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Ocean eyes

Lazos de sangre y el rugido del destino

La mañana posterior al Clásico se sentía diferente, como si el aire en la residencia de Pedri hubiera perdido finalmente ese matiz metálico de la tensión. Camila se despertó con el sonido de las olas rompiendo a lo lejos y el murmullo de una conversación en la planta baja. Se miró al espejo, notando que las ojeras de las noches de insomnio en Boston habían empezado a desvanecerse, reemplazadas por un brillo de determinación que no reconocía en sí misma.

Al bajar las escaleras, se encontró con una escena que la hizo detenerse. Pedri estaba sentado en la isla de la cocina, rodeado de carpetas legales, mientras Gavi, con el pelo todavía revuelto por el sueño, devoraba un tazón de cereales mientras gesticulaba con una cuchara frente a una tablet.

— No me importa lo que diga ese informe, Pedri —decía Gavi con la boca medio llena—. Si ese coche vuelve a pasar por la puerta, voy a salir yo mismo a pedirle el carnet de identidad al tipo.

— Pablo, por favor, deja que los profesionales se encarguen —suspiró Pedri, frotándose las sienes—. Ya hemos conseguido la orden de protección temporal. Si se acercan a menos de doscientos metros de Cami o de esta casa, irán directos al calabozo. El club ha puesto a nuestro servicio al mejor bufete de Barcelona.

— Buenos días a los dos —intervino Camila, acercándose para servirse un zumo—. Veo que el "comité de defensa" ha empezado temprano hoy.

Pedri levantó la vista y su expresión se suavizó al instante. Se levantó y le dio un beso en la frente, ese gesto de hermano mayor que siempre lograba que Camila se sintiera a salvo.

— Buenos días, pequeña. ¿Has descansado?

— Como no lo hacía en años —admitió ella, sentándose junto a Gavi, quien de inmediato dejó la cuchara para entrelazar sus dedos con los de ella por debajo de la mesa—. He estado pensando en lo que pasó ayer en el palco. Luis no va a parar solo con una advertencia verbal. Son como tiburones, Pedri. En cuanto huelen que tenemos miedo, muerden más fuerte.

— Por eso ya no vamos a tener miedo —sentenció Gavi, apretándole la mano—. Mañana el club tiene un evento benéfico. Es una gala de etiqueta. He hablado con Xavi y con el presi. Quieren que vengas conmigo. Oficialmente.

Camila se quedó helada con el vaso de zumo a medio camino.

— ¿A una gala? ¿Con toda la prensa de Barcelona allí? Pablo, eso es lanzarme a los leones.

— No —la corrigió Pedri, cerrando sus carpetas con un golpe seco—. Es mostrarle al mundo, y sobre todo a nuestra "querida" familia, que no te escondes. Que estás bajo la protección del club y que eres parte de nuestras vidas de forma pública. En cuanto la prensa sepa que estás aquí y que el club te respalda, a Luis y a papá se les acaba el juego de las sombras. No pueden extorsionarnos si no tienen secretos que usar.

— Es un movimiento arriesgado —murmuró Camila, aunque una parte de ella sentía un extraño alivio—. Si salgo ahí fuera como tu novia, Pablo, tu vida privada se va a convertir en un circo mayor de lo que ya es.

Gavi se encogió de hombros con esa arrogancia encantadora que lo hacía tan especial en el campo.

— Mi vida ya es un circo, Cami. Pero prefiero que sea un circo contigo a mi lado que uno donde tenga que mirar por el retrovisor cada vez que salgo de entrenar. Quiero presumir de mi chica. Quiero que vean que la "pequeña de los Gonzales" ha vuelto y que no le tiene miedo a nada.

La gala se celebraba en un antiguo palacio gótico cerca del Barrio Gótico. El despliegue de seguridad era impresionante, pero esta vez Camila no se sentía como una prisionera. Llevaba un vestido de seda color esmeralda que Alejandra la había ayudado a elegir, y el pelo castaño recogido en un moño elegante que dejaba a la vista unos pendientes que habían pertenecido a su abuela materna, la única de la familia que siempre los había querido de verdad.

Cuando el coche oficial se detuvo frente a la alfombra roja, Gavi le tomó la mano. Él estaba impecable en un esmoquin negro, aunque se peleaba un poco con la pajarita.

— ¿Lista? —preguntó él, con los ojos brillando de orgullo.

— Si tú no sales corriendo, yo tampoco —bromeó ella, aunque el corazón le latía con fuerza.

— No voy a soltarte ni un segundo —prometió Gavi.

Al bajar del coche, el estallido de los flashes fue cegador. Camila sintió el instinto de agachar la cabeza, pero recordó las palabras de Pedri: "Cabeza alta, pequeña. Eres una Gonzales de las que valen la pena". Caminó con paso firme, del brazo de Gavi, mientras los periodistas gritaban preguntas.

— ¡Gavi! ¡Pablo! ¿Es ella la hermana de Pedri? —gritaba uno.

— ¡Camila! ¿Has vuelto definitivamente a Barcelona? —preguntaba otro.

Gavi se detuvo frente a los micrófonos principales, algo que no solía hacer a menos que fuera obligatorio. Rodeó la cintura de Camila con posesividad y miró directamente a las cámaras.

— Sí, es Camila —dijo Gavi con voz clara y firme—. Ha vuelto a casa, que es donde siempre debió estar. Y sí, estamos juntos. Solo pido que respetéis su privacidad tanto como respetáis la mía en el campo.

El revuelo fue total, pero ellos siguieron caminando hacia el interior del edificio. En el vestíbulo principal, Pedri los esperaba junto a Alejandra. El canario vestía un traje azul marino que le sentaba de maravilla y, al ver a su hermana, su sonrisa iluminó la estancia.

— Estás espectacular, pequeña —dijo Pedri, ofreciéndole el brazo para entrar al salón principal—. Papá acaba de publicar un comunicado diciendo que "se alegra de tu regreso". Se nota que sus abogados han visto las fotos de la alfombra roja y han entendido que ya no tienen poder sobre ti.

— Es triste que tenga que ser así, Pedri —susurró ella—. Que tengamos que convertir nuestra vida en un espectáculo para que nos dejen en paz.

— No es un espectáculo, Cami —intervino Alejandra, ajustándole un mechón de pelo—. Es una declaración de independencia.

La noche transcurrió entre saludos de directivos, compañeros de equipo y personalidades de la ciudad. Camila se sorprendió de lo integrada que se sentía. Robert Lewandowski se acercó a charlar con ellos, dándole consejos sobre cómo lidiar con la presión mediática, y Ferran Torres no dejó de hacer bromas para que ella se relajara.

Sin embargo, a mitad de la noche, mientras Gavi estaba distraído hablando con Xavi sobre la táctica del próximo partido, Camila se alejó un momento hacia uno de los balcones que daban a un patio interior lleno de naranjos. Necesitaba un respiro del ruido y del perfume caro.

— Sabía que el verde te quedaría bien —dijo una voz desde la oscuridad del balcón.

Camila se tensó. No era la voz de su tío, ni la de su padre. Era una voz joven, pero cargada de un resentimiento que conocía bien. Se giró para encontrar a su primo mayor, Jorge, el hijo de Luis. Jorge siempre había tenido celos del talento de Pedri y de la belleza de Camila.

— ¿Qué haces aquí, Jorge? —preguntó ella, manteniendo la distancia—. No creo que estés en la lista de invitados.

— Siempre hay formas de entrar cuando se tiene la motivación adecuada —dijo Jorge, dando un paso hacia la luz. Parecía demacrado, con los ojos inyectados en sangre—. Habéis dejado a mi padre en la calle, Camila. Las cuentas que Pedri bloqueó eran el sustento de toda la familia.

— Eran el dinero que Pedri ganó con su esfuerzo y que vosotros estabais robando —replicó ella con valentía—. No nos vengas con cuentos de hadas, Jorge. Todos sabemos que ese dinero iba a parar a vuestros lujos mientras a nosotros nos dejabais de lado.

— No vas a ser feliz, pequeña —siseó Jorge, acercándose más—. Crees que este mundo de fútbol y lujo te pertenece, pero en cuanto Gavi se canse de ti, o en cuanto Pedri tenga una lesión grave y el dinero deje de fluir, estarás sola. Y entonces te acordarás de nosotros.

— Ella nunca estará sola —dijo una voz gélida desde la puerta del balcón.

Gavi estaba allí, con las manos en los bolsillos del esmoquin, pero con una postura que indicaba que estaba listo para saltar en cualquier momento. Sus ojos, habitualmente cálidos cuando miraba a Camila, eran ahora dos trozos de hielo.

— Vaya, el guardaespaldas ha llegado —se mofó Jorge, aunque retrocedió un paso.

— No soy su guardaespaldas, soy el hombre que va a hacer que te arrepientas de haber nacido si vuelves a dirigirle la palabra —dijo Gavi, caminando lentamente hacia él—. He visto a muchos tipos como tú, Jorge. Tipos que se creen valientes cuando amenazan a una mujer en la oscuridad, pero que se hacen pequeños cuando alguien de su tamaño les planta cara.

— ¡No me toques! —exclamó Jorge, viendo que la seguridad de la gala ya se aproximaba por el pasillo.

— No necesito tocarte para hundirte —respondió Gavi, deteniéndose a pocos centímetros de él—. La seguridad te va a sacar de aquí ahora mismo, y mañana tu cara estará en todas las comisarías de Barcelona. Si vuelves a acercarte a ella, no será la policía la que te encuentre primero. ¿Me has entendido?

Jorge farfulló algo ininteligible antes de ser interceptado por dos guardias de seguridad que lo sacaron del balcón sin contemplaciones. Camila soltó un suspiro que no sabía que estaba reteniendo y se apoyó en la barandilla.

— ¿Estás bien? —preguntó Gavi, rodeándola con sus brazos de inmediato.

— Sí... solo que no termina nunca, Pablo. Siempre hay alguien nuevo.

Gavi la obligó a mirarlo, tomándole la cara con suavidad.

— Escúchame, Camila. Hoy ha sido el último coletazo de un animal herido. Se están dando cuenta de que ya no tenéis miedo. Pedri ha cortado el grifo del dinero y tú has salido a la luz. Ya no tienen nada contra vosotros. Lo de Jorge ha sido un acto de desesperación.

— Gracias por aparecer —susurró ella, escondiendo el rostro en su cuello—. A veces me pregunto qué habría sido de mí si no hubiera vuelto de sorpresa.

— Pues que yo habría acabado yendo a Boston a buscarte y probablemente me habría metido en un lío internacional —rio Gavi, besándole la frente—. Pero estás aquí. Y eso es lo único que importa.

Regresaron al salón, donde Pedri los esperaba con una copa de champán y una mirada inquisitiva.

— ¿Todo bien por ahí fuera? —preguntó Pedri, notando la ligera palidez de su hermana.

— Solo un encuentro con el pasado que ya ha sido gestionado —respondió Gavi, guiñándole un ojo a su amigo—. Tu hermana es una guerrera, Pedri. Deberías haber visto cómo le ha plantado cara a Jorge.

Pedri suspiró, pero una sonrisa de orgullo asomó a sus labios.

— Esa es mi pequeña.

La gala terminó siendo un éxito absoluto para el club, pero para los Gonzales y para Gavi, fue el cierre de un capítulo oscuro. Al salir del palacio, ya de madrugada, Barcelona se extendía ante ellos como una ciudad llena de posibilidades.

— ¿A casa? —preguntó Pedri mientras subían al coche.

— A casa —asintió Camila, recostando la cabeza en el hombro de Gavi.

Unos días después, las cosas empezaron a asentarse. Camila se matriculó en la Universidad de Barcelona para terminar sus estudios, esta vez bajo su verdadero nombre y sin esconderse. Gavi seguía brillando en el campo, dedicándole cada gol con ese gesto del corazón que ya se había vuelto icónico. Y Pedri... Pedri finalmente pudo respirar tranquilo, sabiendo que su hermana era feliz y que su familia ya no podía hacerles daño.

Una tarde de domingo, mientras los cuatro estaban en el jardín de la casa de Castelldefels disfrutando de una barbacoa tranquila, Camila observó a los dos hombres de su vida. Gavi y Pedri estaban enzarzados en una discusión absurda sobre quién era mejor jugando al ping-pong, mientras Alejandra intentaba poner orden entre risas.

— ¡Te digo que ese efecto era ilegal, Pedri! —gritaba Gavi, agitando la pala—. ¡Has movido la mesa!

— ¡Eres un mal perdedor, Pablo! —reía Pedri—. Admite que el ritmo canario te ha superado.

Camila se acercó a ellos y les quitó las palas de las manos.

— Basta ya, los dos. La comida está lista y no quiero que se enfríe porque estéis peleando como niños de cinco años.

Gavi la rodeó por la cintura y la atrajo hacia él, dándole un beso en la mejilla que sabía a sol y a felicidad.

— ¿Sabes qué es lo mejor de que hayas vuelto de sorpresa, pequeña? —preguntó Gavi en voz baja.

— ¿El qué?

— Que ya no tengo que imaginarme este momento. Que es real. Que estás aquí.

Camila sonrió, mirando hacia el horizonte donde el sol se ponía sobre el Mediterráneo. Había vuelto de Estados Unidos con miedo y secretos, pero había encontrado algo mucho más valioso: la fuerza para ser ella misma y el amor de una familia que, por fin, era de verdad.

— Yo también me alegro de haber vuelto, Pablo —dijo ella, apoyando la cabeza en su pecho—. Porque no hay sorpresa más bonita que darse cuenta de que, pase lo que pase, siempre habrá un lugar al que llamar hogar.

Pedri se acercó a ellos y les pasó los brazos por los hombros, formando ese círculo de protección que nada podría romper.

— Vamos a comer —dijo el canario—. Que hoy celebramos que los Gonzales, los de verdad, hemos ganado el partido más importante de nuestras vidas.

Y así, bajo el cielo dorado de Barcelona, la pequeña de los Gonzales dejó de ser pequeña para convertirse en la mujer que lo cambió todo. El aroma del reencuentro se había transformado en el aroma del futuro, y por primera vez en diecinueve años, Camila supo que el resto de su vida iba a ser, sencillamente, espectacular.