Ocean eyes
El rugido del Camp Nou y la última línea de defensa
— No puedes estar hablando en serio —dijo Camila, cruzándose de brazos mientras observaba a Gavi y Pedri en el centro del salón.
— Pequeña, es la solución más lógica —respondió Pedri, ajustándose el reloj con una calma que Camila sabía que era fingida—. Mañana es el Clásico de pretemporada. Todo el mundo sabe que estarás en algún lugar de Barcelona. Si te quedas aquí sola, con la seguridad habitual, ellos podrían intentar algo aprovechando que la atención mediática está en el estadio.
— ¿Y vuestra solución es meterme en un palco privado con tres guardaespaldas disfrazados de camareros? —Camila soltó una risa amarga—. Me siento como una fugitiva internacional, no como una chica de diecinueve años que solo quería darle una sorpresa a su hermano.
Gavi se acercó a ella, rompiendo el espacio personal con esa confianza que solo él poseía. Le tomó las manos, ignorando la mirada de advertencia de Pedri.
— No es solo por seguridad, Cami —susurró Gavi, mirándola fijamente—. Quiero que estés allí. Quiero marcar un gol y saber exactamente hacia dónde mirar para dedicártelo. Necesito esa energía. Estos días han sido un infierno con los abogados y los tíos rondando la casa. Mañana quiero que sea sobre nosotros, no sobre ellos.
Camila suspiró, sintiendo cómo su resistencia se desmoronaba ante la mirada de Pablo. Era difícil decirle que no cuando usaba ese tono, una mezcla de vulnerabilidad y determinación guerrera.
— Está bien —cedió ella—. Iré. Pero no quiero que Alejandra tenga que estar pendiente de mí todo el tiempo. Ella también quiere disfrutar del partido.
— Alejandra está encantada, Cami —intervino Pedri desde la cocina—. Además, Laporta ha reforzado el protocolo. Nadie que no esté en la lista de invitados VIP podrá acercarse a vuestro sector. Estarás más segura en el estadio que en el Vaticano.
La mañana del partido, los nervios se palpaban en el aire. Para Pedri y Gavi, un Clásico nunca era "solo un amistoso", aunque fuera pretemporada. Era una cuestión de orgullo, de marcar territorio. Pero para Camila, era la primera vez que saldría a un lugar público desde que el detective privado fuera detectado merodeando la urbanización.
— ¿Lista? —preguntó Alejandra, entrando en la habitación de Camila. Iba impecable, con una camiseta del equipo personalizada y unos vaqueros oscuros—. Los chicos ya se han ido al hotel de concentración. Tenemos el coche blindado esperando abajo.
— ¿Blindado? —Camila arqueó una ceja—. ¿De verdad hemos llegado a este punto?
— Tu hermano no quiere dejar nada al azar —Alejandra le dedicó una sonrisa reconfortante—. Tu familia ha intentado contactar con la prensa para vender una historia sobre tu "secuestro emocional" por parte de Pedri. Quieren forzar una comparecencia pública. El coche blindado no es por las balas, Cami, es por los flashes y los micrófonos.
El trayecto al estadio fue rápido, pero tenso. Camila veía a través de los cristales tintados cómo la marea azulgrana inundaba las calles. Sentía una mezcla de nostalgia y miedo. Hace solo un año, ella era una estudiante anónima caminando entre esa multitud; ahora, era el centro de una guerra familiar que amenazaba con salpicar la carrera de los dos jugadores más prometedores del país.
Al llegar al Camp Nou, la entrada fue coordinada con precisión militar. Fueron escoltadas por un túnel privado hasta el palco. Cuando Camila entró en la zona acristalada, el rugido del estadio la golpeó con una fuerza casi física. Miles de personas gritaban, cantaban y agitaban banderas.
— Es increíble —murmuró Camila, pegándose al cristal.
— Mira allí abajo —Alejandra señaló hacia el césped, donde los jugadores estaban realizando el calentamiento.
Camila buscó de inmediato el dorsal 6 y el 8. No tardó en encontrarlos. Gavi estaba haciendo sprints cortos, con esa intensidad eléctrica que lo caracterizaba, mientras Pedri movía el balón con una calma casi insultante en medio del caos. Como si sintiera su mirada, Gavi se detuvo un segundo y miró hacia la zona de los palcos. No podía verla a través del cristal espejado, pero Camila supo que sabía que estaba allí. Él levantó un pulgar y volvió al ejercicio.
— Han madurado mucho, ¿verdad? —preguntó Alejandra, colocándose a su lado.
— Demasiado rápido —respondió Camila con un nudo en la garganta—. A veces olvido que solo tienen veintiún años. Cargan con tanto... y ahora yo les añado mis problemas.
— No eres una carga, pequeña —la voz de Pedri no estaba allí, pero Camila pudo jurar que la escuchaba en su cabeza.
El partido comenzó con una intensidad brutal. Los Clásicos no entendían de amistosos. Gavi recibió una entrada dura a los cinco minutos y Camila se puso en pie, con el corazón en un puño.
— ¡Es un animal! —gritó ella, viendo cómo Gavi se levantaba del suelo sin siquiera mirar al árbitro, lanzándose de inmediato a presionar la salida del balón.
— Es su estilo —rio Alejandra—. Si no sale del campo con las medias rotas y barro en la cara, siente que no ha jugado.
Hacia la mitad de la primera parte, un movimiento en la parte trasera del palco llamó la atención de Camila. Un hombre con traje oscuro entró y le susurró algo al jefe de seguridad que las custodiaba. El rostro del guardia se tensó.
— ¿Qué pasa? —preguntó Camila, sintiendo que el pánico regresaba.
El guardia se acercó a ellas, manteniendo la voz baja para no llamar la atención de los otros invitados en palcos contiguos.
— Señorita Gonzales, hemos detectado a su tío en una de las entradas laterales. Ha intentado acceder con una acreditación de prensa falsa. La seguridad del club lo tiene retenido en una de las oficinas internas, pero está montando un escándalo. Dice que tiene documentos legales que le permiten verla.
Camila sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
— No puede ser... ¿Aquí? ¿En medio del partido?
— Quiere la foto, Cami —dijo Alejandra, tomando su brazo—. Quiere que la seguridad lo saque a rastras delante de las cámaras para quedar como la víctima, el familiar preocupado al que los "futbolistas arrogantes" no dejan ver a su sobrina.
— No voy a dejar que arruine el partido de Pedri y Pablo —dijo Camila, con una chispa de rabia encendiéndose en sus ojos castaños—. Si quiere hablar, hablaremos. Pero bajo mis condiciones.
— Camila, no —advirtió Alejandra—. Pedri me matará si dejas este palco.
— No voy a dejar el palco para ir con él. Que lo traigan aquí, a la zona de seguridad trasera. Quiero que me mire a los ojos y me diga qué es lo que realmente busca. Pero quiero que lo haga mientras ve lo que ha construido mi hermano, no lo que él quiere destruir.
El guardia de seguridad dudó, pero tras una rápida consulta por el pinganillo, asintió. Diez minutos después, la puerta trasera del palco se abrió. Entró un hombre que Camila recordaba con una mezcla de afecto infantil y repulsión adulta. Su tío Luis, el mismo que le compraba caramelos de pequeña y el mismo que había intentado vaciar las cuentas de ahorro de Pedri hacía dos años.
— ¡Camila! ¡Hija mía! —exclamó Luis, intentando acercarse con los brazos abiertos. El guardaespaldas puso una mano firme en su pecho, deteniéndolo en el acto.
— No soy tu hija, Luis —dijo Camila, manteniéndose detrás de la barra del palco, con una frialdad que ni ella misma sabía que poseía—. Y no soy un "negocio". ¿Qué haces aquí?
— Tu padre está muy preocupado, pequeña. No respondes a las llamadas, has desaparecido de la universidad... Creemos que tu hermano te está manipulando para ponerte en nuestra contra. Solo queremos lo que es justo para la familia.
— ¿Justo? —Camila señaló hacia el campo, donde en ese preciso instante Pedri filtraba un pase imposible que dejaba a Gavi solo frente al portero—. ¿Justo es intentar extorsionar a tu sobrino porque ha trabajado más duro que nadie en su vida? ¿Justo es perseguirme por dos continentes para intentar usarme como moneda de cambio?
— No lo entiendes, el dinero de Pedri es patrimonio familiar...
— El dinero de Pedri es de Pedri —lo cortó ella con voz gélida—. Y mi vida es mía. Si vuelves a acercarte a esta casa, a este estadio o a mi teléfono, la orden de alejamiento que los abogados están redactando será lo de menos. Pedri es el chico bueno de la familia, Luis. Pero yo no. Y Pablo... bueno, ya sabes cómo es Pablo. No querrías tenerlo de enemigo fuera del campo.
En ese momento, un estallido de júbilo sacudió el estadio. El grito de "¡GOL!" de cien mil gargantas hizo vibrar las paredes del palco. Camila se giró por un segundo. Gavi acababa de marcar. El rubio corría hacia la banda, buscaba la zona de los palcos con la mirada y, tras encontrarla, hizo un corazón con las manos y luego señaló su muñeca, donde llevaba una venda con el nombre de Camila escrito en rotulador.
Camila se giró de nuevo hacia su tío. Luis parecía pequeño, casi insignificante frente a la magnitud de lo que estaba ocurriendo allí abajo.
— Vete —dijo ella—. Vete ahora mismo y dile a mi padre que si quiere hablar conmigo, tendrá que ser a través de un juez. No sois mi familia. Mi familia son los que están ahí abajo dejándose la piel por mí.
Luis intentó decir algo, pero la seguridad no le dio opción. Lo escoltaron fuera del palco con una eficiencia silenciosa. Camila se dejó caer en una de las sillas, temblando, mientras Alejandra la abrazaba.
— Lo has hecho increíble, Cami —susurró Alejandra—. Tu hermano estaría tan orgulloso...
— Solo quiero que esto termine, Ale.
El partido finalizó con una victoria del Barcelona por dos a cero. Cuando el pitido final sonó, Camila sintió que una parte de la tensión abandonaba su cuerpo. Bajaron a la zona de vestuarios por el ascensor privado, una zona restringida donde solo los familiares más cercanos tenían acceso.
Allí, en el pasillo, se encontraron con un caos de alegría. Los jugadores pasaban hacia las duchas, riendo y comentando jugadas. De repente, una figura empapada de sudor y con la camiseta sucia apareció corriendo por el pasillo.
— ¡Cami! —gritó Gavi.
Se lanzó hacia ella sin importarle que estaba cubierto de césped y sudor. La levantó en el aire, dándole vueltas mientras ella reía y lloraba a la vez.
— ¡Lo has visto! —exclamó Gavi, bajándola pero manteniéndola pegada a él—. ¡El gol ha sido para ti!
— Ha sido precioso, Pablo. Todo ha sido... intenso.
Pedri apareció poco después, caminando con más calma pero con una expresión de preocupación en el rostro. Se acercó a su hermana y la examinó de arriba abajo.
— Me han dicho lo de Luis —dijo Pedri, su voz grave—. ¿Estás bien? ¿Te ha hecho algo?
— Estoy bien, Pedri. De hecho, creo que por fin le he dejado las cosas claras —Camila le sonrió a su hermano—. Se acabó el miedo.
Pedri suspiró, aliviado, y atrajo a su hermana para un abrazo largo. Por encima del hombro de Camila, miró a Gavi y asintió. Era un gesto de respeto, de reconocimiento. Habían superado una de las pruebas más difíciles, no como atletas, sino como familia.
— Bueno —dijo Gavi, rompiendo el momento con su habitual desparpajo—, creo que alguien me debe una cena en el sitio más caro de Barcelona. He ganado el partido y he marcado un gol. Las condiciones se han cumplido.
Pedri rodó los ojos, pero no pudo evitar reír.
— Está bien, pesado. Pero yo elijo el equipo de seguridad que os acompañará. Y nada de volver después de las doce.
— ¡Pedri! —protestaron Camila y Gavi al unísono.
— Es broma, es broma —rio Pedri, abrazando también a Gavi—. Os habéis ganado un poco de paz. Pero primero, dejad que me duche, que huelo peor que Ferran después de un maratón.
Esa noche, Barcelona parecía una ciudad distinta para Camila. Mientras cenaba con Gavi en un restaurante discreto frente al mar, con dos guardaespaldas sentados discretamente en una mesa lejana, sintió que el aire era más ligero.
— ¿En qué piensas? —preguntó Gavi, tomando su mano sobre el mantel blanco.
— En que hace una semana estaba en Boston, sintiéndome sola y asustada —respondió ella—. Y ahora estoy aquí, con el chico que amo, habiendo enfrentado a mis demonios. Gracias por no dejar que me rindiera, Pablo.
Gavi le besó la mano con una ternura que contrastaba con su imagen de "guerrero" en el campo.
— No podías rendirte, pequeña. Tienes demasiado ritmo canario en la sangre para eso. Y además, recuerda lo que te dije: mientras estemos juntos, no hay partido que podamos perder.
Camila miró hacia el mar, donde las luces de los barcos bailaban sobre las olas. Sabía que habría más retos, que la sombra de su familia no desaparecería de la noche a la mañana. Pero también sabía que ya no era la "hermana pequeña" que necesitaba ser rescatada. Era una mujer que había encontrado su lugar en el mundo, entre la elegancia de su hermano y la pasión del chico que le había robado el corazón.
La sorpresa de su regreso había terminado, pero su vida en Barcelona acababa de empezar. Y mientras el eco de los aplausos del Camp Nou aún resonaba en sus oídos, Camila supo que, por fin, estaba exactamente donde debía estar. En casa.