Operación: Seducción
Anatomía de una Rendición Incondicional
Shoko Ieiri siempre se había sentido orgullosa de su precisión. Como médico, sabía exactamente dónde cortar, qué nervio evitar y cuánto anestésico era necesario para dormir a un gigante. Había aplicado esa misma mentalidad quirúrgica a la "Operación: Seducción". Había calculado los ángulos de su escote, la frecuencia de sus roces accidentales y el impacto psicológico de cada sonrisa carmín. Tenía un plan de contingencia para la negación de Satoru, para su timidez y para su idiotez infinita.
Lo que no tenía era un plan para la honestidad brutal.
Estaban en el balcón de la oficina de Shoko, bajo el amparo de una luna que parecía observar con curiosidad. Ella estaba apoyada contra la barandilla, con un cigarrillo a medio terminar, preparada para lanzar la siguiente estocada de su juego psicológico. Tenía las palabras exactas para desarmarlo, para hacerlo dudar de su propia cordura.
Pero Satoru Gojo no siguió el guion.
—Me gustas, Shoko. Seamos novios.
La frase cayó entre ellos con el peso de una técnica de vacío. Shoko se quedó congelada, con el humo escapando de sus labios de forma errática. Miró a Satoru, esperando ver la chispa de una broma, el rastro de un sarcasmo o la risa burlona que solía acompañar sus tonterías. Pero no había nada de eso. Satoru se había quitado las gafas y sus ojos azules, despojados de cualquier barrera, la miraban con una claridad aterradora.
—¿Qué? —fue lo único que Shoko pudo articular.
—Que me gustas —repitió él, dando un paso adelante, invadiendo su espacio sin pedir permiso—. Y estoy harto de este juego. Sé lo que estás haciendo, Shoko. Sé lo del vestido, lo de los roces, lo de la "Operación Seducción". No soy tan idiota. Solo soy lento para procesar que tú, de todas las personas, finalmente decidieras dar el paso. Así que, ahorrémonos los próximos tres meses de tensión insoportable. Seamos novios. Ahora.
Shoko sintió que su cerebro sufría un fallo multiorgánico. Todo su plan, las semanas de estrategia, la ropa comprada específicamente para torturarlo mentalmente... todo se había ido directo al tacho de basura por culpa de una confesión directa. Era como si hubiera preparado una operación de corazón abierto y el paciente se hubiera curado solo con un estornudo.
—Eres un imbécil —susurró Shoko, sintiendo una mezcla de alivio y una furia ciega—. He pasado semanas planeando cómo desmantelar tu Infinito paso a paso, y tú simplemente... ¿lo sueltas así? ¡Arruinaste mi jugada maestra! ¡Debería romperte una botella en la cabeza!
Satoru soltó una risa suave, una que no era burlona, sino llena de una ternura que la desarmó.
—Puedes romperme todas las botellas que quieras después —dijo él, acortando la distancia final hasta que sus pechos se rozaron—. Pero ahora mismo, tengo mejores planes para ambos.
Antes de que Shoko pudiera protestar por la muerte prematura de su estrategia, Satoru la tomó por la cintura. No fue un roce accidental ni una provocación calculada. Fue un agarre firme, posesivo, que la pegó contra su cuerpo con una fuerza que le recordó que, debajo de las capas de tontería, Satoru era un hombre de poder absoluto.
El beso que siguió no tuvo nada de la timidez que Shoko había esperado. Fue una colisión de años de tensión acumulada, de duelos silenciosos y de una soledad compartida que solo ellos entendían. Satoru la guio con una confianza que ella no sabía que él poseía en el ámbito romántico. La condujo al interior de la oficina, cerrando la puerta con un pie mientras sus manos exploraban la piel que ella misma había expuesto con tanta intención durante la semana.
—Si vamos a hacer esto —susurró Satoru contra sus labios, su voz ronca y cargada de una lujuria que hizo que las piernas de Shoko temblaran—, lo vamos a hacer a mi manera. Ya tuviste tu turno para mover las piezas, Shoko. Ahora el tablero es mío.
Aquella noche, la "Operación Seducción" murió para dar paso a algo mucho más devastador. Satoru Gojo resultó ser tan meticuloso en la cama como lo era en el campo de batalla. No hubo rastro del hombre infantil que se quejaba por los dulces; en su lugar, Shoko encontró a un amante que conocía cada punto de presión, cada reacción de su cuerpo, y que parecía decidido a hacerla olvidar incluso su propio nombre.
Fue apasionante, casi violento en su intensidad, y tan placentero que Shoko perdió la noción del tiempo. Satoru la guio a través de un laberinto de sensaciones, rompiendo no solo su compostura médica, sino toda su resistencia. La lujuria de ambos, alimentada por una década de negación, estalló en un incendio que consumió la oficina, los informes y cualquier rastro de duda.
Al día siguiente, Shoko Ieiri no era la misma.
Caminaba por los pasillos de la escuela técnica con una sonrisa que sus alumnos nunca habían visto. No era su mueca cínica habitual, sino una expresión de satisfacción absoluta, casi estúpida, que iluminaba su rostro cansado.
—¿Ieiri-san? —preguntó Itadori mientras ella le revisaba un corte en el brazo—. ¿Se siente bien? Tiene una sonrisa... rara. Como si hubiera ganado la lotería.
—He ganado algo mucho mejor, Yuji —respondió ella, dándole una palmadita en el hombro—. Mucho mejor.
Incluso ante los Superiores, hombres que normalmente le provocaban ganas de cometer un crimen, Shoko mantuvo esa aura de felicidad radiante. Los ancianos murmuraban sobre su repentino cambio de actitud, pero a ella no le importaba. Tenía la mente perdida en los recuerdos de las últimas cinco noches. Porque Satoru, fiel a su naturaleza de "el más fuerte", no se había detenido tras la primera noche. Había sido un maratón de cinco días donde la oficina de Shoko y la habitación de Satoru se convirtieron en zonas de guerra de placer.
Esa tarde, Shoko se reunió con Utahime y Mei Mei en una cafetería cercana. No esperó ni a que trajeran el té para soltar la bomba.
—Satoru Gojo ganó la Operación Seducción —anunció, apoyando la barbilla en su mano con un suspiro soñador.
Utahime casi escupe su bebida.
—¿Qué? ¿Cómo que ganó? ¡Tú tenías el control! ¡Tú tenías el vestido y el plan!
—Lo sé —dijo Shoko, encogiéndose de hombros—. Pero el muy idiota simplemente me pidió ser su novia. Así de frente. Me desarmó por completo. Mi plan se fue al tacho, pero la compensación... oh, la compensación fue divina.
Mei Mei arqueó una ceja, interesada.
—¿Tan buena fue la "compensación", Shoko?
Shoko se inclinó hacia adelante, bajando la voz, aunque sus ojos brillaban con una picardía que sus amigas nunca le habían conocido.
—Chicas, Satoru Gojo es muy bueno en la cama. No, "bueno" es quedarse corta. Es aterradoramente eficiente. Resulta que cuando aplicas el concepto de "Infinito" y "Seis Ojos" a... ciertas actividades, los resultados son, bueno, de Grado Especial.
Utahime se puso roja como un tomate, cubriéndose la cara con las manos.
—¡Shoko! ¡Demasiada información!
—Solo digo la verdad —continuó Shoko, volviendo a su sonrisa de estúpida—. Pasé semanas tratando de seducirlo y al final resultó que él solo necesitaba una excusa para dejar de fingir. Es un tramposo. Usó mi propio plan para acorralarme.
—Pero te gusta —señaló Mei Mei con una sonrisa astuta.
—Lo amo —admitió Shoko, y la palabra no sonó pesada, sino liberadora—. Aunque sigo pensando en romperle esa botella en la cabeza por arruinar mi jugada maestra.
Mientras tanto, en el campo de entrenamiento, Satoru Gojo silbaba una melodía alegre mientras esquivaba los ataques de sus alumnos con una mano en el bolsillo. Se veía más relajado que nunca, con una energía renovada que incluso Megumi encontraba sospechosa.
—Sensei —dijo Megumi, deteniéndose—, ¿por qué tiene una marca de labial carmín en el cuello de la camisa? Pensé que Shoko-san no usaba maquillaje para trabajar.
Satoru se tocó el cuello, su sonrisa ensanchándose hasta niveles imposibles.
—Ah, esto... Digamos que la doctora Ieiri y yo hemos llegado a un acuerdo de colaboración muy estrecho, Megumi. Muy estrecho.
Gojo miró hacia el edificio de la enfermería, sabiendo que Shoko probablemente estaría allí, planeando su próxima "venganza" por haberle arruinado el plan. Y él no podía esperar a ver qué nueva estrategia inventaría ella, porque sabía que, al final, el resultado siempre sería el mismo: ambos perdiéndose en el otro, rompiendo el infinito para encontrarse en lo humano.
Shoko Ieiri había empezado la operación para romper a Gojo, pero terminó descubriendo que lo único que necesitaba romperse era la distancia entre ellos. Y aunque su plan quirúrgico falló, el resultado fue el éxito más absoluto de su carrera: Satoru Gojo era suyo, y ella, por fin, era de él.