Odio al amor
Marcas en la Piel y Seda en el Alma
La luz del amanecer en Bangkok no pedía permiso. Se filtraba a través de las cortinas de seda gris del ático, iluminando las partículas de polvo que flotaban en el aire estancado y lujoso. Arthit despertó con una sensación de pesadez que no era solo física. El brazo de Phana, firme y posesivo incluso en sueños, cruzaba su pecho como una cadena de oro: hermosa, pero pesada.
Arthit intentó moverse, pero un gemido de dolor escapó de sus labios. Su cuerpo recordaba cada embestida, cada centímetro de piel reclamado. Tenía moretones en las caderas y una marca violácea en el cuello que ningún uniforme de la facultad podría ocultar. Se quedó quieto, mirando el techo artesonado, preguntándose en qué momento su vida se había convertido en este retorcido cuento de hadas donde el villano no solo no era derrotado, sino que terminaba durmiendo a su lado.
—Si intentas escapar, te encontraré antes de que llegues al ascensor —la voz de Phana, ronca por el sueño, vibró contra la nuca de Arthit.
Arthit se tensó. Sintió cómo los dedos de Phana trazaban las marcas que él mismo había dejado en sus costillas la noche anterior.
—Tengo clase de Microeconomía a las ocho —susurró Arthit, tratando de mantener una dignidad que se sentía inexistente—. Y no tengo ropa limpia. La que traía está... destrozada.
Phana soltó una risa baja y se incorporó, apoyándose en un codo. Su torso desnudo era una exhibición de privilegio y gimnasio, una imagen que Arthit odiaba admitir que encontraba hipnótica.
—Olvida esa clase. Y olvida esos harapos —dijo Phana con una naturalidad insultante—. Te dije que te compraría cosas nuevas. Mi chofer ya está abajo con varias bolsas. Pedí tu talla basándome en... bueno, en lo que sentí anoche.
—No quiero tu ropa, Phana —replicó Arthit, sentándose y cubriéndose con la sábana negra—. No soy una de tus conquistas a las que puedes comprar con una tarjeta de crédito. Soy un estudiante, no un juguete.
Phana cambió su expresión en un segundo. La chispa de "ternura" de la noche anterior se evaporó, siendo reemplazada por la frialdad del heredero que no aceptaba un "no" por respuesta. Se acercó a Arthit, tomándolo del mentón con fuerza, obligándolo a mirarlo.
—Escúchame bien, becario. Ayer aceptaste ser mío. Y lo que es mío, luce como yo quiero que luzca. No voy a permitir que el chico que gime mi nombre por la noche camine por los pasillos pareciendo un mendigo durante el día. Daña mi imagen.
—¿Tu imagen? —Arthit sintió que la bilis subía por su garganta—. ¡Me golpeaste en los baños hace dos semanas! Me tiraste los libros al barro y le dijiste a todo el mundo que mi aliento olía a pobreza. ¿Qué imagen intentas proteger ahora? ¿La del acosador que se encaprichó con su víctima?
La mano de Phana se deslizó desde el mentón hasta el cuello de Arthit, apretando lo justo para que el chico sintiera el pulso acelerado de su captor.
—Exactamente esa —siseó Phana—. Ahora, métete en la ducha. Tienes diez minutos antes de que la ropa llegue a la puerta. Si no sales, te meteré yo mismo y te aseguro que no llegaremos a ninguna clase hoy.
Arthit apretó los dientes, pero la chispa de miedo y excitación que Phana siempre lograba encender en él lo hizo ceder. Se levantó, sintiendo el aire frío en su piel desnuda, y caminó hacia el baño de mármol. Mientras el agua caliente golpeaba sus hombros, Arthit se miró en el espejo empañado. No se reconocía. Sus ojos, antes llenos de una determinación feroz por salir adelante a pesar de su situación económica, ahora se veían nublados, perdidos en el laberinto de Phana.
Cuando salió, envuelto en una toalla que costaba más que su alquiler mensual, encontró un conjunto de ropa sobre la cama. Una camisa de lino azul pálido, pantalones de corte sastre y zapatos de cuero italiano. Phana ya estaba vestido con su uniforme habitual, impecable, como si no hubiera pasado la noche entregado a una pasión animal.
—Póntelo —ordenó Phana, sin mirarlo, mientras revisaba su teléfono.
Arthit se vistió en silencio. La tela era suave, casi irreal contra su piel maltratada. Se sentía como un impostor, como si estuviera usando un disfraz de alguien rico.
—Nos vamos —dijo Phana, guardando el teléfono y caminando hacia la salida—. Mis amigos nos esperan en la cafetería de la universidad.
Arthit se detuvo en seco.
—¿Tus amigos? ¿Kit y Beam? Phana, ellos me odian tanto como tú lo hacías. Se burlarán de mí si me ven llegar contigo. Dirán que...
—Dirán lo que yo les permita decir —lo interrumpió Phana, abriendo la puerta del ático—. Y hoy, les he permitido entender que eres intocable. A menos que sea por mí.
El trayecto en el coche de lujo fue un suplicio de silencio. Arthit miraba por la ventana las calles de Bangkok que solía recorrer en autobús, sintiéndose un extraño en ese vehículo climatizado. Al llegar al campus, el murmullo habitual de los estudiantes se detuvo cuando el coche de Phana se estacionó frente a la entrada principal.
Phana bajó primero, rodeando el coche para abrirle la puerta a Arthit. Fue un gesto caballeroso que se sintió como una declaración de guerra.
—Baja —dijo Phana, extendiendo una mano.
Arthit la tomó, sus dedos temblando ligeramente. Al salir, sintió los ojos de cientos de estudiantes clavados en él. La ropa nueva, el coche, la cercanía de Phana... el mensaje era claro.
Caminaron hacia la mesa central de la cafetería, donde el "círculo de élite" de la facultad estaba sentado. Kit y Beam, los mejores amigos de Phana, dejaron de reír en cuanto los vieron acercarse.
—¿Qué es esto, Pha? —preguntó Kit, arqueando una ceja mientras recorría a Arthit con una mirada despectiva—. ¿Has decidido adoptar a una mascota?
Phana no soltó la mano de Arthit. Al contrario, entrelazó sus dedos con más fuerza.
—Arthit va a desayunar con nosotros hoy —dijo Phana con una voz que no admitía réplica—. Y a partir de ahora, cualquier comentario sobre su origen, su ropa o sus notas, será tomado como un insulto personal hacia mí. ¿Ha quedado claro?
Beam soltó una carcajada nerviosa, mirando a Arthit como si buscara una explicación en su rostro pálido.
—Vaya, el pequeño ratón de biblioteca sí que sabe cómo escalar —comentó Beam, aunque su tono era menos agresivo que de costumbre—. No sabía que el precio de tu orgullo era una camisa de diseñador, Arthit.
Arthit sintió que la cara le ardía. Quiso soltarse, quiso gritar que él no había pedido nada de esto, pero Phana lo atrajo hacia su costado, rodeándole la cintura con un brazo protector que se sentía como una jaula.
—Su orgullo no tiene precio, Beam —dijo Phana, bajando la voz de una manera amenazante—. Lo cual es más de lo que puedo decir de muchos en esta mesa. Ahora, traedle un café. El que le gusta, con poca azúcar.
—Yo puedo ir por mi café —logró decir Arthit, su voz apenas un susurro.
—Siéntate, Arthit —ordenó Phana, empujándolo suavemente hacia la silla a su lado—. Eres mi invitado. Comórtate como tal.
El desayuno fue una tortura de hipocresía. Los mismos chicos que hace una semana le habían puesto la zancadilla en el pasillo, ahora le pasaban la bandeja de pastelería francesa con sonrisas forzadas. Arthit no podía probar bocado. Sentía la mano de Phana descansando sobre su muslo por debajo de la mesa, un recordatorio constante de a quién pertenecía ahora.
A mitad del desayuno, un grupo de estudiantes de primer año pasó cerca. Uno de ellos, reconociendo a Arthit, se detuvo.
—¡Arthit! —exclamó el chico, acercándose con una sonrisa—. Te estaba buscando. El profesor de matemáticas dice que si no entregas el trabajo de investigación hoy, perderás la beca de manutención. Sé que has tenido problemas con el dinero para las copias, así que...
El chico se calló de golpe al notar la presencia de Phana. La atmósfera en la mesa se volvió gélida.
—¿Qué trabajo, Arthit? —preguntó Phana, su voz destilando una curiosidad peligrosa.
—Es... es un proyecto extra para cubrir los gastos de los libros —explicó Arthit, tratando de no mirar a Phana—. Necesito esa beca, Phana. No todos tenemos una cuenta ilimitada.
Phana miró al estudiante de primer año, quien retrocedió un paso, intimidado.
—Dile al profesor que Arthit no necesita esa beca —dijo Phana con frialdad—. Y que no volverá a hacer trabajos extra para nadie.
—¡Phana, no! —protestó Arthit, poniéndose de pie—. Es mi futuro. No puedes decidir sobre mi educación.
Phana también se levantó, ignorando las miradas curiosas de toda la cafetería. Agarró a Arthit del brazo y lo arrastró hacia un rincón más privado, detrás de unas columnas de mármol.
—¿Tu futuro? —gruñó Phana, acorralándolo contra la columna—. Tu futuro soy yo. ¿Crees que voy a dejar que te mates trabajando por unos cuantos bahts mientras el resto del mundo te mira con lástima?
—¡Es mi esfuerzo! —gritó Arthit, las lágrimas de frustración asomando a sus ojos—. ¡Es lo único que tengo que es mío de verdad! Tú me quitaste mi paz, me quitaste mi seguridad... ¡no me quites mi mérito!
Phana lo miró fijamente, y por un momento, Arthit vio una grieta en su armadura de arrogancia. Vio una chispa de algo que no era odio ni deseo, sino una posesividad tan profunda que rozaba el miedo.
—No lo entiendes —dijo Phana, su voz bajando de volumen—. Si dependes de esa beca, dependes de la universidad. Si dependes de mí, solo me tienes a mí. Y prefiero que me odies por comprarte la vida a que me ignores porque estás demasiado ocupado intentando sobrevivir.
—Eso es estar enfermo, Phana —susurró Arthit—. Eso no es amor, ni siquiera es una obsesión sana. Es control.
—Llámalo como quieras —respondió Phana, acercándose tanto que sus narices se rozaban—. Pero anoche, cuando me pediste que no parara, no estabas pensando en tus libros ni en tu beca. Estabas pensando en cómo te hacía sentir.
Phana se inclinó y le dio un beso casto pero firme en los labios, un sello de propiedad frente a cualquiera que pudiera estar mirando.
—Ve a tu clase —dijo Phana, soltándolo—. Pero después de la última hora, el coche te estará esperando. Vamos a ir a mi casa de la playa este fin de semana. Necesitas entender que ya no eres el chico pobre que todos pueden pisotear. Ahora eres el chico que está al lado de Phana Kongthanin. Y eso tiene un precio, Arthit. Un precio que vas a pagar con cada parte de tu ser.
Arthit se quedó allí, apoyado contra la columna, viendo cómo Phana regresaba a la mesa con sus amigos como si nada hubiera pasado. Se miró las manos, las manos que habían estudiado hasta el cansancio, y luego miró la camisa cara que vestía.
Se sentía sucio, pero al mismo tiempo, una parte oscura de él, una parte que había sido humillada y golpeada durante años, saboreaba el poder que venía de la mano de su verdugo.
Caminó hacia su clase, pero no entró. Se dirigió al baño, el mismo donde Phana lo había golpeado meses atrás. Se encerró en un cubículo y lloró. Lloró por el Arthit que quería ser ingeniero por sus propios medios, y lloró por el Arthit que, esa mañana, al despertar en los brazos de Phana, había deseado por un segundo que el tiempo se detuviera para siempre.
Cuando salió del baño, se lavó la cara y se miró al espejo. El moratón del cuello seguía ahí, brillando bajo la luz fluorescente.
—Duele —susurró para sí mismo, tocando la marca—. Pero al menos ahora, el dolor tiene un nombre.
Al salir del edificio al final del día, el coche negro y brillante estaba allí, tal como Phana prometió. El chofer le abrió la puerta con una reverencia. Arthit dudó solo un segundo antes de entrar.
Dentro, Phana lo esperaba con una copa de champán y una mirada que prometía una noche de más marcas y menos palabras.
—Bienvenido a tu nueva realidad, Arthit —dijo Phana, brindando al aire.
El coche arrancó, dejando atrás la universidad, los libros y la pobreza. Arthit cerró los ojos, dejándose llevar por la velocidad, sabiendo que, aunque había ganado el mundo, acababa de perderse a sí mismo en los brazos del hombre que lo había destruido para luego intentar reconstruirlo a su imagen y semejanza.
La carretera hacia la playa era larga, y el silencio entre ellos ya no era de odio, sino de una complicidad tóxica que apenas comenzaba a florecer. Phana le tomó la mano, y esta vez, Arthit no intentó soltarse. Simplemente entrelazó sus dedos, aceptando que su jaula, aunque fuera de oro, seguía siendo una jaula. Y que, por ahora, no quería la llave.