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Odio

El eco de la confesión

El aire en la habitación de Max Hastings era más gélido que de costumbre, a pesar de que la calefacción funcionaba a pleno rendimiento. Pip estaba de pie junto a la ventana, observando cómo la nieve empezaba a cuajar sobre los setos perfectamente podados de la entrada. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, una armadura invisible contra la presencia del chico que, en teoría, debería ser su mayor enemigo.

Había vuelto. A pesar de las notas, de las advertencias de Ravi y de su propio sentido común, Pip estaba allí una última vez. No por justicia, no por Sal Singh, sino por una necesidad visceral de cerrar una herida que ella misma se había provocado al dejar que Max entrara bajo su piel.

—Sabía que vendrías —dijo Max desde la cama. Estaba sentado con la espalda apoyada en el cabecero, observándola con esa mezcla de aburrimiento y fascinación que siempre la desarmaba—. Tienes esa mirada, Pippa. La de alguien que sabe que ha perdido, pero necesita que se lo digan a la cara.

Pip se giró lentamente. Max no llevaba camisa, como aquella primera vez que lo interrogó. La luz azulada del invierno resaltaba las líneas de su torso, una geografía que ella ya conocía de memoria y que odiaba desear.

—No he venido a perder, Max —dijo ella, con la voz más firme de lo que se sentía—. He venido a decirte que tengo la grabación. La de la otra noche.

Max arqueó una ceja, su expresión no cambió, pero Pip notó un ligero tensado en su mandíbula.

—¿Y bien? ¿Vas a llevarla a la policía? —Se rió, un sonido seco y carente de alegría—. "Agente, aquí tienen el sonido de la detective estrella de Little Kilton gimiendo bajo el principal sospechoso". No creo que ayude mucho a la reputación de tu podcast.

—No me importa mi reputación —mintió Pip, dando un paso hacia él—. Pero en la grabación, después de que pensaras que estaba dormida... susurraste un nombre. No fue el de Andie. Fue el de Lorna.

El silencio que siguió fue absoluto. El egocentrismo de Max pareció evaporarse por un segundo, dejando paso a una vulnerabilidad que él se apresuró a cubrir con una máscara de pura insolencia. Se levantó de la cama con movimientos felinos, acercándose a ella hasta que Pip pudo sentir el calor que emanaba de su piel.

—Eres peligrosa, Pippa Fitz-Amobi —susurró él, atrapándola contra el marco de la ventana—. Juegas con fuego y luego te sorprendes cuando te salen ampollas.

—Dime quién es Lorna —exigió ella, aunque su corazón ya empezaba a traicionarla, latiendo con fuerza contra sus costillas—. Dime la verdad por una vez en tu vida, Max. Sin juegos, sin dinero, sin el apellido Hastings protegiéndote.

Max extendió una mano y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos. El contacto fue eléctrico, una descarga que hizo que las piernas de Pip temblaran.

—La verdad es aburrida —murmuró él, bajando el rostro hasta que sus labios rozaron la oreja de Pip—. La verdad no te hace sentir lo que sientes ahora mismo. Estás temblando, y no es por Lorna. Es por mí.

—Te odio —dijo ella, aunque sus manos, por voluntad propia, se cerraron sobre los hombros desnudos de Max.

—Lo sé —respondió él con una sonrisa cruel—. Y eso es lo que más me gusta de esto. Que me odias y, aun así, no puedes marcharte.

Max la besó con una urgencia que no tenía nada que ver con el afecto y todo que ver con la posesión. Fue un beso que sabía a derrota y a desesperación. Pip respondió con la misma intensidad, volcando en ese contacto toda la frustración, la culpa y el deseo que la habían estado consumiendo desde que empezó la investigación.

Él la levantó en vilo, y Pip rodeó su cintura con las piernas, aferrándose a él como si fuera lo único sólido en un mundo que se desmoronaba. Max la llevó de vuelta a la cama, dejándola caer sobre el edredón mientras se deshacía de sus pantalones con una impaciencia que delataba que él también estaba al límite.

—Esta es la última vez —jadeó Pip mientras Max le quitaba el jersey, dejando su piel expuesta al aire frío y a sus manos ardientes.

—Dite eso a ti misma si te ayuda a dormir, Pippa —replicó él, bajando por su cuello con besos que dejaban marcas de fuego—. Pero ambos sabemos que esto es lo único real que tienes ahora mismo. Sin misterios, sin muertos. Solo nosotros.

El encuentro fue diferente a los anteriores. No hubo juegos de poder, ni burlas, ni la distancia emocional que Max solía interponer. Fue algo crudo, casi violento en su honestidad física. Pip se perdió en la sensación de Max sobre ella, en la forma en que sus dedos se entrelazaban y en cómo él buscaba su mirada, obligándola a verlo, a reconocer que, en ese momento, él era el centro de su universo.

Era un adiós, aunque ninguno de los dos lo dijera en voz alta. Pip sentía que estaba entregando la última pieza de su inocencia, quemándola en el altar de un chico que probablemente no merecía ni un segundo de su tiempo. Y Max, por un breve instante, dejó de ser el joven intocable y arrogante para convertirse en alguien que buscaba consuelo en la única persona que se había atrevido a ver detrás de su fachada.

Cuando el ritmo de sus respiraciones finalmente se calmó, el silencio regresó a la habitación, pero esta vez era más pesado, cargado de una melancolía inevitable. Max permaneció tumbado a su lado, mirando al techo, mientras Pip se cubría con las sábanas, sintiendo el vacío que empezaba a formarse en su pecho.

—Lorna era la chica que estaba antes que Andie —dijo Max de repente, su voz era apenas un hilo en la penumbra—. Ella no desapareció. Simplemente... la enviaron lejos cuando las cosas se pusieron feas. Mi padre se encargó de todo.

Pip se incorporó sobre un codo, mirándolo con ojos empañados.

—¿Qué pasó, Max?

—Lo mismo que pasa siempre —respondió él, girando la cabeza para mirarla. Sus ojos estaban oscuros, vacíos—. Alguien sale herido y los Hastings firman un cheque. Pero con Andie... Andie no quería dinero. Andie quería poder. Y eso es algo que mi familia no comparte con nadie.

Pip sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima. Estaba escuchando la verdad, o al menos una parte de ella, y le dolía más de lo que había imaginado.

—¿La mataste tú? —preguntó en un susurro.

Max soltó una carcajada triste y le acarició el cabello.

—No, Pippa. Yo no tengo el valor para hacer algo así. Yo solo soy el que mira hacia otro lado mientras los demás limpian el desastre. Es mucho más fácil vivir así, ¿no crees?

—No, no lo es —dijo ella, levantándose de la cama y empezando a vestirse con movimientos mecánicos—. Es cobarde.

Max no intentó detenerla. Se quedó allí, observándola mientras ella recuperaba su armadura, pieza a pieza. Cuando Pip terminó de abrocharse las botas, se giró hacia él. El Max arrogante había vuelto, apoyado en los cojines con una sonrisa de suficiencia que ya no la engañaba.

—Supongo que esto significa que el interrogatorio ha terminado —dijo él—. ¿Vas a ir a buscar a Lorna ahora?

—Voy a terminar lo que empecé, Max —respondió Pip, cogiendo su mochila—. Y esta vez, no habrá grabadoras, ni besos, ni distracciones.

—Me vas a echar de menos, Pippa Fitz-Amobi —le lanzó él mientras ella caminaba hacia la puerta—. Porque en el fondo, somos iguales. Ambos estamos dispuestos a todo por conseguir lo que queremos. La única diferencia es que yo lo admito.

Pip se detuvo en el umbral, con la mano en el pomo. No lo miró. No podía permitirse verlo una vez más porque sabía que, si lo hacía, su resolución flaquearía.

—No somos iguales, Max —dijo con voz gélida—. Tú destruyes a la gente para salvarte a ti mismo. Yo me destruyo a mí misma para salvar a los demás.

Cerró la puerta tras de sí, y el sonido del pestillo encajando le pareció el final de una sentencia. Bajó las escaleras de la mansión Hastings por última vez, sintiendo que cada paso la alejaba de un abismo que casi la había tragado entera.

Al salir a la calle, el aire puro de la noche la golpeó con fuerza. Sacó su teléfono y vio varios mensajes perdidos de Ravi. Suspiró, sintiendo el peso de la traición y la responsabilidad sobre sus hombros.

Caminó hacia su bicicleta, pero antes de subir, sacó la pequeña grabadora de su bolsillo. Se quedó mirándola un momento, recordando los sonidos que contenía, las pruebas de su propia debilidad. Con un movimiento decidido, la dejó caer al suelo y la aplastó con el tacón de su bota hasta que el plástico crujió y los circuitos quedaron reducidos a chatarra.

No necesitaba esa grabación para hundir a los Hastings. Tenía algo mejor: tenía la verdad sobre Lorna y la certeza de que Max nunca sería capaz de cambiar.

Mientras pedaleaba hacia la casa de Ravi, Pip se limpió una lágrima traicionera que rodaba por su mejilla. Había terminado. La parte de ella que buscaba respuestas en los brazos de Max Hastings había muerto en esa habitación. Lo que quedaba era la detective, la chica que no descansaría hasta que Little Kilton pagara por sus pecados.

La nieve seguía cayendo, cubriendo las huellas de sus neumáticos, borrando el camino que la había llevado hasta Max. Pero en su mente, el eco de su última vez juntos seguía resonando, un recordatorio de que, a veces, para encontrar la luz, hay que estar dispuesto a caminar a través de la oscuridad más absoluta.

—Se acabó, Max —susurró para sí misma, acelerando el paso—. Ahora empieza la justicia de verdad.

A lo lejos, las luces de la mansión Hastings se veían pequeñas y distantes, una jaula de oro llena de secretos que Pip estaba a punto de incendiar. Y esta vez, no se quedaría a ver cómo ardían. Tenía un nombre, Lorna, y un propósito que era mucho más grande que el deseo egoísta de un chico que creía que podía tenerlo todo.

Pip Fitz-Amobi ya no era una principiante. Era la tormenta que Little Kilton no había visto venir. Y Max Hastings, a pesar de todo su dinero y su encanto, acababa de darle el arma definitiva para destruirlo: su propia confesión de cobardía.

El juego había cambiado. Y Pip, por fin, sabía cómo ganar.