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Originales

El Heredero del Híbrido: Un Reino de Seda y Sangre

El silencio en la mansión Mikaelson ya no era ese vacío sepulcral que solía invitar a la paranoia o a la melancolía. Ahora, el aire de Nueva Orleans, que entraba por los balcones abiertos del Barrio Francés, traía consigo una melodía nueva, una que Niklaus Mikaelson jamás pensó que escucharía entre sus muros: el balbuceo rítmico y alegre de un bebé de seis meses.

Liam Mikaelson era, sin duda alguna, el ser más poderoso de la ciudad, y no por su linaje híbrido o el potencial de su magia, sino porque había logrado lo que ejércitos de vampiros y brujas no pudieron en mil años: poner de rodillas al gran Niklaus.

Klaus estaba sentado en la alfombra de seda de la habitación principal, una imagen que habría hecho que sus enemigos se frotaran los ojos con incredulidad. El temible Híbrido Original, el carnicero de los siglos, estaba ahora ocupado sosteniendo un pequeño peluche de lobo tallado a mano, moviéndolo frente a los ojos curiosos de su hijo.

— Mira esto, pequeño príncipe —susurró Klaus, con una voz tan suave que parecía hecha de terciopelo—. Algún día, este reino será tuyo. Pero por ahora, solo concéntrate en atrapar al lobo.

El bebé, un pequeño ser regordete con los ojos claros de su padre y la sonrisa serena de su madre, soltó una carcajada ronca, agitando sus brazos y piernas con entusiasmo. Sus mejillas eran dos manzanas rojas y sus muslos, llenos de hoyuelos, se movían con la energía de quien está descubriendo el mundo.

Lia observaba la escena desde el umbral de la puerta, con una taza de té entre las manos y una expresión de paz absoluta. Ver a Klaus así, tan vulnerable, tan entregado, era su mayor triunfo. Recordó las lágrimas de él meses atrás, la desesperación por una redención que creía inalcanzable, y cómo la llegada de Liam había transformado la oscuridad de Nik en una luz protectora y feroz.

— Te va a ganar, Nik —dijo Lia, entrando en la habitación con paso ligero—. Liam tiene la astucia de los Mikaelson, ya sabe que vas a dejar que atrape el juguete.

Klaus levantó la vista y su rostro se iluminó con esa devoción que solo reservaba para ella. Se puso de pie con la elegancia de un depredador en reposo y se acercó a su esposa, rodeándole la cintura con un brazo mientras con la otra mano acariciaba la mejilla de su hijo, que ahora intentaba morderse su propio pie.

— Es un estratega nato, amor —respondió Klaus, besando la frente de Lia—. Ha heredado tu inteligencia y, afortunadamente, mi buen gusto por el poder. Mira cómo nos mira. Sabe que somos suyos.

— Él es el dueño de esta casa, y lo sabes —rio ella, dejando la taza sobre una mesa para tomar al bebé en brazos—. Hasta Elijah ha dejado de lado sus trajes impecables solo para dejar que Liam le babee los pañuelos de seda.

— Elijah es un sentimental —gruñó Klaus con fingida molestia, aunque sus ojos brillaban de orgullo—. Pero tiene razón. Este niño es lo único puro que hemos creado en un milenio.

Lia acomodó al pequeño Liam contra su pecho. El bebé soltó un suspiro de satisfacción al sentir el aroma de su madre y cerró los ojos, preparándose para una siesta. Klaus no podía dejar de mirarlos; para él, esa imagen era su santuario personal. Lia era su ancla, su esposa, la mujer que le había dado el regalo que él creía prohibido para alguien de su especie.

— ¿Sabes? —murmuró Klaus, acercándose para oler el cabello del bebé, que olía a talco y a esa dulzura láctea de la infancia—. A veces todavía me despierto pensando que es un sueño. Que en cualquier momento la realidad me golpeará y volveré a estar solo en un trono de cenizas.

Lia le puso una mano en la mejilla, obligándolo a mirarla a los ojos.

— No es un sueño, Niklaus. Es nuestra realidad. Has luchado por esto, has sangrado por esto. Y ahora que lo tienes, nadie va a arrebatártelo.

— Lo sé —dijo él, y su voz recuperó ese tono oscuro y peligroso—. Porque si alguien se atreve a mirar a mi hijo con una intención que no sea de adoración, Nueva Orleans arderá hasta los cimientos. No quedará piedra sobre piedra, Lia.

— Lo sé, mi amor —respondió ella con calma, acostumbrada a la intensidad de su marido—. Pero hoy, el único incendio que hay es el de la chimenea. Vamos a dejar que duerma.

Klaus asintió y, con una delicadeza extrema, tomó al bebé de los brazos de Lia para depositarlo en su cuna de madera tallada, una obra de arte que él mismo había esculpido durante las noches de espera. Se quedó observándolo un momento más, asegurándose de que la manta de cachemira lo cubriera perfectamente.

Cuando salieron de la habitación, se encontraron en el pasillo con Rebekah, que caminaba con paso rápido cargando varias bolsas de tiendas exclusivas del Barrio Francés.

— ¡Ni se les ocurra despertarlo! —susurró Rebekah con una sonrisa brillante—. He comprado los trajes más adorables para mi sobrino. Marcel dice que lo estoy malcriando, pero ¿qué sabe él? Un Mikaelson debe vestir como la realeza desde la cuna.

— Rebekah, tiene seis meses —dijo Klaus, arqueando una ceja—. No necesita zapatos de diseñador que perderá en el parque.

— Cállate, Nik —respondió su hermana, dándole un beso en la mejilla—. Deja que su tía se divierta. Además, Elijah está en la biblioteca seleccionando los clásicos que le leerá cuando empiece a hablar. Dice que es vital que su vocabulario sea perfecto.

Klaus soltó una carcajada baja mientras veía a su hermana entrar de puntillas en la habitación del bebé. Se giró hacia Lia y la atrajo hacia su pecho, envolviéndola en sus brazos.

— Mi familia está loca —susurró contra su oído.

— Tu familia está enamorada, Nik —corrigió Lia, entrelazando sus dedos en el cabello de él—. Liam ha hecho lo que nadie creía posible: nos ha unido de una forma que el miedo nunca pudo.

Klaus la condujo hacia su estudio, pero esta vez no buscó sus pinceles ni sus mapas de guerra. Cerró la puerta y la empujó suavemente contra la madera, atrapándola con su cuerpo. La intensidad en su mirada cambió; la ternura del padre dio paso al deseo del amante, del hombre que seguía viendo en Lia su mayor adicción.

— Te he echado de menos hoy —murmuró Klaus, bajando el rostro hacia su cuello—. Entre los pañales, las visitas de mis hermanos y los asuntos de la ciudad, siento que no he tenido suficiente de ti.

Lia jadeó suavemente cuando sintió los labios de Klaus rozar la piel sensible debajo de su oreja.

— Has estado muy ocupado siendo el padre perfecto —dijo ella, rodeando su cuello con los brazos—. Casi olvido que también eres un híbrido impulsivo y demandante.

— Oh, amor, nunca olvides eso —susurró él, y sus colmillos rozaron su piel en una promesa silenciosa—. Ser el padre de Liam es mi mayor orgullo, pero ser tu dueño es mi necesidad más básica.

Klaus comenzó a besarla con una urgencia que siempre lograba encender la sangre de Lia. Sus manos recorrieron sus curvas con la posesividad de quien reclama un territorio sagrado. Cada beso era una marca, cada caricia una declaración de que, a pesar de los cambios en su vida, el vínculo íntimo que compartían seguía siendo el motor de su existencia.

Él la levantó, haciendo que ella enredara sus piernas alrededor de su cintura, y la llevó hacia el gran diván de terciopelo. En la penumbra del estudio, rodeados por el aroma de la pintura al óleo y el bourbon, Klaus se dedicó a adorar cada parte de su cuerpo.

— Eres tan hermosa —dijo él, separándose un segundo para admirarla—. La maternidad te ha dado un brillo que me vuelve loco, Lia. Eres mi esposa, mi reina, la madre de mi heredero... y juro que pasaré el resto de mi eternidad recordándote cuánto te deseo.

— Demuéstramelo, Nik —susurró ella, tirando de él hacia abajo.

En el clímax de su pasión, Klaus buscó su hombro y se hundió en ella, marcándola con ese mordisco que era su firma personal. Lia arqueó la espalda, sintiendo esa mezcla de dolor y placer absoluto, el vínculo de sangre que los mantenía unidos más allá de la vida y la muerte. Klaus bebió de ella, saboreando su esencia, mientras sus cuerpos se movían en una danza que conocían a la perfección.

— Mía —gruñó él contra su piel—. Siempre mía.

Después, mientras descansaban abrazados bajo una manta, el silencio volvió a ser cómplice. Klaus acariciaba el brazo de Lia, observando cómo la luz de la luna empezaba a filtrarse por el ventanal.

— ¿Crees que seremos capaces de mantenerlo a salvo? —preguntó Klaus de repente, con una nota de duda que rara vez permitía que otros escucharan.

Lia se incorporó un poco, apoyándose en su codo para mirarlo.

— Somos los Mikaelson, Nik. Somos el terror de los que se atreven a desafiarnos. Pero más que eso, somos padres. Y no hay fuerza en la naturaleza, ni magia en este mundo, que pueda contra lo que sentimos por Liam.

Klaus asintió, sintiendo cómo la seguridad de ella le devolvía la paz. Se inclinó y la besó con ternura.

— Tienes razón. Soy un tonto por dudarlo. Mientras tú estés a mi lado, este reino será el lugar más seguro de la tierra.

Un llanto suave, apenas un reclamo de atención, llegó desde la habitación contigua. Klaus sonrió de inmediato, una sonrisa genuina y llena de luz.

— Parece que el príncipe ha despertado de su siesta —dijo él, levantándose con agilidad y ofreciéndole la mano a Lia.

— ¿Quieres ir tú o voy yo? —preguntó ella, aceptando su mano.

— Iremos los dos —sentenció Klaus—. Quiero que lo primero que vea al despertar sea a sus padres. Quiero que sepa, desde ahora y para siempre, que el mundo entero se rinde ante él.

Caminaron juntos por el pasillo, dos figuras poderosas y unidas por un amor que había desafiado los siglos. Al entrar en la habitación, encontraron a Liam sentado en su cuna, frotándose los ojos con sus puños regordetes. Al verlos, el bebé soltó un chillido de alegría y extendió los brazos hacia Klaus.

— Ven aquí, pequeño lobo —dijo Klaus, levantándolo y elevándolo hacia el techo mientras el niño reía a carcajadas—. Vamos a bajar al patio. Tus tíos están ansiosos por verte, y creo que Elijah tiene un libro sobre la historia de Roma que está deseando leerte, aunque no entiendas ni una palabra.

Lia los siguió, observando la espalda de su marido y la cabecita rubia de su hijo apoyada en el hombro de Klaus. En ese momento, Nueva Orleans podía estar llena de conspiraciones, las brujas podían estar tramando y los vampiros podían estar hambrientos de poder, pero dentro de esas paredes, el Híbrido Original había encontrado su verdadera corona.

Al bajar las escaleras, el patio estaba iluminado por faroles de hierro. Elijah ya estaba allí, sentado con un libro antiguo, y Rebekah estaba mostrando a Marcel los diminutos zapatos que había comprado. Todos se detuvieron al ver bajar a la familia.

— ¡Ahí está el futuro rey! —exclamó Marcel, acercándose para hacerle una mueca al bebé, que respondió tirándole del pelo.

— Cuidado, Marcel —advirtió Klaus con una sonrisa burlona—, ya te dije que tiene un agarre fuerte. Es un Mikaelson, después de todo.

La velada transcurrió entre risas, historias de siglos pasados y la calidez de una familia que, contra todo pronóstico, había encontrado su centro. Klaus permaneció sentado junto a Lia, con Liam gateando sobre una manta a sus pies, vigilado de cerca por cinco de los vampiros más peligrosos del mundo que ahora solo tenían ojos para las travesuras de un bebé.

Klaus tomó la mano de Lia y la apretó con fuerza. Ella lo miró y, sin necesidad de palabras, ambos supieron que el camino había valido la pena. Las lágrimas, las dudas y el miedo habían quedado atrás, reemplazados por la certeza de que su vínculo no solo era eterno, sino que ahora era fértil.

— Gracias —susurró Klaus, tan bajo que solo ella pudo oírlo.

— ¿Por qué, Nik?

— Por creer en mí cuando yo no podía. Por darme una razón para no solo sobrevivir, sino para vivir.

Lia se apoyó en su hombro, observando a su hijo intentar quitarle las gafas a Elijah ante las risas de Rebekah.

— Te lo dije, Niklaus. En tu oscuridad, yo soy la luz que permites que brille. Pero Liam... Liam es el sol que ha disipado las sombras para siempre.

Klaus cerró los ojos, dejando que la paz de su hogar lo envolviera. Por primera vez en mil años, el Híbrido no sentía la necesidad de mirar por encima del hombro. Porque allí, en el corazón del Barrio Francés, rodeado de su sangre y de la mujer que era su todo, Niklaus Mikaelson finalmente había encontrado su reino, y era mucho más hermoso de lo que jamás se atrevió a soñar.