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Operación: Seducción

Eclipse de Zafiro y Seda

Satoru Gojo no era un hombre que conociera el miedo, al menos no en el sentido convencional. Había enfrentado desastres naturales con forma humana, maldiciones que podían devorar ciudades y la carga de ser el eje sobre el cual giraba el mundo moderno. Sin embargo, mientras se miraba al espejo del baño de sus habitaciones, sentía un nudo en el estómago que ninguna técnica de inversión de energía maldita podía disolver.

—Es solo Shoko —se dijo a sí mismo, aunque su reflejo, con el cabello blanco inusualmente rebelde, parecía burlarse de él—. Hemos cenado mil veces. Hemos comido ramen en puestos de mala muerte y comida de hospital en turnos de madrugada. Esto no es diferente.

Pero sabía que mentía. La condición de la cena era clara: sin venda.

Satoru suspiró y dejó las gafas oscuras sobre el lavabo. Sus Seis Ojos se fijaron en los detalles microscópicos de las baldosas, procesando el flujo infinito de información que el mundo le arrojaba. Normalmente, la venda o las gafas servían como un filtro, una forma de mantener la cordura y la distancia. Estar "expuesto" ante Shoko se sentía como entrar en un territorio donde su poder no servía de nada.

Se ajustó el cuello de su camisa negra de seda. No llevaba su uniforme habitual; había optado por algo más sofisticado, un traje oscuro hecho a medida que resaltaba su altura y su presencia imponente. Se pasó una mano por el cabello, intentando que pareciera casual y no el resultado de quince minutos de indecisión frente al espejo.

—Muy bien, Satoru. Eres el más fuerte. Puedes hacer esto —murmuró antes de salir.

Caminó por los pasillos de la escuela técnica hacia la entrada principal, donde habían acordado verse. La noche era clara, con una luna creciente que bañaba el campus en un tono plateado. A medida que se acercaba, sus sentidos captaron una presencia que conocía de sobra, pero la firma de energía maldita de Shoko, usualmente tranquila y constante como el mar en calma, hoy parecía vibrar con una frecuencia diferente.

Entonces la vio.

Gojo se detuvo en seco, sus pies casi olvidando cómo caminar. Sus Seis Ojos, capaces de ver a través de las técnicas más complejas, se enfocaron por completo en la mujer que lo esperaba junto a las escaleras de piedra.

Shoko Ieiri no llevaba su bata blanca. Tampoco su jersey de cuello alto ni sus pantalones azul marino. Llevaba un vestido de seda color esmeralda oscuro que se deslizaba sobre sus curvas como agua. El escote era pronunciado, pero lo que realmente cortó la respiración de Satoru fue la abertura lateral que subía por su muslo, revelando la piel pálida y tersa que normalmente quedaba oculta tras capas de ropa profesional. Llevaba el cabello recogido en un moño elegante pero ligeramente desordenado, dejando algunos mechones castaños caer sobre su cuello y hombros. Sus labios, usualmente secos por el tabaco, brillaban con un tono carmín profundo.

—Llegas tarde, Satoru —dijo ella, sin siquiera mirarlo al principio, mientras revisaba algo en su teléfono.

Gojo intentó articular una palabra, pero su garganta estaba seca. El hombre que podía manipular el espacio-tiempo se sentía como un adolescente en su primera cita.

—Yo... eh... —Satoru carraspeó, tratando de recuperar su compostura—. ¿Shoko? ¿Qué es esto? ¿Vamos a una cena o a que nos coronen reyes de alguna nación extranjera?

Shoko finalmente levantó la vista. Sus ojos castaños recorrieron la figura de Gojo, deteniéndose en sus ojos azules expuestos. Por un breve segundo, incluso ella se quedó sin aliento. Ver el cielo infinito de los ojos de Satoru sin barreras siempre era una experiencia abrumadora, pero hoy, bajo la luz de la luna, eran hipnóticos. Sin embargo, no permitió que su determinación flaqueara.

—Es una cena en un restaurante que requiere reserva con meses de antelación, Satoru. No esperaba que aparecieras con tu ropa de gimnasia —dijo ella con una sonrisa felina, acercándose a él—. Aunque debo admitir que el traje te queda... aceptable.

Se detuvo frente a él, tan cerca que Gojo pudo oler el perfume de jazmín y sándalo que emanaba de su piel. No había rastro del olor a cigarrillo. Era una fragancia limpia, embriagadora y peligrosa.

—¿Aceptable? —Gojo soltó una risa nerviosa, intentando recuperar su tono juguetón—. Shoko, parezco un modelo de pasarela. Pero tú... tú pareces una distracción de grado especial. Si salimos así, voy a tener que usar el Infinito para mantener a los fotógrafos alejados.

—No será necesario —dijo Shoko, extendiendo su mano hacia él—. Solo mantén el ritmo. Y recuerda, Satoru: nada de ventas, nada de gafas, y nada de huir.

Gojo miró la mano de ella. Sus dedos eran largos, elegantes, con las uñas pintadas a juego con sus labios. Con una vacilación que le resultaba ajena, tomó su mano. La piel de Shoko estaba cálida, y el contacto envió una descarga eléctrica por el brazo de Satoru que lo hizo estremecerse.

—Vámonos —susurró él.

El restaurante era un lugar exclusivo en la cima de un rascacielos en Roppongi. La vista de Tokio era espectacular, un mar de luces que competía con el brillo en los ojos de Gojo. Sin embargo, Satoru apenas miraba por la ventana. Su atención estaba anclada en la mujer sentada frente a él.

Shoko se movía con una confianza absoluta. Pidió un vino caro con la seguridad de quien sabe exactamente lo que quiere, mientras Satoru seguía luchando con la sobrecarga sensorial. No era solo la luz o el sonido; era la forma en que Shoko lo miraba. No era la mirada de una colega, ni la de una amiga de la infancia. Era la mirada de una cazadora que ya había acorralado a su presa.

—Estás muy callado, Satoru —dijo ella, tomando un sorbo de vino y dejando una marca roja en el cristal de la copa—. ¿Es que los Seis Ojos no pueden procesar el menú?

—Es solo que... —Gojo se removió en su asiento, sintiendo el cuello de la camisa más apretado de lo normal—. No estoy acostumbrado a verte así. Sin la bata. Sin el cigarrillo. Es... desconcertante.

—¿Te desconcierta que sea una mujer, Satoru? —preguntó ella, apoyando la barbilla en su mano y mirándolo con una intensidad que lo hizo querer desaparecer bajo la mesa—. ¿O te desconcierta que, por primera vez, no seas tú quien tiene el control de la situación?

Gojo tragó saliva. Ella había dado en el clavo.

—No es eso —mintió él—. Es solo que... bueno, todos saben que somos amigos. Colegas. Esto se siente como si estuviéramos rompiendo alguna regla no escrita del mundo de la hechicería.

—Las reglas están hechas para los que no tienen el poder de cambiarlas —replicó Shoko con voz aterciopelada—. Y tú siempre te jactas de ser el más fuerte. ¿Acaso no eres lo suficientemente fuerte para manejar una cena conmigo?

Satoru sintió un desafío directo a su ego. Enderezó la espalda y fijó sus ojos azules en los de ella.

—Puedo manejar cualquier cosa, Shoko. No me subestimes.

—Demuéstralo —dijo ella.

Bajo la mesa, Shoko hizo su movimiento. Extendió su pierna y deslizó su pie, despojado del tacón, por la pantorrilla de Gojo. Sus dedos rozaron la tela del traje y luego buscaron el contacto directo con la piel del tobillo de Satoru.

Gojo casi salta de la silla. Sus ojos se abrieron de par en par, y un destello de energía azul chispeó brevemente en sus pupilas. El Infinito se activó por puro reflejo, creando una barrera invisible entre ellos.

—Satoru... —dijo Shoko con un tono de decepción fingida—, dijimos que nada de trucos. ¿Vas a usar tu técnica maldita para protegerte de un roce? ¿Tan asustado estás?

—No estoy asustado —protestó él, aunque su voz sonó un octava más alta—. Fue un espasmo muscular. El entrenamiento de hoy fue intenso.

—Mientes muy mal —dijo ella, sin retirar el pie, presionando suavemente contra la barrera invisible—. Desactívalo. Ahora.

Satoru luchó contra sus propios instintos. Su cerebro le gritaba que mantuviera la distancia, que el contacto físico era una vulnerabilidad que no podía permitirse. Pero ver la sonrisa desafiante de Shoko, la forma en que la luz de las velas bailaba en su escote y la seguridad con la que lo dominaba, lo hizo ceder.

Lentamente, el Infinito se disolvió.

El contacto de la piel de Shoko contra la suya fue como una explosión. Gojo sintió que el mundo se desvanecía. Ya no importaban las luces de Tokio, ni el ruido del restaurante, ni el peso de su destino. Solo existía el calor del pie de Shoko, subiendo lentamente por su pierna, y la mirada depredadora de la mujer que tenía delante.

—Eso está mejor —susurró ella—. ¿Ves? No has muerto. El mundo sigue girando.

—Shoko... —Gojo se inclinó hacia adelante, sus manos apretando el borde de la mesa—. ¿Qué estás haciendo realmente? Esto no es solo una cena. Estás tratando de decirme algo y, por una vez, mis ojos no me están dando la respuesta.

Shoko dejó la copa de vino y se inclinó también, hasta que sus rostros estuvieron a escasos centímetros. El aire entre ellos estaba cargado de una tensión tan palpable que parecía que el cristal de las ventanas iba a estallar en cualquier momento.

—Lo que estoy haciendo, Satoru, es recordarte que eres humano —dijo ella, su voz apenas un susurro que vibraba en los oídos de él—. Que debajo de todo ese poder, de toda esa arrogancia y de esa barrera infinita, hay un hombre. Un hombre que me conoce desde hace quince años y que es demasiado idiota para admitir lo que todos los demás ya saben.

—¿Y qué es lo que todos saben? —preguntó él, su voz ronca de deseo y confusión.

Shoko sonrió, pero esta vez no fue una sonrisa de burla. Fue algo más suave, más real.

—Saben que me miras de una forma en la que no miras a nadie más. Y saben que yo soy la única persona en este planeta que no te tiene miedo, ni te idolatra, ni te necesita para salvar el mundo. Solo te quiero a ti. Al idiota que se queja de los dulces y que se despeina cuando está nervioso.

Gojo se quedó mudo. El hombre que siempre tenía una respuesta, el que siempre tenía el último comentario ingenioso, se encontró navegando en un océano de emociones que no sabía cómo nombrar. Su rostro comenzó a teñirse de un rojo intenso, extendiéndose desde sus mejillas hasta sus orejas.

—Yo... —empezó a decir, pero Shoko lo interrumpió.

Se puso de pie, recogiendo su bolso con una elegancia letal.

—La cena ha terminado, Satoru. He pagado la cuenta mientras tú estabas ocupado entrando en pánico existencial.

Gojo parpadeó, confundido.

—¿Ya nos vamos? Pero si apenas ha llegado el plato principal.

—He perdido el apetito por la comida —dijo ella, dándole una mirada que hizo que las rodillas de Gojo se sintieran como gelatina—. Ahora, si eres lo suficientemente valiente como para seguirme, tengo una botella de whisky mucho mejor en mi oficina. Y esta vez, no habrá mesas de por medio.

Shoko se dio la vuelta y caminó hacia la salida, el movimiento de sus caderas bajo la seda verde marcando un ritmo que Gojo no pudo evitar seguir con la mirada. Parecía una diosa de la guerra regresando de una victoria absoluta.

Satoru se quedó sentado un momento más, tratando de que su corazón volviera a un ritmo normal. Se llevó una mano al rostro, cubriéndose los ojos. Estaba temblando. El hechicero más fuerte del mundo estaba temblando por una mujer que acababa de desarmarlo sin usar una sola gota de energía maldita.

—Maldita sea, Shoko —murmuró para sí mismo, sintiendo una mezcla de terror y una excitación que lo consumía por dentro.

Se levantó y la siguió, casi tropezando con la silla. Mientras caminaba por el restaurante, notó que la gente lo miraba, pero no por su fama o su poder, sino porque parecía un hombre que acababa de ver un fantasma... o un ángel.

Al llegar al ascensor, Shoko ya estaba allí, esperándolo. Cuando las puertas se cerraron, ella no perdió el tiempo. Se dio la vuelta y lo empujó contra la pared metálica, atrapándolo con sus brazos.

—¿Todavía estás procesando la información, Satoru? ¿O necesitas que te haga un dibujo anatómico? —preguntó ella, rozando sus labios con los suyos sin llegar a besarlos.

Gojo soltó un suspiro entrecortado. El espacio cerrado del ascensor hacía que el perfume de ella fuera abrumador. Desactivó el Infinito por completo, permitiendo que el cuerpo de Shoko se presionara contra el suyo.

—Creo que... —dijo Gojo, su voz recuperando un poco de su habitual tono juguetón, aunque todavía temblorosa— que voy a necesitar muchas sesiones de terapia contigo para entender esto, doctora Ieiri.

—Oh, no te preocupes —respondió ella, pasando su lengua por su labio inferior antes de morderlo suavemente—. Tengo todo el tiempo del mundo. Y tú vas a aprender a ser un muy buen paciente.

Cuando el ascensor llegó a la planta baja, Gojo Satoru ya no era el mismo hombre que había entrado. La barrera de idiotez que lo había protegido durante años no se había roto del todo, pero Shoko Ieiri acababa de abrir una brecha tan grande que el Infinito ya no parecía tan invulnerable.

Mientras caminaban de regreso a la escuela técnica bajo la luz de las estrellas, Shoko sonreía para sus adentros. La Operación Seducción iba por muy buen camino. Sabía que Satoru todavía tendría sus momentos de duda, que su naturaleza lenta para los asuntos del corazón le daría más de un dolor de cabeza, pero verlo así, caminando a su lado como un hombre hechizado, era la mejor recompensa.

—Tres a cero, Satoru —pensó ella, apretando su brazo contra el de él—. Y la noche aún es joven.

Gojo, por su parte, solo podía pensar en una cosa: cómo demonios iba a sobrevivir a la botella de whisky en la oficina de Shoko sin terminar pidiéndole matrimonio allí mismo. El hechicero más fuerte del mundo acababa de encontrar a su único y verdadero punto débil, y lo peor de todo es que no quería defenderse.