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Ecos en el invernadero personal
El eco de la puerta al cerrarse todavía vibraba en las paredes de la habitación, pero para Luka, el estruendo más fuerte era el de su propio corazón golpeando contra las costillas. Se quedó allí, tumbado en la cama, con los brazos extendidos y la mirada fija en una grieta del techo que parecía burlarse de su repentina soledad. El aire, que segundos antes quemaba, ahora se sentía gélido.
Se llevó una mano a los labios. Todavía podía sentir la presión de los de Jeremy, ese calor húmedo y eléctrico que lo había hecho sentir, por primera vez en diecisiete años, que no era solo un observador de la vida, sino un participante. Pero la huida de Jeremy —tan ruidosa, tan llena de excusas sobre peces inexistentes y guitarras desafinadas— lo devolvía a su realidad habitual: el silencio y la duda.
—Maldita sea —susurró, cerrando los ojos con fuerza.
La culpa, esa vieja conocida que lo acompañaba desde el orfanato y las misas de los domingos, empezó a filtrarse por las rendijas de su mente. ¿Había ido demasiado lejos? ¿Había roto la frágil burbuja de seguridad en la que Jeremy vivía? Luka sabía que Jeremy era como uno de sus brotes más delicados: necesitaba luz y atención, pero si le dabas demasiada agua de golpe, sus raíces se asustaban. Y Luka, impulsado por esas semanas de consumo febril de pornografía y curiosidad adolescente, le había dado una inundación.
Se levantó de la cama con movimientos torpes, sintiéndose pesado. Se acercó a su escritorio y abrió su cuaderno de botánica, pero las ilustraciones de las raíces de las angiospermas ya no le proporcionaban el consuelo de siempre. Sus pensamientos eran un nudo de contradicciones. Por un lado, la satisfacción animal de haber tocado la piel de Jeremy lo hacía vibrar; por otro, el miedo a haberlo asustado de forma irreversible lo llenaba de náuseas.
Pasaron tres días. Tres días en los que Jeremy fue, en apariencia, el mismo de siempre: ruidoso, bromista y disperso. Sin embargo, para el ojo entrenado de Luka, algo había cambiado. Jeremy evitaba el contacto físico prolongado. Ya no se dejaba caer sobre él con la misma despreocupación; sus roces eran rápidos, como si temiera quemarse.
El jueves por la tarde, Luka estaba en el invernadero de la escuela, un pequeño refugio de cristal y hierro donde solía pasar sus horas libres clasificando muestras. El olor a tierra húmeda y clorofila solía calmarlo, pero hoy solo le recordaba que sus propias "raíces" estaban enredadas.
La puerta del invernadero chirrió. Jeremy entró con su mochila colgando de un solo hombro y una bolsa de patatas fritas a medio terminar.
—¡Vaya, el Dr. Frankenstein en su laboratorio! —exclamó Jeremy, su voz rebotando en los cristales—. ¿Estás creando una planta carnívora que coma profesores de álgebra? Porque si es así, tengo una lista de sugerencias.
Luka no levantó la vista de la maceta que estaba podando. Sabía que Jeremy estaba usando su "escudo de ruido".
—Solo estoy podando las begonias, Jeremy —respondió con calma, aunque sus dedos temblaron ligeramente al cortar una hoja seca.
Jeremy se acercó, caminando entre los estantes con esa postura encorvada que Luka conocía de memoria. Se detuvo frente a una planta de hojas grandes y oscuras.
—Esta se ve deprimida —dijo Jeremy, señalándola con una patata frita—. Tiene cara de que escucha demasiado Radiohead.
Luka dejó las tijeras sobre la mesa de metal y finalmente lo miró. Jeremy no sostenía la mirada; estaba muy concentrado en el patrón de las venas de la hoja.
—Jeremy —dijo Luka, bajando el tono—. ¿Podemos hablar de lo que pasó el otro día?
Jeremy se puso rígido. Soltó una risita nerviosa y se metió tres patatas en la boca al mismo tiempo.
—¿Lo del calambre? ¡Te lo dije, fue una tragedia ergonómica! Deberías denunciar al fabricante de ese colchón, Luka. Es un peligro para la salud pública —respondió con la boca llena, gesticulando de forma exagerada.
—No hablo del calambre —insistió Luka, dando un paso hacia él—. Hablo de que te fuiste corriendo. Hablo de que... de que te toqué y te asustaste.
Jeremy dejó de masticar. El silencio que siguió fue incómodo, roto solo por el goteo de un sistema de riego automático en el fondo del invernadero. Jeremy bajó la bolsa de patatas y, por primera vez en días, miró a Luka a los ojos. Sus iris ámbar estaban cargados de una confusión que dolió ver.
—No me asusté por ti, Luka —murmuró Jeremy, perdiendo de repente toda la energía cinética que lo caracterizaba. Se dejó caer en un taburete de madera viejo—. Es solo que... fue mucho, ¿sabes? Mi cerebro no tiene tantos canales de salida. Fue como si de repente alguien subiera el volumen de la radio al máximo y yo no supiera dónde está el botón de apagado.
Luka suspiró, sintiendo que una parte del peso en su pecho se aligeraba. Se acercó y se apoyó en la mesa de trabajo, frente a él.
—Pensé que te había dado asco —confesó Luka, bajando la voz hasta que fue casi un susurro—. He estado... leyendo cosas, viendo cosas en internet. Y me sentía sucio por querer más de ti. Pensé que mi deseo era algo vulgar que iba a arruinar lo que tenemos.
Jeremy arrugó la nariz, soltando un bufido que era mitad risa, mitad exhalación de alivio.
—¿Asco? ¿Tú? —Jeremy negó con la cabeza, despeinando aún más su cabello negro—. Luka, eres la persona más limpia que conozco. Literal y figuradamente. Hueles a jabón y a hojas de té. No podrías ser vulgar ni aunque lo intentaras con un manual.
—Entonces, ¿por qué huiste? —preguntó Luka, buscando una respuesta honesta tras el sarcasmo.
Jeremy jugueteó con el borde de su camiseta raglán, estirando la tela.
—Porque se sintió demasiado bien —admitió Jeremy en voz muy baja, evitando de nuevo el contacto visual—. Y eso me asusta más que cualquier otra cosa. En mi casa, cuando algo se siente demasiado bien, suele ir seguido de un grito o de algo rompiéndose. Mi cerebro está programado para esperar el golpe después de la caricia. Y cuando me tocaste así... debajo de la camiseta... sentí que iba a explotar. No sabía qué hacer con toda esa energía.
Luka sintió una oleada de ternura mezclada con una punzada de tristeza. Sabía que la vida de Jeremy con Diana no era fácil, que el caos era su estado natural y que la paz le resultaba sospechosa.
—No hay ningún golpe después de esto, Jeremy —dijo Luka con firmeza. Se acercó un poco más, invadiendo su espacio personal de forma deliberada pero lenta—. Aquí no hay gritos. Solo estamos tú y yo. Y mis plantas, que son pésimas espectadoras.
Jeremy levantó la vista y una pequeña sonrisa, auténtica y sin rastro de burla, apareció en su rostro.
—Son muy discretas, eso hay que concedérselo —bromeó Jeremy, aunque su voz aún temblaba un poco.
Luka extendió la mano, dudando por un segundo, antes de colocarla sobre la rodilla de Jeremy. Esta vez, el otro chico no se tensó. Al contrario, dejó escapar un suspiro largo, como si hubiera estado conteniendo el aire durante días.
—He estado sintiendo cosas nuevas —continuó Luka, abriéndose paso a través de su propia timidez—. Cosas que nunca sentí por nadie. Ni siquiera sabía que mi cuerpo podía reaccionar así. Es... abrumador. Y a veces me siento culpable porque no quiero verte como un objeto, Jeremy. Eres mi mejor amigo, eres la persona que más quiero. Pero también quiero... bueno, ya sabes.
Jeremy soltó una carcajada suave, esta vez más relajada.
—Bienvenido a la pubertad, Souza. Es un asco, ¿verdad? Hormonas disparatadas, sudores fríos y el deseo constante de fundirte con otra persona. Es como un mal viaje de ácido, pero sin la música psicodélica de fondo.
—Es más que eso —dijo Luka, acariciando con el pulgar la tela del pantalón de Jeremy—. Es que eres tú. Si fuera cualquier otra persona, creo que me daría igual. Pero contigo... cada beso se siente como si estuviera descubriendo un continente nuevo.
Jeremy se inclinó hacia adelante, apoyando sus codos en las rodillas, quedando a escasos centímetros del rostro de Luka. El olor a patatas fritas y a ese perfume barato que siempre usaba envolvió a Luka como una manta cálida.
—A mí también me pasa —confesó Jeremy, su voz volviéndose seria por un instante—. Solo que yo no sé cómo procesarlo. Tú eres todo ordenado, con tus cuadernos y tus horarios. Yo soy un desastre de cables pelados. Tengo miedo de electrocutarte si nos acercamos demasiado.
—Me arriesgaré —respondió Luka.
Se acercaron lentamente. Esta vez no hubo urgencia, solo una exploración cautelosa. El beso fue suave, un roce de labios que sabía a perdón y a entendimiento. Luka llevó sus manos al rostro de Jeremy, sintiendo las pecas bajo sus yemas, tratándolo como si fuera la pieza más valiosa de su colección de tesoros de segunda mano.
Jeremy correspondió con una dulzura inesperada, rodeando el cuello de Luka con sus brazos y atrayéndolo hacia sí. No hubo calambres fingidos ni huidas precipitadas. Solo el sonido del viento golpeando los cristales del invernadero y el latido acompasado de dos corazones que intentaban encontrar su ritmo.
Cuando se separaron, Jeremy tenía las mejillas encendidas y los ojos brillantes.
—Vale —dijo Jeremy, tratando de recuperar su tono bromista aunque le flaqueaba la voz—. Eso ha estado... notablemente mejor que el incidente del colchón asesino. Le doy un nueve de diez. El punto que falta es porque no había música de Nirvana de fondo.
Luka soltó una carcajada, una de esas raras y sonoras que solo Jeremy conocía.
—Eres incorregible.
—Lo sé, es parte de mi encanto —dijo Jeremy, levantándose del taburete y estirándose, haciendo que su espalda crujiera—. Pero en serio, Luka... gracias por no mandarme a la mierda cuando me puse raro. Sé que soy difícil de manejar.
—Las orquídeas también son difíciles de manejar —replicó Luka, volviendo a tomar sus tijeras de podar con una sonrisa—. Requieren condiciones específicas, mucha paciencia y no soportan las corrientes de aire. Pero cuando florecen, valen cada segundo de esfuerzo.
Jeremy se quedó mirándolo un momento, procesando la analogía botánica. Luego, puso los ojos en blanco, aunque su sonrisa lo delataba.
—¿Acabas de compararme con una flor, Souza? Eso es muy cursi, incluso para ti. Si se lo dices a Anthony, le diré a todo el mundo que escribes fanfiction de plantas en internet.
Luka sintió un pinchazo de nerviosismo —porque, de hecho, sí escribía en internet—, pero mantuvo la compostura.
—No te atreverías.
—Pruébame —desafió Jeremy, guiñándole un ojo antes de dirigirse a la puerta—. Por cierto, ¿tienes hambre? He gastado todas mis energías procesando emociones complejas y necesito un sándwich de huevo. Mi reino por un sándwich de huevo.
Luka guardó sus herramientas y cerró el cuaderno. El peso de la culpa y la duda se había desvanecido, reemplazado por una certeza tranquila. Sabía que el camino de su relación no sería lineal; habría más huidas, más bromas para tapar silencios y más momentos de confusión hormonal. Pero mientras estuvieran juntos en ese espacio seguro, entre libros de botánica y teorías conspirativas sobre Kurt Cobain, todo estaría bien.
—Yo invito —dijo Luka, alcanzándolo en la puerta.
—¡Eso es lo que quería oír! —exclamó Jeremy, pasando un brazo por los hombros de Luka con la confianza recuperada—. Y después, me vas a explicar por qué esa planta de ahí parece que quiere dominar el mundo. Tiene una mirada muy sospechosa, Luka. Te lo digo yo, las plantas están planeando algo...
Luka sonrió, dejándose guiar por el parloteo incesante de Jeremy hacia la salida. Afuera, el sol empezaba a ponerse, tiñendo el cielo de un naranja vibrante que recordaba al color de los ojos de Jeremy. El deseo seguía allí, latente y poderoso, pero ya no se sentía como una amenaza. Era simplemente otra semilla que, con el tiempo y el cuidado adecuado, aprendería a florecer sin romper nada a su paso.
—Es una Monstera, Jeremy. No quiere dominar el mundo, solo busca la luz.
—Eso es exactamente lo que diría alguien que está compinchado con ellas —replicó Jeremy mientras bajaban las escaleras—. Pero te perdono porque vas a pagarme la comida. ¡Andando, botánico! El deber nos llama.
Luka lo siguió, sintiendo que, por primera vez, el futuro no era un examen que tenía que aprobar, sino una canción que Jeremy estaba empezando a componer, nota a nota, con todos sus errores y sus maravillosas distorsiones.