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Ocean eyes

Bajo el cielo de Castelldefels

El sol de la mañana se filtraba por las grandes cristaleras de la casa de Pedri, bañando el salón en un tono ámbar que hacía que todo pareciera sacado de un sueño. Camila se despertó con la sensación de que el peso que había llevado en sus hombros durante meses en Estados Unidos finalmente se había disuelto. No era solo el colchón cómodo o el silencio de la zona residencial; era la certeza de que, al abrir la puerta de su habitación, no encontraría una pantalla de ordenador, sino a las personas que más quería.

Se puso una sudadera de Pedri que le quedaba tres tallas grande y bajó las escaleras descalza. El aroma a café recién hecho y a tostadas la guio directamente hasta la cocina, donde la escena que encontró la hizo detenerse y sonreír.

Pedri estaba de espaldas, peleándose con una cafetera de cápsulas que parecía haber decidido no colaborar esa mañana, mientras Alejandra intentaba, sin mucho éxito, untar mermelada en una tostada mientras revisaba unos documentos en su tableta.

—¡Es que no entiendo por qué parpadea en rojo! —se quejó Pedri, dándole un golpecito al aparato—. Ayer funcionaba perfectamente.

—Quizás es porque no le has puesto agua, genio —dijo Camila, apoyándose en el marco de la puerta.

Pedri se sobresaltó y se giró, su rostro iluminándose al ver a su hermana.

—Buenos días, pequeña. Veo que ya has empezado a asaltar mi armario. Esa sudadera es nueva, que lo sepas.

—Ahora es mía, gajes de ser la hermana pequeña —respondió ella, acercándose para darle un beso en la mejilla a Alejandra—. Buenos días, Ale. ¿Mucho trabajo?

—Lo normal cuando tienes que lidiar con representantes y abogados —suspiró Alejandra, cerrando la tableta y dedicándole una sonrisa cálida—. Pero hoy es día de descanso oficial. Nada de trabajo, nada de fútbol... y nada de dramas familiares.

—¿Habéis sabido algo? —preguntó Camila, su tono bajando una octava. El miedo a que sus padres se enteraran de su regreso era una sombra constante.

Pedri llenó el depósito de agua de la cafetera con un gesto decidido.

—Ni una palabra. He bloqueado sus números en tu teléfono temporalmente, y en el mío solo entran llamadas de contactos conocidos. Hoy vamos a la playa, Cami. Pablo llegará en diez minutos. Ha pasado por una panadería a comprar cruasanes porque dice que "necesitas recuperar el peso que perdiste en América".

Camila rio, imaginando a Gavi entrando en una panadería con su habitual energía caótica. No pasó mucho tiempo antes de que el timbre sonara con una insistencia rítmica que solo podía pertenecer a una persona.

—¡Ya va, pesado! —gritó Pedri desde la cocina.

Gavi entró en la casa como un torbellino. Llevaba una gorra hacia atrás, gafas de sol y una bolsa de papel que emanaba un olor celestial a mantequilla y azúcar. En cuanto vio a Camila, dejó la bolsa sobre la mesa de la entrada y la rodeó con sus brazos, levantándola del suelo.

—Alguien se ha despertado con energía —comentó Alejandra, apareciendo en el pasillo.

—He dormido cuatro horas, pero me siento como si hubiera corrido un maratón y lo hubiera ganado —declaró Gavi, dejando a Camila en el suelo pero manteniendo una mano en su cintura—. ¿Listos para irnos? El sol no va a durar siempre.

El trayecto hacia una de las calas más apartadas de la costa fue un caos de música alta y discusiones sobre quién tenía el mejor gusto musical. Gavi y Pedri se comportaban como los hermanos que el fútbol les había obligado a ser, mientras Camila y Alejandra intercambiaban miradas de complicidad desde el asiento trasero.

Al llegar a la playa, el grupo buscó un rincón protegido por unas rocas, lejos de las zonas más concurridas por los turistas. Querían privacidad, no por arrogancia, sino por pura necesidad de ser ellos mismos.

—El agua debe de estar helada —dijo Camila, acercándose a la orilla y dejando que la espuma mojara sus pies.

—¿Helada? Esto es el Mediterráneo, Cami, no el Atlántico de nuestras islas —rio Pedri, quitándose la camiseta y lanzándola sobre la arena—. ¡Mira y aprende!

Pedri corrió hacia el agua con una zancada elegante, pero en cuanto el agua le llegó a las rodillas, soltó un grito que hizo que un grupo de gaviotas levantara el vuelo.

—¡Está congelada! ¡Me habéis engañado! —gritó, retrocediendo rápidamente mientras Alejandra se reía a carcajadas desde la toalla.

Gavi, aprovechando la distracción, se acercó a Camila por detrás y le susurró al oído:

—¿Te atreves?

—Ni lo pienses, Pablo. No tengo mi traje de baño puesto todavía.

—Detalles técnicos —respondió él con una chispa de malicia en los ojos.

Antes de que Camila pudiera reaccionar, Gavi la cargó al estilo nupcial y echó a correr hacia el agua. Los gritos de protesta de Camila se mezclaron con las risas de los demás mientras ambos terminaban empapados en la orilla.

—¡Te voy a matar! —exclamó ella, salpicándolo con fuerza—. ¡Mi móvil estaba en el bolsillo!

Gavi se detuvo en seco, con una expresión de pánico genuino.

—¿Qué? ¡No me digas eso!

Camila mantuvo la cara seria durante dos segundos antes de estallar en carcajadas y sacar el teléfono, que estaba a salvo en la mano de Alejandra, quien lo agitaba desde la arena.

—Eres un blanco muy fácil, Gavi —dijo ella, rodeando su cuello con los brazos húmedos.

Él suspiró aliviado y la atrajo hacia sí, ignorando que sus ropas estaban pegadas a sus cuerpos. El agua les llegaba por la cintura y el sol empezaba a calentar de verdad.

—Me lo merecía —admitió él, bajando la voz—. Pero ha valido la pena por verte reír así. En las videollamadas siempre parecías... cansada. O triste.

—Era la distancia, Pablo. Es difícil ser feliz cuando sientes que tu vida real está a miles de kilómetros.

Gavi le apartó un mechón de pelo mojado de la cara, su expresión volviéndose inusualmente vulnerable.

—Ya no hay kilómetros, pequeña. Solo nosotros.

Se besaron allí, en medio de la marea baja, con el sabor de la sal y la promesa de un verano que apenas comenzaba. Fue un beso largo, de esos que intentan recuperar el tiempo perdido, hasta que un silbido estridente los interrumpió.

—¡Eh! ¡Que hay niños delante! —gritó Pedri, que ahora estaba sentado bajo una sombrilla, comiéndose uno de los cruasanes.

—¡No hay ningún niño aquí, Pedri! —respondió Gavi sin soltar a Camila.

—¡Yo soy el niño! ¡Mis ojos son puros! —bromeó el canario, provocando que incluso Alejandra le diera un empujoncito afectuoso.

Después de un rato de juegos y de secarse al sol, los cuatro se sentaron en círculo sobre las toallas. El ambiente era relajado, pero Camila notaba que su hermano estaba inquieto. Pedri no dejaba de mirar su teléfono, aunque lo mantenía en silencio.

—Pedri, suéltalo —dijo Camila finalmente—. ¿Qué pasa?

Pedri suspiró y dejó el móvil sobre la arena, boca abajo.

—Mamá ha estado llamando a la casa de la abuela en Tenerife. Sabe que no estás en la universidad, Cami. Alguien de la administración le dio el soplo de que habías pedido un traslado o una baja temporal.

El silencio que siguió fue denso. Camila sintió que el frío del agua regresaba a sus huesos.

—¿Y qué ha dicho? —preguntó ella, tratando de mantener la voz firme.

—Lo de siempre —intervino Alejandra, tomando la mano de Camila—. Que eres una desagradecida, que la familia debe estar unida, que Pedri tiene la obligación de manteneros a todos... Las mismas mentiras manipuladoras.

—No voy a dejar que se acerquen —dijo Pedri, mirando fijamente a su hermana—. He hablado con el club. Tienen órdenes de no dejar pasar a nadie que no esté en mi lista de confianza. Y en casa, el personal de seguridad ya sabe qué caras no pueden cruzar la verja.

—Me siento como una prisionera, Pedri —murmuró Camila—. He vuelto para estar con vosotros, no para esconderme en una fortaleza.

Gavi, que había estado escuchando en silencio mientras jugaba con la arena, apretó el puño.

—No es esconderse, Cami. Es protegerse hasta que se cansen. Y si no se cansan, yo mismo iré a hablar con ellos.

—¡Ni se te ocurra! —exclamaron Pedri y Camila al unísono.

—Gavi, eres la persona con menos tacto del mundo —añadió Pedri—. Lo único que conseguirías sería darles material para la prensa rosa y empeorar las cosas. Esto es un tema legal y emocional.

—Solo quiero ayudar —gruñó Gavi, aunque sabía que su amigo tenía razón.

Camila miró al horizonte, donde el azul del mar se fundía con el del cielo. Pensó en los años de discusiones, en cómo sus padres habían intentado usarla como moneda de cambio cuando Pedri empezó a destacar en el primer equipo, y en cómo ella había tenido que huir a otro continente para encontrar un poco de paz.

—No voy a dejar que me arruinen esto —dijo Camila con una determinación que sorprendió a los otros tres—. He vuelto por Pablo, por ti, Pedri, y por Alejandra. No voy a pasarme el verano encerrada. Si quieren guerra, que la busquen, pero no me van a encontrar llorando en un rincón.

Pedri sonrió, una sonrisa llena de orgullo.

—Esa es mi hermana.

—Y mi chica —añadió Gavi, dándole un beso rápido en la mejilla—. Pero por si acaso, he decidido que a partir de ahora, siempre que salgas, vendrás conmigo. O con Pedri. O con Ferran. O con el guardaespaldas de dos metros que tiene Pedri.

—¿Ferran? —rio Camila—. Creo que él se distraería con cualquier cosa y me perdería en cinco minutos.

—Oye, que Ferran es muy responsable cuando quiere —defendió Pedri, aunque terminó riendo también.

Pasaron el resto de la tarde hablando de temas más ligeros. Alejandra les contó los detalles de la nueva campaña publicitaria que Pedri estaba a punto de rodar, y Gavi se quejó amargamente de las sesiones de gimnasio que Xavi les estaba imponiendo en la pretemporada.

—Es un dictador, os lo digo yo —decía Gavi mientras gesticulaba exageradamente—. Nos hace correr hasta que vemos luces de colores. El otro día Lewandowski casi se desmaya, ¡y ese hombre es un robot!

—Exagerado —dijo Pedri, lanzándole una pelota de tenis que habían traído—. Lo que pasa es que tú quieres estar todo el día con el balón y odias el cardio.

Cuando el sol empezó a ponerse, tiñendo el cielo de violetas y naranjas, decidieron que era hora de volver. Recogieron todo con parsimonia, disfrutando de los últimos minutos de paz antes de regresar a la ciudad.

Mientras caminaban de vuelta al coche, Gavi se quedó un poco atrás con Camila.

—¿Estás bien de verdad? —le preguntó, su tono cargado de una ternura que rara vez mostraba en público.

—Sí, Pablo. De verdad. Estar aquí contigo me da una fuerza que no tenía en Estados Unidos. Allí estaba sola contra mis pensamientos. Aquí... aquí os tengo a vosotros.

Gavi se detuvo y la obligó a mirarlo.

—Escúchame bien, Camila Gonzales. No eres una moneda de cambio, ni eres el problema de nadie. Eres la persona más increíble que conozco, y si alguien intenta hacerte creer lo contrario, tendrá que pasar por encima de mí. Y créeme, soy muy difícil de regatear.

Camila rio, sintiendo cómo las lágrimas de emoción asomaban a sus ojos.

—Lo sé, Gavi. Lo sé.

Al llegar a la casa de Pedri, la cena fue más tranquila. Pidieron unas pizzas y se sentaron en el suelo del salón, frente a la televisión, viendo una serie que Alejandra y Pedri habían empezado pero que nunca terminaban porque siempre se quedaban dormidos.

Hacia la medianoche, Alejandra y Pedri se despidieron para irse a dormir.

—No os quedéis hasta muy tarde —advirtió Pedri desde la escalera, lanzando una mirada de advertencia a Gavi—. Mañana tenemos sesión doble.

—Sí, sargento —respondió Gavi con un saludo militar burlón.

Cuando se quedaron solos, el silencio de la casa se volvió acogedor. Se sentaron en el sofá, con Camila acurrucada contra el pecho de Gavi. Él le acariciaba el pelo con suavidad, disfrutando de la paz del momento.

—¿Sabes qué es lo que más extrañaba? —preguntó ella en un susurro.

—¿Mis chistes malos?

—No —ella rio suavemente—. Extrañaba el silencio contigo. En las llamadas siempre teníamos que estar hablando para sentirnos cerca. Pero ahora no hace falta decir nada.

Gavi no respondió, simplemente la estrechó más fuerte contra él. En ese salón, protegidos por las paredes de la casa de Pedri y por el amor que los unía, los problemas del mundo exterior parecían algo lejano, una tormenta que rugía fuera pero que no podía alcanzar el refugio que habían construido.

Sin embargo, en la mesita de noche de la habitación de invitados, el teléfono de Camila se iluminó con una notificación de un número desconocido. Un mensaje que decía: "Sabemos que estás en Barcelona, pequeña. Tenemos que hablar de negocios".

Pero esa noche, Camila no vio el mensaje. Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, durmió profundamente, soñando con playas de arena dorada y con el futuro que, a pesar de todo, estaba decidida a construir junto a Pablo y su hermano. La batalla familiar todavía no había terminado, pero Camila ya no era la niña asustada que se fue a Estados Unidos. Había vuelto, y esta vez, tenía a todo un equipo dispuesto a jugar el partido de su vida por ella.