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Originales

Lágrimas de un Rey Herido

La lluvia de Nueva Orleans golpeaba con fuerza los ventanales de la mansión, creando una cortina de agua que aislaba el mundo exterior. Dentro, el silencio era casi absoluto, roto solo por el chisporroteo de la leña en la chimenea del estudio de Klaus. El ambiente, que solía estar cargado de tensión estratégica o de la vibrante energía del arte, hoy se sentía pesado, imbuido de una melancolía que solo el Híbrido Original era capaz de proyectar cuando su alma herida supuraba.

Klaus estaba sentado en su sillón de cuero, con una copa de bourbon olvidada en la mesa lateral. No estaba pintando. Sus pinceles descansaban secos y sus lienzos estaban en blanco, como si la inspiración se hubiera evaporado ante la magnitud de un deseo que no podía obtener mediante la fuerza ni la coacción.

Lia entró en la habitación con pasos suaves, sintiendo de inmediato la vibración de la angustia de su esposo. Se acercó a él, colocando una mano delicada sobre su hombro. Klaus no se movió, pero su mandíbula se tensó, un gesto que ella conocía bien: estaba luchando contra su propia vulnerabilidad.

— Nik —susurró ella, inclinándose para besar su sien—. Llevas horas aquí encerrado. La casa se siente fría sin tu presencia.

Klaus soltó un suspiro tembloroso y, con un movimiento lento, rodeó la cintura de Lia con sus brazos, hundiendo el rostro en su vientre. Ella se sorprendió por la urgencia del gesto. No era el abrazo posesivo de un depredador, sino el refugio desesperado de un hombre quebrado.

— No puedo quitármelo de la cabeza, Lia —murmuró él, su voz apenas un hilo ronco que vibraba contra la tela de su vestido—. Cada vez que cierro los ojos, veo una vida que no tenemos. Veo una extensión de nosotros, una prueba de que este amor no morirá con el tiempo.

Lia cerró los ojos, sintiendo un nudo en la garganta. Sabía exactamente a qué se refería. En las últimas semanas, Klaus se había obsesionado con la idea de tener un hijo. Desde que supo que su naturaleza híbrida permitía tal milagro, su deseo de paternidad se había convertido en una llama que consumía su razón. Pero ella no estaba lista. El mundo de Klaus era peligroso, lleno de enemigos y sangre, y la idea de traer una vida a ese caos la aterrorizaba.

— Niklaus, ya hemos hablado de esto —dijo ella con suavidad, acariciando el cabello rubio y desordenado de su esposo—. No es el momento. Nueva Orleans está en pie de guerra, tus enemigos acechan en cada esquina...

Klaus se separó de ella bruscamente, poniéndose de pie. Sus ojos, antes apagados, ahora brillaban con una intensidad febril, y Lia pudo ver el rastro de las lágrimas que empezaban a acumularse en sus párpados.

— ¡Nunca es el momento para ti! —exclamó él, su voz cargada de una mezcla de rabia e impotencia—. Siempre hay una guerra, siempre hay un enemigo. Pero yo soy Niklaus Mikaelson. ¡Yo puedo protegerte a ti y a cualquier hijo que me des! Reduciría a cenizas a cualquiera que se atreviera a mirar en su dirección.

— No se trata solo de protección, Nik —respondió ella, manteniendo la calma a pesar de la tormenta que veía en él—. Se trata de la vida que ese niño tendría. Una vida de huidas, de miedo, de ser un arma o un trofeo. No quiero eso para nosotros aún. Quiero disfrutar de ti, de nuestra unión, sin el peso de una responsabilidad tan inmensa.

Klaus la miró y, por primera vez en siglos, el gran lobo pareció pequeño. Sus hombros se hundieron y la primera lágrima rodó por su mejilla, seguida de otra. Ver a Klaus llorar era algo que desafiaba las leyes de la naturaleza; era como ver a una montaña desmoronarse.

— ¿Es que no lo entiendes? —preguntó él, su voz quebrándose por completo—. Para el mundo soy un monstruo. Para mis hermanos soy una carga o un líder temido. Pero contigo... contigo soy humano. Un hijo sería la prueba de que hay algo bueno en mí, algo que merece perdurar más allá de mi crueldad. Siento un vacío aquí, Lia.

Él se golpeó el pecho con el puño, justo sobre el corazón.

— Un vacío que ni todo el poder del mundo puede llenar. Te quiero a ti, y quiero que seas la madre de mi estirpe. ¿Tan poco confías en mí?

Lia sintió que el corazón se le partía. Se acercó a él y lo tomó de las manos, que temblaban ligeramente.

— Confío en ti con mi vida, Nik. Eres mi esposo, mi todo. Pero un bebé no es una herramienta para tu redención. No es algo que puedas crear para llenar un hueco en tu alma.

Klaus soltó un sollozo ahogado y se dejó caer de rodillas frente a ella, rodeando sus piernas con los brazos. Se apoyó contra ella, dejando que el llanto fluyera sin restricciones. Era un espectáculo desgarrador: el hombre más temido de la historia, llorando como un niño en el regazo de la mujer que amaba, suplicando por un futuro que ella aún no estaba dispuesta a darle.

— Por favor, amor —sollozó él, empapando la tela de su vestido con sus lágrimas—. Por favor... no me niegues esto. Siento que me muero por dentro cada vez que veo a otras familias, cada vez que imagino tus ojos en una pequeña criatura que lleve mi sangre. Me siento solo, Lia. Incluso estando contigo, hay una parte de mi alma que grita por ser padre.

Lia se arrodilló para estar a su altura, envolviéndolo en un abrazo protector. Lo estrechó contra su pecho, dejando que él se desahogara. Sentía los espasmos de su pecho contra el suyo y el calor de su aliento errático. En ese momento, no era el Híbrido Original, ni el Rey de la ciudad; era simplemente Nik, el hombre que la amaba con una devoción aterradora y que buscaba desesperadamente una pizca de normalidad en su eternidad de sombras.

— Shh, tranquilo, Nik —le susurró al oído, besando su frente—. Estoy aquí. No estás solo. Nunca estarás solo.

— Me duele —logró decir él entre sollozos, apretándola con fuerza—. Me duele tanto que me digas que no. Siento que me rechazas a mí, que rechazas la posibilidad de que yo sea algo más que un asesino.

— Oh, Nik, nunca pensaría eso de ti —dijo ella, alzando su rostro para que la mirara. Le limpió las lágrimas con los pulgares, aunque nuevas gotas seguían brotando—. Eres el hombre más increíble que he conocido. Eres un artista, un protector, un esposo devoto. Un hijo con tu sangre sería un regalo, lo sé. Pero mírame, Niklaus. Mírame a los ojos.

Él lo hizo, con la mirada empañada y roja por el llanto.

— Te amo —continuó ella—. Y precisamente porque te amo, quiero que cuando ese día llegue, sea por la alegría de crear vida, no por la desesperación de sanar una herida. No estoy diciendo que nunca, Nik. Solo estoy pidiendo tiempo. Tiempo para que este lugar sea seguro, tiempo para que nosotros estemos listos.

Klaus cerró los ojos y apoyó la frente contra la de ella. Su respiración comenzó a calmarse, aunque seguía sollozando de vez en cuando.

— Siento que el tiempo es lo único que nos sobra, y a la vez, lo que más me aterra —confesó él en un susurro—. Mil años he esperado para encontrar a alguien como tú. No quiero esperar otros mil para ver el fruto de nuestro amor.

— No serán mil años, te lo prometo —dijo Lia, dándole un beso tierno en los labios, saboreando la sal de sus lágrimas—. Pero ahora, mírame. Necesito que vuelvas a ser mi Nik. El hombre que me hace reír, el que me muerde en la oscuridad para recordarme que soy suya. No puedo verte así, me destroza.

Klaus respiró hondo, tratando de recuperar la compostura. Se separó un poco y la observó con una vulnerabilidad que la dejó sin aliento. A pesar del dolor, el amor que emanaba de él era tan vasto que resultaba casi abrumador.

— Eres mi debilidad, Lia —dijo él, su voz volviendo a ser profunda, aunque todavía teñida de tristeza—. Mi mayor debilidad y mi única fuerza. Si me pides tiempo, te daré siglos si es necesario. Pero no dejes de amarme. No permitas que mi oscuridad te aleje.

— Nada podría alejarme de ti, Niklaus Mikaelson —afirmó ella con firmeza—. Ni tu llanto, ni tu ira, ni tus enemigos. Eres mi hogar.

Klaus la levantó en vilo, llevándola hacia el sofá frente a la chimenea. Se sentó y la colocó sobre su regazo, ocultando el rostro en su cuello. Se quedaron así durante mucho tiempo, mientras el fuego se consumía lentamente y la lluvia amainaba. El llanto de Klaus se había detenido, pero la melancolía permanecía como una neblina suave en la habitación.

— A veces soy un monstruo egoísta —murmuró él contra su piel—. Sé que te presiono, sé que mi impulsividad te asusta. Es solo que... la idea de tener un pedazo de ti y de mí caminando por estos pasillos es lo único que me hace sentir que mi inmortalidad tiene sentido.

Lia le acarició la nuca, entrelazando sus dedos en sus rizos.

— Lo entiendo, de verdad lo entiendo. Y te prometo que llegaremos a ese punto. Pero hoy, solo quiero que seas mío. Sin planes, sin legados, sin coronas. Solo tú y yo.

Klaus se separó un poco para mirarla. La intensidad en sus ojos había cambiado; el dolor seguía allí, en el fondo, pero ahora estaba cubierto por esa devoción sagrada que sentía por ella. Se inclinó y la besó, un beso largo y profundo que sabía a promesa y a súplica silenciosa. Sus manos comenzaron a recorrer el cuerpo de Lia con esa familiaridad experta, reclamando cada centímetro de ella.

— Eres sagrada para mí, Lia —susurró él sobre sus labios—. Eres mi esposa, mi redención... mi todo. Si el destino decide que solo seremos nosotros dos por ahora, entonces haré que cada segundo de esa espera valga la pena.

Él la tomó por la nuca, y sus colmillos se asomaron apenas un instante. Buscó el lugar de siempre en su cuello, donde el pulso latía con fuerza, y la marcó con un mordisco suave, casi una caricia dolorosa que hizo que Lia soltara un gemido de placer y entrega. Era su ritual, su forma de sellar el pacto de que, a pesar de las lágrimas y los deseos no cumplidos, seguían siendo una sola alma.

— Te amo más de lo que mi oscuro corazón puede soportar —gruñó Klaus, bebiendo una gota de su sangre antes de lamer la pequeña herida—. Y esperaré. Esperaré porque no hay nadie más en este mundo o en el siguiente con quien quiera compartir el milagro de la vida.

Lia lo abrazó con fuerza, sabiendo que la tormenta interna de Klaus no se había disipado del todo, pero que al menos, en sus brazos, había encontrado la paz necesaria para seguir adelante. Sabía que él volvería a pedírselo, que su naturaleza impulsiva y su deseo de dejar un legado volverían a aflorar, pero por esa noche, el Rey de Nueva Orleans se conformaba con ser simplemente el hombre que amaba a una mujer por encima de todas las cosas.

Mientras las sombras se alargaban en el estudio, Klaus la estrechó contra sí, jurando en silencio que, aunque el bebé que tanto anhelaba aún no corriera por la casa, él se encargaría de que Lia nunca dudara de que ella era su tesoro más preciado. En la penumbra, el Híbrido cerró los ojos, dejando que el aroma de su esposa calmara los ecos de su llanto, listo para enfrentar un nuevo día, siempre y cuando ella estuviera a su lado para guiarlo a través de la oscuridad de su propia alma.

— No te vayas nunca —susurró él, casi en un sueño.

— Nunca, Nik. Te lo prometo —respondió ella, sellando su destino una vez más en la quietud de la noche de Luisiana.