Odio
Cicatrices de seda y sospecha
El camino de regreso a casa fue un borrón de luces de calle y sombras alargadas. Pip pedaleaba con una ferocidad que le quemaba los pulmones, intentando que el aire frío de Little Kilton purgara la sensación del toque de Max de su piel. Cada vez que cerraba los ojos, sentía la presión de sus manos en su espalda, el peso de su cuerpo, la forma en que su propia resistencia se había desmoronado como un castillo de naipes ante un vendaval.
—Idiota, idiota, idiota —se repetía en voz baja, el ritmo de sus palabras acompasado con el giro de los pedales.
Al llegar a su habitación, el silencio de su casa le resultó asfixiante. Sus padres dormían, ajenos a que su hija, la brillante y moralmente inquebrantable Pippa Fitz-Amobi, acababa de cruzar una línea ética que invalidaría cualquier proceso judicial justo. Se dejó caer contra la puerta cerrada, abrazando sus rodillas. El cuaderno de notas, ese que contenía la vida y muerte de Andie Bell, yacía sobre su escritorio, mirándola como un juez silencioso.
Pasaron tres días antes de que volviera a verlo. Tres días en los que Pip se sumergió en los registros telefónicos de la noche de la desaparición, tratando de ignorar el hecho de que su mente traicionera volvía, una y otra vez, al aroma de sándalo y lino.
Fue en el Ivy House, el pub local donde los jóvenes de la zona se reunían para fingir que eran adultos. Pip no quería estar allí, pero sabía que Max estaría. Y necesitaba recuperar el control de la narrativa. Necesitaba demostrarle, y demostrarse a sí misma, que lo que había pasado en su habitación no era más que un desliz químico.
Lo vio en una mesa del rincón, rodeado de sus amigos habituales. Max lucía impecable, como siempre, con un jersey de cachemira azul que resaltaba el bronceado de su piel. Reía con una confianza que a Pip le revolvió el estómago. Cuando sus ojos se encontraron a través de la sala, él no apartó la mirada. Al contrario, alzó su vaso de ginebra en un brindis silencioso, con una sonrisa ladeada que era puramente posesiva.
Pip se acercó a la mesa, ignorando los saludos de los demás. Su rostro era una máscara de determinación fría.
—Max. Necesito hablar contigo. A solas.
—Vaya, Pippa —dijo uno de los chicos presentes, soltando una risita—. No sabía que ahora eras parte del club de fans oficial de Hastings.
—Es sobre la investigación —cortó ella, sin mirar a nadie más que al joven sentado frente a ella.
Max se puso de pie con una elegancia perezosa.
—Chicos, la ley llama —dijo, guiñando un ojo a su grupo—. No me esperéis despiertos.
Caminaron hacia la parte trasera del pub, cerca de los barriles vacíos y el callejón oscuro. En cuanto estuvieron fuera del alcance de los oídos curiosos, Pip se giró, cruzando los brazos sobre el pecho.
—¿Qué quieres, Pippa? —preguntó Max, recostándose contra la pared de ladrillo—. ¿Has venido a por la segunda ronda de interrogatorios? Porque recuerdo que la última vez terminamos de una forma muy... productiva.
—Cállate, Max —espetó ella, aunque sintió un calor repentino subir por su cuello—. He revisado los registros. Sé que llamaste a un número prepago tres veces la noche que Andie desapareció. Y sé que ese número está vinculado a una dirección en Wardrave.
Max dejó de sonreír. Sus ojos se volvieron dos rendijas oscuras, perdiendo esa chispa de diversión superficial.
—Eres como un perro con un hueso, ¿verdad? —Se acercó a ella, invadiendo su espacio personal con la misma naturalidad con la que lo había hecho en su dormitorio—. ¿No te bastó con lo del otro día? Pensé que te había quedado claro que hay cosas en las que es mejor no hurgar.
—Lo que me quedó claro es que eres un manipulador —respondió Pip, manteniendo la mirada—. Pensaste que si te acostabas conmigo, me sentiría demasiado culpable o confundida para seguir adelante. Pensaste que me habías "comprado" con un par de horas de atención.
Max soltó una carcajada corta y amarga.
—No te sobrevalores, Pippa. No te obligué a nada. Viniste a mi cuarto buscando respuestas y encontraste otra cosa. Y te gustó. Te gustó tanto que te asusta.
—Lo que me asusta es lo que eres capaz de hacer para protegerte —dijo ella, dando un paso hacia adelante, acortando la distancia hasta que sus pechos casi se tocaban—. ¿Qué le hiciste a Andie, Max? ¿Era ella tan "curiosa" como yo? ¿También intentaste silenciarla así?
El ambiente cambió en un instante. Max la tomó del brazo, no con violencia, pero sí con una firmeza que impedía cualquier huida. La empujó suavemente contra la pared, atrapándola entre su cuerpo y el ladrillo frío.
—No vuelvas a compararte con ella —susurró él, su voz cargada de una intensidad peligrosa—. Andie no era como tú. Ella sabía exactamente en qué juego se estaba metiendo. Tú, en cambio, crees que esto es una película de detectives donde al final todos van a la cárcel y tú recibes una medalla.
—¿Y qué es esto, entonces? —preguntó Pip, con la respiración entrecortada por la cercanía—. ¿Un juego de poder? ¿Una distracción?
Max bajó la mirada hacia sus labios y, por un segundo, Pip vio la máscara de egocentrismo resquebrajarse. Había algo más profundo allí, una mezcla de admiración retorcida y un deseo que no lograba saciar.
—Es una advertencia —dijo él, bajando la voz hasta que fue apenas un murmullo contra su oído—. Deja de buscar, Pippa. Por tu propio bien. Hay gente en este pueblo que no es tan paciente como yo.
—¿Me estás amenazando?
—Te estoy protegiendo —respondió él, y antes de que ella pudiera replicar, la besó.
Fue un beso hambriento, desesperado, que sabía a ginebra y a secretos prohibidos. Pip intentó empujarlo, pero sus manos terminaron aferrándose a la tela de su jersey. Odiaba la forma en que su cuerpo traicionaba a su mente cada vez que él la tocaba. Odiaba que, en medio de la investigación más importante de su vida, el sospechoso principal fuera el único capaz de hacerla sentir viva de una manera aterradora.
Max se separó unos centímetros, jadeando levemente. Su mano subió por la mejilla de Pip, su pulgar acariciando su labio inferior.
—Vete a casa, Pippa —dijo, con una suavidad que le dolió más que cualquier insulto—. Olvida el número de Wardrave. Olvida a Andie.
—No puedo —respondió ella, con la voz quebrada—. No puedo olvidar a Sal. No puedo dejar que un asesino camine libre por estas calles solo porque tiene un apellido importante.
Max la miró durante un largo silencio. Por un momento, Pip creyó ver una sombra de arrepentimiento en su rostro, un deseo de contarle todo y terminar con la farsa. Pero entonces, la máscara volvió a su lugar. La sonrisa arrogante regresó, aunque no llegó a sus ojos.
—Entonces prepárate —dijo él, soltándola y dando un paso atrás—. Porque si decides seguir siendo la heroína de Little Kilton, vas a descubrir que la verdad duele mucho más que cualquier mentira que yo pueda decirte.
Max se dio la vuelta y regresó al pub, dejándola sola en la oscuridad del callejón. Pip se quedó allí, temblando, sintiendo el frío calar hasta sus huesos. Se llevó la mano a los labios, todavía calientes por el beso.
Sabía que Max le estaba ocultando algo crucial. Sabía que su coartada era falsa y que su conexión con Wardrave era la clave. Pero también sabía, con una claridad desoladora, que cada vez que se acercaba a la verdad, se hundía más en el pantano personal que era Max Hastings.
Regresó a su bicicleta, pero esta vez no pedaleó con furia. Lo hizo con una calma gélida. Sacó su teléfono y marcó el número de Ravi Singh.
—Ravi —dijo cuando él respondió al segundo tono—. He hablado con Max.
—¿Y bien? ¿Ha confesado algo? —La voz de Ravi estaba llena de esperanza, una esperanza que a Pip le desgarraba el alma.
—No exactamente —respondió ella, mirando hacia las luces del Ivy House—. Pero me ha dado una pista sin querer. Mañana vamos a Wardrave.
—¿Estás bien, Pip? Suenas... extraña.
Pip cerró los ojos, visualizando la habitación de Max, la luz del sol sobre su piel, la forma en que la miraba antes de que todo se volviera un caos de sábanas y culpas.
—Estoy bien, Ravi. Solo estoy cansada de las mentiras.
Colgó el teléfono y guardó el aparato en su bolsillo. No podía contarle a Ravi lo que estaba pasando. No podía decirle que estaba durmiendo con el enemigo, literal y metafóricamente. La justicia exigía pureza, y ella ya estaba manchada.
Esa noche, Pip no durmió. Se quedó sentada frente a su tablero de evidencias, moviendo las cuerdas rojas que unían las fotos y los nombres. Max Hastings estaba en el centro de todo, una araña en una red de privilegios y silencio.
Miró la foto de Sal Singh, el chico que todos daban por culpable. Miró la foto de Andie Bell, la chica perfecta que guardaba los secretos más oscuros del pueblo. Y luego, miró su propio reflejo en la ventana.
—No vas a ganarme, Max —susurró a la oscuridad—. No importa cuántas veces me beses. No importa lo que me hagas sentir.
Pero en el fondo de su mente, una voz pequeña y persistente le recordaba que la última vez que había estado en su habitación, ella no había querido que él se detuviera. Y esa era la prueba más incriminatoria de todas.
Al día siguiente, mientras se preparaba para ir a Wardrave con Ravi, un sobre blanco apareció debajo de su puerta. No tenía remitente. Dentro, solo había una nota escrita con una caligrafía elegante y firme que Pip reconoció al instante.
"Algunos secretos se entierran para que nadie más muera. No seas el próximo cadáver en mi lista de preocupaciones, Pippa".
Pip apretó el papel entre sus manos hasta convertirlo en una bola. Max estaba jugando con ella, tratando de asustarla, de mantenerla bajo su control usando una mezcla de deseo y miedo. Pero él no entendía algo fundamental sobre Pippa Fitz-Amobi.
El miedo no la detenía. El miedo la hacía más aguda.
Salió de su casa, subió al coche de Ravi y no miró atrás. La investigación de Andie Bell había dejado de ser un proyecto escolar hacía mucho tiempo. Ahora era una guerra. Una guerra contra el sistema, contra el pueblo y contra sus propios instintos.
Y aunque Max Hastings creyera que tenía todas las cartas, Pip sabía que él tenía una debilidad que ella no tenía. Max se creía intocable. Y la gente que se cree intocable es la que más ruido hace cuando finalmente cae.
—¿Lista? —preguntó Ravi, arrancando el motor.
—Lista —respondió Pip, con la mirada fija en la carretera—. Vamos a descubrir qué es lo que Max Hastings tiene tanto miedo de perder.
Mientras el coche se alejaba, Pip sintió un peso en su bolsillo. Era la grabadora que había recuperado de la alfombra de Max la noche que estuvieron juntos. No la había revisado todavía. No se había atrevido a escuchar los sonidos de su propia traición.
Pero sabía que, tarde o temprano, tendría que hacerlo. Porque en esa grabación, entre los jadeos y las palabras susurradas, podía estar la pieza final del rompecabezas. Y Pip estaba dispuesta a destruirse a sí misma con tal de encontrar la verdad.
Little Kilton seguía pareciendo el pueblo perfecto bajo el sol de la mañana, pero Pip ya no veía las flores ni las casas bonitas. Solo veía las grietas. Y en esas grietas, Max Hastings la esperaba, con una sonrisa que era a la vez una promesa y una condena.
La justicia era un camino solitario, pero Pip ya no estaba segura de si caminaba hacia la luz o si se estaba adentrando voluntariamente en la boca del lobo. Lo único que sabía era que no podía detenerse. No ahora que el sabor de la mentira era tan dulce como el de los labios de Max.