Ocean eyes
Entre sombras y redes de protección
La luz de la mañana siguiente no tenía la misma calidez que la del día anterior. Aunque el sol de Barcelona seguía brillando con fuerza sobre el jardín de Pedri, un aire de tensión invisible parecía haberse instalado en los pasillos de la casa. Camila se removió entre las sábanas, estirando la mano para buscar su teléfono en la mesita de noche. Fue entonces cuando lo vio.
Un mensaje. Un número desconocido. Diez palabras que bastaron para que el desayuno se le anudara en el estómago antes siquiera de haberlo probado.
—Sabemos que estás en Barcelona, pequeña. Tenemos que hablar de negocios.
Camila soltó el móvil como si quemara. "Pequeña". Solo su hermano y ellos la llamaban así, pero el tono era diametralmente opuesto. Mientras que en la boca de Pedri era un refugio, en la de su tío o su padre era una etiqueta de propiedad. Sintió que las paredes de la habitación se cerraban sobre ella. Había pasado menos de cuarenta y ocho horas en la ciudad y la burbuja ya presentaba grietas.
Se vistió rápidamente con unos vaqueros y una camiseta básica, intentando recuperar la compostura. Al bajar a la cocina, se encontró con Gavi y Pedri, ambos ya vestidos con la ropa de entrenamiento del Barça. La cocina estaba llena de risas, con Gavi intentando robarle un trozo de aguacate de la tostada de Pedri mientras este lo apartaba con el codo.
—¡Que te compres tu propia comida, Pablo! —protestaba Pedri, aunque se le escapaba una sonrisa—. Que cobras lo suficiente para montar tu propia frutería si quieres.
—Es que la tuya sabe mejor porque es robada, Gonzales —replicó Gavi, guiñándole un ojo a Camila en cuanto la vio entrar—. ¡Buenos días, princesa! Te he guardado un café, aunque este sargento quería bebérselo también.
Camila forzó una sonrisa, pero Pedri, que la conocía mejor que nadie, dejó de pelear por el aguacate de inmediato. Sus ojos castaños se clavaron en los de su hermana con una precisión quirúrgica.
—¿Qué pasa, Cami? —preguntó Pedri, dejando el cuchillo sobre el plato—. Tienes esa cara que pones cuando intentas ocultar que se te ha roto algo caro.
Camila suspiró, sabiendo que no servía de nada mentir. Sacó el teléfono del bolsillo de sus vaqueros y lo deslizó por la encimera de mármol hacia su hermano.
—Me han encontrado.
El silencio que siguió fue sepulcral. Gavi, que estaba a punto de darle un mordisco a un cruasán, se quedó petrificado. Pedri leyó el mensaje en segundos y sus nudillos se volvieron blancos al apretar el borde de la mesa.
—Maldita sea —susurró Pedri, su voz cargada de una rabia contenida que rara vez mostraba—. ¿Cómo lo han sabido tan rápido? He tenido cuidado, Alejandra ha tenido cuidado...
—En la universidad —dijo Camila, sentándose en uno de los taburetes altos—. El mensaje dice que alguien de administración les dio el soplo. Saben que pedí el traslado.
Gavi se acercó a ella, rodeándole los hombros con un brazo protector. Su rostro, habitualmente travieso y lleno de luz, se había transformado en una máscara de seriedad competitiva, la misma que usaba cuando el equipo iba perdiendo en el minuto noventa.
—No van a hablar de nada —sentenció Gavi, mirando a Pedri—. No vamos a permitir que se acerquen a ella. Si hace falta, me quedo yo hoy aquí y no voy al entrenamiento.
—No digas tonterías, Pablo —dijo Pedri, aunque agradecía el gesto—. Xavi te mata y yo también. Lo que vamos a hacer es cambiarle el número ahora mismo. Ale tiene una tarjeta SIM de repuesto en el despacho.
—¡Eso no detendrá que vengan a la casa! —exclamó Camila, sintiendo que la frustración empezaba a superar al miedo—. Pedri, no quiero que vivas así por mi culpa. No quiero que Gavi tenga que estar pendiente de mi teléfono en lugar de centrarse en el balón. Si quieren hablar de negocios, a lo mejor debería...
—Ni se te ocurra terminar esa frase, pequeña —la cortó Pedri con una firmeza absoluta—. No hay negocios. No somos socios, somos su familia, o se supone que deberíamos serlo. Pero ellos solo ven billetes cuando nos miran. Tú te quedas aquí con Alejandra hoy. Yo hablaré con los de seguridad de la entrada de la urbanización.
—Pedri tiene razón —añadió Gavi, dándole un beso suave en la sien a Camila—. No estás sola en esto. Somos un equipo, ¿recuerdas? Y nosotros no perdemos en casa.
A pesar de las palabras de aliento, la mañana transcurrió en un estado de alerta constante. Pedri y Gavi se marcharon a la Ciudad Deportiva después de mil recomendaciones y de asegurarse de que Alejandra, que trabajaba desde casa ese día, no perdería de vista a Camila.
—No les tengas miedo, Cami —le dijo Alejandra mientras tomaban un té en la terraza, vigilada por las cámaras de seguridad—. Tu hermano ha construido un muro legal muy sólido a vuestro alrededor. Ellos solo están lanzando piedras para ver si alguna ventana se rompe, pero esta casa es blindada.
—Es agotador, Ale —confesó Camila, mirando hacia la puerta principal—. A veces pienso que nunca podré tener una vida normal. Siempre seré "la hermana de" o "la novia de", y siempre habrá alguien intentando sacar tajada.
—Eres Camila Gonzales —la corrigió Alejandra con firmeza—. Y eres la persona que mantiene la cordura de esos dos locos del fútbol. Sin ti, Pedri estaría perdido en su propia cabeza y Gavi... bueno, Gavi probablemente ya habría sido expulsado de todos los partidos por pelearse con el mundo. Tú eres el ancla, no el problema.
Mientras tanto, en las instalaciones del Barcelona, el ambiente era muy distinto. Gavi estaba inusualmente agresivo en el rondo, entrando con una fuerza que hizo que Ferran Torres tuviera que saltar para evitar un golpe.
—¡Eh, tranquilo, fiera! —gritó Ferran, riendo pero con una pizca de preocupación—. Que es un entrenamiento, no la final del Mundial.
Gavi ni siquiera sonrió. Se limitó a recuperar el balón y pasárselo a Pedri, quien también se movía con una seriedad que no encajaba con el día soleado. Xavi Hernández, observando desde la banda, frunció el ceño y llamó a los dos jóvenes hacia él durante un descanso de hidratación.
—¿Qué os pasa hoy? —preguntó el entrenador, cruzándose de brazos—. Parece que estéis jugando contra vuestros peores enemigos. Pablo, estás a una entrada de lesionar a alguien. Pedri, estás distribuyendo el juego como si quisieras romper el balón.
Pedri y Gavi se miraron. Sabían que no podían ocultarle mucho a Xavi, que era casi como una figura paterna para ellos en el club.
—Problemas familiares, míster —respondió Pedri, secándose el sudor con la camiseta—. Camila ha vuelto y... bueno, los de siempre están intentando molestar.
Xavi suspiró y asintió con comprensión. Sabía perfectamente la historia de los Gonzales; era el secreto a voces que el club protegía con celo.
—Escuchadme —dijo Xavi, bajando la voz—. El club está aquí para lo que necesitéis. Si necesitáis más seguridad en vuestras casas o que alguien del departamento legal intervenga, solo tenéis que pedirlo. Pero aquí dentro, necesito vuestras cabezas en el césped. Si traéis los problemas al campo, os hacéis daño a vosotros y al equipo.
—Lo sabemos, míster —dijo Gavi, apretando los dientes—. Es solo que... no soporto que la toquen. No soporto que no pueda estar tranquila.
—Úsalo —le sugirió Xavi, dándole un golpecito en el pecho—. Usa esa energía para concentrarte. Pero no perdáis los papeles. Id a ducharos, hoy habéis hecho suficiente. Pedri, vete a casa con tu hermana. Gavi, tú también, asegúrate de que todo esté en orden.
No tuvieron que decírselo dos veces. Ambos salieron de las instalaciones a toda prisa. Gavi conducía su coche siguiendo de cerca al de Pedri, ambos con la mente puesta en la casa de Castelldefels.
Al llegar, se encontraron con una escena que les heló la sangre. Un coche oscuro estaba aparcado justo frente a la verja principal. Dos hombres trajeados hablaban con el guardia de seguridad, que les impedía el paso con firmeza.
Gavi no esperó a que Pedri aparcara. Frenó en seco, bajó del coche y caminó hacia los hombres con zancadas rápidas.
—¿Se puede saber qué hacéis aquí? —exclamó Gavi, interponiéndose entre los hombres y la entrada.
Uno de los hombres, un individuo de unos cincuenta años con una sonrisa falsa que no llegaba a sus ojos, se giró hacia él. Era el tío de Camila y Pedri, el hombre que había intentado gestionar los contratos de Pedri en sus inicios con resultados desastrosos.
—Vaya, si es la joya de la corona —dijo el tío, mirando a Gavi con desprecio—. Solo venimos a ver a mi sobrina. Tenemos asuntos familiares que tratar.
—No tenéis nada —dijo Pedri, llegando a la altura de Gavi y poniéndose a su lado, formando un frente unido—. Os lo dije hace un año. No tenéis permiso para acercaros a ella ni a mí.
—Pedri, hijo, no seas así —dijo el otro hombre, que se mantenía en un segundo plano—. Camila es joven, no entiende de finanzas. Solo queremos asegurarnos de que su futuro esté bien gestionado ahora que ha vuelto de América.
—Su futuro está perfectamente —saltó Gavi, dando un paso adelante, su pecho casi rozando el del tío de Camila—. Y su presente también. Así que, si no queréis que llame a la policía ahora mismo por acoso, os sugiero que os subáis a ese coche y desaparezcáis.
—¿Tú nos vas a amenazar, muchacho? —rio el tío—. Eres solo un futbolista que corre tras una pelota. No tienes ni idea de cómo funciona el mundo real.
—Sé cómo funciona mi mundo —replicó Gavi, su voz bajando a un tono peligroso y ronco—. Y en mi mundo, a la gente como vosotros se la saca del campo con una tarjeta roja. Largo de aquí. Ahora.
Pedri sacó su móvil y empezó a marcar un número.
—Estoy llamando a mi abogado y a la patrulla de la zona —dijo Pedri con una calma gélida—. Tenéis treinta segundos antes de que esto se convierta en un escándalo mediático que no os conviene.
Los dos hombres intercambiaron una mirada. Sabían que no podían ganar una batalla de relaciones públicas contra los dos jugadores más queridos del Barcelona. Con un gruñido de frustración, el tío de Camila señaló a Pedri con el dedo.
—Esto no ha terminado, Pedri. Ella sigue siendo una Gonzales.
—Ella es una persona, no un apellido —respondió Pedri—. Y no está sola.
Vieron cómo el coche oscuro se alejaba, dejando tras de sí una estela de humo y una tensión residual que tardaría en disiparse. Gavi y Pedri entraron en la casa, donde Camila y Alejandra los esperaban en el salón, habiendo visto todo a través de las cámaras de seguridad.
Camila corrió hacia ellos. Primero abrazó a su hermano, escondiendo el rostro en su pecho, y luego se refugió en los brazos de Gavi. Estaba temblando ligeramente.
—Los he visto —susurró ella—. He visto cómo os miraban.
—Ya se han ido, pequeña —dijo Pedri, acariciándole el pelo—. No van a volver hoy. He hablado con el jefe de seguridad de la urbanización y van a poner una patrulla permanente en esta calle durante unos días.
Gavi la tomó de las manos, obligándola a mirarlo. Sus ojos rubios brillaban con una intensidad feroz pero llena de amor.
—Te lo dije ayer y te lo digo hoy —le recordó Gavi—. Nadie va a tocarte. Si tengo que poner mi cama delante de tu puerta, lo haré. Si tengo que llevarte al entrenamiento conmigo para saber que estás bien, lo haré.
Camila soltó una pequeña risa nerviosa, secándose una lágrima.
—Me imagino a Xavi dejándome sentar en el banquillo durante los partidos.
—Oye, seguro que darías mejores instrucciones que algunos de los que están allí —bromeó Gavi, logrando que el ambiente se aligerara un poco.
Esa tarde, decidieron que no dejarían que el incidente les amargara la estancia de Camila. Pedri llamó a Ferran, a Ansu y a unos pocos amigos más de absoluta confianza para organizar una barbacoa improvisada en el jardín. Quería rodear a su hermana de gente que la quisiera de verdad, de una "familia elegida" que no buscara nada más que su sonrisa.
Mientras el sol caía y el olor a carne a la brasa llenaba el aire, Camila observaba a Gavi, que intentaba (y fallaba estrepitosamente) explicarle a Ferran una jugada de estrategia usando trozos de pan y vasos de plástico. Alejandra y Pedri reían a su lado, compartiendo una complicidad que Camila siempre había admirado.
Se alejó un momento del grupo y caminó hacia el borde de la piscina, mirando los reflejos del agua. Sintió una presencia a su lado y no necesitó girarse para saber quién era.
—¿Estás pensando en volver a Boston? —preguntó Gavi en voz baja.
Camila suspiró, mirando las estrellas que empezaban a asomar.
—Por un momento lo he pensado. He pensado que allí estaba a salvo, que allí ellos no podían alcanzarme.
Gavi se puso frente a ella, tomándole las manos.
—Allí estabas a salvo de ellos, pero estabas lejos de nosotros. Aquí estás protegida por nosotros. No es lo mismo, Cami. Allí sobrevivías, aquí vas a vivir.
—¿Y si esto no termina nunca, Pablo? ¿Y si siempre tenemos que estar mirando por encima del hombro?
Gavi se encogió de hombros con esa arrogancia encantadora que lo definía.
—Entonces aprenderemos a mirar por encima del hombro con estilo. Pero no te vas a ir. No voy a dejar que me dejes otra vez con solo una pantalla de móvil para darte las buenas noches. Te necesito aquí. Pedri te necesita aquí.
Camila lo miró, dándose cuenta de que tenía razón. La distancia no era la solución, solo era un aplazamiento del problema. El verdadero valor no estaba en huir a otro continente, sino en quedarse y luchar por el hogar que merecía.
—Me quedo —dijo ella con firmeza.
Gavi sonrió de oreja a oreja y la atrajo hacia un beso que sabía a victoria. Un beso que sellaba un pacto silencioso: contra el mundo, contra la familia, contra las sombras del pasado, ellos siempre serían el equipo ganador.
—¡Eh, tortolitos! —gritó Ferran desde la barbacoa—. ¡Que se están enfriando las hamburguesas! ¡Y Gavi, deja de besar a la hermana de tu mejor amigo cinco minutos, que Pedri está empezando a afilar los cuchillos!
—¡Que te den, Ferran! —respondió Gavi riendo, sin soltar a Camila.
Caminaron de vuelta hacia la luz y el ruido de sus amigos. Camila sintió que, por primera vez en mucho tiempo, el mensaje de su teléfono ya no tenía poder sobre ella. Porque mientras tuviera a ese rubio de carácter indomable a su lado y a su hermano cubriéndole las espaldas, no había "negocio" en el mundo que pudiera romper su felicidad.
Barcelona seguía brillando, y aunque las sombras acecharan en las esquinas, la luz en el jardín de los Gonzales era mucho más fuerte. La sorpresa de su regreso había traído tormentas, sí, pero también la fuerza necesaria para capearlas juntos. Y eso, pensó Camila mientras se sentaba a la mesa, era lo único que realmente importaba.