Odio al amor
La Rendición de la Bestia
La lluvia golpeaba con una violencia rítmica contra los ventanales del ático de Phana. Dentro, el aire estaba cargado de una tensión que había dejado de ser odio puro para transformarse en algo mucho más peligroso y sofocante. Arthit estaba acorralado contra la pared de mármol, su respiración agitada chocando contra el pecho de quien, hasta hacía apenas unas semanas, era su peor pesadilla.
Phana, el heredero de una de las fortunas más grandes de Bangkok, el chico que lo había humillado frente a toda la facultad, el que lo llamaba "escoria" por no tener donde caerse muerto, ahora lo miraba con unos ojos oscuros, inyectados en un deseo que rozaba la locura. Ya no había insultos, solo una urgencia animal.
—Mírame, Arthit —gruñó Phana, atrapando las muñecas del chico más bajo sobre su cabeza—. Mírame y dime que todavía me odias después de cómo te tiemblan las piernas cuando te toco.
Arthit tragó saliva, sintiendo el nudo en su garganta. Su orgullo, ese que había intentado mantener intacto a pesar de los golpes y las burlas, se estaba desmoronando bajo el calor abrasador de la piel de Phana.
—Te odio —susurró Arthit, aunque su voz carecía de convicción—. Odio que creas que puedes tenerme solo porque decidiste que ya no quieres pegarme.
Phana soltó una risa seca, una vibración que Arthit sintió en sus propios huesos. Sin previo aviso, Phana bajó la cabeza y atacó el cuello de Arthit, mordiendo la piel sensible justo por encima de la clavícula. Arthit soltó un jadeo, arqueando la espalda, sus dedos buscando instintivamente el cabello perfectamente peinado de Phana para tirar de él, no para alejarlo, sino para hundirlo más en su carne.
—Dime que te duele —susurró Phana contra su piel, su aliento caliente quemando—. Dime que es peor que cuando te empujaba en los pasillos.
—Es... es diferente —logró articular Arthit, cerrando los ojos con fuerza mientras las manos de Phana bajaban con brusquedad, desgarrando prácticamente la humilde camisa de algodón que Arthit vestía.
Phana no tuvo paciencia. Sus manos, grandes y acostumbradas a imponer su voluntad, bajaron por el torso de Arthit, delineando las costillas que se marcaban ligeramente debido a las comidas que Arthit se saltaba para ahorrar dinero. Esa vulnerabilidad, en lugar de despertar lástima en Phana, encendió una llama de posesividad violenta. Quería marcar cada centímetro de ese cuerpo, quería que Arthit supiera que, aunque el mundo lo despreciara, él era el único dueño de su placer y de su dolor.
Con un movimiento fluido, Phana lo cargó, obligando a Arthit a enredar sus piernas alrededor de su cintura. Lo llevó hasta la enorme cama de sábanas de seda negra, lanzándolo sobre ella. El contraste entre la piel pálida de Arthit y la oscuridad de la cama era una imagen que Phana grabaría en su memoria.
Sin perder un segundo, Phana se deshizo de su propia ropa, revelando un cuerpo atlético y tenso por la anticipación. Se arrojó sobre Arthit, atrapando sus labios en un beso que no tenía nada de tierno. Era una batalla de lenguas, un intercambio de saliva y desesperación.
Phana bajó una de sus manos hacia la entrepierna de Arthit, apretando con fuerza por encima de los pantalones desgastados.
—Estás tan duro para mí, pequeño becario —se burló Phana, aunque su propia voz temblaba—. Tanto estudiar no te sirvió para aprender a esconder lo que sientes.
—Cállate... solo cállate —suplicó Arthit, sintiendo que el juicio lo abandonaba.
Phana desabrochó el cinturón de Arthit y bajó sus pantalones y ropa interior de un solo tirón, dejando su desnudez expuesta a la luz tenue de la habitación. Luego, con una lentitud tortuosa, Phana llevó su mano hacia el rostro de Arthit, acariciando su mejilla antes de deslizar dos dedos dentro de su boca.
—Chúpalos —ordenó Phana—. Úsalos para prepararte.
Arthit obedeció, sus ojos fijos en los de Phana, succionando los dedos largos y fuertes, bañándolos en su propia saliva. El sonido húmedo llenaba el silencio de la habitación, solo interrumpido por el trueno ocasional en el exterior. Cuando Phana consideró que era suficiente, retiró los dedos y, sin previo aviso, los llevó hacia el centro de la angustia de Arthit.
El primer dedo entró con una presión firme, haciendo que Arthit soltara un grito ahogado contra la almohada.
—Phana... espera... —gimió Arthit, sus dedos enterrándose en las sábanas.
—No voy a esperar —respondió Phana, su voz era un rugido bajo—. Llevo meses queriendo romperte de esta manera.
Phana añadió un segundo dedo, moviéndolos en un gancho que buscaba el punto exacto donde Arthit perdía la razón. La fricción interna era intensa, eléctrica. Arthit empezó a moverse rítmicamente contra la mano de Phana, su respiración convertida en sollozos de puro placer.
—¡Phana, por favor! —exclamó Arthit, su cabeza moviéndose de lado a lado.
—¿Por favor qué? —preguntó Phana, acercándose a su oído, su mano moviéndose con una destreza cruel—. ¿Quieres que pare o quieres que te llene de una vez?
—Lléname... —confesó Arthit, la humillación final aceptada—. Por favor, métela.
Phana no necesitó que se lo dijera dos veces. Se posicionó entre las piernas de Arthit, sujetando sus muslos con una fuerza que dejaría marcas moradas al día siguiente. Se guió hacia la entrada que sus dedos habían suavizado y, con un empuje decidido y profundo, se enterró en él hasta el fondo.
El grito de Arthit fue desgarrador, una mezcla de dolor inicial y una plenitud que nunca había imaginado. Se sintió desgarrado, abierto, reclamado por el hombre que más odiaba y que, en ese momento, era el centro de su universo.
Phana se quedó inmóvil por un momento, dejando que las paredes internas de Arthit se acostumbraran a su grosor. Sus músculos temblaban por el esfuerzo de no perder el control de inmediato.
—Dios, Arthit... estás tan estrecho... me vas a matar —gruñó Phana, enterrando el rostro en el cuello de Arthit, aspirando el olor a jabón barato y sudor que emanaba de él.
—Muévete... —pidió Arthit, rodeando el cuello de Phana con sus brazos, atrayéndolo más hacia sí—. No te detengas ahora.
Phana comenzó a moverse, primero con embestidas lentas y profundas que hacían que Arthit viera estrellas, y luego aumentando el ritmo hasta que el sonido de sus cuerpos chocando se volvió ensordecedor. Cada estocada era un recordatorio de su diferencia de clase, de su historia de violencia, pero también de una conexión química que ninguno podía negar.
Phana no era gentil. Sus manos se cerraban alrededor del cuello de Arthit, no para asfixiarlo, sino para mantenerlo anclado mientras lo reclamaba una y otra vez. Arthit, por su parte, se entregaba con una ferocidad inesperada, arañando la espalda de Phana, devolviendo cada golpe de cadera con un empuje propio.
—Eres mío —sentenció Phana, sus ojos clavados en los de Arthit mientras el clímax se acercaba—. ¿Lo oyes? No importa quién seas fuera de esta habitación, aquí eres mío.
—Soy... tuyo —aceptó Arthit, las lágrimas escapando de sus ojos mientras el placer lo desbordaba.
El ritmo se volvió frenético. Phana ya no podía contenerse. Con un último empuje que pareció tocar el alma de Arthit, ambos llegaron al límite. Arthit se corrió sobre su propio abdomen, sus músculos espasmódicos apretando a Phana, quien soltó un rugido mientras se liberaba profundamente dentro de él, llenándolo con su calor y su marca.
El silencio que siguió fue denso. Phana se dejó caer sobre Arthit, su peso aplastándolo contra el colchón, pero esta vez no se sentía como una agresión. Los corazones de ambos latían al unísono, una carrera salvaje que poco a poco encontraba su calma.
Phana levantó la cabeza, mirando a Arthit. El chico pobre, el estudioso, el que siempre bajaba la cabeza, ahora lo miraba con una mezcla de agotamiento y una chispa de desafío que Phana nunca había visto.
—Mañana volverás a odiarme —dijo Phana, pasando un pulgar por el labio inferior de Arthit, que estaba hinchado por los besos.
—Probablemente —respondió Arthit con voz ronca—. Pero esta noche... esta noche no puedo recordar por qué lo hacía.
Phana sonrió, una sonrisa que por primera vez no era de burla, sino de una extraña y retorcida ternura. Se inclinó y besó la frente de Arthit, antes de acomodarse a su lado, atrayéndolo hacia su pecho.
—Duerme —ordenó Phana—. Mañana tengo que comprarte ropa nueva. No quiero que mi chico ande por ahí con esos trapos.
Arthit quiso protestar, quiso decir que no era "su chico", pero el cansancio y el calor del cuerpo de Phana eran demasiado tentadores. Se acurrucó contra el hombre que lo había maltratado, sabiendo que el camino que tenían por delante sería destructivo, pero incapaz de soltarse de la mano que, por fin, lo sostenía con algo parecido al amor.