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Otra Oportunidad

La Estrategia del Girasol

El crepúsculo sangraba sobre los tejados de Tokio, manchando de un violeta melancólico el naranja que se desvanecía. El aire, antes cálido y lleno de promesas, se había enfriado. La mano que Reze había extendido, cargada con el peso de un futuro soñado, cayó a su costado como un pájaro muerto. El abismo que se había abierto entre ella y Denji no estaba hecho de distancia, sino de una niña de siete años con los ojos del diablo.

Nayuta. La reencarnación de Makima.

El universo no solo tenía un sentido del humor retorcido; era un sádico que disfrutaba repitiendo sus chistes más crueles. Denji, el chico que había luchado contra el mismísimo infierno para ser libre, estaba ahora atado a una versión en miniatura de su carcelera, obligado por su propia y estúpida bondad a criarla, a amarla, a asegurarse de que no se convirtiera en el monstruo que una vez fue.

La promesa de escapar juntos se había vuelto ceniza en su boca. ¿Huir? ¿Y dejar que Denji cargara solo con ese fardo? ¿Dejar que esa niña, con el potencial de Makima burbujeando bajo su piel, creciera sin nadie que entendiera la amenaza que representaba? No. Denji no lo haría. Y ella… ella tampoco podía pedírselo.

—Lo siento, Reze. Ella es… complicada —repitió Denji, su voz un murmullo ronco, la frustración y el agotamiento grabados en cada sílaba. Se pasó una mano por el pelo, un gesto de impotencia que a Reze le dolió físicamente ver.

—Es ella, ¿verdad? —La pregunta de Reze fue apenas un susurro, pero resonó en el silencio tenso.

Denji asintió, su mirada fija en el suelo. —Kishibe me pidió que la cuidara. Para que no se convierta en… otra Makima. Tengo que darle muchos abrazos y esas cosas.

La absurda simplicidad de la orden de Kishibe —«dale muchos abrazos»— era tan desgarradora como ridícula. Era la única arma que tenían contra la reencarnación del Demonio del Control: un afecto forzado, una normalidad impuesta.

Reze miró a la niña. Nayuta le devolvió la mirada, sus ojos concéntricos fijos en ella, sin parpadear. No había odio infantil en ellos, sino una fría evaluación de una amenaza. *«Huele a perra»*, había dicho. *«Denji es mío»*. Las palabras eran de una niña, pero la intención era de una soberana defendiendo su territorio.

Una oleada de ira helada recorrió a Reze. ¿No había sido suficiente? Los años de entrenamiento brutal en la Unión Soviética, donde la despojaron de su infancia y la convirtieron en un arma. El tiempo bajo el control de Makima, donde su voluntad no era más que un eco de la de otra persona. ¿Cuándo le tocaría a ella ser feliz? ¿Cuándo podría reclamar algo para sí misma?

La respuesta se formó en su mente, dura y clara como el diamante. Ahora. Se lo había ganado. Había sobrevivido. Había vuelto. Y no iba a dejarse intimidar por un fantasma en el cuerpo de una niña.

Su entrenamiento de espía se activó, no con el objetivo de matar, sino de analizar. Misión: asegurar una vida feliz junto a Denji. Obstáculo principal: Nayuta, el Demonio del Control reencarnado y guardiana no oficial de Denji. Variables: el profundo sentido de la responsabilidad de Denji, su agotamiento emocional y su innegable afecto residual por Reze.

No podía luchar contra Nayuta directamente. Eso solo la convertiría en el enemigo y alejaría a Denji. No podía ignorarla, porque era el centro del nuevo universo de Denji. Por lo tanto, solo quedaba una opción, la más difícil de todas. La infiltración.

Si para estar con Denji tenía que ganarse a la mini-Makima, lo haría. Si tenía que convertirse en la niñera de su mayor enemiga, lo haría. Si tenía que jugar a la familia feliz con el eco de la mujer que la había esclavizado, que así fuera. Consideró la situación como su misión final. La más importante de su vida. El premio no era la gloria para una nación que ya no era la suya, sino su propia y jodida felicidad.

Enderezó los hombros, la vacilación desapareciendo de su postura. Miró a Denji, no con la desesperación de antes, sino con una nueva y tranquila determinación.

—Ya veo —dijo, su tono sorprendentemente calmado—. Entiendo.

Denji la miró, sorprendido por el cambio. Esperaba lágrimas, o ira, o que simplemente se diera la vuelta y se fuera para siempre. No esperaba… aceptación.

—¿Lo entiendes? —preguntó, confundido.

—Sí —afirmó Reze. Su mirada se desvió hacia Nayuta por un instante, y luego volvió a él—. No puedes dejarla. Es tu responsabilidad. Y después de todo… es solo una niña.

La frase sonó extraña incluso para sus propios oídos, pero era la jugada correcta. Minimizar la amenaza, mostrar empatía. Era el primer paso de cualquier operación de infiltración.

Nayuta frunció el ceño, claramente disgustada por ser descrita como «solo una niña».

El silencio se alargó. La calle se estaba quedando vacía. La situación era insostenible. Tenían que moverse. Denji, atrapado en una encrucijada de incomodidad social, hizo lo único que se le ocurrió.

—Eh… ¿quieres… quieres venir a cenar? —soltó, rascándose la nuca—. No es mucho. Probablemente solo ramen instantáneo, pero…

Era una oferta terrible. Una idea catastrófica. Invitar a la exnovia asesina que intentó robarle el corazón (literalmente) a cenar con la reencarnación de su antigua jefa sádica que ahora es su hija adoptiva. Era tan estúpidamente Denji que a Reze casi se le escapa una risa.

Era perfecto.

—Me encantaría —respondió ella, y esta vez la sonrisa que se dibujó en sus labios fue genuina. Era la sonrisa de un soldado al que le acaban de dar las coordenadas de su objetivo.

—¡No! —chilló Nayuta de inmediato, tirando con fuerza del pantalón de Denji—. ¡No quiero que venga! ¡Huele mal!

—¡Nayuta! —la reprendió Denji, aunque sin mucha convicción—. Ya basta. Sé buena. Reze es… una amiga.

—No es mi amiga —espetó la niña, cruzándose de brazos y fulminando a Reze con la mirada.

Reze se agachó lentamente, hasta que sus ojos estuvieron casi al nivel de los de Nayuta. No sonrió. No intentó parecer amigable. Simplemente la miró, reconociendo su hostilidad sin juzgarla.

—No tienes por qué ser mi amiga, Nayuta —dijo Reze en voz baja y uniforme—. Pero tu hermano me ha invitado a cenar. Y es de mala educación rechazar una invitación.

Usó la palabra «hermano» a propósito. Establecía la relación de Denji con la niña en términos que Reze podía entender y, a la vez, se posicionaba a sí misma fuera de esa unidad familiar… por ahora.

Nayuta pareció desconcertada por la respuesta directa y la falta de adulación. Abrió la boca para protestar, pero Denji, aprovechando el momento de duda, la tomó de la mano.

—Vamos. Se hace tarde.

El camino al apartamento de Denji fue un tenso desfile de tres. Denji caminaba en medio, una mano en el bolsillo y la otra sujetando firmemente la de Nayuta, como si temiera que la niña pudiera salir corriendo o explotar. Reze caminaba al otro lado de Denji, manteniendo una distancia respetuosa, observando.

El barrio era tranquilo, anónimo, lleno de edificios de apartamentos idénticos. Era el epítome de la normalidad que Denji siempre había anhelado. Pero la normalidad de Denji venía con un demonio a cuestas.

—Así que… —comenzó Denji, rompiendo el silencio—… ¿cómo es que estás… aquí? Pensé que… bueno, Kishibe dijo que todos los híbridos fueron… desactivados.

—Supongo que se olvidaron de mí —respondió Reze con ligereza—. O Kishibe decidió que era más fácil dejarme ir. Dijo que era un acto de negligencia administrativa.

—Suena a algo que él haría —murmuró Denji. Miró de reojo a Reze—. ¿A dónde fuiste?

—A ninguna parte. He estado aquí, en Tokio. Sobreviviendo. Esperando.

No dijo «esperándote», pero estaba implícito. Denji tragó saliva, su mirada volviendo al frente.

—Denji tiene perros —dijo Nayuta de repente, su voz alta en la calle silenciosa. Era una declaración, no una invitación a la conversación—. Muchos perros. Y a Meowy. Son míos también. No les gustarás. Te morderán.

—A los perros les caigo bien —replicó Reze con calma, sin mirar a la niña.

—A estos no. Son perros especiales. Son los perros de Denji.

La posesividad de nuevo. *Mío, mío, mío*. Era el estribillo constante del Demonio del Control. Reze archivó la información. Los perros eran otra extensión del territorio de Nayuta. Otro frente en esta pequeña guerra fría.

Llegaron a un edificio modesto y subieron tres tramos de escaleras. El pasillo olía a polvo y a la cena de algún vecino. Denji se detuvo frente a una puerta y rebuscó en sus bolsillos hasta encontrar una llave.

—No es gran cosa —advirtió antes de abrir—. Está un poco desordenado.

Abrió la puerta y un coro de ladridos entusiastas los recibió. Un torbellino de pelaje de varios tamaños y colores se arremolinó alrededor de las piernas de Denji. En medio del caos, un gato de color jengibre con un parche en el ojo observaba la escena desde lo alto de un zapatero, con una expresión de regia indiferencia.

—¡Ya basta, tranquilizaos! —gritó Denji por encima del ruido, tratando de abrirse paso.

El apartamento era pequeño. Una sala de estar que también servía de comedor, una pequeña cocina abierta y una puerta que probablemente conducía al dormitorio. Estaba, como había advertido Denji, desordenado. Revistas tiradas en el suelo, platos en el fregadero, la ropa de Denji colgada de una silla. Pero no era un desorden sucio. Era el desorden de una vida que se estaba viviendo. Había cuencos de comida para perros en el suelo, un rascador para el gato en una esquina y, pegados en la pared con cinta adhesiva, varios dibujos infantiles hechos con ceras de colores. La mayoría eran representaciones torpes de perros y un chico con una motosierra en la cabeza.

Olía a Denji, a perros y a algo más: a hogar. Un hogar caótico, improvisado y extraño, pero un hogar al fin y al cabo. Y el corazón de Reze se encogió con un anhelo tan intenso que casi le cortó la respiración. Esto era lo que quería. No una vida de fugitiva, sino esto. Un lugar al que volver.

Nayuta soltó la mano de Denji y se arrodilló para abrazar a un husky, enterrando la cara en su pelaje. Los perros, que habían estado ladrando a Reze con recelo, se calmaron bajo la influencia de la niña, aunque la seguían observando con atención.

—Sentaos donde queráis. Si encontráis sitio —dijo Denji, empezando a recoger algunas revistas del sofá.

Reze no se sentó. Se quedó de pie en la entrada, asimilándolo todo. Era tan diferente de su propia existencia. Sus últimos días habían sido tejados fríos y habitaciones de albergue anónimas. Este lugar, por humilde que fuera, tenía historia. Tenía vida.

—Déjame ayudarte —dijo, dando un paso hacia la cocina—. Dijiste que había ramen. Yo puedo prepararlo.

Era otra jugada calculada. Demostrar utilidad. Integrarse en la rutina doméstica.

Denji pareció sorprendido. —¿Sabes cocinar?

Reze pensó en las raciones de campaña y en cómo calentar una lata sobre un motor caliente. —Sé hervir agua.

Denji esbozó una pequeña sonrisa, la primera genuina que le había dirigido desde que se reencontraron. —Eso es todo lo que se necesita. Los cuencos están en el armario de arriba.

Mientras Reze llenaba una olla con agua y la ponía en el fuego, sintió los ojos de Nayuta clavados en su espalda. La niña se había levantado y ahora estaba de pie en el umbral de la cocina, observando cada uno de sus movimientos.

—Ese es el sitio de Denji —dijo Nayuta, su voz plana.

Reze miró a su alrededor. Estaba de pie frente al único fogón de la pequeña cocina. —¿Aquí?

—Sí. Denji siempre cocina ahí. Tú no deberías estar ahí.

Era una prueba. Un desafío territorial. Reze sintió un destello de su antigua naturaleza, la que habría respondido con una amenaza velada o una muestra de poder. Pero se contuvo. Esa no era la estrategia.

Se giró lentamente y miró a Nayuta. —Bueno, hoy estoy cocinando yo. Así que hoy es mi sitio. Mañana puede que vuelva a ser el de Denji.

No se disculpó. No se movió. Simplemente estableció un hecho temporal. Era una negociación sutil, un reajuste de fronteras.

Nayuta frunció los labios, claramente insatisfecha. Se acercó al refrigerador, lo abrió y sacó un cartón de zumo. Caminó deliberadamente hacia donde estaba Reze y, al pasar a su lado, «tropezó». El cartón de zumo voló de sus manos, derramando un charco pegajoso de líquido naranja sobre el suelo, salpicando las botas de Reze.

—Uy —dijo Nayuta, sin una pizca de arrepentimiento en su voz.

El silencio en la cocina fue absoluto. Era un acto de sabotaje tan obvio, tan infantilmente transparente, que resultaba casi cómico. Denji, que estaba intentando despejar la pequeña mesa del comedor, se dio la vuelta con una expresión de exasperación.

—¡Nayuta! ¿Qué has hecho? ¡Pide perdón a Reze ahora mismo!

—Fue un accidente —mintió la niña, mirando a Denji con unos ojos que de repente parecían enormes e inocentes. Era una manipulación experta, un eco perfecto de Makima—. El suelo estaba resbaladizo.

Reze miró el charco de zumo, luego sus botas salpicadas. La vieja Reze habría considerado esto una ofensa intolerable. La bomba dentro de ella vibraba con el deseo de responder, de mostrarle a esa mocosa lo que era un «accidente» de verdad. Pero la nueva Reze, la estratega, vio la oportunidad.

Ignoró a Nayuta por completo. Se agachó, cogió un rollo de papel de cocina de la encimera y empezó a limpiar el desastre sin decir una palabra.

—Reze, no, deja, yo lo hago —dijo Denji, apresurándose a su lado—. Nayuta, ve a tu cuarto. Estás castigada.

—¡Pero no hice nada! —protestó la niña, su voz subiendo de tono.

—¡He dicho que a tu cuarto!

Reze puso una mano en el brazo de Denji para detenerlo. —No pasa nada, Denji. Ha sido un accidente.

Le dirigió una mirada a Denji, una mirada que decía *«déjalo estar, sé lo que estoy haciendo»*. Él la miró, luego a Nayuta, luego de nuevo a Reze, y finalmente suspiró, derrotado.

Reze terminó de limpiar el suelo. Luego, con la misma calma, cogió un paño húmedo y limpió sus botas. Todo el tiempo, Nayuta la observó, su expresión indescifrable. Esperaba una reacción, una pelea, lágrimas, algo. No esperaba… nada. La indiferencia de Reze era un arma que no sabía cómo contrarrestar.

El agua de la olla empezó a hervir. Reze echó los fideos, rompiendo el tenso silencio con el sonido de los bloques secos al caer.

La cena fue una obra de teatro del absurdo. Los tres se sentaron a la pequeña mesa. Denji en el medio, como un árbitro reacio. Reze a un lado, comiendo su ramen en silencio, con una postura impecable. Nayuta al otro, sorbiendo sus fideos con un ruido deliberadamente alto y desagradable. Los perros estaban echados en el suelo, observando la escena como un público confundido.

—Está bueno —dijo Denji, principalmente para llenar el silencio. Era mentira. Era ramen instantáneo. Sabía a sal y a decepción.

Reze asintió. —Gracias.

—La próxima vez quiero pan con mermelada —anunció Nayuta—. Odio el ramen.

—Comes ramen todos los días —replicó Denji, cansado.

—Pero hoy lo odio —insistió ella, mirando fijamente a Reze—. Porque lo ha hecho ella. Sabe a perra.

Esta vez, el insulto fue tan directo que Denji golpeó la mesa con la palma de la mano. Los cuencos saltaron.

—¡NAYUTA! ¡Eso es todo! ¡Te he dicho que pares! ¿Por qué tienes que ser así? ¡Reze es nuestra invitada!

—¡No la quiero aquí! —gritó Nayuta, las lágrimas empezando a brotar en sus ojos. Eran lágrimas de rabia, no de tristeza—. ¡Quiero que se vaya! ¡Dile que se vaya, Denji! ¡Ojalá nunca hubiera venido! ¡Es mala! ¡Te va a hacer daño! ¡Te va a alejar de mí!

La explosión fue total. La fachada infantil se resquebrajó, revelando el miedo puro que había debajo. El miedo a ser reemplazada. El miedo al abandono. El mismo miedo que había motivado a Makima. El Demonio del Control no quería controlar por poder, sino por el terror a estar solo.

Y en ese instante, Reze lo entendió.

No estaba luchando contra Makima. Estaba luchando contra una niña aterrorizada que había heredado los traumas y los poderes de un demonio. No podía ganar esta guerra con tácticas de intimidación o sumisión. Solo podía ganarla desactivando la bomba del miedo.

Denji estaba a punto de gritarle de nuevo a Nayuta, su rostro rojo de furia y vergüenza. Pero Reze habló primero, su voz suave pero firme, cortando la tensión.

—No voy a llevarme a Denji a ninguna parte, Nayuta.

Todos se quedaron en silencio. Nayuta la miró, sus lágrimas detenidas a medio camino.

Reze dejó los palillos a un lado. Miró directamente a la niña, no como a una enemiga, sino como a una igual.

—Yo también tuve miedo una vez —dijo Reze, su voz apenas un susurro—. Miedo de que me dejaran sola. Miedo de que la gente a la que quería se fuera. Cuando tienes miedo, haces cosas estúpidas. Dices cosas hirientes. Intentas controlar todo para que nada pueda cambiar, para que nadie pueda abandonarte.

No estaba hablando solo con Nayuta. Estaba hablando consigo misma, con la chica que había traicionado a Denji en un callejón por miedo.

—Pero no puedes controlar a la gente —continuó Reze, su mirada suavizándose—. Solo puedes… confiar. Y eso es lo más aterrador de todo.

Denji la miraba con los ojos muy abiertos, escuchando palabras que resonaban profundamente con su propia experiencia con Makima.

Nayuta se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, dejando una mancha de caldo en su mejilla. Su hostilidad no había desaparecido, pero ahora estaba mezclada con una profunda confusión. Reze no la estaba regañando. No la estaba amenazando. La estaba… entendiendo.

Reze se levantó. —Gracias por la cena, Denji. Estaba deliciosa.

—¿Ya te vas? —preguntó él, levantándose también, una extraña mezcla de alivio y decepción en su voz.

—Sí. Es tarde —dijo Reze. Se dirigió a la puerta, pasando junto a Nayuta sin mirarla esta vez. Se puso las botas, que todavía estaban ligeramente húmedas. En la puerta, se detuvo y se giró—. Denji.

—¿Sí?

—Me alegro de que la estés cuidando. Lo estás haciendo bien.

Era una mentira. Denji era un desastre como padre. Pero era la mentira que él necesitaba oír. Y era la verdad que ella necesitaba creer para que su plan funcionara.

Luego, miró por encima del hombro de Denji, hacia la niña que seguía sentada a la mesa.

—Nayuta —dijo—. El zumo de naranja es mi favorito.

Y con eso, abrió la puerta y salió al pasillo oscuro, cerrándola suavemente tras de sí.

Apoyó la frente contra la fría madera de la puerta, exhalando un aliento que no sabía que estaba conteniendo. Su corazón latía con fuerza, no por la ira o el miedo, sino por la adrenalina de la batalla más extraña que jamás había librado. No había ganado. Ni de lejos. Pero había sobrevivido a la primera escaramuza. Había cambiado las reglas del juego.

Su estrategia ya no era una de conquista, sino de asedio paciente. Como un girasol, se orientaría hacia el sol —hacia Denji—, pero para hacerlo, tendría que echar raíces en el terreno más difícil e ingrato que se pudiera imaginar: el corazón asustado de Nayuta. No trataría de arrancar la mala hierba. Trataría de crecer a su lado, de compartir la misma tierra, hasta que su presencia dejara de ser una amenaza y se convirtiera, simplemente, en parte del paisaje.

Al bajar las escaleras y salir a la noche fresca, Reze sonrió para sí misma. La promesa de escapar juntos estaba muerta. Pero una nueva promesa, mucho más complicada y aterradora, acababa de nacer. La promesa no de huir del mundo, sino de construir uno propio, pieza por pieza, aunque tuviera que hacerlo en medio de un jardín de espinas.

Esta era su segunda oportunidad. Y no iba a ser fácil ni bonita. Iba a ser una guerra. Pero por primera vez en su vida, era una guerra que ella había elegido librar. Y por Denji, valía la pena.