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Operación: Seducción

Anatomía de un Colapso Infinito

El sol de la mañana se filtraba por las persianas de la oficina de Shoko, creando un patrón de líneas doradas sobre los frascos de formaldehído y los informes de defunción. Ella, sin embargo, no prestaba atención al paisaje. Estaba ocupada revisando su inventario de suministros médicos, aunque su mente se encontraba a varios kilómetros de distancia, analizando los datos de su "experimento" del día anterior.

Satoru Gojo era un hombre que vivía en una burbuja. Literal y figuradamente. El Infinito no era solo una técnica maldita; era su estado natural de ser. Nadie lo tocaba a menos que él lo permitiera. Nadie se acercaba lo suficiente como para sentir su calor corporal. Pero ayer, Shoko había cruzado esa línea con la precisión de un bisturí, y la reacción de Satoru había sido... deliciosa.

—Fase dos —murmuró para sí misma, apagando el cigarrillo a medio terminar—. El contacto accidental.

No era una tarea fácil. Con Gojo, nada era accidental. Sus Seis Ojos percibían cada mota de polvo, cada cambio en la presión del aire. Para engañar a los ojos de un dios, Shoko tenía que ser más natural que la naturaleza misma.

La oportunidad se presentó un par de horas después en la sala de profesores. El lugar estaba inusualmente tranquilo. Nanami estaba fuera en una misión y los demás estaban ocupados con las clases. Satoru, como era de esperar, estaba desparramado en el sofá, con una bolsa de mochis de fresa sobre el pecho y una revista de moda que probablemente le había robado a alguien.

Shoko entró con paso firme, sus tacones crema anunciando su llegada con un ritmo deliberado. No lo miró de inmediato. Se dirigió directamente a la cafetera, suspirando con un cansancio fingido que sabía que atraería la atención del peliblanco.

—Ah, Shoko... —La voz de Gojo era perezosa, pero había una nota de cautela en ella que no estaba allí hace dos días—. Vienes por tu combustible diario, ¿eh? Deberías dejar el café, te va a poner la piel gris.

Shoko se giró lentamente, apoyando la cadera contra la encimera. Dejó que su bata de laboratorio se abriera un poco, revelando el ajuste de su jersey azul.

—Y tú deberías dejar el azúcar, Satoru. Te va a pudrir el cerebro, aunque dudo que notes la diferencia.

Gojo soltó una carcajada, recuperando parte de su confianza habitual. Se sentó, dejando la bolsa de dulces a un lado.

—¡Qué cruel! Y yo que pensaba invitarte a uno. Son de una edición limitada de Ginza. Tienen una textura... especial.

—Pruébame —dijo ella, caminando hacia él.

Satoru parpadeó detrás de su venda. Esa era una invitación peligrosa, y por un segundo, el aire en la habitación pareció espesarse. Shoko no se sentó en la silla de enfrente. Se sentó justo al lado de él en el sofá, reduciendo la distancia a centímetros. Podía sentir el aura de poder que emanaba de él, la presión constante del Infinito que mantenía el mundo a raya.

—¿Quieres uno? —preguntó Gojo, extendiendo la bolsa. Su mano tembló apenas un milímetro, algo imperceptible para cualquiera que no fuera una médica experta en anatomía humana.

—No, gracias. Prefiero que tú me des un trozo del que estás comiendo. Se ve... más dulce.

Shoko alargó la mano, pero no hacia la bolsa. Sus dedos rozaron la muñeca de Satoru mientras él sostenía un mochi a medio camino de su boca. Fue un contacto ligero, casi inexistente, pero Shoko se aseguró de deslizar la yema de su pulgar sobre el pulso del hechicero.

El efecto fue instantáneo. La técnica del Infinito, esa barrera absoluta, parpadeó. Fue solo una fracción de segundo, una brecha en la defensa perfecta de Gojo causada por la pura sorpresa de que ella buscara activamente su piel.

—Shoko... —La voz de Satoru sonó extrañamente pequeña.

—Tienes un poco de harina de arroz en la comisura de los labios —mintió ella.

En lugar de decírselo y dejar que él se limpiara, Shoko volvió a invadir su espacio. Su mano derecha se posó en el hombro de Gojo para estabilizarse, mientras que la izquierda subió hacia su rostro. Sus dedos se entrelazaron brevemente con los de él, que aún sostenían el dulce, obligándolo a bajar la mano. El roce de sus palmas fue cálido, y por primera vez en años, Satoru sintió la textura de otra persona sin el filtro de su técnica.

Ella no se detuvo ahí. Con una lentitud exasperante, usó su pulgar para limpiar una mancha inexistente cerca de su boca. Sus rostros estaban tan cerca que Shoko podía ver las fibras individuales de la venda negra de Gojo.

—Satoru, estás ardiendo —susurró ella, dejando que su aliento rozara su mejilla—. ¿Tienes fiebre? ¿O es que el gran Gojo Satoru no sabe manejar un poco de contacto físico?

Gojo estaba petrificado. Sus Seis Ojos le enviaban señales de alerta roja, procesando la proximidad de Shoko como una anomalía que no podía categorizar. Su corazón, ese motor de energía maldita que raramente se alteraba, estaba martilleando contra sus costillas con una fuerza que le resultaba dolorosa.

—No es... no es fiebre —logró decir él, aunque su voz sonaba como si hubiera olvidado cómo usar las cuerdas vocales—. Es solo que... hace calor aquí, ¿no? La calefacción debe estar rota.

—La calefacción está apagada, Satoru. Estamos en otoño —respondió ella con una sonrisa gélida y triunfante.

Shoko deslizó su mano desde su mejilla hasta su nuca, jugando brevemente con los cabellos blancos que siempre parecían desafiar la gravedad. Luego, de manera deliberada, entrelazó sus dedos con los de él una vez más, apretando con suavidad.

—Tus manos son muy grandes —comentó ella, comparando sus tamaños—. Es una pena que siempre las mantengas tan lejos de todo el mundo.

—Están... están diseñadas para destruir cosas, Shoko. No para... esto.

—Qué falta de imaginación —dijo ella, poniéndose de pie de repente, rompiendo el hechizo—. Gracias por el mochi, aunque al final no lo probé. Me conformaré con el café.

Se alejó hacia la puerta, sintiendo la mirada de Satoru clavada en su espalda. Sabía que él estaba observando cada uno de sus movimientos, tratando de descifrar el patrón, buscando la trampa. Pero no había ninguna trampa técnica. Era solo ella.

—¡Espera! —exclamó Gojo, levantándose del sofá con tanta prisa que casi vuelca la mesa—. Shoko, ¿qué ha sido eso?

Ella se detuvo en el umbral, girándose con una expresión de total inocencia.

—¿Qué cosa? ¿Darte las gracias? Pensé que te habían enseñado modales de pequeño, Satoru.

—¡No! Me refiero a... —Él hizo un gesto vago hacia el espacio entre ellos, luciendo por primera vez en su vida adulta completamente descolocado—. Estás actuando raro. Muy raro. Incluso para ti.

Shoko se encogió de hombros, ajustándose la bata.

—Tal vez simplemente me he cansado de que seas un poste de luz inalcanzable. O tal vez el humo del cigarrillo finalmente me ha afectado la cabeza. Tú decides, "el más fuerte".

Satoru dio un paso hacia ella, pero se detuvo. Había una barrera invisible que ahora no era el Infinito, sino algo mucho más complejo: la incertidumbre. El hombre que podía ver el futuro de una batalla en segundos no podía predecir el siguiente movimiento de la mujer que conocía desde los quince años.

—¿Nos vemos en la cena? —preguntó él, rascándose la nuca en un gesto de nerviosismo juvenil que Shoko no le veía desde la preparatoria.

—Tengo mucho trabajo —respondió ella, disfrutando de la decepción que cruzó el rostro de Gojo por un breve instante—. Pero... si te portas bien y dejas de ser tan ruidoso por los pasillos, tal vez deje que me invites a una copa más tarde. En mi oficina. A solas.

Sin esperar respuesta, Shoko salió al pasillo. No tuvo que caminar mucho para escuchar el sonido de algo cayendo en la sala de profesores. Probablemente Satoru se había tropezado con sus propias piernas largas, o tal vez sus Seis Ojos finalmente habían sufrido un cortocircuito.

El resto del día fue una coreografía de encuentros "fortuitos". Shoko se aseguró de estar en los lugares donde sabía que él pasaría. En el patio, mientras él hablaba con Megumi, ella pasó por su lado y, "sin querer", rozó su brazo con el suyo al caminar. Satoru se interrumpió a mitad de una frase sobre la expansión de dominio, dejando al joven Fushiguro con una expresión de confusión absoluta mientras veía a su maestro quedarse mudo y seguir a Shoko con la mirada.

Más tarde, en la biblioteca, ella se acercó para alcanzar un libro que estaba justo encima de donde él estaba sentado. Se inclinó sobre él, permitiendo que su cabello castaño rozara su hombro y que el aroma de su perfume —ese que él había notado el día anterior— lo envolviera por completo.

—Perdona, Satoru —dijo ella en un susurro cerca de su oído—. No quería interrumpir tu... lectura de revistas de dulces.

Gojo ni siquiera respondió. Simplemente se hundió más en su asiento, con el rostro oculto tras su venda, pero Shoko pudo ver claramente cómo la punta de sus orejas se teñía de un rojo intenso.

La victoria final del día ocurrió al atardecer. Shoko estaba terminando un informe en la morgue cuando la puerta se abrió de golpe. Satoru entró, pero no con su habitual arrogancia. Parecía un hombre que había estado corriendo un maratón mental.

—Shoko, basta —dijo él, caminando hacia su escritorio.

Ella no levantó la vista del microscopio.

—¿Basta de qué? Estoy trabajando, Satoru. Algunos de nosotros tenemos responsabilidades reales.

—Sabes perfectamente de qué hablo —él se detuvo a un metro de ella, manteniendo una distancia de seguridad que antes nunca había necesitado—. Todo el día... has estado... tocándome. Y mirándome. Y haciendo esa cosa con tu voz.

Shoko finalmente se apartó del microscopio y lo miró. Se quitó las gafas de lectura, dejando que sus ojos castaños, cansados pero intensos, se encontraran con la venda de él.

—¿Te molesta, Satoru? —preguntó ella, levantándose lentamente—. Pensé que el Infinito te protegía de todo lo que no querías que te tocara. Si te he tocado, es porque tú has bajado la guardia. ¿O me equivoco?

Gojo guardó silencio. Era la verdad, y ambos lo sabían. El Infinito era automático, pero su mente era la que decidía qué filtrar. Y por alguna razón, su mente se negaba a filtrar a Shoko.

—No me molesta —admitió él, su voz bajando a un tono casi inaudible—. Pero me confunde. Me hace sentir... extraño. Como si no tuviera el control.

Shoko dio un paso hacia él. Esta vez, Satoru no se quedó quieto. Dio un paso atrás de forma instintiva.

—¿El gran Gojo Satoru tiene miedo de perder el control? —Ella dio otro paso. Él retrocedió de nuevo, chocando contra la mesa de metal donde solían descansar los cadáveres—. ¿Miedo de una simple médica que no tiene poder de ataque?

—No te subestimes, Shoko —dijo él, su respiración empezando a acelerarse—. Eres la persona más peligrosa que conozco.

Shoko extendió la mano y, con una rapidez que lo tomó por sorpresa, agarró el borde de su chaqueta negra. Lo atrajo hacia ella con fuerza. Satoru, por puro instinto, desactivó el Infinito para no lastimarla con la presión repelente, dejándose llevar por el tirón.

—¿Peligrosa? —Ella rió, una risa baja y ronca—. Solo soy Shoko. La misma que te curaba las heridas cuando Suguru y tú volvían de las misiones hechos pedazos. La misma que ha estado aquí, esperando a que te dieras cuenta de que el mundo real no se ve a través de capas de energía maldita.

Ella acercó su rostro al suyo, tanto que sus narices casi se tocaban. Podía sentir el calor que emanaba de él, un calor que el mundo exterior nunca conocía.

—Mañana —dijo ella, soltando su chaqueta—, vamos a ir a cenar. No a comer dulces. Una cena de verdad. Y no vas a llevar la venda.

Satoru abrió la boca para protestar, para soltar alguna broma ingeniosa que aliviara la tensión, pero las palabras se quedaron atascadas en su garganta. Shoko le dio un último toque, un roce suave con sus dedos en el centro de su pecho, justo sobre su corazón.

—Vete a dormir, Satoru. Estás hecho un desastre.

Gojo no dijo nada. Simplemente se dio la vuelta y, por primera vez en toda su carrera como el hechicero más fuerte del mundo, huyó. Literalmente salió de la morgue a una velocidad que habría avergonzado a cualquier maldición de grado especial, dejando tras de sí solo el eco de sus pasos apresurados.

Shoko se quedó sola en el silencio de la sala. Se apoyó contra su escritorio y, tras unos segundos de contención, soltó una carcajada fuerte y clara que resonó en las paredes de azulejos.

—Dios mío, es realmente un idiota —dijo entre risas, limpiándose una lágrima de diversión—. Un idiota adorable.

Tomó su teléfono y vio el mensaje que le había enviado a Suguru esa mañana.

—Dos a cero, Satoru —susurró para sí misma—. Y mañana, será el jaque mate.

La Operación Seducción avanzaba con una precisión quirúrgica. Shoko sabía que el muro de Gojo no era de piedra, sino de cristal; brillante, imponente y aparentemente indestructible, pero una vez que encontrabas el punto de presión adecuado, solo hacía falta un pequeño empujón para que todo se viniera abajo.

Y ella estaba disfrutando cada grieta.