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Otra Oportunidad

Detonación Familiar

Los meses se habían deshilachado como el borde de una camiseta vieja, perdiendo su forma y fundiéndose en una nueva tela, una nueva normalidad. El apartamento de Denji ya no era un campo de batalla ni una zona desmilitarizada; se había convertido en un ecosistema. Un ecosistema extraño y precario, sí, pero funcional. Tenía sus propias reglas, sus propias estaciones y su propia cadena alimenticia emocional, en cuya cima, indiscutiblemente, se sentaban los perros.

Reze había aprendido el ritmo de esa nueva vida. Denji era el sol, caótico y brillante, que marcaba el inicio y el final de cada día con su energía arrolladora. Nayuta era la luna, una presencia constante y silenciosa cuya influencia menguaba y crecía, dictando las mareas de la tensión doméstica. Y ella, Reze, era la gravedad. La fuerza invisible que mantenía todo en órbita, la que se aseguraba de que los planetas no chocaran, la que calculaba las trayectorias y corregía las desviaciones.

La amenaza de Asa Mitaka seguía siendo una estrella lejana y ominosa en su firmamento. Denji, absorto en las glorias y trivialidades de tener novia por primera vez, apenas la mencionaba. Pero Reze no la olvidaba. Cada vez que Denji volvía a casa con un rasguño inexplicable o una mirada de cansancio que no correspondía a una simple clase de gimnasia, Reze sentía el tirón gravitacional de esa otra estrella. Yoru. Guerra. No le importaba si Asa sentía algo por Denji; los sentimientos eran irrelevantes. Lo que le importaba era el plan. El Demonio de la Guerra no jugaba a las casitas. Jugaba al ajedrez con reinos y ejércitos, y Denji era la pieza más valiosa del tablero. Su alianza con Nayuta seguía vigente, un pacto silencioso de vigilancia mutua. «El enemigo de mi enemigo es un activo táctico», se recordaba Reze.

Pero Nayuta había encontrado un nuevo objetivo para su desconfianza. Una nueva «perra», como la habría llamado meses atrás.

—Fumiko Mifune —había dicho Denji una tarde, mientras devoraba un plato de arroz con curry—. Es una chica nueva del Club de Cazadores de Demonios de la escuela. ¡Es súper simpática! Hoy me ha invitado a un refresco. Y no para de sonreír. Es como… un cachorro de golden retriever humano.

En el sofá, Nayuta, que había estado dibujando, se detuvo. Olfateó el aire, su pequeña nariz arrugándose.

—Huele a mentiras —sentenció, su voz plana y desprovista de emoción—. A mentiras y a perfume barato.

Reze archivó el nombre. Fumiko Mifune. Demasiado amable. Demasiado sonriente. En el mundo del espionaje, la amabilidad excesiva era una bandera roja del tamaño de un continente. Era un disfraz, y los disfraces siempre ocultaban algo. Otra variable a tener en cuenta. Otro posible frente de batalla.

Sin embargo, a pesar de las amenazas externas que se arremolinaban como nubes de tormenta en el horizonte, el clima dentro del apartamento había mejorado notablemente. La hostilidad abierta de Nayuta hacia Reze se había erosionado, lijada por la rutina y la exposición constante. Ya no había sabotajes deliberados ni insultos sibilantes. Había sido reemplazada por una calma extraña, una neutralidad que bordeaba la aceptación.

Ya no eran enemigas compitiendo por el mismo territorio. Eran dos depredadoras alfa que habían llegado a un acuerdo de reparto de poder sobre su ecosistema compartido. Reze proporcionaba estructura, comida y una barrera contra el caos externo. Nayuta proporcionaba… bueno, Nayuta proporcionaba un recordatorio constante de que la vida era absurda y peligrosa. Funcionaba.

Era una de esas tardes tranquilas. Denji estaba en la escuela, en alguna actividad extraescolar del club. El sol de la tarde se filtraba por la ventana, pintando rayas doradas sobre el suelo de madera. El único sonido era el suave raspar de un lápiz sobre el papel y el ocasional ronquido de uno de los perros.

Reze estaba en la cocina, preparando los ingredientes para la cena. Sus movimientos eran un ballet de eficiencia doméstica. Ya no sentía la tensión de la intrusa. Se movía con la seguridad de quien conoce cada centímetro de su espacio, cada peculiaridad de los fogones, cada tabla del suelo que crujía. Estaba cortando zanahorias en rodajas perfectas, el ritmo del cuchillo contra la tabla era casi meditativo.

Nayuta estaba sentada en la mesa del comedor, una fortaleza de cojines improvisada a su alrededor, completamente absorta en su última obra maestra. Un arcoíris de ceras y lápices de colores se esparcía a su alrededor como los restos de una batalla artística. Reze la observó por un momento. La niña tenía la lengua fuera, una arruga de concentración en su frente. Parecía… una niña. Una niña normal. La idea era tan extraña, tan revolucionaria, que Reze tuvo que detenerse un segundo para procesarla.

—Ya casi es hora de cenar —dijo Reze, su voz rompiendo la calma—. Empieza a guardar tus cosas y pon la mesa.

Lanzó la orden con la naturalidad de quien lo ha hecho mil veces, esperando una de las respuestas habituales del repertorio de Nayuta: un silencio desafiante, un gruñido de fastidio o, en un buen día, un «ahora voy» arrastrado y a regañadientes.

Lo que no esperaba fue la respuesta que obtuvo.

—Sí, mamá.

La frase fue un susurro distraído, pronunciado sin levantar la vista del dibujo. Unas palabras automáticas, un reflejo condicionado sacado de algún rincón olvidado de la conciencia colectiva infantil.

El cuchillo en la mano de Reze se detuvo en el aire.

Silencio.

Un silencio tan absoluto, tan denso, que pareció absorber todo el sonido del universo. El ronquido del perro cesó. El zumbido del frigorífico se desvaneció. Incluso el tráfico de Tokio pareció contener la respiración.

Mamá.

La palabra flotó en el aire entre ellas, pequeña, extraña, cargada con el peso de un millón de significados que Reze no sabía cómo interpretar. Su cerebro, esa supercomputadora entrenada para analizar amenazas y calcular probabilidades, se bloqueó. Intentó procesar el dato. «Mamá». Sustantivo. Figura parental femenina. Cuidadora. Fuente de afecto y autoridad. No computaba. La entrada no correspondía a ningún protocolo existente. Error de sistema.

Nayuta, ajena al cortocircuito que acababa de provocar, siguió coloreando durante tres segundos más. Tres segundos que para Reze fueron una eternidad. Luego, se detuvo. El lápiz rosa quedó suspendido sobre el papel. Levantó la cabeza lentamente, como si emergiera de un trance. Sus ojos se encontraron con los de Reze al otro lado de la habitación.

Y en ese instante, ambas se dieron cuenta.

El rostro de Nayuta pasó por una gama de emociones tan rápida que fue como ver una película a cámara rápida. Primero, confusión. Luego, la lenta y horrible duna de la comprensión. Finalmente, el pánico absoluto. Un pánico tan puro y tan infantil que la despojó por completo de su aura de demonio primordial.

—Yo… —comenzó, su voz un hilo—. No… no he dicho eso.

Un calor intenso, completamente ajeno, se extendió por las mejillas de Reze, subiendo hasta las orejas. Estaba sonrojada. Ella. La Demonio Bomba. La asesina entrenada para no sentir nada. Un fallo catastrófico en el sistema de refrigeración emocional. Pero el calor no era desagradable. Era… cálido. Era la misma sensación que le había provocado el algodón de azúcar de Denji, la misma que sentía cuando él la abrazaba por la espalda. Era la sensación del hogar.

Nayuta, mientras tanto, entraba en modo de control de daños.

—¡Me he confundido! —exclamó, su voz subiendo una octava, volviéndose estridente—. ¡Quería decir… quería decir «tonta»! ¡Sí! ¡Tonta! ¡Oye, tonta, pon la mesa! ¡Eso es lo que quería decir!

La excusa era tan mala, tan transparente, que era casi adorable.

Reze miró a la niña, a su rostro sonrojado de pánico, a sus ojos desorbitados por la vergüenza. El protocolo dictaba ignorar el incidente. Archivarlo como una anomalía y proceder con la misión principal (preparar la cena). Era lo lógico, lo eficiente.

Pero, por primera vez en mucho tiempo, la lógica no le apetecía.

Una decisión, tan rápida como una detonación, se formó en su mente. Una sonrisa, una sonrisa que no había usado desde el festival, desde la piscina, desde la farsa que se había vuelto verdad, se dibujó en sus labios. Era la sonrisa de la otra Reze. La chica que Denji creía haber perdido.

Se apoyó en la encimera, cruzando los brazos, y ladeó la cabeza.

—¿Mamá? —repitió, su voz teñida de una falsa inocencia y una diversión genuina—. Vaya, no sabía que había sido ascendida. ¿Eso significa que ahora tengo que firmar tus notas de la escuela?

La cara de Nayuta se puso de un color rojo tan intenso que rivalizaba con el de una manzana madura.

—¡Cállate! —siseó, su vergüenza convirtiéndose rápidamente en ira—. ¡No te he llamado así, perra estúpida! ¡Estás sorda!

—Oh, no, lo he oído perfectamente —continuó Reze, disfrutando del momento mucho más de lo que habría admitido—. «Sí, mamá». Ha sido muy educado por tu parte, por cierto. Estoy impresionada. Quizás debería empezar a darte una paga. ¿Qué te parecen cien yenes a la semana por hacer tus tareas?

—¡Te voy a morder! —amenazó Nayuta, aunque la amenaza carecía de su mordiente habitual. Sonaba más como el chillido de un gatito acorralado que como el rugido de un demonio.

—No se muerde a las mamás, es de mala educación —replicó Reze, y tuvo que morderse el labio para no reírse a carcajadas—. Ahora, si me disculpas, tengo que terminar la cena. Tu padre llegará pronto y no quiero que piense que soy una mala… ya sabes.

El uso de la palabra «padre» para referirse a Denji fue el golpe de gracia. Nayuta soltó un sonido ahogado, una mezcla entre un grito de frustración y un sollozo de humillación. Cogió la cera más cercana —una de color marrón— y se la tiró a Reze con todas sus fuerzas.

Reze la atrapó en el aire sin esfuerzo, a escasos centímetros de su cara. La examinó con aire crítico.

—Marrón. Un color muy maduro. Estoy orgullosa de ti, hija.

—¡AAAAAARGH!

Nayuta se bajó de la silla de un salto, corrió a su habitación y cerró la puerta con un portazo que hizo vibrar los cristales de la ventana.

Reze se quedó sola en la cocina, la cera marrón todavía en la mano. La sonrisa seguía en su rostro. Se sentía ligera. Se sentía… divertida. Hacía mucho tiempo que no se sentía así. La interacción, tan cargada de una emoción doméstica y absurda, había sido como una ráfaga de aire fresco en la atmósfera controlada y presurizada de su existencia.

Y entonces, oyó un sonido desde la entrada. Un sonido ahogado, como si alguien intentara reprimir una carcajada y estuviera fallando miserablemente.

Se giró.

Denji estaba de pie en el umbral, con la mochila colgando de un hombro y una mano tapándose la boca. Sus hombros se sacudían y sus ojos brillaban con una alegría tan pura que era casi cegadora. Había estado allí. Lo había oído todo.

Su corazón dio un vuelco, esta vez de una vergüenza que reflejaba la de Nayuta. La habían pillado. La habían pillado siendo… feliz. Siendo juguetona. Siendo la chica que él creía haber perdido.

Denji no pudo aguantar más. La risa brotó de él, fuerte, sincera, llenando el apartamento.

—¡Oh, dios mío! —dijo entre carcajadas, secándose una lágrima del ojo—. ¡«Estoy orgullosa de ti, hija»! ¡Eso ha sido increíble! ¡La has destrozado!

Dejó caer la mochila y se acercó a ella, todavía riendo. Reze sintió que el sonrojo volvía con fuerza.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —preguntó, su voz más tensa de lo que pretendía.

—Lo suficiente —respondió él, su sonrisa suavizándose al ver la expresión de ella—. Lo suficiente para oír… todo.

No mencionó la palabra. No dijo «mamá». Tuvo la rara delicadeza de no echar más leña al fuego de la humillación de Nayuta. Pero sus ojos lo decían todo. Estaba flotando.

La rodeó con sus brazos por la espalda, atrayéndola hacia sí y apoyando la barbilla en su hombro, su gesto familiar y reconfortante.

—¿Sabes? —susurró en su oído—. Podría acostumbrarme a esto.

—¿A qué? ¿A que tu hermana me tire cosas?

—No. A esto —dijo, y la besó suavemente en la mejilla—. A llegar a casa y encontrarme con… una familia. Una familia de verdad, de las que discuten por tonterías y se ponen motes.

Reze se relajó en su abrazo, apoyando la cabeza hacia atrás, contra su pecho. El olor de Denji —a sudor, a calle y a algo únicamente suyo— la envolvió. La mecánica de la felicidad, que había chirriado y se había detenido la última vez que había olido la guerra en él, ahora volvía a ponerse en marcha, más suave y silenciosa que antes.

—No somos una familia —murmuró ella, una protesta débil, casi por obligación.

—Claro que sí —replicó él con una confianza inquebrantable—. Somos un padre idiota, una madre bomba súper inteligente y una hija demoníaca y gruñona. Y un montón de perros. Somos la mejor puta familia del mundo.

Se quedaron así un momento, en silencio, en medio de la cocina. Reze miró la cera marrón que aún tenía en la mano. Luego miró la puerta cerrada de la habitación de Nayuta. Detrás de esa puerta, una niña estaba probablemente escondida bajo las sábanas, muriéndose de vergüenza. En sus brazos, un chico que había perdido todo lo que alguna vez había querido la abrazaba como si ella fuera el centro de su universo.

Quizás Denji tenía razón.

Quizás, a pesar de todo, a pesar de las misiones, de la sangre, de los demonios que acechaban en las sombras y dentro de ellos mismos, lo habían conseguido. Habían construido algo. Algo frágil, algo imperfecto, algo completamente ilógico.

Algo a lo que se podría llamar hogar.

Más tarde, durante la cena, el ambiente era extrañamente pacífico. Nayuta había salido de su habitación con los ojos hinchados y una expresión de profundo resentimiento, pero se sentó a la mesa sin protestar. Comió en silencio, lanzando miradas furtivas a Reze, como si esperara que volviera a la carga.

Pero Reze no lo hizo. Le sirvió el curry, le pasó el agua y actuó como si nada hubiera pasado. La broma había terminado. El punto había quedado claro. No necesitaba insistir.

Denji, por su parte, no paraba de sonreír. Su mirada iba de Reze a Nayuta y de vuelta a Reze, como si estuviera viendo la mejor película de su vida.

Cuando terminaron de cenar, Reze se levantó para recoger los platos.

—Yo los friego —dijo Denji, levantándose también.

—No, déjalo. Es mi turno.

—¡Pero las novias no tienen que fregar los platos! —protestó él.

—Y los novios no deberían dejar sus mochilas tiradas en medio del pasillo —replicó ella, arqueando una ceja.

—Touché.

Mientras discutían amistosamente, Nayuta se levantó de la mesa. Cogió su plato, su vaso y sus cubiertos y, sin decir una palabra, los llevó hasta el fregadero. Los dejó allí con cuidado y luego se fue a su habitación, cerrando la puerta suavemente tras de sí.

Denji y Reze se quedaron mirando, sorprendidos.

—¿Has visto eso? —susurró Denji, asombrado—. ¡Ha recogido su plato! ¡Sin que se lo pidiéramos!

Reze miró los platos en el fregadero. Era un gesto pequeño. Insignificante, para cualquiera. Pero para ellas, era un tratado de paz. Una bandera blanca. Una aceptación.

Se giró hacia el fregadero y abrió el grifo. El agua caliente corrió sobre sus manos. Denji se acercó y la abrazó por la espalda, de nuevo.

—Te quiero, mamá bomba —susurró en su oído, con tono burlón.

Reze se rio, un sonido suave y genuino.

—Cállate, idiota.

No le corrigió. No negó la palabra. Simplemente se apoyó en él, sintiendo el calor de su cuerpo, y empezó a fregar los platos. La guerra seguía ahí fuera. Sabía que Yoru volvería. Sabía que Fumiko Mifune era una serpiente sonriente. Sabía que su propio pasado podría volver para reclamarla en cualquier momento.

Pero por primera vez, no se sentía como una soldado defendiendo un puesto avanzado. Se sentía como alguien defendiendo su hogar. Y esa era una motivación infinitamente más poderosa. La detonación de esa tarde no había destruido nada. Al contrario. Había sentado los cimientos de algo nuevo. Algo por lo que valía la pena luchar. Algo por lo que valía la pena, incluso, morir.

Y vivir. Sobre todo, vivir.