Originales
Ecos de una Devoción Caprichosa
El sol de Luisiana se filtraba por las pesadas cortinas de terciopelo, pero dentro de la alcoba principal de la mansión Mikaelson, el tiempo parecía haberse detenido. Niklaus no tenía intención de moverse. El caos de Nueva Orleans, las conspiraciones de los lobos y las quejas de sus hermanos podían esperar. Para el Híbrido Original, el mundo entero se reducía al peso reconfortante de Lia sobre su pecho.
Ella se había propuesto, desde que abrieron los ojos, que ese sería un día de absoluta cercanía. No se había separado de él ni un centímetro. Mientras Klaus intentaba revisar unos bocetos en su cuaderno de dibujo, Lia estaba sentada a horcajadas sobre su regazo, con los brazos rodeando su cuello y la barbilla apoyada en su hombro, observando cada trazo de carbón con una atención perezosa.
— Estás distraído, Nik —murmuró ella, rozando con sus labios el lóbulo de su oreja.
Klaus soltó una risa baja, una vibración que Lia sintió en todo su cuerpo. Dejó el carboncillo sobre la mesita de noche y rodeó la cintura de su esposa con sus grandes manos, atrayéndola aún más contra él, si es que eso era posible.
— Es difícil concentrarse en el arte cuando tengo la obra maestra más hermosa de la creación impidiéndome ver el papel —respondió él con esa voz aterciopelada que siempre lograba desarmarla.
Lia sonrió, ocultando el rostro en el hueco de su cuello. Se sentía protegida, amada de una manera que rayaba en lo obsesivo, pero que para ella era el aire que respiraba. Klaus, el hombre que hacía temblar ciudades, era capaz de quedarse inmóvil durante horas solo para no perturbar su descanso o su comodidad.
— Hoy no quiero que seas el Rey de Nueva Orleans —dijo ella, levantando la vista para encontrarse con esos ojos azul grisáceo que la miraban con una adoración infinita—. Hoy solo quiero que seas mío.
Klaus arqueó una ceja, una chispa de travesura iluminando su mirada. Esa faceta juguetona era un tesoro que solo ella poseía.
— ¿Solo tuya? Me parece un trato aceptable, aunque sospecho que mis hermanos tendrán algo que decir al respecto cuando vean que no he bajado a resolver sus crisis existenciales.
— Que se las arreglen solos —sentenció Lia, comenzando a trazar círculos imaginarios sobre el pecho desnudo de Klaus—. Elijah es lo suficientemente educado para no interrumpir y Rebekah... bueno, Rebekah entenderá que el amor es una prioridad.
Klaus soltó una carcajada genuina, una que rara vez se escuchaba fuera de esas cuatro paredes. Sus manos descendieron por la espalda de Lia, acariciando la suave seda de su camisón, deleitándose en la calidez de su piel. Adoraba estos momentos. Adoraba la forma en que ella reclamaba su tiempo y su espacio sin una pizca de miedo.
Sin embargo, el instinto impulsivo de Klaus siempre encontraba una forma de manifestarse. Sus dedos, que momentos antes eran lentos y delicados, comenzaron a moverse con una agilidad repentina. Encontró los puntos exactos en los costados de Lia, justo debajo de sus costillas, y empezó a ejercer una presión rítmica y juguetona.
Lia se tensó de inmediato, soltando un grito ahogado que rápidamente se convirtió en una risa incontrolable.
— ¡Niklaus! ¡No! —exclamó ella, intentando retorcerse para escapar de sus manos, pero él la sujetaba con la firmeza de un depredador que no pensaba soltar a su presa.
— ¿Qué sucede, amor? —preguntó él con fingida inocencia, mientras sus dedos continuaban con el tormento de las cosquillas—. Pensé que querías toda mi atención.
— ¡Para! ¡Sabes que odio eso! —logró decir ella entre carcajadas, golpeando débilmente los hombros de Klaus—. ¡Es trampa! ¡Eres demasiado rápido!
— Soy un Original, Lia. La velocidad es parte del paquete —respondió él, intensificando el ataque en su cintura.
Lia finalmente logró zafarse un poco, rodando sobre la cama, pero Klaus fue tras ella en un parpadeo, atrapándola de nuevo bajo su cuerpo, aunque teniendo cuidado de no cargar todo su peso sobre ella. Sus ojos brillaban con pura diversión, una imagen que contrastaba drásticamente con el hombre cruel que el mundo conocía.
— ¡Te lo advierto, Klaus Mikaelson! —dijo ella, tratando de recuperar el aliento y señalándolo con un dedo acusador, aunque sus mejillas estaban encendidas por la risa—. Si vuelves a hacerme cosquillas, me iré a pasar el día con Hayley y te dejaré aquí solo con tus pinturas y tus malhumores.
Klaus fingió una expresión de horror absoluto, llevándose una mano al corazón.
— Eso es un golpe bajo, incluso para ti. Condenarme a la soledad por un poco de diversión inocente... qué crueldad, mi vida.
Lia lo miró con los ojos entrecerrados, tratando de mantener una expresión seria, pero la comisura de sus labios la traicionaba.
— No fue "diversión inocente". Fue un ataque premeditado. Sabes perfectamente que las cosquillas son mi única debilidad.
Klaus se inclinó hacia adelante, apoyando los codos a cada lado de la cabeza de Lia. Su expresión se volvió más suave, más profunda. Extendió una mano y apartó un mechón de cabello rebelde de su frente.
— No, amor —susurró, su voz volviéndose grave y cargada de emoción—. Tu debilidad soy yo. Y la mía, sin duda alguna, eres tú.
El ambiente cambió en un instante. La risa se desvaneció para dar paso a esa intensidad eléctrica que siempre existía entre ellos. Lia llevó sus manos a las mejillas de Klaus, sintiendo la ligera barba que comenzaba a asomar.
— Eres un tramposo, un impulsivo y un hombre terriblemente difícil —dijo ella en un susurro—. Pero no querría estar en ningún otro lugar que no fuera encima de ti, regañándote por tus tonterías.
Klaus cerró los ojos ante su contacto, dejando escapar un suspiro de satisfacción.
— A veces me pregunto cómo es posible que no me huyas —confesó él, abriendo los ojos para buscar los de ella—. He hecho cosas imperdonables, Lia. He sembrado el terror durante siglos. Y aun así, aquí estás, regañándome como si fuera un simple mortal que ha cometido una travesura.
— Porque yo veo al hombre, Nik. Veo al artista que se esconde tras el guerrero. Veo al esposo que me besa cada parte del cuerpo como si fuera un mapa sagrado —Lia se incorporó un poco, besando la punta de su nariz—. El mundo puede tener al Híbrido. Yo me quedo con Klaus.
Él la estrechó contra sí, enterrando el rostro en su cabello. El aroma de Lia, una mezcla de vainilla y algo puramente suyo, lo envolvía como un bálsamo. Se quedaron así, abrazados en medio de las sábanas revueltas, disfrutando del silencio de la mañana que ya se convertía en tarde.
— ¿Tienes hambre? —preguntó Klaus después de un rato, aunque no hizo ningún ademán de soltarla.
— No —respondió ella, acomodándose de nuevo sobre su pecho—. Solo quiero quedarme aquí. Todo el día.
— Tus deseos son órdenes, mi reina —dijo él, besando su hombro.
Sin embargo, la paz no duró demasiado. Unos golpes insistentes en la puerta de la habitación rompieron el encanto.
— ¡Niklaus! —la voz de Rebekah resonó desde el pasillo, cargada de impaciencia—. Marcel está en el patio y dice que los lobos de la zona norte están causando problemas de nuevo. Elijah dice que deberías bajar antes de que él decida "negociar" a su manera, que suele ser mucho más aburrida que la tuya.
Klaus gruñó, apretando los dientes. La mandíbula se le tensó y por un segundo, el depredador volvió a asomarse.
— ¡Vete, Rebekah! —rugió él—. ¡Diles que si no pueden manejar a unos cuantos lobos solitarios, no merecen estar en mi ciudad!
— ¡No me grites a mí, hermano! —respondió Rebekah con el mismo tono—. ¡Solo soy la mensajera! ¡Pero si no bajas, Marcel entrará aquí él mismo y dudo que Lia quiera recibir visitas en este momento!
Lia soltó una risita suave y le dio un pequeño beso en la barbilla a Klaus para calmarlo.
— Deberías ir —murmuró ella—. Si no vas, se pasarán todo el día molestando.
— No quiero ir —protestó Klaus, pareciendo por un momento un niño caprichoso en lugar de un vampiro milenario—. Quiero quedarme aquí, contigo.
— Ve, resuelve tus asuntos de rey —dijo Lia, deslizándose fuera de él y sentándose en el borde de la cama, dejando que el camisón cayera con gracia sobre sus piernas—. Yo te estaré esperando aquí. Y cuando vuelvas... quizás te permita hacerme un poco de cosquillas. Solo un poco.
Los ojos de Klaus se iluminaron con una mezcla de deseo y triunfo. Se levantó de la cama con esa elegancia innata que lo caracterizaba y se acercó a ella. Se arrodilló entre sus piernas y le tomó las manos, besando las palmas con una devoción casi religiosa.
— Volveré antes de que te des cuenta —prometió—. Y pobre del que se atreva a retrasarme.
Él se vistió con rapidez, recuperando su máscara de seriedad y poder. Antes de salir, se detuvo en el umbral y miró hacia atrás. Lia estaba allí, bañada por la luz de la tarde, luciendo como una visión que él no merecía pero que defendería con su vida hasta el último aliento.
— Te amo, Lia —dijo, su voz resonando con una sinceridad absoluta.
— Y yo a ti, Nik. Ahora ve y recuérdales por qué eres el dueño de esta ciudad.
Klaus salió de la habitación, y mientras bajaba las escaleras para encontrarse con Marcel y Elijah, su mente ya estaba planeando cómo terminaría los asuntos lo más rápido posible. Su crueldad sería legendaria hoy, no por odio, sino por el deseo impulsivo de regresar al santuario que eran los brazos de su esposa.
El patio de la mansión estaba tenso. Marcel caminaba de un lado a otro, mientras Elijah permanecía de pie, impecable como siempre, ajustándose los gemelos. Cuando Klaus apareció en lo alto de la escalera, el aire pareció enfriarse varios grados.
— Niklaus, finalmente decides honrarnos con tu presencia —dijo Elijah, observando la mancha de carmín casi imperceptible en el cuello de su hermano.
— Ahórrate el sarcasmo, Elijah —espetó Klaus, bajando los últimos escalones—. Marcel, dime qué es lo que tanto urge que no podía esperar a que terminara mi mañana con mi esposa.
Marcel suspiró, conociendo bien las prioridades de Klaus cuando se trataba de Lia.
— Los lobos están bloqueando las rutas de suministro en el pantano. Dicen que no han recibido el pago que les prometiste.
Klaus sonrió, pero fue una sonrisa que hizo que Marcel diera un paso atrás instintivamente. Era la sonrisa del carnicero, del hombre que no conocía la piedad cuando se sentía interrumpido.
— ¿El pago? —preguntó Klaus, su voz bajando a un susurro peligroso—. Les di el regalo de la vida al no arrancarle el corazón a su líder la última vez que nos vimos. Parece que han olvidado su lugar.
— Niklaus, la diplomacia... —empezó Elijah.
— La diplomacia ha muerto en el momento en que me han obligado a dejar mi cama —lo interrumpió Klaus, ajustándose los puños de su camisa—. Vamos. Vamos a recordarles a esos perros quién es el que manda en Nueva Orleans. Y háganlo rápido, porque tengo una cita con mi mujer y no soy un hombre paciente.
Mientras los tres hombres salían de la mansión, Klaus sintió el vínculo íntimo que lo unía a Lia tirando de su pecho. Ella era su ancla, su luz, pero también la razón por la que su oscuridad era tan letal. Cualquiera que amenazara su paz, cualquiera que le robara un solo segundo del tiempo que pertenecía a Lia, conocería el verdadero significado del terror.
Porque para Klaus Mikaelson, Lia era sagrada. Y él era el dios celoso que no permitiría que nada ni nadie profanara su santuario. El día sería largo para sus enemigos, pero para él, solo sería el preámbulo para volver a casa, morder suavemente el cuello de la mujer que amaba y perderse de nuevo en la sinfonía de su piel y su risa.