Operación: Seducción
Sinfonía de Zafiro y Carmín: El Baile del Colapso Infinito
La Academia de Hechicería de Tokio no solía ser escenario de galas, pero la ceremonia de ascenso de grado de los estudiantes de primer y segundo año era una excepción necesaria. Era un respiro en medio de una guerra silenciosa, una forma de honrar que, contra todo pronóstico, aquellos niños seguían vivos y volviéndose más fuertes. El gran salón de actos había sido transformado: luces tenues, arreglos florales que ocultaban el olor a incienso y una banda de jazz que afinaba sus instrumentos en un rincón.
Sin embargo, para Shoko Ieiri, la verdadera batalla no estaba en los informes de ascenso ni en la logística del evento. Estaba en el espejo de su habitación.
—Si esto no lo rompe, nada lo hará —murmuró Shoko, ajustándose la tela de su vestido.
Había ido más allá de lo "atrevido". El vestido era de un tejido exótico, una seda sintética de color negro medianoche con reflejos tornasolados que abrazaba su cuerpo como si hubiera sido pintado sobre su piel. El escote era una declaración de guerra: un corte profundo que descendía hasta casi el esternón, pero lo que realmente capturaba las miradas era el *navel window*, un recorte circular perfecto en el abdomen que dejaba al descubierto su ombligo y la firmeza de su vientre, adornado con una cadena de oro finísima que rodeaba su cintura. Era elegante, peligroso y absolutamente letal.
Cuando Shoko entró al salón, el murmullo de las conversaciones se detuvo por un segundo que pareció una eternidad. Utahime casi deja caer su copa de sake, y Mei Mei arqueó una ceja con una sonrisa que gritaba "negocio rentable".
Pero Shoko solo buscaba una reacción. Y la encontró.
En el extremo opuesto del salón, Satoru Gojo conversaba con el director Yaga. Llevaba un traje de tres piezas de una firma italiana que probablemente costaba más que el presupuesto anual de mantenimiento de la escuela. El corte del saco resaltaba sus hombros anchos y su altura imponente, y en lugar de su venda habitual, llevaba unas gafas oscuras de cristales translúcidos que permitían adivinar el brillo de sus Seis Ojos.
Al verla, Satoru se quedó a mitad de una frase. Su mandíbula no cayó, porque era demasiado arrogante para eso, pero su mano se cerró con fuerza alrededor de su copa de cristal. Shoko pudo ver, incluso a la distancia, cómo el cuello de su camisa parecía quedarle repentinamente estrecho.
—Ieiri-san, está... —Itadori se acercó, rascándose la nuca, completamente rojo—, está muy diferente hoy. ¡Parece una estrella de cine!
—Gracias, Yuji —dijo ella, con una sonrisa lánguida, sin apartar la vista de Gojo—. Tú también te ves muy bien con ese uniforme de gala.
Shoko se movió por el salón con la gracia de un depredador que sabe que la trampa ya ha sido activada. Se sirvió una copa de champán y se unió a un grupo de colegas, manteniendo una charla trivial sobre técnicas de curación, pero sintiendo la mirada de Satoru quemándole la espalda como un láser.
—¿No vas a ir a saludarlo? —preguntó Utahime, acercándose a ella—. Está a punto de sufrir una combustión espontánea. No ha dejado de mirarte desde que entraste. Creo que incluso ha olvidado cómo respirar.
—Que sufra un poco más —respondió Shoko, dando un sorbo a su bebida—. El más fuerte del mundo necesita aprender que hay cosas que no puede controlar con energía maldita.
De repente, la música cambió. El ritmo pausado del jazz dio paso a una versión swing/jazz vibrante y enérgica de *Groove Is In The Heart*. El bajo era profundo, el ritmo de los metales era envolvente y la pista de baile, hasta entonces habitada solo por unos pocos estudiantes valientes, pareció cobrar vida propia.
Shoko sintió una ráfaga de aire, el sutil zumbido del espacio siendo manipulado, y antes de que pudiera parpadear, Satoru estaba frente a ella.
—Esta canción es demasiado buena para desperdiciarla bebiendo champán barato, Shoko —dijo él. Su voz era profunda, despojada de su habitual tono infantil.
—¿Champán barato? —Shoko sonrió, dejando su copa en una mesa cercana—. Es el mejor que el presupuesto de Yaga pudo comprar. ¿Estás sugiriendo que tienes algo mejor que ofrecer, Satoru?
—Mucho mejor —respondió él, extendiendo una mano enguantada—. ¿Me concedes esta pieza, doctora? ¿O tienes miedo de que mi ritmo sea demasiado para ti?
—En tus sueños, Gojo.
Shoko puso su mano sobre la de él. En el instante en que sus dedos se entrelazaron, el Infinito se desvaneció por completo. Fue una decisión consciente de Satoru, una invitación abierta a su espacio personal que Shoko aceptó con un apretón firme.
Satoru la condujo a la pista de baile. El resto del mundo —los alumnos boquiabiertos, los colegas murmurando, las luces del salón— desapareció. Solo existían ellos dos y el ritmo frenético de Deee-Lite.
Lo que siguió no fue un baile ordinario. Fue una exhibición de sincronización perfecta. Gojo se movía con una agilidad sobrehumana, haciendo girar a Shoko con una precisión que desafiaba la física, mientras ella respondía a cada uno de sus movimientos con una fluidez que nadie sabía que poseía. Sus cuerpos se acercaban y se alejaban en una coreografía llena de tensión. Cada vez que Satoru ponía su mano en la cintura descubierta de Shoko, justo sobre el *navel window*, ella sentía una descarga eléctrica que le recorría la columna.
—Bailas bien para ser alguien que pasa el día rodeada de cadáveres —comentó Satoru, atrayéndola hacia él en un movimiento rápido, quedando pecho contra pecho.
—Y tú te mueves bien para ser alguien que suele flotar por encima de los problemas —respondió ella, inclinando la cabeza hacia atrás, dejando que su cuello quedara expuesto bajo las luces—. ¿Te gusta lo que ves, Satoru? ¿O tus Seis Ojos están teniendo problemas para procesar tanta información?
Gojo se inclinó hacia su oído, su aliento rozando su lóbulo.
—Mis ojos están perfectamente, Shoko. El problema es mi autocontrol. Este vestido es... un crimen contra la hechicería. Debería arrestarte por distracción masiva.
—Inténtalo —desafió ella, apoyando sus manos en los hombros del traje de él.
El baile se volvió más intenso. Satoru la levantó en un giro espectacular, y al bajarla, la mantuvo pegada a su cuerpo. La mano de él se deslizó desde su cintura hasta la base de su espalda, presionándola contra la seda de su traje. Shoko podía sentir el latido acelerado del corazón de Satoru, un ritmo que competía con el de la música.
La canción llegó a su clímax. Los metales estallaron en un acorde final y los dos se detuvieron en seco en el centro de la pista. Shoko estaba ligeramente sin aliento, con las mejillas encendidas; Satoru la sostenía con firmeza, sus rostros a escasos centímetros de distancia.
El silencio que siguió a la música fue ensordecedor. Las gafas de Satoru se habían deslizado un poco, permitiendo que el azul de sus ojos brillara con una intensidad depredadora. Shoko no retrocedió. Se humedeció los labios, viendo cómo la mirada de él bajaba hacia su boca con una necesidad que ya no podía ser ocultada por bromas o sarcasmo.
Estaban en ese punto de no retorno. El aire vibraba. Satoru comenzó a inclinarse, rompiendo los últimos milímetros de distancia, sus labios a punto de sellar el destino de ambos...
*¡CRASH!*
El sonido de cristal rompiéndose estalló justo detrás de ellos.
—¡Oh, no! ¡Lo siento! ¡Se me resbaló! —La voz de Itadori rompió el hechizo. El chico estaba de pie junto a la mesa de bebidas, mirando con horror los restos de una botella de sidra espumosa que se esparcía por el suelo—. ¡Gojo-sensei, no me mate!
Satoru se detuvo en seco, con la frente apoyada contra la de Shoko por un segundo más, dejando escapar un suspiro de pura frustración. Shoko, por su parte, cerró los ojos y apretó los dientes, sintiendo cómo la adrenalina se transformaba en una irritación aguda.
—¡Yuji Itadori! —Nobara y Maki aparecieron de la nada, dándole al chico miradas que habrían exorcizado a una maldición de grado especial en el acto—. ¡Eres un idiota integral! ¡Tenías UN trabajo, y era no arruinar el momento!
—¡Pero fue un accidente! —protestó Yuji, retrocediendo ante la furia de sus compañeras.
Satoru se enderezó, ajustándose las gafas y recuperando su máscara de invulnerabilidad, aunque su rostro seguía inusualmente colorado. El momento se había ido, disuelto entre fragmentos de vidrio y disculpas adolescentes.
—Bueno —dijo Gojo, aclarándose la garganta y ofreciéndole a Shoko una sonrisa que intentaba ser casual, pero que fallaba estrepitosamente—, parece que mis alumnos necesitan una lección urgente sobre cómo sostener objetos sin usar energía maldita.
Shoko se alisó el vestido, recuperando su compostura con una lentitud deliberada. Miró a Satoru de arriba abajo, deteniéndose en sus labios antes de volver a sus ojos.
—Te has salvado por una botella, Satoru —dijo ella en voz baja—. Pero no creas que esto se queda así.
Él se inclinó un poco hacia ella, recuperando ese tono de confianza que había estado cultivando durante la semana.
—Oh, no me estoy salvando de nada, Shoko. Solo estoy retrasando lo inevitable. —Él le guiñó un ojo—. Por cierto, en mi conteo mental, esto cuenta como un punto para mí por el baile. Así que estamos... 5 a 2, ¿no?
Shoko soltó una carcajada ronca, una que hizo que varios estudiantes se giraran a mirarla con curiosidad.
—¿5 a 2? Estás delirando, Gojo. El baile fue un empate técnico, y como fuiste tú quien no terminó lo que empezó, el punto es mío por defecto.
—Eres una jueza muy estricta, doctora Ieiri —dijo él, empezando a caminar hacia donde Itadori intentaba limpiar el desastre bajo la supervisión de una Maki muy molesta—. Pero acepto el desafío. La noche aún no termina.
Shoko lo vio alejarse, notando cómo la elegancia de su traje se movía con él. Sabía que, aunque el beso no había ocurrido, algo fundamental se había roto esa noche. El Infinito ya no era una barrera entre ellos; se había convertido en una invitación, en un lenguaje que ambos estaban empezando a hablar con fluidez.
Se acercó a la mesa de bebidas, donde Utahime la esperaba con una expresión de "casi lo logras".
—Ese chico Itadori tiene un *timing* terrible —comentó Utahime, entregándole una copa nueva.
—Al contrario —dijo Shoko, mirando a Satoru bromear con los chicos mientras, de vez en cuando, lanzaba una mirada fugaz hacia ella—, creo que ha hecho que el final sea mucho más interesante. A Satoru le gusta cazar, pero odia que la presa se le escape de las manos. Ahora no va a poder pensar en otra cosa en toda la noche.
Shoko bebió su champán, sintiendo el sabor dulce y burbujeante en su lengua. La "Operación Seducción" había evolucionado. Ya no se trataba de romper la idiotez de Gojo; se trataba de ver cuánto tiempo podía él resistir antes de implosionar bajo su propio deseo.
Y a juzgar por la forma en que Satoru evitaba mirar su cintura mientras hablaba con Yaga, Shoko sabía que el jaque mate estaba más cerca de lo que él sospechaba.
—5 a 2... —susurró ella para sí misma—. Sigue soñando, Satoru. Al final del juego, todas las piezas terminan en la misma caja. Y yo soy la que tiene la llave.
La celebración continuó, pero para los dos adultos en el centro del salón, el resto de la gala era solo ruido de fondo. El entendimiento mutuo era absoluto: el juego de sombras había terminado, y lo que quedaba era una tensión tan pura que ni siquiera el hechicero más fuerte del mundo podría contener por mucho más tiempo.