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Otra Oportunidad

Mecánica de la Felicidad

El secreto duró exactamente siete horas y media, el tiempo que Denji tardó en dormir, despertarse y procesar que la realidad no había sido un sueño particularmente vívido y extraordinario. Reze lo había sabido desde el momento en que dijo «sí». El concepto de discreción era, para Denji, tan ajeno como la física cuántica o la higiene dental consistente. Su alegría era una supernova, una fuerza de la naturaleza imposible de contener.

Despertó con un brazo pesado sobre su cintura y una respiración cálida en su nuca. Denji. Su novio. La palabra aún sonaba extraña en su mente, un código extranjero que estaba intentando descifrar. La noche anterior, tras su declaración y el beso que había sellado el pacto, se había quedado a dormir. No en el sofá. En la cama. Esta vez, no había un abismo de tensión entre ellos, sino un enredo de extremidades y la cómoda calidez de una decisión tomada.

El plan de Reze era simple: levantarse antes que él, preparar el desayuno y gestionar la inevitable revelación a Nayuta con la delicadeza de una operación de desactivación de explosivos. Necesitaba controlar la narrativa, presentar el cambio de estatus como una evolución lógica y no amenazante para la estructura de poder de la niña.

El plan fracasó estrepitosamente a las 7:02 AM.

—Buenos días, novia —murmuró una voz soñolienta directamente en su oído.

Antes de que pudiera reaccionar, unos labios se estamparon en su mejilla, luego en su mandíbula, luego en la curva de su cuello. Su cuerpo se tensó por puro instinto, un reflejo pavloviano grabado a fuego por años de entrenamiento. *Amenaza. Proximidad no autorizada. Neutralizar*.

Pero la amenaza olía a Denji, a sueño y a una felicidad tonta y abrumadora. El beso en su cuello no era un ataque, sino una caricia torpe y cosquilleante que la hizo estremecerse y soltar una risita ahogada.

—Para, haces cosquillas —protestó en voz baja, intentando girarse.

—No quiero —replicó él, abrazándola con más fuerza por la espalda, su cuerpo un horno contra el de ella—. Eres mi novia. Tengo derecho a darte besos de buenos días. Lo vi en una película. Es la regla número uno de los novios.

Reze suspiró, el aire escapando de sus pulmones en una mezcla de exasperación y algo peligrosamente parecido al afecto. Se rindió, dejando que su cuerpo se relajara contra el de él. El entrenamiento gritaba, pero el resto de ella, la parte que había estado dormida durante tanto tiempo, se sentía… segura.

—No creo que esa sea la regla número uno —dijo ella.

—Pues debería serlo. Y la número dos es que la novia tiene que hacerle el desayuno al novio.

—Esa me suena más a una regla que te acabas de inventar.

—¡Funciona! —exclamó él, liberándola de su abrazo de oso para poder levantarse de la cama con una energía que Reze encontraba inhumana tan temprano por la mañana—. ¡Vamos, vamos! ¡Tengo hambre! ¡Y quiero contárselo a Nayuta!

El corazón de Reze se detuvo.

—Denji, espera.

Pero era demasiado tarde. Él ya estaba fuera de la habitación, en pantalones de chándal y con el pelo apuntando en ocho direcciones distintas, un heraldo del caos con una noticia que hacer pública. Reze se levantó rápidamente, vistiéndose con la velocidad de un soldado preparándose para una inspección. Cuando llegó a la sala de estar, la bomba ya había sido detonada.

Nayuta estaba sentada a la mesa, mirando con el ceño fruncido un tazón de cereales que Denji le había servido. Denji estaba de pie junto a ella, con las manos en las caderas y una sonrisa que partía su cara en dos.

—…Y por eso, a partir de ahora, Reze y yo somos novios —estaba concluyendo su gran anuncio—. Lo que significa que es oficialmente parte de la familia. Como una mamá genial que además es una bomba. ¿A que es increíble?

El silencio que siguió fue absoluto. La única que se movió fue Nayuta. Dejó la cuchara en el tazón con una delicadeza letal. Luego, levantó la cabeza y sus ojos, esos pozos concéntricos de poder primordial, se clavaron en Reze. No había sorpresa en ellos. No había confusión. Solo una furia fría y pura, la ira de un dios cuyo juguete más preciado acababa de ser reclamado por otro.

—No.

La palabra fue un susurro, pero resonó en la habitación como un trueno.

Denji parpadeó, su sonrisa vacilando.

—¿Cómo que no?

—He dicho que no —repitió Nayuta, su voz subiendo un poco de volumen, adquiriendo el timbre peligroso que Reze conocía tan bien—. Ella no puede ser tu novia. Tú eres mío.

—¡No soy tuyo, Nayuta! —replicó Denji, su tono pasando de la alegría a la frustración en un instante—. Soy tu… tu hermano mayor. O tu cuidador. O lo que sea. ¡Pero puedo tener novia si quiero!

—¡NO! —El grito fue tan agudo que los perros, que dormitaban en un rincón, se levantaron de un salto, gruñendo en apoyo a su ama—. ¡Las novias son estúpidas! ¡Se llevan a los chicos! ¡Lo vi en la tele! ¡La perra bomba quiere robarte!

Se puso de pie sobre la silla, su pequeña figura temblando de rabia.

—¡No voy a permitirlo! ¡O la echas ahora mismo o haré que su cabeza explote!

Reze dio un paso al frente, su cuerpo adoptando una postura defensiva casi sin que se diera cuenta. La amenaza era probablemente una bravuconada infantil, pero con Nayuta, nunca se sabía.

—¡Ya basta, Nayuta! —La voz de Denji fue sorprendentemente firme. Se interpuso entre Reze y la niña, dándole la espalda a Reze, protegiéndola—. ¡Bájate de la silla y deja de decir gilipolleces!

—¡No son gilipolleces! ¡Es la verdad! ¡La odio!

—¡Pues te aguantas! —exclamó Denji, su paciencia finalmente agotada—. ¡Soy mayor que tú! ¡Y esta es mi casa también! ¡Y si quiero que Reze sea mi novia, va a ser mi novia! ¡Y si no te gusta, te puedes ir a tu cuarto y enfadarte todo lo que quieras, pero ella no se va a ninguna parte! ¿Entendido?

La confrontación directa dejó a Nayuta sin palabras. Lo miró, con los ojos muy abiertos, buscando una grieta en su determinación. Pero no la había. Denji, por una vez, estaba absolutamente seguro de su decisión. No estaba pidiendo permiso. Estaba declarando un hecho.

Los labios de Nayuta temblaron. Abrió la boca, quizás para lanzar otra amenaza, quizás para llorar de pura frustración. Pero al final, no hizo ninguna de las dos cosas. Se bajó de la silla con un movimiento brusco, le lanzó una mirada a Reze que prometía una guerra de guerrillas larga y dolorosa, y corrió a la habitación, cerrando la puerta con un portazo que hizo temblar el retrato torcido de la pared.

Un silencio tenso se apoderó del apartamento. Denji suspiró, pasándose una mano por el pelo.

—Lo siento —murmuró, girándose hacia Reze—. Es… posesiva.

—Lo sé —dijo Reze en voz baja. Había estado preparada para la hostilidad, pero la firmeza de Denji la había sorprendido. Había luchado por ella. Por *ellos*. La idea era tan nueva, tan desconcertante, que no supo qué sentir.

—Se le pasará —añadió Denji, aunque no sonaba muy convencido—. Solo necesita tiempo. Y sobornos. Muchos sobornos.

Reze miró la puerta cerrada de la habitación. No, no se le pasaría. Simplemente cambiaría de táctica. La guerra abierta había fracasado. Ahora comenzaría el sabotaje, la manipulación, la erosión constante de su nueva relación. Pero entonces, sintió una mano cálida en la suya.

—Oye —dijo Denji, su sonrisa tonta regresando lentamente—. Seguimos siendo novios, ¿verdad?

Reze lo miró, a su novio idiota y valiente, el que acababa de enfrentarse a la reencarnación del Demonio del Control por ella. Una pequeña sonrisa, esta vez genuina, se dibujó en sus labios.

—Sí, Denji. Seguimos siendo novios.

—¡Genial! —exclamó él—. Ahora, ¿qué hay de mi desayuno? ¡Ser novio da mucha hambre!

***

La nueva dinámica se estableció con una rapidez sorprendente. Denji se iba a la escuela cada mañana, no sin antes darle a Reze un beso torpe y ruidoso en la puerta, un ritual que la hacía sentir a la vez mortificada y extrañamente feliz. Y Reze se quedaba. Se quedaba en el apartamento con Nayuta.

Se había convertido, oficialmente, en la niñera.

Los primeros días fueron un campo de minas. Nayuta se comunicaba principalmente a través de monosílabos hostiles y miradas asesinas. Se negaba a comer cualquier cosa que Reze cocinara, hasta que el hambre se volvía insoportable. Cambiaba de canal justo cuando Reze parecía interesada en algo. Dejaba sus juguetes esparcidos por el suelo, creando un circuito de obstáculos diseñado para hacerla tropezar.

Reze lo soportaba todo con la paciencia de un santo y la estrategia de un general. No reaccionaba a las provocaciones. Limpiaba los desastres en silencio. Le preparaba la comida a Nayuta y la dejaba en la mesa, sabiendo que acabaría comiéndosela cuando ella no mirara. Respondía a sus preguntas capciosas con una lógica fría que desarmaba a la niña.

Poco a poco, casi imperceptiblemente, la hostilidad de Nayuta comenzó a erosionarse, reemplazada por una resignación cautelosa. El 5% de confianza que Reze se había ganado en su alianza contra Asa Mitaka actuaba como un cortafuegos, impidiendo que la situación escalara a una guerra total. Nayuta no la aceptaba, pero la toleraba. Entendía, a un nivel primario, que Reze, a diferencia de Asa, no parecía querer dañar a Denji. Su objetivo era diferente, pero por ahora, no era directamente destructivo.

Un día, mientras Reze leía en el sofá un manual de reparación de motocicletas que había encontrado, Nayuta se sentó en el otro extremo del sofá y encendió la televisión. No puso los dibujos animados ruidosos de siempre. Puso un documental sobre la vida marina.

Se quedaron así durante casi una hora, en silencio, cada una en su extremo del sofá, viendo imágenes de peces de las profundidades abisales. No era amistad. No era familia. Pero era una tregua. Era un espacio compartido. Curiosamente, se sentía… hogareño. Como una familia contemporánea y disfuncional, unidas por la ausencia del miembro más ruidoso y caótico.

Reze se encontró pensando en Asa. No había habido noticias de ella. Denji apenas la mencionaba, demasiado absorto en su nuevo estatus de «novio». Pero Reze sabía que la amenaza seguía ahí, latente. Yoru, el Demonio de la Guerra, no era de las que se rendían fácilmente. Esta paz era una ilusión, el silencio antes de la siguiente batalla. Y ahora, tenía mucho más que perder.

La puerta se abrió de golpe, rompiendo la calma.

—¡He vuelto! —gritó Denji.

Y con él, volvió el caos.

***

Si la vida de Reze antes de ser la novia de Denji era una misión de infiltración sigilosa, su vida después era una exposición constante al afecto físico y verbal. Denji no conocía los matices. Su amor era un martillo pilón, una fuerza abrumadora y constante que la dejaba perpetuamente fuera de equilibrio.

Estaba en la cocina, cortando verduras para la cena, concentrada en el ritmo metódico del cuchillo contra la tabla. Un segundo estaba sola, al siguiente, dos brazos la rodearon por la cintura y un mentón se apoyó en su hombro. El cuchillo se detuvo a un milímetro de su propio dedo. Su cuerpo se había congelado, cada músculo tenso para un contraataque.

—Huele bien —murmuró Denji en su oído, ignorando por completo su rigidez de cadáver—. ¿Qué haces?

Reze tardó un segundo en obligar a sus músculos a relajarse. Exhaló lentamente.

—Curry.

—Mmm, mi favorito. Eres la mejor.

Su abrazo se hizo más fuerte. Apoyó la mejilla contra su pelo. Reze se quedó quieta, el cuchillo aún en su mano, sin saber qué hacer. El afecto físico casual era un concepto que su cuerpo no sabía cómo procesar. El contacto físico en su vida anterior siempre había tenido un propósito: combate, seducción para una misión, tortura. Esto… esto no tenía ningún propósito más allá de sí mismo. Era contacto por el simple hecho de estar cerca.

Lentamente, muy lentamente, apoyó su cabeza hacia atrás, hasta que descansó sobre el hombro de Denji. El gesto fue pequeño, casi imperceptible, pero para ella fue como saltar de un acantilado.

Denji sonrió contra su pelo.

—¿Te he dicho hoy que te quiero?

La pregunta la tomó por sorpresa.

—No.

—Pues te quiero —dijo él, con la misma naturalidad con la que habría dicho «pásame la sal».

Las palabras, tan simples, tan directas, fueron como un masaje a un músculo que había estado agarrotado durante toda su vida. Su corazón, ese órgano maltratado y blindado, dio un vuelco doloroso y dulce. Era real. Esto era real.

Otro día, estaba doblando la ropa en la sala de estar. Se agachó para recoger un calcetín perdido y sintió unos labios cálidos en la parte posterior de su cuello. El ataque de cosquillas fue tan inesperado que soltó un chillido y se giró, casi perdiendo el equilibrio. Denji estaba arrodillado detrás de ella, sonriendo como un idiota.

—¡Te pillé!

Reze se llevó una mano al cuello, su piel aún hormigueando. Pero no pudo evitarlo. Una risa se le escapó, genuina y sorprendida.

—¡No hagas eso! —protestó, aunque seguía riendo.

—¿Por qué no? —preguntó él, levantándose y atrayéndola hacia sí—. Me gusta cuando te ríes. Suenas como… como campanitas. Campanitas de granadas, pero campanitas.

Ella puso los ojos en blanco, pero no se apartó. Se dejó abrazar, apoyando la cabeza en su pecho, escuchando el latido fuerte y constante de su corazón. Cada uno de estos momentos era una pequeña detonación en su sistema, destruyendo las viejas defensas, los viejos protocolos. Cada abrazo, cada beso robado, cada palabra de amor susurrada sin motivo aparente, era una pieza de una nueva maquinaria que se estaba construyendo dentro de ella: la mecánica de la felicidad.

Era aterrador. La hacía sentir vulnerable, expuesta. Cada gesto de afecto era un recordatorio de todo lo que podía perder. Pero también era… mágico. Era la vida que nunca se había atrevido a desear, desplegándose ante ella en Technicolor.

Una noche, estaban viendo una película de terror de bajo presupuesto en la televisión. Nayuta se había quedado dormida en el sofá, acurrucada junto a Meowy. Denji tenía un brazo sobre los hombros de Reze, y ella estaba apoyada contra él, con la cabeza en su hombro. Era una escena de una domesticidad tan abrumadora que a Reze le costaba respirar.

—Oye, Reze —dijo Denji en voz baja, su aliento cálido en su pelo.

—¿Mmm?

—¿Eres feliz?

La pregunta era una daga de hielo en medio de la cálida comodidad. Reze se quedó en silencio. ¿Era feliz? Había sobrevivido. Había encontrado un propósito. Tenía un techo sobre su cabeza y comida caliente. Tenía a Denji. Pero la felicidad… la felicidad era un concepto resbaladizo. Era un estado que presuponía seguridad, un futuro. Y ella vivía en un presente prestado, siempre mirando por encima del hombro.

—No lo sé —respondió con sinceridad.

Denji no pareció decepcionado. Simplemente la abrazó con un poco más de fuerza.

—Pues yo sí soy feliz —dijo él—. Muy feliz. Nunca había sido tan feliz en mi puta vida. Tengo una casa, comida, un montón de perros, una hermana pequeña que es un demonio del infierno pero que a veces es maja, y la novia más guapa y genial del mundo. Es… perfecto.

Su voz estaba llena de una satisfacción tan pura, tan simple, que a Reze se le formó un nudo en la garganta. Para él, esto era la cima. El sueño cumplido. Y ella era una parte fundamental de ese sueño.

—Haré que tú también seas feliz —añadió él, como si fuera una promesa solemne—. Aunque tenga que obligarte. Te compraré todas las flores que quieras. Y te llevaré a la playa todos los días. Y te daré tantos besos que te olvidarás de todas las cosas malas que te han pasado. Es mi nueva misión.

Reze cerró los ojos, abrumada. El chico que había querido arrancarle el corazón para cumplir su sueño ahora quería llenarle el corazón a ella para cumplir el suyo. La ironía era tan cruel y tan hermosa que dolía.

No dijo nada. Simplemente se acurrucó más contra él, inhalando su olor, sintiendo la seguridad de su abrazo. Quizás no sabía si era feliz. Pero en ese momento, en ese sofá, con el sonido de los ronquidos de Denji mezclándose con los de Nayuta y los perros, se sentía completa. Y por ahora, era suficiente. Era más que suficiente.

Los días pasaron, convirtiéndose en una semana, luego dos. La vida se asentó en un ritmo. Por la mañana, el caos de Denji y su beso de despedida. Durante el día, la silenciosa tregua con Nayuta. Por la tarde, el regreso de Denji y su avalancha de afecto. Por la noche, la calma compartida en la penumbra de la sala de estar.

Era una rutina. Un protocolo. Pero uno que Reze estaba empezando a dominar. Aprendió a anticipar los abrazos de Denji, a no tensarse, a devolverlos. Aprendió a aceptar sus cumplidos torpes con una pequeña sonrisa en lugar de un silencio analítico. Aprendió que la felicidad no era un estado permanente, sino una serie de momentos. Pequeñas explosiones de luz en la oscuridad.

Una tarde, Denji llegó a casa más tarde de lo habitual. Reze sintió una punzada de ansiedad, un eco de su antiguo yo, siempre esperando lo peor. Cuando finalmente apareció, tenía una expresión extraña en su rostro.

—¿Pasa algo? —preguntó ella, su tono más agudo de lo que pretendía.

—No, nada —dijo él, evitando su mirada—. Solo… cosas de la escuela.

Pero Reze lo vio. En el cuello de su camisa. Una mancha. Pequeña, casi invisible. De sangre. Y olfateó el aire. Bajo el olor familiar de Denji, había otro. Un rastro débil, casi borrado. El mismo olor que Nayuta había detectado semanas atrás.

Pájaros muertos. Y metal.

La guerra.

El suelo bajo sus pies pareció desaparecer. La mecánica de la felicidad, tan cuidadosamente ensamblada, chirrió y se detuvo. La burbuja de normalidad acababa de reventar.

Denji, ajeno a su pánico interno, se acercó y la abrazó.

—Estoy en casa —dijo, apoyando la cabeza en su hombro, buscando la comodidad que se había convertido en su refugio.

Reze lo abrazó de vuelta, sus brazos rodeándolo con una fuerza protectora. Su rostro, oculto en el hombro de él, se transformó. La suavidad desapareció, reemplazada por la máscara fría y dura de la soldado.

El enemigo había vuelto a mover ficha.

Y esta vez, no solo amenazaba con robarle a Denji. Amenazaba con destruir su felicidad. Su hogar. Y Reze, la Demonio Bomba, la novia, la protectora, no iba a permitirlo. La paz había terminado. Era hora de recordar al mundo por qué le tenían miedo.