disputaba un balón en el Camp Nou, pero con una delicadeza que solo reservaba para ella.
Cuando finalmente se deshicieron de las últimas prendas que los separaban, el contacto piel con piel fue eléctrico. Camila sintió que el mundo exterior —los problemas con sus padres, la presión de la prensa, los miedos de Pedri— desaparecía por completo. Solo existía el roce de sus cuerpos, el sonido de sus respiraciones entrecortadas y el latido acelerado de dos corazones que latían al unísono.
—Mírame, Cami —pidió él, su voz apenas un susurro roto.
Ella abrió los ojos, empañados por el deseo, y se encontró con la mirada de Gavi. No había rastro del chico impulsivo y peleón que el mundo conocía; solo estaba el hombre que la amaba por encima de todo.
—Siempre tú —dijo él antes de unirse a ella en un movimiento lento y profundo.
Camila soltó un suspiro largo, echando la cabeza hacia atrás mientras se fundía con él. El placer era abrumador, una ola que amenazaba con arrastrarlos a ambos, pero Gavi se mantuvo firme, marcando un ritmo pausado, disfrutando de cada conexión, de cada gemido que ella soltaba contra su cuello.
—No te vayas nunca más —suplicó él, acelerando el paso mientras sus manos se entrelazaban con las de ella sobre la almohada.
—No me voy a ir, Pablo... nunca —respondió ella, elevando las caderas para buscar más de él.
El clímax los alcanzó como una explosión, un estallido de sensaciones que los dejó vacíos y completos al mismo tiempo. Gavi se derrumbó sobre ella, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello, mientras ambos intentaban recuperar el aliento en el silencio de la habitación.
Pasaron los minutos y ninguno se movió. El sudor hacía que sus cuerpos se pegaran, pero a ninguno le importaba. Gavi empezó a trazar círculos perezosos en el brazo de Camila, depositando besos suaves en su hombro de vez en cuando.
—¿Estás bien? —preguntó él después de un rato, su voz volviendo a su tono habitual.
—Estoy perfecta —respondió ella, acurrucándose más contra él—. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan... en paz.
Gavi la estrechó más fuerte, cubriéndolos a ambos con la sábana.
—Me gusta cómo suena eso. Paz. Después de todo el lío con tu familia y de la sorpresa de tu llegada, nos merecíamos un momento así.
—¿Crees que Pedri sospechará algo cuando vuelva? —preguntó Camila con una sonrisita traviesa.
Gavi soltó una carcajada.
—Cami, tu hermano me conoce desde que tenía quince años. Sabe perfectamente que no puedo estar a menos de un metro de ti sin querer besarte. Probablemente haya comprado el hotel para dos noches solo para estar seguro de no interrumpir nada.
—Es un buen hermano, a su manera —admitió ella—. Y un buen amigo para ti.
—Es el mejor —asintió Gavi—. Pero a partir de mañana, le voy a dejar claro que ya no eres la "pequeña" que necesita protección constante. Eres una mujer, mi mujer, y ya sabemos cuidarnos solitos.
Camila se levantó un poco, apoyando el mentón en el pecho desnudo de Gavi.
—¿Tu mujer, eh? Suena muy posesivo, señor Páez.
Gavi le guiñó un ojo, esa chispa pícara volviendo a sus pupilas.
—Soy de Los Palacios, Cami. Lo que quiero, lo cuido con uñas y dientes. Y a ti te quiero más que a mi propia vida.
Ella lo besó con ternura, sintiendo que el corazón le rebosaba de una felicidad que no cabía en su pecho. Se quedaron así, hablando en susurros sobre el futuro, sobre la universidad, sobre los partidos que vendrían y sobre cómo harían que su relación funcionara sin importar los obstáculos.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de que hayas vuelto? —preguntó Gavi mientras jugaba con un mechón de su pelo castaño.
—¿El qué?
—Que ya no tengo que despedirme de ti por una pantalla de móvil. Que puedo despertarme mañana, verte a mi lado y saber que no es un sueño.
Camila se sintió conmovida por la vulnerabilidad de sus palabras. Sabía que para Gavi, la distancia había sido tan dura como para ella, aunque él intentara hacerse el fuerte delante de los demás.
—No vas a tener que hacerlo nunca más, Pablo —prometió ella—. Mañana, pasado y todos los días que quieras, voy a estar aquí.
El cansancio empezó a hacer mella en ellos, pero era un cansancio dulce, el resultado de haber soltado toda la adrenalina y el deseo contenidos. Gavi apagó la pequeña lámpara de la mesilla, dejando que la habitación quedara sumida en la penumbra plateada de la luna.
—Duerme, pequeña —susurró él, acomodándola contra su pecho—. Yo vigilo.
—Ya no hace falta que vigiles nada, Pablo —respondió ella con un hilo de voz, cerrando los ojos—. Estamos a salvo.
—Lo estamos.
Gavi esperó hasta que la respiración de Camila se volvió lenta y acompasada, señal de que se había quedado dormida. Se quedó un rato más observándola, maravillado por la suerte de tenerla de vuelta. Sabía que fuera de esas cuatro paredes, el mundo seguiría girando, Pedri volvería con sus consejos protectores, los periodistas seguirían buscando la foto perfecta y la familia Gonzales seguiría siendo una sombra al acecho.
Pero allí, en el silencio de la noche barcelonesa, nada de eso importaba. Gavi cerró los ojos, aspirando el aroma de Camila que ahora impregnaba sus sábanas y su piel, y se dejó llevar por el sueño, sabiendo que, por fin, la victoria más importante de su vida no había ocurrido en un campo de fútbol, sino allí mismo, en sus brazos.